Cody Starbuck
por Howard Chaykin, 1974
Cody Starbuck

El éxito de la revista francesa de comic Metal Hurlant (1974), en cuyas páginas publicaban nombres de la talla de Moebius, Enki Bilal, Richard Corben, Alejandro Jodorowsky o Phillippe Druillet, así como el de su versión norteamericana, Heavy Metal, que debutó en 1977 adoptando el mismo tono adulto, oscuro, violento y a menudo erótico en sus historias de ciencia-ficción y Fantasía, provocó un terremoto en el mundo del comic-book de mediados de los 70.

En sus páginas no se veían superhéroes musculosos protegiendo a inocentes viandantes de supervillanos egomaniacos, sino anti-heroes con un sentido moral tan cuestionable como el de las fuerzas contra las que combatían. Las historias trataban menos de salvar al mundo de armas apocalípticas como de la sencilla supervivencia en mundos y futuros en los que la vida era barata; historias que a menudo mostraban mujeres escasamente vestidas y hombres varoniles de frases lapidarias enredados en tramas donde abundaban las drogas, la prostitución o la hiperviolencia. Había comentarios sociopolíticos frecuentemente acompañados de humor negro que impedían que las historias descarrilaran o cayeran en el puro nihilismo. Y todo ello narrado con estilos gráficos poco convencionales, incluso experimentales, por parte de autores de tanto talento como entusiasmo y amor por el medio.

Sin embargo, antes de que Metal Hurlant despegara y se convirtiera en el referente mundial del comic fantacientífico, hubo un precedente en Estados Unidos del que hoy se habla menos, quizá porque la labor de los pioneros siempre ha sido desagradecida: Star Reach, en cuyas páginas se publicó la obra que ahora comentamos y que vino firmada por un joven revolucionario e irreverente.

En 1970 desembarcó en la industria una nueva generación de jóvenes autores dispuestos a revolucionar el medio. A diferencia de sus antecesores, profesionales veteranos cuyo único objetivo era ganarse la vida y muchos de los cuales soñaban con dar el salto al más prestigioso mundo de las tiras de prensa o la ilustración comercial, ellos habían crecido con los comics e idolatrado tanto a los artistas de la EC como a sus herederos de Warren, a los clásicos de la prensa (Foster, Raymond, Stan Drake...) como a popes de la ilustración como Frazzetta o los padres de la resurrección superheroica de los 60: Gil Kane, Steve Ditko, Jack Kirby, John Buscema, Jim Steranko, Neal Adams... Bebían de la ilustración académica de Howard Pyle o Charles Dana Gibson, pintores modernistas como Alphonse Mucha y Aubrey Beardsley y maestros todoterreno del comic como Wallace Wood o Alex Toth.

Eran jóvenes, rebeldes, ambiciosos, buenos conocedores del medio y hacían piña. Por tanto, eran también carne dura de roer para la picadora industrial del comic mainstream. No era fácil seducir a estos recién llegados para que se amoldaran a los estilos de la casa y, efectivamente, no tardaron en reafirmar su individualidad y revolucionar la industria con sus trabajos. Sus nombres hoy gozan de la categoría de clásicos de la historia del comic: Jim Starlin, Walt Simonson, Bernie Wrightson, Mike Kaluta, Barry Smith, P. Craig Russell, Frank Brunner... y Howard Chaykin.

Chaykin, nacido en 1950, tuvo una infancia difícil para la que tiene pocas palabras amables aparte de su descubrimiento de los comics. A los 19 años empezó a trabajar como ayudante de Gil Kane pasando luego a los estudios de Wally Wood y Neal Adams, quien le presentó a algunos editores de DC, facilitándole su conversión en profesional por derecho propio.

Por desgracia, para cuando esto sucedió, Chaykin se dio cuenta de que los superhéroes, la fuerza motriz de la industria del comic-book, no le interesaban demasiado. Tuvo la fortuna de que, por entonces, las dos grandes editoriales, Marvel y DC, estuvieran tanteando otros géneros previendo una posible recesión en las ventas de su catálogo de justicieros disfrazados. Tras unos tambaleantes comienzos en títulos de terror, romance y bélicos para DC, dibuja -con guiones de Denny O´Neil — la adaptación de los populares héroes de espada y brujería FAHRD Y EL RATONERO GRIS, creados para la literatura por Fritz Leiber. Aunque, por desgracia, las aventuras de la peculiar pareja de guerreros, serializadas en Sword of Sorcery sólo duraron cinco números (1-5, marzo-diciembre 73 aunque Chaykin no participó en el último), fue un comienzo auspicioso para su carrera. Los héroes de Leiber eran la antítesis de los musculosos y ceñudos guerreros salidos de la imaginación de Robert E. Howard (Conan, Kull, Bran Mak Morn) llevados al comic por Marvel en aquel momento. Fafhrd y el Ratonero eran personajes más sofisticados, que sólo se metían en una pelea si tenían las posibilidades a su favor y que sabían huir sin vergüenza cuando la prudencia era lo más sensato. En lugar de abrirse camino a espadazos diezmando ejércitos enteros, la pareja solía verse involucrada en robos y estafas.

