Destructor saissai

Nave de combate de tamaño medio construida por los saissai. Formaba la columna vertebral de la flota del Rayo. Este tipo de destructores tenían una longitud de setenta metros y forma de huso. En el centro de su parte superior, una achatada torrecilla con el puente de mando sobresalía del casco, dándoles un aspecto similar a un submarino.

Aunque de forma aerodinámica, debido a su posible empleo tanto en entornos atmosféricos como submarinos, el destructor era una máquina construida para el espacio. Impulsada por un par de motores iónicos, y equipada con poderosos reactores atómicos, era capaz de viajar millones de kilómetros y permanecer en servicio durante varios meses, dependiendo del numero de tripulantes.

Como todas las naves de guerra saissai, el destructor estaba construido con dedona, y poderosamente armado. Alrededor de la torrecilla central, y en distintos puntos del casco, disponía de proyectores de Rayos Igneos de largo alcance. Estaba equipado además con torpedos, cañones y ametralladoras atómicas, para ataque a grandes formaciones y bombardeo de superficie y objetivos terrestres. En montajes exteriores, podían transportar torpedos subterrestres, u otro tipo de accesorios.

Normalmente estas unidades no operaban en solitario, formaban el centro de control y coordinación de un grupo de cazas del tipo zapatilla volante. Al igual que los cazas, sus pilotos eran robots, pero siempre iban capitaneadas por un ser vivo.

Estas naves jugaron una importante baza en la derrota del Imperio Asiático, así como en la guerra thorbod-Humanos. No obstante su reducido número, y con el apoyo de las zapatillas volantes, mantuvieron a raya a las escuadras thorbod, antes de ser prácticamente aniquilados al final de la guerra.

Los últimos 5 destructores de este tipo que sobrevivieron a la guerra, se utilizaron durante un tiempo en Redención, y posteriormente fueron retirados del servicio. Su diseño fue una guía inapreciable para el desarrollo de nuevas y mas poderosas unidades de combate.

© Carlos Alberto Gómez Villafuerte,
(314 palabras) , 1999 Créditos