El discurso de las armas y las letras
por Eduardo Gallego Arjona

Resulta difícil seleccionar un capítulo del Quijote que me haya gustado por encima de otros. Repartidos por los dos libros hay innumerables fragmentos que me divierten, emocionan o incitan a la reflexión.

Por un momento pensé en comentar los prólogos, aunque desistí para no dar la nota. Sin embargo, en pocos lugares como ésos un autor que escribió hace cuatro siglos nos interpela, nos expresa sus preocupaciones, su inseguridad ante el éxito del libro, se sincera con nosotros, nos divierte con anécdotas. Esta suerte de diálogo a través de los abismos del tiempo es algo mágico. Los buenos escritores nunca mueren; los tenemos a nuestro lado cada vez que nos sumergimos en sus obras.

Luego me planteé seleccionar alguno de los capítulos del Libro II donde se narran las peripecias de Don Quijote y Sancho con los Duques, y las burlas a las que se ven sometidos para regocijo de sus anfitriones (la Trifaldi, Clavileño, la Ínsula Barataria...) Hay un acusado contraste entre el buen sentido y el amor a la justicia de caballero y escudero, frente a la crueldad de los nobles y quienes los rodean, tan sólo deseosos de reírse a costa de los locos y los simples. Es algo que me indigna y que refleja, en suma, el contraste entre la grandeza y la miseria humanas. Pero ¿qué capítulo elegir de entre tantos?

Finalmente me decidí por uno de los pasajes más conocidos del Libro I: el discurso de las armas y las letras. En realidad, el discurso empieza en la segunda mitad del capítulo XXXVII (Donde se prosigue la historia de la famosa infanta Micomicona, con otras graciosas aventuras) y se prolonga a lo largo del XXXVIII, donde alcanza su apogeo.

En este famoso discurso, Don Quijote rebosa cordura. De hecho, resulta evidente que es el propio Cervantes quien habla por boca del personaje: un escritor que antes fue soldado, y defiende a los militares frente a las ínfulas y presunta superioridad de las gentes de letras. Ya sé que en los tiempos que corren resulta políticamente incorrecto admirar una loa de las armas, pero pocos discursos he leído mejores y más honestos.

Ya en aquella época existía el tópico de que los trabajos del espíritu y el intelecto exceden a los del cuerpo. Cualquier estudiante, por tanto, tiene más mérito que un soldado, concebido como un bruto ignorante. Don Quijote (léase Cervantes) rebate el tópico con algo obvio: un buen militar también requiere astucia, cultura y discernimiento para triunfar sin arriesgar innecesariamente las vidas de sus hombres. La inteligencia no es patrimonio de los letrados. No sé por qué, pero el nombre de Sun Tzu y su ARTE DE LA GUERRA me viene a la memoria al releer este pasaje.

Sigamos, todavía dentro del capítulo XXXVII. ¿Qué requiere mayor esfuerzo, armas o letras? Ante la disyuntiva, Don Quijote indica que eso se puede deducir de los fines de cada cual. El propósito de las letras y letrados es encomiable: poner en su punto la justicia distributiva. Sin embargo, la finalidad de la guerra y de los mílites consiste en el logro de la paz que, a la postre, es el bien supremo. Más adelante volveremos a esta afirmación quijotesca de que la paz se sostiene gracias a los ejércitos.

En cuanto a los padecimientos que soportan estudiantes y militares, para Don Quijote no hay color. Los estudiantes de letras pueden llorar por un ojo, ya que el hambre y las estrecheces que soportan luego obtendrán cumplida recompensa: cargos remunerados, comodidades, etc. Un paraíso, si se compara con lo que aguarda a los hombres de armas, y que Don Quijote nos describirá vívidamente en el capítulo XXXVIII, que se inicia en este punto. A partir de aquí, el discurso se convierte en una obra maestra. El hidalgo manchego se transfigura en Cervantes, el soldado, que pasó por todo ese infierno y vivió para contarlo. Y lo cuenta, vaya que sí.

Leyendo entre líneas, nos hacemos una idea de la mezcla de orgullo y amargura que albergaban los militares españoles del Siglo de Oro, en el apogeo del Imperio. Combatían por una causa que creían justa y por una patria a la que amaban, y ésta los trataba de muy mala manera. Les pagaban mal y tarde (o nunca), y veíanse obligados a malvivir de saqueos y botines de guerra, en muchas ocasiones. Y normalmente, lo que les aguardaba al final del camino no era una vida regalada o, al menos, el reposo del guerrero, sino la muerte en algún campo de batalla perdido de la mano de Dios. Así son las cosas: a mayor trabajo, menor recompensa.