De la Fantasía Heroíca, Chaykin pasó a la ciencia-ficción, esta vez con un personaje propio que encontraría espacio en otra de esas efímeras antologías de DC, Weird Worlds, que había empezado publicando aventuras de algunos de los personajes de Edgar Rice Burroughs. Cuando la editorial perdió la licencia de aquéllos, ahí estaba Chaykin para llenar sus páginas con Iron Wolf, presentado en los que iban a ser los tres últimos números de esa cabecera (8-10, diciembre 73-noviembre 74). Las aventuras de Iron Wolf (escritas por Denny O´Neil, aunque el personaje, ya lo he dicho, fuera creación de Chaykin) eran pura space opera y su protagonista era un aristócrata y oficial del Imperio Galaktiko que se rebelaba contra la corrupción y se veía convertido contra su voluntad en pirata espacial a bordo de su nave, el Jocoso Libertino, construido con madera antigravitatoria proveniente de su mundo natal. Ha habido quien ha querido ver ciertos paralelismos entre este personaje, mezcla de Robin Hood, Rob Roy y Flash Gordon, con el posterior Han Solo de STAR WARS, aunque esta apreciación esté algo cogida por los pelos.

Tras dibujar una aventura de Batman (Detective Comics 441), Chaykin se marcha a Marvel, donde se encarga de otro héroe de ciencia-ficción ya en marcha, Killraven, del que ya hablé en otra entrada. En esa editorial se ocuparía también de otras series de aventuras o fantasía, como Dominic Fortune, Kull and the Barbarians o Conan. Pero su siguiente gran oportunidad la encontró en otro rincón de la industria con unos intereses y objetivos muy diferentes.

Mike Friedrich fue uno de los nombres (otros serían, por ejemplo, Dean Mullaney, fundador de Eclipse; Phil Seuling, fundador de la Convención de Comic de Nueva York y padre del mercado de venta directa junto a Bud Plant, distribuidor y editor especializado en comics underground) que cambiaron el panorama de la industria norteamericana del comic durante la década de los 70 y 80 del pasado siglo. Friedrich había comenzado como aficionado, pasó a ser guionista autónomo para DC y Marvel y dio el salto a la edición con su propia compañía, Star Reach, reconvirtiéndose más tarde en agente y haciendo de su sello una prestigiosa agencia que representaba a dibujantes y guionistas.

Como profesional autónomo, había llegado a conocer bien los contratos (y los problemas que éstos generaban) que imponían las grandes compañías, así que cuando se convirtió en editor, decidió ofrecer un camino alternativo para aquellos creadores interesados en proyectos en los que DC o Marvel o bien no tenían interés o bien no compartirían los derechos con los autores. Puede que esto no parezca hoy una iniciativa revolucionaria, pero en aquellos tiempos, si alguien quería contar historias fuera del molde superheroico forjado por Marvel y DC o acababa discutiendo con los editores de ambas, no tuvo ninguna alternativa hasta la llegada de Star Reach y Eclipse. Cuando Friedrich se hizo agente, pudo emplear su experiencia en ayudar a otros autores a negociar mejores contratos.

Portada del número 1 de Star Reach
Portada del número 1 de Star Reach

Howard Chaykin, que siempre fue un alma rebelde que hablaba sin pelos en la lengua y que era muy consciente de la rapacidad de las editoriales, fue uno de los primeros autores en entrar en su círculo y adoptar su filosofía. Y lo hizo cuando en abril de 1974, Friedrich lanzó una nueva revista que, en sus propias palabras, iba a cambiar el curso de la historia del comic. Se trataba de un prozine, esto es, una revista realizada y editada por profesionales (en contraposición al término fanzine, revista de fans). Los autores conservaban la propiedad de los personajes y Friedrich sólo les compraba los derechos de publicación durante un tiempo limitado. El título de la cabecera fue Star Reach, como la editorial, y el primer número lucía una portada dibujada por Chaykin en la que se presentaba a su nuevo personaje, Cody Starbuck.

El comic, disponible sólo en las tiendas especializadas, ofrecía 48 páginas de historias por 75 centavos e incluía a algunos de los artistas más prometedores de la industria. Aquel número inaugural, por ejemplo, contenía tres espectaculares historias de Jim Starlin, entonces muy reconocido por su etapa en el Capitán Marvel; una de 16 páginas del mencionado Cody Starbuck por un Chaykin que había cosechado justificadamente buenas críticas por su Iron Wolf; una titulada A Tale of Sword and Sorcery, firmada por Ed Hicks y Walter Simonson (una parodia del género en el que ya se podían vislumbrar elementos de su futuro Thor); y dos piezas cómicas por Steve Skeats. Todo ello en un primoroso blanco y negro.

