Hango Noda

Científico ankorano. Cuando Valera llegó al sistema de Uhlán, fue enviado al autoplaneta con objeto de investigar la misteriosa civilización que lo habitaba. Descubridor de varias karendón en buen estado de conservación, las trasladó a Ankor, haciendo pasar por ellas las cintas vetatom que poco antes habían sido halladas también en el planetillo. La materialización de parte de los enigmáticos habitantes de Valera supuso un gran espaldarazo para su carrera, recibiendo el encargo de construir máquinas karendón recurriendo a la tecnología ankorana. Aunque cubrió con éxito su misión, descubrir que éstas iban a ser utilizadas no en beneficio de la totalidad de la población de Uhlán, sino exclusivamente para afianzar todavía más la odiosa dictadura ankorana, le hizo rebelarse contra ésta.

El inicio de las actividades bélicas por los valeranos, unido a la destrucción de la karendón recién construida, con el consiguiente encargo de construir otras nuevas, le salvó probablemente de ser detenido y reeducado mentalmente; pero su actitud hacia el sistema político ankorano había evolucionado de manera irreversible, dedicándose a boicotear cuanto le fue posible el proyecto que le había sido encargado. Cuando menos lo esperaba recibió la vista de Lauda Conak, una antigua amiga con la que había mantenido un romance, la cual le advirtió de que estaba en el punto de mira de la guerra subversiva desencadenada por los valeranos, al tiempo que le comunicaba su temor de que su colaboración con éstos pudiera suponer una traición a su país. Hango la tranquilizó, convenciéndola de que colaborar en el derrocamiento de la dictadura era la mejor ayuda que se le podía prestar a Ankor, tras lo cual ambos abandonaron Uhlán trasladándose a Valera, donde se hicieron cargo del aparato de propaganda del autoplaneta. Finalizada la guerra con la derrota de la tiranía y la implantación en Ankor de un gobierno democrático, Hango se convirtió en primer ministro de la joven república contrayendo matrimonio con Lauda (EL EJÉRCITO FANTASMA).

© José Carlos Canalda,
(321 palabras) Créditos