Astronáutica
Robert. A. Heinlein

Ciencia que estudia el vuelo por el espacio.

Se considera fundador al ruso Konstantin E. Tsiolkovsky (1857-1935), un maestro de escuela que desde joven se dedicó, de forma autodidacta, a los estudios de astronáutica y, más tarde, al vuelo espacial. Postuló que el cohete podía ser el medio más adecuado para escapar de la fuerza de gravedad y desarrolló los principios matemáticos y físicos en los que, todavía hoy, se basan los motores de cohetes. Otro pionero fue el alemán Hermann J. Oberth (nacido en 1894) en 1917 proyectó un cohete de combustible líquido y alrededor de 1930, en su libro EL CAMINO AL VIAJE ESPACIAL, propuso los principios de la propulsión iónica.

Pero quien construyó el primer cohete con combustible líquido fue el americano Robert H. Goddard (1882-1945). Su invención voló el 16 de marzo de 1926 durante apenas 2, 5 segundos. En un proceso de perfeccionamiento continuo, Goddard llegó a superar con su invento el kilómetro de altura, alcanzando velocidades supersónicas.

Sin embargo, quien es realmente considerado padre de la astronáutica moderna es el ingeniero alemán Werner von Braun (1912-1977). Entre 1937 y 1944 trabajó en el polígono militar de Peenemunde diseñando y construyendo los temibles misiles V-2, empleados en el bombardeo de Inglaterra. Tras acabar la guerra, e inicialmente como prisionero de guerra, prosiguió su trabajo en los Estados Unidos, desarrollando los lanzadores Redstone y Júpiter y, más tarde, el gigantesco Saturno V, con el cual se pudo llevar a cabo el programa de conquista de la Luna

La era de la astronáutica comenzó oficialmente el 4 de octubre de 1957 con el lanzamiento del primer Satélite artificial; el Sputnik 1. En los primeros años de esta nueva aventura del hombre, la primacía fue casi siempre soviética: el 2 de enero de 1959 la sonda automática Lunik 1 pasó a 6.000 km. de nuestro satélite artificial y lo fotografió, el 12 de abril de 1961, Yuri Gagarin fue el primer hombre en orbitar la Tierra, en junio de 1963, Valentina Tereshkova se convirtió en la primera mujer en el espacio.

En aquellos años, los Estados Unidos desarrollaron experimentos mucho menos espectaculares, pero de gran valor científico y se debe precisamente a su primer satélite orbital, el pequeño Explorer, lanzado el 31 de enero de 1958, el descubrimiento de las partículas cargadas interpoladas en el campo magnético terrestre que reciben el nombre de cinturón de Van Allen

Desde entonces el progreso de la astronáutica ha sido enorme, sobre todo en lo relativo al uso científico y tecnológico del espacio. Mucha de la tecnología y la ciencia del siglo XX, como las telecomunicaciones, la meteorología, etc., ha recibido un gran impulso debido a los satélites artificiales. También las técnicas de vuelo espacial han experimentado innovaciones sustanciales con la introducción del transbordador espacial, que se convirtió en la primera nave espacial reutilizable.

Sin embargo, y para el desencanto del aficionado a la ciencia-ficción, los distintos fracasos y los condicionantes económicos han llevado a un avance más lento de lo previsto de los grandes proyectos de exploración interplanetaria, como la conquista de Marte, que Werner von Braun consideraba posible en los años ochenta del siglo XX. Hoy por hoy se considera que esto se producirá a mediados del siglo XXI, desarrollándose, entre tanto, proyectos mucho más baratos, como las sondas espaciales automáticas Galileo, Cassini, etc.

Los primeros pasos para ello ya están dados. Gracias al éxito de la estación MIR (que pese a todo, ha permanecido 15 años en servicio, tres veces más de lo previsto) se ha podido estudiar los efectos de largos periodos de permanencia en ingravidez en el ser humano y se ha adquirido una preciosa experiencia en situaciones límite y reparaciones apresuradas, cuestiones todas ellas que se esperan ampliar con el proyecto de la Estación Espacial Internacional

Obviamente, la ciencia-ficción ha sucumbido al atractivo de la astronáutica; en más del 90% de las obras del género tiene un papel más que relevante y, quizá por ello, posiblemente sea el género literario que más haya aportado a una ciencia; entre otros muchos ejemplos, el prototipo del transbordador espacial, el Enterprise, llevó ese nombre en honor a la fantástica Enterprise de Star Trek, durante la Segunda Guerra Mundial, Robert. A. Heinlein participó decisivamente en el desarrollo de los primeros trajes de presión para vuelos a gran altitud, precedentes de los trajes espaciales (imprescindible su novela CONSIGUE UN TRAJE ESPACIAL; VIAJARÁS, para comprender como funcionan estos), y Arthur C. Clarke, propuso por primera vez el satélite de comunicaciones, y fue presidente en dos ocasiones de la Sociedad de Interplanetaria Británica.

© Francisco José Súñer Iglesias,
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