Friedrich llevaba dándole vueltas a Star Reach desde 1972, cuando intentó lanzar por su cuenta una adaptación al comic de Bran Mak Morn, el personaje creado para la literatura pulp por Robert E. Howard. Consiguió interesar a Barry Smith y éste dibujó diez páginas antes de abandonar el trabajo (que sería terminado por Tim Conrad y publicado años después en La Espada Salvaje de Conan, de Marvel). Posteriores conversaciones con Jim Starlin y Howard Chaykin llevarían, ahora sí, a la fundación de Star Reach. Tal y como declararía años después Chaykin al respecto de los comics que allí publicó: Eran divertidos de hacer y el dinero estaba bien. Por entonces no tenía la energía, habilidades o entusiasmo necesarios para hacer correctamente un comic mensual. No era lo suficientemente bueno. No lo fui hasta que regresé a los comics tras un descanso como ilustrador. La oportunidad de hacer trabajos cortos aquí y allí era otra forma de ganarse la vida y Star Reach fue uno más.

(Aunque para Chaykin no fuera más que otro trabajo, Jim Starlin sí se lo tomó como algo mucho más personal y aprovechó la oportunidad para denunciar el tipo de trato que dispensaba Marvel a sus autores. Su primera historia para la revista, Death Building, muestra a un artista que entra en un edificio de oficinas de Nueva York, entre Madison y la calle 55, justo donde se encontraban las oficinas de Marvel, y se toma una pastilla de ácido mientras sube en el ascensor. El artista, que afirma ser un ser de imaginación se baja del ascensor y rápidamente asesina a una Muerte embozada antes de ser él mismo aniquilado. En las viñetas finales, otro artista entra en el edificio, un nuevo cordero sacrificial directo al matadero. Su nombre: Jim Starlin).

Aunque el comic costaba casi cuatro veces más que uno estándar de Marvel o DC), Friedrich agotó su tirada inicial de 15.000 ejemplares en tan solo seis meses. Gracias a una convención de comics de un solo día que se celebró en Berkeley, California, poco después de que se publicara el primer número, Friedrich pudo contactar con Bud Plant y Last Gasp, dos de los principales distribuidores del país a tiendas especializadas. El evento se celebró un sábado; el lunes, Plant y el equipo de Last Gasp ya habían enviado a Friedrich peticiones de más ejemplares para sus clientes. En solo una semana, los costes de impresión estaban cubiertos. Gracias al boca oído, Star Reach fue acumulando ventas y prestigio en un entorno con pocas alternativas para lectores deseosos de material más arriesgado pero sin llegar al underground.

Star Reach fue un paso intermedio entre las editoriales mainstream y los pequeños sellos marginales, combinando el entusiasmo de los fans, una mezcla de sensibilidad europea y underground norteamericana y una calidad profesional. Tras el éxito del primer número, Friedrich necesitó todo un año para reunir material para el segundo, que llegó a las tiendas especializadas en abril de 1975.

Cody Starbuck espada en mano

Volviendo al personaje que nos ocupa, aunque Iron Wolf no había tenido una vida muy larga en DC, Chaykin, que nunca ha tenido reparos a la hora de reciclar las buenas ideas, se había quedado con ganas de más y recuperó ese tono de space opera —capa y espada, deudor del Flash Gordon de Alex Raymond con su siguiente héroe, Cody Starbuck, que debutó en el mencionado número inaugural de Star Reach. Se trataba de un pirata espacial en busca de la novia de un gobernador planetario secuestrada por un monje. Cody rescata a la chica, escapa en su nave, el Jocoso Libertino —donde la muchacha le expresa carnalmente su agradecimiento— y luego la devuelve a su marido con una sonrisa en el rostro. Pero resulta que uno de sus invitados, Trachmann, es un odiado rival y tras rememorar el origen de su enemistad, Starbuck decide no saldar cuentas para no agraviar a su cliente. Paseando por las calles de la ciudad de Nuevo Aragón, encuentra a un viejo amigo, disfruta de algo de sexo con unas clonandroides, es atacado por un asesino, lo hace hablar y marcha directo a enfrentarse con Trachmann. Tras un duelo a puñetazos y espadas, el villano muere tratando de escapar.

