Leyes de la robótica

Leyes imaginarias, propuestas por Isaac Asimov, que controlarían el comportamiento de los robots. Son las siguientes:

    1.- Un robot no puede dañar a un ser humano ni, por inacción, permitir que éste sea dañado.

    2.- Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos excepto cuando estas órdenes entren en conflicto con la Primera Ley.

    3.- Un robot debe proteger su propia existencia hasta donde esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Leyes.

Posteriormente, en sus últimas novelas Asimov introdujo una Ley Cero de la robótica, con prioridad sobre las tres anteriores, que rezaría:

    Un robot no puede realizar ninguna acción, ni por inacción permitir que nadie la realice, que resulte perjudicial para la humanidad, aun cuando ello entre en conflicto con las otras tres Leyes.

Tal como explicó en su día el propio Asimov, la concepción de las leyes de la robótica vino motivada por el deseo de contrarrestar en sus obras el por él denominado complejo de Frankenstein, es decir, el presunto temor que el hombre podía desarrollar frente a unos robots que hipotéticamente podían rebelarse en contra de sus creadores. Para evitar la aparición de robots asesinos (o cuanto menos desobedientes) en sus relatos, Asimov implantó las tres leyes de la robótica en los mismos circuitos de sus cerebros positrónicos, haciendo imposible que un robot pudiera violarlas ya que, de intentarlo siquiera, su cerebro resultaría dañado irrevisiblemente y el robot moriría. La Ley Cero, por su parte, sería producto de un reflexión filosófica por parte de los robots más sofisticados, como por ejemplo, Daniel R. Olivaw, protagonista de varias novelas.

Gran parte, por no decir la totalidad, de los relatos y novelas sobre robots escritos por Asimov se basan en la extrapolación de las posibles consecuencias prácticas de las leyes de la robótica, siendo habitual encontrarnos con problemas derivados de sus conflictos provocados en circunstancias muy determinadas, en una especie de tour de force en la que Asimov forzaba deliberadamente cada vez más la situación buscando soluciones para estos casos. Así pues, estos relatos acaban convirtiéndose en ejercicios lógica y ética que, en ocasiones, están realmente logrados.

Algunos autores han apuntado la posibilidad (hoy remota) de que, en el caso de que se acaben construyendo en el futuro robots inteligentes, éstos deberían llevar implantado como código de conducta algo similar, sí no idéntico, a las Leyes de la Robótica de Isaac Asimov.

Asimismo, han sido muchos los escritores de ciencia-ficción que han imitado al maestro norteamericano, describiendo en sus obras robots gobernados por estas leyes o por otras muy similares. De entre todos ellos, quizá el que haya llegado más lejos en la extrapolación de este concepto de robots benefactores haya sido Jack Williamson en su novela LOS HUMANOIDES, donde pese a no existir unas leyes de la robótica explícitas —los robots se limitan a repetir una y otra vez que han sido creados para proteger a la humanidad—, es tal su obsesión por evitarle cualquier tipo de mal o peligro que acaban convirtiéndola en algo parecido a un rebaño ocioso al que se le prohíbe realizar cualquier actividad que pudiera causarle el menor daño —hasta usar un simple abrelatas—, llegándose incluso a drogar a los individuos para que no puedan incubar pensamientos «peligrosos» para su salud mental.

Una variante interesante de este problema es la planteada por Malcom Jameson en su relato ORGULLO, donde la prohibición de causar daño a los humanos se verifica no mediante la implantación en los cerebros de los robots de unas leyes que lo prohíban explícitamente, sino suprimiendo en ellos la ambición como motor que es de conductas agresivas y peligrosas. Ante el peligro de convertir a los robots en poco más que unos zombies mecánicos (la supresión de la ambición vendría a ser, según Jameson, algo equivalente a la lobotomización de un cerebro humano), la desaparecida ambición sería sustituida por el orgullo al que hace alusión el título, sirviéndole al autor como excusa para realizar una serie de interesantes disquisiciones filosóficas sobre hacia donde podría derivar el intelecto robótico.

© José Carlos Canalda, (677 palabras)