EL REFUGIO DE LOS DIOSES
EL REFUGIO DE LOS DIOSES

Publicada con el número 59 fue esta novela la que cerró la colección, que quedó bruscamente cortada por motivos desconocidos a pesar de los evidentes deseos, tanto del autor como de la editorial, por proseguirla. Quizá la falta de periodicidad en la que se había sumido en estos últimos años, así como los frecuentes aumentos de precio en unos tiempos en los que la inflación galopaba desbocada, tuvieron bastante que ver con el desenlace... Aunque realmente ignoro con exactitud qué es lo que pudo provocar el inesperado final de la colección.

EL REFUGIO DE LOS DIOSES utiliza la ilustración de portada de SIN NOTICIAS DE URANO, de C. Aubrey Rice, número 105 de la primera edición, y en ella continúan las andanzas de los valeranos por el interior del Hiperplaneta, aunque Enguídanos se olvida extrañamente de su nuevo personaje, el tuma Beg Hon, el cual al finalizar HORIZONTES SIN FIN había sido desmaterializado en la karendón como única forma de evitar su muerte por envenenamiento radiactivo... El problema es que en esta novela sus amigos no lo materializan de nuevo, con lo cual desparece de la narración de forma un tanto sorprendente, aunque no es ésta la primera vez que Enguídanos incurre en tal incongruencia ya que con Edward Roerich, el alemán del siglo XX trasladado a Valera por Fidel Aznar ocurrió exactamente lo mismo: Tras revestir un gran protagonismo en las aventuras de Uhlán desaparece sin que se vuelva a saber nada de él. Al parecer, a Enguídanos le sobraban personajes y ni tan siquiera se molestaba en jubilarlos de forma honrosa.

Volvamos al argumento de la novela. Una vez evacuados Marek y sus compañeros de la capital de Katum se plantea el problema de qué hacer con el destronado emperador katume, refugiado en el crucero valerano. Tuanko Aznar se niega en redondo a llevarlo a Valera, pero le propone trasladarlo al lugar del hiperplaneta que él desee. El destino elegido por el monarca es el Guandú, un inmenso continente situado en los confines del territorio conocido por los katumes y recientemente descubierto por los saurios, el cual está siendo colonizado por las distintas naciones debido a su gran riqueza en minerales y en otros recursos naturales. Los valeranos se trasladan al Guandú y desembarcan discretamente al emperador y a su reducido séquito en la capital de los saurios, tras lo cual se aprestan a marcharse de allí. Pero...

Casualmente descubren que los saurios están embarcados en una guerra contra los monos habitantes del desierto del Guandú. Al principio los valeranos piensan que se trata de los mismos homínidos que ya conocieran en otros lugares del hiperplaneta, unos seres que apenas rebasan el umbral de la inteligencia más primaria los cuales no han despertado en ellos más interés que el puramente científico. Pero su asombro no conoce límites cuando tienen ocasión de conocer a los monos del Guandú: No son homínidos protohumanos sino verdaderos hombres, y son poseedores de una cultura que, aunque primitiva, no deja la menor duda acerca de su nivel de inteligencia. Pero mayor sorpresa de los valeranos será cuando descubran que los guandúes hablan en español, lo que demuestra de forma evidente que no son nativos del hiperplaneta, sino descendientes de alguna expedición procedente de la Tierra

Estas circunstancias modifican completamente los planes de los valeranos. Los guandúes, unos pacíficos pastores nómadas con anterioridad a la llegada de los saurios, se ven ahora acosados por sus enemigos en un ambiente que recuerda poderosamente (y así es descrito explícitamente por Enguídanos) al exterminio de los indios norteamericanos en el Oeste de los Estados Unidos. Condenados los guandúes a la extinción, los valeranos rompen con su inicial política de no intervención mantenida hasta entonces buscando defender a sus hermanos de raza. Desbaratan un feroz ataque de las aeronaves de los saurios y, gracias a las karendón, comienzan a proveer de alimentos a una población hambrienta que los ve como unos dioses provindencialmente llegados del Olimpo... Porque los guandúes, en una nueva sorpresa para los valeranos, les explican que ellos adoran a unos dioses que habitan en el Olimpo, los cuales les habían abandonado tras el amargo trance de la invasión sauria. Evidentemente sus anfitriones los confunden con sus dioses míticos, por lo que los valeranos se apresuran a desmentir su presunta naturaleza divina.

Sin embargo, los guandúes insisten con tozudez en que sus dioses son reales. El monte Olimpo existe, es una majestuosa montaña que se alza en el horizonte, y lo más curioso es que los dioses olímpicos ostentan nombres totalmente castellanos... Y existen realmente, puesto que enterados de la llegada de los valeranos descienden de su inaccesible refugio en busca de los recién llegados.