Todo es un poco confuso pero tan deliberadamente provocativo y dinámico que se lee con rapidez y agrado. Con una espada en una mano y una pistola de rayos en la otra, Starbuck sí fue un probable predecesor de Han Solo, si bien mucho más cínico y moralmente reprobable. Si este fue realmente el caso (esto es, si Lucas se fijó en él para modelar a su contrabandista corelliano) es difícil de decir. Han Solo no es un espadachín sino un pistolero y, aunque es fácil considerarlo tan pirata espacial como Starbuck, lo cierto es que el tipo de historias que para éste escribió Chaykin eran de un tipo y tono muy distinto de lo que jamás ha sido STAR WARS. Sí, hay embajadores, flotas estelares, duelos y hasta un emperador; y sí, el héroe incluso rescata a una princesa. Pero mientras que Solo era un bribón simpático, Starbuck es inmoral e incluso despiadado. De hecho, sólo en las cinco primeras páginas de esta entrega de presentación ya podía vérsele decapitando sangrientamente a un adversario con su espada, masacrando a otros varios y disfrutando de la felación de la dama que acaba de rescatar mientras atiende una videollamada; algo más adelante pueden verse cabezas reventadas y escenas moderadamente lésbicas entre mujeres eróticamente vestidas.

Aquí es donde Chaykin sentó las bases para su futura reputación como autor provocador y obsesionado con el sexo. Sus páginas de Cody Starbuck son tan potentes que inmediatamente le convirtieron en la estrella de la revista, por mucho que las dos historias de Starlin que le acompañaban estuvieran mejor dibujadas y narradas. Con todo, aquí la línea de Chaykin mejora considerablemente respecto a sus trabajos anteriores en DC; se nota su confianza y la experiencia que ya iba acumulando. Su dibujo aún está muy influenciado por los estilos de Gil Kane y Neal Adams pero no tardaría en evolucionar y desarrollar uno propio. El guión, no obstante, es tosco. Fue Archie Goodwin quien le introdujo en los grandes nombres de la ficción policiaca (Mickey Spillane, James M Cain), de los que tomaría sus personajes duros y cínicos, situándolos en marcos de space opera clásica que remitían a autores Leigh Brackett, Edmond Hamilton o C. L. Moore (aunque en las siguientes historias, iría escorándose hacia una ciencia-ficción más reminiscente de la de Michael Moorcock; de quien, por cierto, adaptaría al comic en 1979 uno de sus personajes, Erekose, en la novela gráfica ESPADAS DEL CIELO, FLORES DEL INFIERNO, serializada en Heavy Metal).

Como ya he dicho, Star Reach era una pequeña revista realizada por profesionales y no por una gran empresa editorial, lo que quería decir que su cadencia era irregular, lanzándose cada número sólo cuando los artistas conseguían hacer sitio en sus agendas para completar las historias comprometidas con Friedrich. Así, hubo que esperar dos años tras el debut de la cabecera para leer una nueva aventura de Cody Starbuck en el nº 4. En esta ocasión, lo encontramos trabajando a sueldo de un gran emporio mercantil, Abraxas, y lanzando un ataque contra un cartel rival en el curso del cual roba un artefacto que permite el viaje hiperespacial. Sin embargo, está codificado y sólo funciona aplicando las huellas dactilares de su pacifista y desaparecido inventor, Diego Portman. En las negociaciones con Sjardin, la libertina presidenta hereditaria de Abraxas, Starbuck exige como pago por encontrar a Portman el 50% de los beneficios que genere el invento durante los siguientes 25 años.

Una enorme decepción

Un montaje a página completa nos muestra a Starbuck buscando a su presa y obteniendo la pista que le lleva hasta una tribu nómada de un planeta salvaje... y a la hija del jefe. Su cacería le devuelve a territorio Abraxas, donde descubre que su patrona, Sjardin, está preparándole una trampa. Homenajeando al SCARAMOUCHE de Rafael Sabatini, Chaykin hace que Cody se disfrace de Arlequín y luche contra los sicarios de la pérfida Sjardin. En la refriega, Portman resulta muerto y se descubre que sus manos, lo único que se necesitaba para activar su invento, le fueron amputadas tiempo atrás por hombres de la propia Sjardin, reemplazándolas por marionetas.

Una vez más, Chaykin no ofrece demasiado contexto para esta peripecia y el lector se ve inmerso en la acción desde la primera página; ni siquiera hay un atisbo de continuidad respecto a lo narrado en el capítulo anterior. Por otra parte y empapándose de las ficciónes criminales que tanto le gustan a Chaykin, el personaje se define ya abiertamente como un mercenario amoral, un perfil que será el habitual para el resto de personajes que el autor creará durante su futura carrera. El dibujo, más espontáneo y sucio, está empezando a alejarse del molde de Neal Adams y adoptando manierismos que ya permanecerán con Chaykin durante las siguientes décadas.

Chaykin hizo una colaboración más para Star Reach en su número 5, una historia con guion de Len Wein y protagonizada por un mago llamado Gideon Faust. Pero entonces, otro proyecto, también de ciencia-ficción, se le cruzó en su camino: STAR WARS.