A modo de discusión bizantina, los letrados defienden su preeminencia sobre los militares aduciendo que la guerra debe someterse a las leyes. En fin, no sé qué pensaría Cervantes si contemplara los horrores de la guerra actual. A esa afirmación replica Don Quijote que las leyes no pueden sostenerse sin las armas, ya que éstas defienden a las repúblicas. Puede que hoy nos choque esta idea de la guerra defensiva (si vis pacem, para bellum), pero pongámonos en la piel de las gentes de aquella época. Cada país estaba rodeado de enemigos de toda laya; los corsarios y piratas surcaban los mares; los bandidos menudeaban. Las armas eran vistas como el sostén de la libertad y la prosperidad en un mundo que se antojaba caótico.

Había nobleza y dignidad en la guerra, sí. Cervantes, por experiencia propia, revive el horror de un abordaje entre galeras en unas pocas frases, y nos muestra el valor que debían poseer aquellos hombres para no flaquear cuando tenían que avanzar por una angosta tabla bajo el fuego enemigo (con los tiburones relamiéndose, cabe suponer; además, muchos de ellos no sabían nadar). También se queja amargamente de la artillería, que permite a un cobarde acabar sin peligro con la vida del más valiente. Desde luego, es lo más alejado del código caballeresco.

Cuando Don Quijote concluye su discurso, ninguno de quienes lo escuchaban en aquella venta se ríe de él. Hasta el Cura le da la razón, mientras que los demás sienten admiración y lástima por alguien que razona tan bien, pero cae en la locura cada vez que se mencionan los libros de caballerías.

Cervantes, que en la obra pone patas arriba todo lo humano y divino, no osa burlarse de ciertas cosas. Fue un soldado honesto que no renegó de su pasado, y que en este capítulo escribe con el corazón. Quizá no guste a los pacifistas, pero capítulos como el que nos ocupa logran que aprehendamos el espíritu del autor, que lo admiremos, que lo estimemos. En el fondo, no somos tan distintos ahora que hace cuatro siglos.

El capítulo XXXVIII concluye con el inicio de una de ésas historias dentro de la historia que menudean en el Quijote. Son novelas dentro de novelas dentro de novelas, encastradas como muñecas rusas, pero eso le toca comentarlo a otro. Yo me despido aquí.

Ave atque vale.

© Eduardo Gallego Arjona, (1.164 palabras) Créditos
Eduardo Gallejo Arjona es escritor, la mayor parte de su obra está escrita en colaboración con Guillem Sánchez, Su obra se caracteriza principalmente por la aventura, el sentido de la maravilla y el humor, han ganado en varias ocasiones el premio Ignotus (DAR DE COMER AL SEDIENTO, 1996; FORTALEZA DE INVICTA CASTIDAD 2002), y también el Alberto Magno y el Juli Verne.

Primera parte, "El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha"
Capítulo XXXVIII
Que trata del curioso discurso que hizo don Quijote de las armas y las letras
Ilustración de Gustavo Doré

Prosiguiendo don Quijote, dijo:

