EXTRAÑOS EN LA TIERRA
EXTRAÑOS EN LA TIERRA
EXTRAÑOS EN LA TIERRA

Número 163 de la colección y vuelta de Enguídanos a sus fueros retomando uno de sus argumentos favoritos, el de la llegada de visitantes extraterrestres a nuestro planeta con el consabido choque de culturas... En realidad este autor ya había tocado el tema (y muy bien, por cierto) en LLEGÓ DE LEJOS, firmada como George H. White, por lo que EXTRAÑOS EN LA TIERRA adolece de un cierto nivel de autoplagio. Sin embargo, la novela no está nada mal aunque el final sea prácticamente el mismo, la marcha de los extraterrestres hastiados de la estupidez humana.

Comienza la narración con el descubrimiento por parte de los observatorios astronómicos de una enorme astronave de varios kilómetros de diámetro que se acerca a la Tierra. La astronave aterriza en mitad del océano Atlántico y captura a los tripulantes de un submarino norteamericano. Los extraterrestres, que son descritos por Enguídanos como perfectamente humanos (y blancos, por supuesto) pero con una talla media de unos setenta centímetros, comunican a los secuestrados que sus intenciones son pacíficas y sólo desean pedir permiso a las potencias terrestres para poder habitar en el planeta, razón por la que les piden ayuda para solicitar una audiencia en la O.N.U. Según afirman, su planeta natal quedó destruido por una catástrofe cósmica y desde entonces han estado vagando por el cosmos en busca de un nuevo hogar. A cambio de un pedazo de terreno, por pequeño y estéril que sea, prometen aportar a los terrestres una tecnología mucho más avanzada que les permitirá erradicar todas las lacras que castigan a la humanidad.

Su planteamiento es razonable y las potencias terrestres están dispuestas a hacerles un hueco, pero... Una de las visitantes consigue ponerse en contacto con el protagonista y le cuenta otra versión muy distinta: Su planeta no ha sido destruido, y ellos son los descendientes de un grupo de rebeldes que se sublevó contra el gobierno legítimo y, tras ser derrotado, fue condenado a pena de destierro. Prácticamente todos los antiguos rebeldes ya han fallecido, y sus descendientes (que no son culpables de nada) desean en su mayor parte regresar al planeta del que son originarios. Pero un pequeño grupo, que ostenta el poder en la astronave, quiere continuar con los planes de sus antepasados apoderándose de la Tierra, lo cual les resultará fácil dados sus avances tecnológicos, para posteriormente utilizarla como punto de apoyo en la conquista de su propio planeta.

Rápidamente el gobierno norteamericano esboza un plan de acción. Ayudados por la muchacha consiguen infiltrar en la astronave un grupo de comandos el cual, apoderándose del centro de control de la misma, facilitará que ésta sea tomada por una poderosa fuerza militar, apoyados por la sorpresa y por el hecho de que la plana mayor de los cabecillas se encuentra negociando en las Naciones Unidas.

Como es natural, y por forzado que resulte, David vence a Goliath y los norteamericanos, conjuntados con sus aliados extraterrestres, consiguen conjurar el peligro. Poco después la astronave partirá rumbo a su lejano destino dejando a los terrestres con sus propios problemas (palabras del autor, no mías) y al protagonista con el corazón partido puesto que se ha enamorado de la muchacha proponiéndole un amor imposible (mide como tres veces lo que ella) que es rechazado con toda lógica.

La novela, aunque recuerda tal como he comentado a la anterior de LLEGÓ DE LEJOS, carece por completo del patetismo y la verosimilitud de ésta, siendo pues francamente inferior. En LLEGÓ DE LEJOS lo más interesante es el choque personal entre ambos protagonistas más que el encuentro entre las dos culturas, cuestión ésta que aquí no existe por más que Enguídanos se saque de la manga un amor fracasado que además suena a metido con calzador; y mientras en la primera novela está claro que los buenos (y los perdedores) son los visitantes, víctimas del egoísmo y la incomprensión de los terrestres, en EXTRAÑOS EN LA TIERRA ocurre todo lo contrario siendo, por lo tanto, mucho más convencional.

En resumen: Pasable sin más.

© José Carlos Canalda, (672 palabras) ,
1998 Créditos