La historia de cómo Marvel se hizo con los derechos de adaptación de la película de George Lucas y cómo la colección derivada acabó vendiendo más de un millón de copias por número (cuatro veces más que Spiderman), merece un artículo aparte. Por el momento, valga decir que, ante la general falta de interés que había por el film antes de que se estrenara, Lucas cedió gratuitamente a Marvel los derechos de los seis primeros números y sólo puso dos condiciones. La primera fue que, con el fin de maximizar el impacto publicitario, los dos primeros episodios debían ponerse en los puntos de venta antes del estreno cinematográfico. La segunda fue que Howard Chaykin se encargara de dibujar el comic.

Lucas era admirador del trabajo que había hecho el autor con Iron Wolf unos años antes y consiguió conocerle en persona en 1976 a través de Edward Summer, que era el propietario de la primera tienda especializada en comics de la Costa Este, Supersnipe Comic Book Euphorium, y que era por entonces no sólo su amigo sino su socio en la Supersnipe Comic Art Gallery. Así que Chaykin, cargado con una caja que contenía 4.000 fotografías de producción y copias de las ilustraciones conceptuales de Ralph McQuarrie, se puso a trabajar en lo que iba ser la adaptación al comic de la primera película de STAR WARS. Él mismo admitió quedarse impactado al ver lo que Lucas había conseguido en pantalla a partir de aquellas pinturas y que, de haberlo sabido de antemano, hubiera puesto más interés en el encargo. De hecho, sólo se encargó del dibujo y tinta del primer número (Roy Thomas firmaba los guiones) y en los posteriores, presionado por las fechas de entrega, sólo realizaría ya los bocetos. El baile artístico no gustó a Lucasfilm, pero Thomas les dijo que no podía hacer nada al respecto: Howard era un autónomo y no podía encadenarle a un tablero de dibujo.

En cualquier caso, tras sólo diez números, Chaykin abandonó el comic-book de STAR WARS para continuar trabajando en personajes propios con tono más adulto. Fue por entonces cuando, sin salir de la ciencia-ficción, realizó dos ambiciosos comics en forma de novela gráfica para la editorial Byron Preiss: EMPIRE (1978), una adaptación de un relato de Samuel R. Delany; y LAS ESTRELLAS MI DESTINO­ (1979), traslación gráfica de carácter experimental del clásico literario de Alfred Bester.

Fue en esta época también cuando Chaykin regresa a Cody Starbuck, aunque en esta ocasión con el formato de comic unitario e independiente publicado por Star Reach en julio de 1978. Lo que podía verse en su interior se distanciaba considerablemente de lo cualquier título de la competencia mainstream se atrevía a mostrar. En su introducción, Friedrich escribió: Chaykin no sólo agita el árbol de la space opera tradicional sino que lo pulveriza. Que no te engañe su profesional grafismo. Este es un comic punk. No es de extrañar que Friedrich se curara en salud colocando en la portada la leyenda Sólo Para Adultos.

Pasando un poco de frío

La historia comienza en un mundo helado, donde un hombre amnésico lleva diez años sobreviviendo tras haberse estrellado allí su nave. Cuando aquello sucedió, fue encontrado por unos nativos, llevado a su aldea y curado, aunque no tardó en sospechar que lo que estaban haciendo era cebarlo para luego comérselo. Así que escapa, se atrinchera en su nave y sobrevive durante una década, realizando breves incursiones de caza y sin relacionarse con nadie. Un día, es atacado por un felino y queda malherido. Es salvado por un par de humanos que sanan sus heridas y lo identifican a partir de los datos de la nave como Joaquin Santana, Caballero de la Iglesia. Utilizan un transmisor de materia para llevarlo al Vaticano, La Ciudad Santa...que se extiende desde el polo norte de este mundo templado hasta el sur de su ecuador. Metrópolis culta y rica, capital de un imperio planetario y lugar de nacimiento de Adriano, primer Papa de la Tercera Reforma.

Allí le informan de los cambios que ha experimentado el antiguo Imperio, su conversión al catolicismo y la guerra santa mediante la cual extienden su fe. Le muestran un rito televisado destinado a demostrar la inutilidad de cualquier intento de rebeldía y en el que el gobernante de la Liga de Tauro, genéticamente modificado para transformarlo en un minotauro, es obligado a violar a su encadenada mujer mientras el emperador, que también ha modificado su cuerpo para convertirse en mujer, decapita al taurano.

Joaquín, según le dicen, había sido uno de los caballeros al servicio de Adriano, pero él no se siente a gusto en ese ambiente. El emperador le encomienda la misión de recuperar una reliquia, el Principio Nova, depositaria de un secreto tecnológico largo tiempo olvidado, que le permitirá a la Iglesia dominar la galaxia. Cuando Joaquín está a punto de revelar que conoce el paradero del artilugio, aparece en escena Wulf Wyngard, el jefe de inteligencia del emperador... que resulta ser un antiguo camarada de Cody Starbuck y que lo reconoce como tal.