—Pues comenzamos en el estudiante por la pobreza y sus partes, veamos si es más rico el soldado, y veremos que no hay ninguno más pobre en la misma pobreza, porque está atenido a la miseria de su paga, que viene o tarde o nunca, o a lo que garbeare por sus manos, con notable peligro de su vida y de su conciencia. Y a veces suele ser su desnudez tanta, que un coleto acuchillado le sirve de gala y de camisa, y en la mitad del invierno se suele reparar de las inclemencias del cielo, estando en la campaña rasa, con solo el aliento de su boca, que, como sale de lugar vacío, tengo por averiguado que debe de salir frío, contra toda naturaleza. Pues esperad que espere que llegue la noche para restaurarse de todas estas incomodidades en la cama que le aguarda, la cual, si no es por su culpa, jamás pecará de estrecha: que bien puede medir en la tierra los pies que quisiere y revolverse en ella a su sabor, sin temor que se le encojan las sábanas. Lléguese, pues, a todo esto, el día y la hora de recebir el grado de su ejercicio: lléguese un día de batalla, que allí le pondrán la borla en la cabeza, hecha de hilas, para curarle algún balazo que quizá le habrá pasado las sienes o le dejará estropeado de brazo o pierna. Y cuando esto no suceda, sino que el cielo piadoso le guarde y conserve sano y vivo, podrá ser que se quede en la mesma pobreza que antes estaba y que sea menester que suceda uno y otro rencuentro, una y otra batalla, y que de todas salga vencedor, para medrar en algo; pero estos milagros vense raras veces. Pero, decidme, señores, si habéis mirado en ello: ¿cuán menos son los premiados por la guerra que los que han perecido en ella? Sin duda habéis de responder que no tienen comparación ni se pueden reducir a cuenta los muertos, y que se podrán contar los premiados vivos con tres letras de guarismo. Todo esto es al revés en los letrados, porque de faldas (que no quiero decir de mangas) todos tienen en qué entretenerse. Así que, aunque es mayor el trabajo del soldado, es mucho menor el premio. Pero a esto se puede responder que es más fácil premiar a dos mil letrados que a treinta mil soldados, porque a aquellos se premian con darles oficios que por fuerza se han de dar a los de su profesión, y a estos no se pueden premiar sino con la mesma hacienda del señor a quien sirven, y esta imposibilidad fortifica más la razón que tengo. Pero dejemos esto aparte, que es laberinto de muy dificultosa salida, sino volvamos a la preeminencia de las armas contra las letras, materia que hasta ahora está por averiguar, según son las razones que cada una de su parte alega. Y, entre las que he dicho, dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de cosarios, y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus previlegios y de sus fuerzas. Y es razón averiguada que aquello que más cuesta se estima y debe de estimar en más. Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias, hambre, desnudez, váguidos de cabeza, indigestiones de estómago y otras cosas a éstas adherentes, que en parte ya las tengo referidas; mas llegar uno por sus términos a ser buen soldado le cuesta todo lo que a el estudiante, en tanto mayor grado, que no tiene comparación, porque a cada paso está a pique de perder la vida. Y ¿qué temor de necesidad y pobreza puede llegar ni fatigar al estudiante, que llegue al que tiene un soldado que, hallándose cercado en alguna fuerza y estando de posta o guarda en algún revellín o caballero, siente que los enemigos están minando hacia la parte donde él está, y no puede apartarse de allí por ningún caso, ni huir el peligro que de tan cerca le amenaza? Solo lo que puede hacer es dar noticia a su capitán de lo que pasa, para que lo remedie con alguna contramina, y él estarse quedo, temiendo y esperando cuándo improvisamente ha de subir a las nubes sin alas y bajar al profundo sin su voluntad. Y si este parece pequeño peligro, veamos si le iguala o hace ventaja el de embestirse dos galeras por las proas en mitad del mar espacioso, las cuales enclavijadas y trabadas no le queda al soldado más espacio del que concede dos pies de tabla del espolón; y con todo esto, viendo que tiene delante de sí tantos ministros de la muerte que le amenazan cuantos cañones de artillería se asestan de la parte contraria, que no distan de su cuerpo una lanza, y viendo que al primer descuido de los pies iría a visitar los profundos senos de Neptuno, y con todo esto, con intrépido corazón, llevado de la honra que le incita, se pone a ser blanco de tanta arcabucería y procura pasar por tan estrecho paso al bajel contrario. Y lo que más es de admirar: que apenas uno ha caído donde no se podrá levantar hasta la fin del mundo, cuando otro ocupa su mesmo lugar; y si este también cae en el mar, que como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede, sin dar tiempo al tiempo de sus muertes: valentía y atrevimiento el mayor que se puede hallar en todos los trances de la guerra. Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala (disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina) y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos. Y así, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos; porque aunque a mí ningún peligro me pone miedo, todavía me pone recelo pensar si la pólvora y el estaño me han de quitar la ocasión de hacerme famoso y conocido por el valor de mi brazo y filos de mi espada, por todo lo descubierto de la tierra. Pero haga el cielo lo que fuere servido, que tanto seré más estimado, si salgo con lo que pretendo, cuanto a mayores peligros me he puesto que se pusieron los caballeros andantes de los pasados siglos.

Todo este largo preámbulo dijo don Quijote en tanto que los demás cenaban, olvidándose de llevar bocado a la boca, puesto que algunas veces le había dicho Sancho Panza que cenase, que después habría lugar para decir todo lo que quisiese. En los que escuchado le habían sobrevino nueva lástima de ver que hombre que al parecer tenía buen entendimiento y buen discurso en todas las cosas que trataba, le hubiese perdido tan rematadamente en tratándole de su negra y pizmienta caballería. El cura le dijo que tenía mucha razón en todo cuanto había dicho en favor de las armas, y que él, aunque letrado y graduado, estaba de su mesmo parecer.

Acabaron de cenar, levantaron los manteles, y en tanto que la ventera, su hija y Maritornes aderezaban el camaranchón de don Quijote de la Mancha, donde habían determinado que aquella noche las mujeres solas en él se recogiesen, don Fernando rogó al cautivo les contase el discurso de su vida, porque no podría ser sino que fuese peregrino y gustoso, según las muestras que había comenzado a dar, viniendo en compañía de Zoraida. A lo cual respondió el cautivo que de muy buena gana haría lo que se le mandaba, y que solo temía que el cuento no había de ser tal que les diese el gusto que él deseaba, pero que, con todo eso, por no faltar en obedecelle, le contaría. El cura y todos los demás se lo agradecieron, y de nuevo se lo rogaron; y él, viéndose rogar de tantos, dijo que no eran menester ruegos adonde el mandar tenía tanta fuerza.

—Y, así, estén vuestras mercedes atentos y oirán un discurso verdadero a quien podría ser que no llegasen los mentirosos que con curioso y pensado artificio suelen componerse.

Con esto que dijo hizo que todos se acomodasen y le prestasen un grande silencio; y él, viendo que ya callaban y esperaban lo que decir quisiese, con voz agradable y reposada comenzó a decir desta manera:

Miguel de Cervantes Saavedra, 1605

Capítulo comentado en la edición electrónica del Centro Virtual Cervantes