Juez Dredd
John Wagner (G) y Carlos Ezquerra (D), 1941
Portada de enero de 2002 de 2000 AD

Más que centrarme en una obra específica, consignaré unas apreciaciones. Esta serie británica, de treinta y cinco años de existencia, es leal reflejo del fracaso de las utopías que se bordan desde que, quizás, Santo Tomás Moro las perfilara. Pegado a la realidad como ningún serial Marvel (ya sabéis, La Casa de las Ideas —de Mickey Mouse — se vende como la más mundana del tebeo) podría conseguir, Judge Dredd asimismo señala que el fiasco de la utopía reposa en los ciudadanos que la viven. No importa cuán remoto sea el futuro en que vivan y cuántas comodidades automáticas posean, qué mundos visiten: en cada cual late un germen virulento que instintivamente se inclina a estropearlo todo. Luego, Dredd debe resolverlo a palos. La conciliación y el diálogo no valen con nosotros.

Pero no siempre fue así; en 1977, cuando 2000AD era Battel Picture Weekly (las Hazañas bélicas de los quioscos de mi infancia —así soy de arcaico—), un desconocido escritor, John Wagner, coincidió con otro no menos desconocido dibujante, Carlos Ezquerra (paisano nuestro) que LA CARRERA DE LA MUERTE DEL AÑO 2000 (y al loro con la ironía, porque uno de sus protagonistas era Sylvester Stallone, que años después encarnaría al sombrío y tenaz Juez de Mega City One) contenía elementos que podían renovar la revista en que trabajaban.

Se trataba de Frankenstein, que encarnaba David Carradine, el cyborg piloto de carreras, al que, para enfatizar la nueva creación, añadieron la avinagrada mueca de Dirty Harry Callaghan, concibiendo así a Dredd.

Judge Dredd nació como un batiburrillo de historias ´del futuro´ clónicas de LA FUGA DE LOGAN en sus entrañas. Un repaso a éstas, de pocas páginas de extensión, así podrá confirmárnoslo. Mega City Uno estaba atestada de los robocacharros más ultramodernos imaginables a fin de que ochocientos millones de ociosos ciudadanos gozasen de una vida sin preocupaciones. Era el encumbramiento del estéril hedonismo que persiguen las utopías. Cuanto más reflexionas sobre ellas, menos aspectos positivos les ves. Porque la utopía es la última estación de la Humanidad: lograda la perfección, ¿qué queda después?

¿Solazarse en un solario contemplando cómo acumulas pelusilla en el ombligo, o invirtiendo la vida en placeres parecidos (como mostrara WALL-E)? Somos una raza destinada a la incomodidad y a saborear las conquistas tras ardua lucha. Quizás por eso fracasan las utopías: porque, dentro de nosotros, algo comprende que la pervivencia viene de esa batalla sin fin-sin fin (y molesta, MUY molesta, lo reconozco), y hace que las cosas finalmente se tambaleen.

Quizás sea, pese a todo, beneficioso para nuestro espíritu no alcanzar jamás una utopía; lo que debemos, eso sí, es lograr un sano equilibrio entre la necesidad de sentirse útiles y unas justas recompensas al esfuerzo y el mérito.

Ezquerra añadiría un puñado de elementos estéticos al uniforme del Juez, como el del águila de su hombro derecho, que corresponde a las de las monedas de Franco, no al ave americana que tanto ellos se honran en mostrarnos. (La verdad, nunca debimos sacar el águila de la bandera: es un sigul poderoso —el pájaro de Zeus—, que blasona otras insignias. ¿Qué coño son esas columnas enmarcando el escudo?).

Dredd asimismo se beneficiaba de una versión en cómic de ROLLERBALL (la buena, la del 75), titulada Héroes de Harlem, que, junto al renovado Dan Dare, daban a la revista que lanzaba un programa (no número) semanal un aire fresco, despierto y tenaz. Se removía con fuertes espasmos tratando de hacerse un hueco en un panorama de cómic europeo gobernado, implacablemente, por la producción belga-francesa. Más allá, sea lo que dibujamos aquí, o Italia, o Alemania, no es tebeo europeo. Así consta en los anales, y no hay Dios que los enmiende. Europa, pues, se reduce a unos cuantos kais cuadrados al Norte de los Pirineos.