Recíprocamente, al ver una cara perteneciente a su pasado, se hace la luz en la mente de Joaquín-Starbuck: no es el caballero Santana sino que diez años atrás luchaba contra él a bordo de su nave para hacerse con el control de ésta antes de estrellarse en el planeta helado. Él es un enemigo de la Iglesia, no su paladín. Toma como rehén al emperador y se abre camino hasta una nave, con la que viaja de vuelta a aquel mundo y se apodera del Principio Nova. Éste es un arma de inmenso poder capaz de hacer explotar soles y con ella Starbuck destruye el Vaticano, reúne una flota propia e inicia su propia cruzada de conquista.

No sé si yo utilizaría, como Friedrich, el término punk para definir a este comic, pero desde luego sí era provocador e incluso gamberro y, sobre todo, divertido. Parece evidente que se tomó esta entrega de Cody Starbuck como una liberación de las limitaciones impuestas por Lucasfilm y Marvel con las que había tenido que trabajar durante casi el año que había dibujado STAR WARS. Ya en este punto, encontramos los elementos que caracterizarán la obra madura de Chaykin y que pronto se harán aún más explícitos en su primera gran obra, American Flagg: ciencia-ficción, sexo, violencia, capitalismo desatado, cultura pop, religión y antihéroes cínicos.

De hecho, Chaykin lleva a su personaje a un nuevo nivel de amoralidad. Bajo ningún concepto se le puede considerar un héroe. Por mucho que el imperio se presente como una institución corrupta y cruel, él no es ni un salvador ni un revolucionario. Lo único que hace es eliminar a un rival y ocupar su lugar. Al final de la historia, tras haber exterminado a millones con la destrucción de Vaticano, Starbuck propone alegremente un brindis a sus aliados: Como todos sabéis, yo fui un idealista...Temeroso de la corrupción del poder. Pero al volver a nacer, solía oír: Los Tiempos Cambian. Sí, el poder corrompe... y es con alegría que me entrego a esa corrupción. Que la virtud se aparte o se conforme con mi maldad. Los tiempos cambian y se ensombrecen. ¡Por el crimen!. Y eso por no hablar de la escenificación explícita de violaciones, bestialismo, asesinatos y equivalencia del cambio de género con la locura (lo cual hoy día sin duda hubiera levantado olas de indignación).

Por entonces, los comics de Star Reach, ya lo he mencionado, costaban bastante más que los publicados por Marvel o DC, pero su calidad de producción compensaba sobradamente esa diferencia. El papel era bueno, permitiendo brillar al color y mantener perfectamente nítidas las líneas y tramas. De hecho, sus comics eran técnicamente mejores que los de cualquier otro editor de su tiempo. Por desgracia, esta entrega de Cody Starbuck es la excepción a la regla. Aunque Chaykin ha refinado su dibujo y se permite jugar con las composiciones de página en mayor medida que en su etapa anterior del personaje, el conjunto quedó lastrado por una nefasta reproducción del color que emborronaba el dibujo, suprimía los detalles y oscurecía horriblemente las escenas.

Aquel mismo año 1978, Chaykin elaboró un portafolio de seis ilustraciones en blanco y negro de Cody Starbuck, al que siguió dos años después, en 1980, otro más con cuatro ilustraciones a color. Y el siguiente y último paso hasta la fecha lo daría el personaje entrando en la revista Heavy Metal (recordemos que Chaykin era dueño del personaje y podía llevarlo a donde mejor le pareciera), que, como ya mencioné, era la prima americana de la francesa Métal Hurlant. Chaykin sabía que su héroe amoral y sus historias impregnadas de sexo y violencia eran incompatibles con la línea mainstream del comic norteamericano y quizá pensó que tendrían mejor acomodo en el seno de Heavy Metal, más abiertas a la experimentación en fondo y forma gracias a su origen europeo.

Así que, en esa cabecera, entre los números 2 al 6 (mayo y septiembre de 1981), aparecería una saga en cinco episodios realizados a todo color con un estilo gráfico muy llamativo.

Esperando la lluvia

La historia comienza en el pequeño mundo agrícola de Detweiler, donde tras 185 días de sequía reciben alborozados la lluvia... hasta que después de diez días de diluvio, la muerte y las enfermedades hacen acto de presencia, aparentemente debido a algún tóxico premeditadamente lanzado con la lluvia por agentes externos. Detweiler no fue sino uno más de los muchos planetas moribundos devorados por el odio y la guerra que devoraban a un imperio en descomposición. Las travesías interplanetarias escaseaban y los grupos mercantiles eran los únicos que controlaban la tecnología del viaje espacial junto a los mercenarios, los cruzados religiosos de la Iglesia y las troupes teatrales. Cody pertenece a los primeros y trabaja para la Corporación Prometeo en su larga guerra contra otro conglomerado mercantil, la Sociedad Dax. Esta primera parte es básicamente una exposición detallada de todo lo anterior, finalizando con una incursión del grupo de Starbuck para sabotear una planta de producción de hipernaves orgánicas de Dax, pero al encontrar demasiada resistencia, se ven obligados a retirarse.

