Serie de Bevington, 1
LA LOCURA DE BEVINGTON
La locura de Bevington

La primera de ellas, narración independiente de la segunda tal como era habitual en esa etapa de la colección, tiene asignado el número 202 de la misma y se inicia en un marco estremecedor: La Tierra es azotada por una mortífera epidemia que, a modo de plaga bíblica, amenaza con acabar con la vida humana en el planeta sin que los esfuerzos mancomunados de toda la comunidad científica consigan vencerla. Simultáneamente un visionario convertido en profeta, Bevington, clama desde su refugio del satélite Ganímedes por la extinción de una humanidad corrupta e impía al tiempo que traza en su feudo las líneas maestras de su reino teocrático, una pequeña comunidad libre de la plaga (según él) gracias a la bondad divina.

En principio las autoridades terrestres piensan que se trata de una simple coincidencia dado que la intervención divina no suele entrar en los esquemas racionales de los científicos; pero los hechos se encargarán de sugerir la existencia de un vínculo entre ambos fenómenos, el fanatismo religioso de Bevington y la enfermedad que asola el planeta. Así, cuando una astronave del falso profeta aterrice en un astródromo con objeto de recoger a sus nuevos acólitos, uno de los tripulantes intentará entregar a las autoridades un cultivo del agente causante de la enfermedad, con objeto de que ésta pueda ser atajada. Pero la fatalidad se cebará en los desesperados terrestres: El tripulante será asesinado por uno de sus compañeros, que a su vez caerá bajo los disparos de las autoridades locales, mientras el cultivo se pierde irremediablemente al ser tragado por una alcantarilla.

La iniciativa se ha saldado con un fracaso total, pero la situación ya no es la misma dado que existe la firme sospecha de que Bevington, lejos de ser tan sólo un loco, es asimismo un taimado asesino capaz de provocar la muerte de millones de personas en la Tierra con tal de consolidar su delirante reinado. De hecho, el cultivo había sido enviado por un notable biólogo que años atrás había sido contratado por el propio Bevington, lo que no hace sino confirmar estas sospechas.

Con el fin de no despertar las sospechas del fanático se dejará partir a su astronave al tiempo que se prepara una expedición que tendrá por objeto el rescate de este científico, al que se le supone prisionero o, en su defecto, la consecución de una nueva muestra de cultivo. La expedición llega sin problemas a Ganímedes (un astro tropical repleto de dinosaurios tal como lo acostumbra a describir este autor) descubriendo que el ejército privado del reyezuelo ha comenzado a hacer de las suyas atacando y destruyendo las instalaciones mineras que los distintos países de la Tierra tienen instaladas en el satélite.

Ayudados por unos mineros holandeses (la factoría norteamericana a la que se dirigieron originalmente había sido destruida por los gendarmes de Bevington y todos sus habitantes asesinados) los protagonistas viajarán hasta la capital del reyezuelo, donde descubren que la chusma está siendo soliviantada por unos agitadores que la incitan a atacar a las representaciones allí existentes de los distintos países. De esta manera no sólo no pueden ponerse en contacto con el científico prisionero, sino que bastante tendrán con huir prudentemente llevándose con ellos a los supervivientes de la legación norteamericana, entre ellos la hija del científico que, como cabe suponer, habrá de acabar casándose con el protagonista de turno.

Huyendo de los gendarmes enemigos por la selva que bordea la pequeña colonia, el protagonista dará un golpe audaz: Vistiendo el uniforme de un gendarme al que poco antes había matado, se introducirá en la residencia del enemigo (una auténtica fortaleza) para, una vez allí, entrar en contacto con el biólogo. Puestos rápidamente de acuerdo, y no sin contratiempos, huirán auxiliados por sus compañeros, los cuales les cubren la fuga desde el exterior. Una vez abandonado el cubil del enemigo retornarán a la factoría en la que dejaran la astronave para de allí partir a la Tierra, donde gracias al trabajo del científico, que desea purgar así su involuntaria responsabilidad en la aparición de la plaga, lograrán dar con un antídoto eficaz contra la misma. La Tierra está salvada, pero el castigo al criminal habrá de esperar hasta la siguiente entrega.

© José Carlos Canalda,
(702 palabras) Créditos