La llegada de los dioses olímpicos despeja finalmente el misterio. Efectivamente todos ellos, olímpicos y gandúes, descienden de los supervivientes de una expedición terrestre que naufragó accidentalmente en el hiperplaneta. Los fugitivos huían de la degeneración que se había apoderado de la Tierra y confiaban encontrar un mundo mejor, pero las circunstancias en las que se encontraron en el inerior del hiperplaneta fueron tan precarias que a duras penas les permitían sobrevivir. Tras varios intentos fallidos de convivencia pacífica con los belicosos saurios habían emigrado a uno de los planetas que giraban en torno al sol central, donde consiguieron fundar una sociedad que deseaban libre de las lacras que lastraban a la Tierra... Pero la naturaleza humana les había jugado una mala pasada reproduciendo en la joven comunidad de este planeta todos los males de los que habían huido. Así pues, un grupo de descontentos había emigrado por segunda vez asentándose en el Guandú, un continente remoto alejado en ese momento de las zonas habitadas por los saurios. Deseosos de evitar los errores del pasado habían procurado alejar todo tecnicismo a sus descendientes, haciendo que los mismos vivieran en una sociedad primitiva pero feliz al tiempo que se constituían ellos mismos, desde su residencia en el monte Olimpo, en garantes de la buena marcha de su utopía. El experimento social se había desarrollado durante algún tiempo conforme a lo previsto por los olímpicos, pero la llegada a Guandú de los saurios comenzó a socavar su idílica sociedad. Los guandúes son ahora masacrados por unos enemigos tecnológicamente muy superiores, y perdida su inicial inocencia aprovechan la propia tecnología de los saurios para combatirlos con sus propias armas aunque en clara inferioridad de condiciones.

A todo esto los olímpicos, que cuentan con unos medios muy precarios dado que sobreviven con los últimos restos de los despojos salvados del naufragio de su antigua nave, poco pueden hacer cuando ni siquiera serían capaces de defenderse de los ataques de los saurios una vez que éstos descubrieran su escondite. Además, imbuidos por un pacifismo enfermizo, se niegan a socorrer a sus afligidos hermanos de raza, replegándose sobre sí mismos a la espera de una improbable marcha de los saurios. La intervención de los valeranos que, aunque poco interesados inicialmente en entrometerse en los asuntos internos del hiperplaneta, se ven obligados finalmente a defender a los guandúes de los ataques de los saurios, es el primer golpe contra el absentismo de los olímpicos, y cuando son los cruceros valeranos los que tienen que librar al propio Olimpo de las naves enemigas, la suerte está echada: Los olímpicos se ven obligados a abrir los ojos aceptando que su tradicional política pacifista no tiene ya razón de ser, y mientras Tuanko Aznar hace una exhibición de su poderío para conminar a los saurios a la evacuación del continente, los olímpicos crean un ejército de nuevo cuño que servirá tanto para defenderse a sí mismos como para proteger a los guandúes.

Arregladas momentáneamente las cosas Tuanko Aznar decide volver a Valera. Los saurios por ahora ya no son una amenaza, pero queda la duda de saber qué ocurrió con la colonia humana que pervivió en el planeta interior, a cuyos habitantes parecen temer los olímpicos más que a los propios saurios.

Y eso fue todo. En la contraportada de la novela se anunciaba la siguiente entrega, titulada EL GRAN MIEDO, en la cual los valeranos visitaban el planeta interior, adelantándose al lector que en él se había desarrollado una sociedad desquiciada sometida al poder omnímodo que regía implacablemente el destino de millones de seres con el rigor del más aborrecible absolutismo; pero lamentablemente esta novela nunca llegó a ser publicada. Más adelante, en mayo de 1980 (EL REFUGIO DE LOS DIOSES había aparecido en los quioscos casi dos años antes, en junio de 1978), la Editorial Valenciana anunció de nuevo la publicación de este título y del siguiente, ESCUADRÓN DELTA, lo que finalmente tampoco ocurrió. La Saga de los Aznar había quedado interrumpida de forma definitiva, y la posterior desaparición de la editorial que la alentara no hizo sino acabar con las escasas esperanzas que aún quedaban para su continuación.

¿Se reeditará alguna vez completa La Saga de los Aznar? ¿Aparecerán los episodios inéditos que probablemente llegaron a ser escritos? Quién sabe... Recientemente el otro gran autor de la ciencia-ficción popular española, Ángel Torres Quesada, ha visto publicada de nuevo, en forma de libro, parte de su larga serie sobre el Orden Estelar, hecho que permite ser moderadamente optimista sobre las posibilidades de que tanto el resto de la producción de este escritor (hasta ahora únicamente han aparecido cuatro volúmenes, con un total de dieciséis novelas), como la de Pascual Enguídanos puedan volver a deleitarlos de nuevo. Esperémoslo.

© José Carlos Canalda, (1.569 palabras) ,
1998, 1999 Créditos