En la segunda parte, Cody, a bordo de su nave, el Jocoso Libertino, revela que la misión no ha sido un fracaso absoluto dado que uno de sus peondroides derribados liberó suficientes toxinas en la reserva de árboles —con los que se construyen las naves— como para paralizar la producción durante todo un año. Ponen rumbo a Detweiler, donde ya ha pasado un año tras la catástrofe mencionada antes, para vender a los nativos equipos de trabajo clonandroides. Allí, se encuentran con un conflicto entre los sacerdotes del Imperium Catholicum y unos nuevos teócratas que desde sus prédicas en el desierto están socavando el poder de aquéllos. Cody busca a Lady Tessa, la persona más influyente del empobrecido planeta, para presentarle su oferta comercial, pero cuando ambos se encuentran, ella lo reconoce y, furibunda, ordena a sus hombres que lo atrapen y lo ejecuten.

Justo al comienzo de la tercera entrega del serial, el campamento de Lady Tessa es atacado por unos salteadores y Cody y su lugarteniente Porfirio aprovechan la confusión para escapar no sin antes rescatar a la dama de las garras del líder de los bandidos y llevársela a bordo de su nave. Allí, averigua el origen del odio de la mujer: cuando era una princesa gitana, su clan conoció a Starbuck y su tripulación cuando llegaron a Detweiler contratados por el gobierno, según dijeron, para atraer nubes y acabar con la sequía. El pueblo de Tessa los acogió y alimentó antes de que Starbuck y sus droides mataran a todo el mundo y quemaran el campamento para cubrir sus huellas y que nadie pudiera así saber que, en realidad, ellos habían sembrado esas nubes con la toxina que diezmó a la población y las cosechas. Cody asegura que nunca había oído hablar de Detweiler hasta hace poco y envía de vuelta a la princesa para dedicarse él a buscar al supuesto sosias responsable de la atrocidad.

El cuarto capítulo comienza con Cody en el planeta 1062, donde por fin encuentra a su gemelo en un casino. Se produce una pelea y Cody mata a su adversario, descubriendo en su cuerpo clónico una marca que lo identifica como propiedad de Prometeo. En el planeta donde esta corporación tiene su base, Torres Prima, la pelirroja emperatriz hereditaria del monopolio, Lady Rowena Glance, disfruta de sexo lésbico con clones de ella misma mientras se felicita por su alianza con la Iglesia, en virtud de la cual Prometeo fomenta clandestinamente guerras que simultáneamente abren mercados para sus productos y atraen fieles desesperados a las puertas de las iglesias. Nada más llegar Starbuck al planeta en busca de respuestas, se entera de que Lady Rowena ejecutó a una desafiante Lady Tessa cuando ésta acudió a Torres Prima para solicitar una audiencia.

La quinta y última parte del serial cuenta cómo Starbuck se infiltra con sus hombres en el Palacio de Cristal de Prometeo, liquida a los guardias y atrapa a Lady Rowena, que, temiendo por su vida, le confiesa que Tessa puede ser clonada. El mercenario obliga al científico jefe, el ingeniero genético Bishop, a realizar el procedimiento y luego asesina a Rowena, reemplazándola por un clon reprogramado. Luego se lleva al clon de Tessa al rito funerario que sus seguidores están celebrando y mediante un truco hace parecer que su amada líder desciende de los cielos como una mesías. Cumplida su misión, impartida justicia y con el corazón roto, Starbuck se aleja a bordo de su nave.

En general, esta saga es una narración dispersa y confusa, con giros y subtramas que no llevan a ninguna parte y personajes que actúan de forma contradictoria o con motivaciones poco claras. Chaykin estaba todavía aprendiendo a construir historias sólidas a partir de ideas sugerentes y trasfondos complejos. Una vez más, encontramos una aventura que parece descolgada de las anteriores del personaje, como si en cada iteración Chaykin tratara de reformular al protagonista intentando sintetizar la mezcla perfecta de héroe y cínico amoral. El Starbuck de las primeras entregas se decantaba algo más hacia la primera faceta mientras que el especial a color lo convertía en un canalla corrupto. En la etapa de Heavy Metal, siete años después de su creación, encontramos ya una fusión de ambas naturalezas, aunque desde luego es un personaje con el que ya resulta más fácil simpatizar. En cualquier caso y como he dicho, no hay una continuidad entre todos estos comics, siendo cada uno de ellos una variación algo diferente del tópico del pirata espacial.

Pero si por algo merece la pena recomendarse Cody Starbuck no es por sus erráticos guiones sino por su espectacular arte. Alejándose de la narrativa tradicional que podía verse todos los meses en los comics de las grandes editoriales y bebiendo de fuentes e inspiraciones distintas a las habituales en el medio, Chaykin ofrece una sucesión de páginas que, más que un comic que narra una historia parece un portafolio. Nada queda ya de los titubeantes comienzos con los que había entrado en la industria ocho años atrás. Lo que encontramos aquí es a un virtuoso dispuesto a experimentar con las herramientas narrativas que el medio gráfico pone a su disposición.

Así, influido por los estilos de maestros norteamericanos como Jim Steranko o europeos como Sergio Toppi, tenemos composiciones de página en las que las viñetas adoptan todo tipo de disposiciones, formas y combinaciones: horizontales, verticales, diseminadas por la plancha, configuradas simétricamente, fusionadas sin los habituales marcos limitadores... lo que obliga al lector a realizar un esfuerzo visual para determinar el orden de lectura —que a menudo es de arriba abajo primero y de izquierda a derecha después—.

A esto se añade su abandono del clásico dibujo a lápiz y luego entintado y coloreado mecánicamente, para aprovechar los nuevos avances en impresión y adoptar un estilo pictórico que remite a los vanguardistas trabajos de ilustradores legendarios como Bob Peak o Bernie Fuchs. Utiliza técnicas mixtas que van desde las acuarelas y las tintas a acrílicos y fotomecánica. Las combinaciones de color son en ocasiones un tanto peculiares y exageradas —probablemente debido al daltonismo de Chaykin — pero no hay duda de que están muy trabajadas y que en su momento había pocos autores comerciales en el mundo del comic norteamericano que pudieran ofrecer un trabajo a esa altura.

Cody Starbuck no ha tenido reedición en este formato integral tan popular en los últimos tiempos. Siendo propiedad de Chaykin, puede achacarse a su falta de interés en el personaje, aunque también es cierto que la falta de continuidad argumental y coherencia gráfica tengan algo que ver (si bien el material publicado en Heavy Metal podría perfectamente recopilarse como un álbum independiente). Chaykin escribió cada entrega como si las anteriores no hubieran existido; y visualmente, aunque, como digo, no hay demasiada uniformidad entre todas las historias, sí brindan un interesante testimonio a su evolución como autor. Así, la primera, para Star Reach, fue una mera reformulación —en clave algo más provocadora, eso sí— de su anterior Iron Wolf de DC; para la segunda trató de hacer algo más original y el especial a color ya supuso un salto considerable, llevando al personaje a territorios mucho más siniestros. La etapa de Heavy Metal es una nueva versión mixta de las dos anteriores que trataba de aproximarse a un estilo más europeo y dice mucho de su calidad el que sus páginas allí aguantaran perfectamente el tipo junto a otras de autores como Corben (Bloodstar), Druillet, Crepax, Bilal o Steranko (la adaptación de ATMÓSFERA CERO).

Pero, sobre todo, Cody Starbuck supuso el escalón que le permitió a Chaykin consolidarse como un artista rebelde y personal que tenía un pie en el comic mainstream y otro en el independiente que él mismo iba a impulsar con su colección American Flagg para First Comics en 1983.


Notas
© Manuel Rodríguez Yagüe
(6.091 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Un universo de ciencia-ficción
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El autor

Howard V. Chaykin nació el 7 de octubre de 1950 en Newark, Nueva Jersey. Estudio dibujo en el Columbia College de Chicago y en la School of Visual Arts de Nueva Cork. Sus primeros trabajos fueron colaborando con Gil Kane, Neal Adams o Wally Word. Durante los primeros años 70 elaboró para DC Comics sus primeros trabajos personales. Aunque su trabajo en la colección de cómics que Marvel dedicó a Star Wars fue un gran éxito, es mejor conocido por la serie American Flagg, lanzada en 1983, un cómic con temas más maduros que los de la mayoría que era posible encontrar por la época. Las principales influencias de Chaykin vienen de ilustradores como Howard Pyle o Charles Robinson. Otro trabajo por el que también es notablemente conocido es Cody Starbuck, una space opera de alto contenido erótico que rompió muchos de los tabúes de la época. También preparó adaptaciones de obras de Michael Moorcock, Roger Zelazny y Alfred Bester, y como no podía ser menos, colaboró en otro hito de los años 80, la película HEAVY METAL. En su última época colabora indistintamente con Marvel y DC Comics reelaborando muchos de sus superhéroes, como Batman, Catwoman, La liga de la justicia, Los vengadores, Blade, El hombre de hierro, etc.


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