Dredd aparece dispuesto a empapelar a los canallas del futuro en plan John Wayne, algo a esperar siendo el canon de su creación. Habría, sin embargo, de ser Pat Mills, con una suerte de ideología dispar a la que ofrece el lacónico Juez, quien le dotase de alma. Dredd madura dejando de ser un estereotipo heroico, pese a su siniestro aspecto, para convertirse en ente contradictorio; héroe hoy, villano mañana, máquina de expedir leyes sin valorar su justicia, sensible a los excesos de las normas que le obliga su cargo a aplicar, y dispuesto a desobedecerlas si viera que son excesos injustos.

Dredd está siempre a caballo de estas dos tendencias, buscando un equilibrio que no parece ni fácil ni posible conseguir. El uniforme le exige actuar sin alma; el hombre que lo viste a veces experimenta que hay algo más allá del negro-sobre-blanco del Código Penal. Falto de refugio (salvo en las conductas fascistas y salvajes de las historietas dibujadas por Simon Bisley en década 90), arrostra sus errores sacrificando partes de su conciencia.

Judge Dredd, valorado en un amplio conjunto (y mi conjunto tiene bastantes programas; sé de qué hablo —o eso creo—), es una lectura áspera, dura, heroica a ratos, entretenida siempre, llena de ironía, cinismo, reflexión, que requiere paladares blindados, gente con el cerebro encallecido por la lucha tenaz del día-a-día que vea, en algunas de sus historietas, un reflejo aun de su propia vida. Judge Dredd no es para nenazas X-Men, o Fantastic Four. Cuando empecé a leer Judge Dredd supe lo que era ser lector de minorías pero paladeando calidad. Me enfrentaba a catervas de jovencitos con los sesos flojos por las x-mendadas, y así adquirí el grado de madurez que fecunda mi literatura e ilustraciones. Judge Dredd me aportó cinismo para criticar los valores absolutos que revestían las colecciones a las que aludo, para juzgar a sus personajes, y descubrir el forro de forraje (mira, JAVIER ALCÁZAR, otra aliteración para que la uses en tus reseñas) que les rellena.

Judge Dredd ha emprendido una Larga Marcha por la Historia de la Historieta; espero que, como refiere el tema de la BSO de la película cantado por The Cure: Never say it´s over; never say the end.

© Antonio Santos
(1.013 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Una historia de la frontera

Los autores

John Wagner nació en Pennsylvania (EEUU) en 1949. A los doce años se trasladó a Escocia con su madre y sus hermanos. Sus primeros trabajos fueron para DC Thomson a finales de los 1960, para convertirse más tarde en escritor freelance y, ya en los años setenta en editor de IPC. Escribió una buena cantidad de guiones de acción y aventuras para adolescentes como Ballet Picture Weekly, 2000AD, en Eagle and Scream! Roy of the Rovers y Judge Dredd. También escribió historias para chicas en Sandie, Princess Tina y Tammy. También intentó trabajar en televisión, para la famosa serie Doctor Who, pero no se adaptó al medio, no obstante, acabó escribiendo varios guiones para la revista Doctor Who Weekly.

Carlos Ezquerra nació en, Ibdes, Zaragoza, en 1947, se vio atraido desde muy joven por las historietas y muy pronto empezó a trabajar para Battle Picture Weekly, dibujando series de western como Rat Pack, o El Mestizo. También probó con el terror, pero la precariedad del trabajo le impulsó a emigrar al Reino Unido, donde se hizo un hueco en la revista 2000 AD. En colaboración con el guionista John Wagner crearon la serie Judge Dredd. El éxito de esta serie hizo a Ezquerra muy conocido, lo que le llevó a participar en series como Robo-Hunter y Strontium Dog. Otros trabajos de Ezquerra fueron el paródico Al´s Baby, probó con los superhéroes, con Lobo para DC, cómic bélico con La Brigada del Rifle, Battlefields, o World of Tanks, y más ciencia-ficción con Boody Mary, sobre guiones de Garth Ennis. Falleció en 2018.


Para saber más: