AL OTRO LADO DEL UNIVERSO
AL OTRO LADO DEL UNIVERSO

Aprovechando la ilustración de la portada de EL EXPERIMENTO DEL DR. KELLMAN, número 111 de la antigua colección y firmada por J. Negri O´Hara, esta novela inicia un nuevo ciclo de aventuras, las correspondientes al sistema de Uhlán, las cuales presentan unas curiosas concomitancias con las concernientes al primer viaje de Valera al sistema de Nahum, con invasión del planetillo incluida.

Comienza la novela relatando el final victorioso de la campaña de reconquista de la Tierra y los preparativos para el próximo viaje de Valera a través del universo, viaje que en esta ocasión habrá de llevarlo a regiones desconocidas del universo aprovechando el recién descubierto vuelo a través del hiperespacio. Puesto que la Tierra, Marte y Venus son todavía inhabitables para la especie humana, los valeranos dejan en Ganímedes una importante guarnición, a la que ceden la mayor parte del arsenal bélico del autoplaneta, con la misión de impedir un posible resurgimiento de los tenaces sadritas así como la de repoblar la Tierra una vez que su atmósfera haya sido regenerada y la radiactividad disipada.

Dado que el tránsito por el hiperespacio es mortal para los seres vivos, todos los habitantes de Valera han de ser desmaterializados en la karendón, con una única excepción: la de Edward Roerich, el alemán procedente del pasado que, por temor a reaparecer muerto al haberse reencarnado su alma en otro cuerpo del pasado, al igual que le ocurriera a su compatriota Katherina Rudel, decide ser hibernado durante un período máximo de dos mil años, tiempo que se calcula durará el largo viaje. A pesar de que estaba prevista la reintegración de los valeranos con anterioridad a la descongelación de Roerich, éste vuelve a la vida, casi mil novecientos años después, de forma automática, encontrándose con que las karendón no habían funcionado tal como estaba previsto.

Tras abandonar el sótano del hospital donde se hallaba instalado el equipo de hibernación, Roerich descubre con sorpresa que todas las ciudades de Valera se encuentran en ruinas e invadidas por la espesa selva en la que se habían convertido los antiguos jardines. Tampoco encuentra el menor rastro de los valeranos, aunque no por esto el autoplaneta se encuentra despoblado: Unos extraños seres, de apariencia humana pero de origen desconocido, han ocupado el planetillo dedicándose, aparentemente, a rescatar de entre los restos de las antiguas ciudades todos aquellos objetos aprovechables como materias primas.

Prudentemente el alemán vuelve sobre sus pasos y, una vez en su refugio, procede a restituir en la máquina karendón del hospital a aquéllos que habían sido desmaterializados allí, entre ellos Fidel Aznar. Tras analizar la información de que disponen, llegan a la conclusión de que Valera debió de sufrir algún percance en el transcurso de su largo viaje sufriendo la destrucción de las ciudades y de los sistemas de control automático, de manera que al concluir éste las karendón no funcionaron tal como estaba previsto. Por su parte los invasores, procedentes con toda probabilidad del sistema planetario en torno al cual orbitaba ahora Valera, habrían llegado al interior del planetillo encontrándolo completamente privado de vida y en ruinas, dedicándose a saquearlo sistemáticamente con objeto de obtener el mayor número posible de materias primas al tiempo que se han apoderado de cien mil cruceros, la totalidad de la flota sideral valerana tras haber desembarcado el grueso de sus fuerzas en Ganímedes.

Mientras el pequeño puñado de personas materializadas en la karendón, todas ellas pertenecientes al personal del hospital, intentan llegar a una cercana base militar con objeto de poder materializar a los soldados que constituían la guarnición de la misma, Fidel Aznar y Edward Roerich hacen una nueva incursión por el ahora peligroso interior del autoplaneta, con objeto de secuestrar a alguno de sus ocupantes y poder obtener así más información sobre ellos. La iniciativa tiene éxito, y ambos retornan a su refugio con dos prisioneros, un militar y una mujer.

El interrogatorio de los cautivos con la máquina psi —un aparato que permite leer la mente— revela una información preciosa para los valeranos: El autoplaneta se haya ahora en órbita alrededor de una estrella doble cuyo único planeta habitado es Uhlán. Los invasores proceden de Ankor, el estado dominante en Uhlán, y no se puede decir que sean precisamente pacíficos sino justo todo lo contrario, ya que mantienen sojuzgadas a las demás naciones del planeta ejerciendo sobre ellas una brutal ocupación militar. Han pasado ya siete años desde que los ankoranos penetraran en Valera, y ahora se acercan peligrosamente, despejando poco a poco los ingentes montones de ruinas, al lugar donde se encuentra, profundamente enterrada en el subsuelo, la sala de control del autoplaneta.

Los ankoranos resultan ser unos seres similares físicamente a los humanos, aunque no son mamíferos sino ovíparos, lo que provoca la carencia de senos en sus mujeres; pero al ser los hombres completamente idénticos a los valeranos, es posible mezclarse con aquéllos pasando desapercibido. Por esta razón, mientras los valeranos materializados proceden a viajar a las bases cercanas con objeto de conectar las máquinas karendón recuperando la mayor cantidad posible de soldados, Edward Roerich, que gracias a la máquina psi ha aprendido el idioma de los invasores, se camufla entre los trabajadores prisioneros con objeto de espiar los movimientos del enemigo. El plan de acción de los valeranos es sencillo: Dejar que los ankoranos despejen el camino hasta la sala de control ganando tiempo para materializar el mayor número posible de soldados, para atacarlos cuando éstos lleguen a su destino impidiéndoles conquistarlo. Así lo hacen, y tras una dura batalla en la que logran poner en fuga a los invasores, consiguen apoderarse del estratégico centro de control, al cual pueden acceder gracias a las portentosas capacidades paranormales de Fidel Aznar.

Rápidamente son materializados el almirante mayor y todos los altos cargos militares cuyas cintas vetatom se encontraban allí custodiadas, al tiempo que se reparan los desperfectos causados por el terremoto (en realidad el choque con algún cuerpo cósmico cuando Valera todavía viajaba a velocidades relativistas, según Fidel Aznar) y se ponen en marcha los poderosos motores del autoplaneta con objeto de huir del sistema de Uhlán. Sin embargo el enemigo no se arredra, y consciente del valor estratégico de la sala de control desata un furioso ataque utilizando varios de los cruceros arrebatados a los valeranos. La situación llega a ser crítica ya que los refuerzos procedentes de bases remotas tardan en llegar, pero finalmente, tras una angustiosa espera, Valera pone rumbo a las profundidades del cosmos al tiempo que las naves enemigas huyen temiendo ser capturadas.

Los valeranos han conseguido rescatar su autoplaneta, pero la situación no deja de ser crítica: Privados de su flota, que está en su totalidad en manos de sus enemigos, y con el interior del planetillo completamente en ruinas, al ser Ankor una férrea dictadura militarista toda posibilidad de acuerdo resultará inútil, por lo cual éstos tendrán que luchar una vez más en defensa de la libertad.

Un episodio paralelo, incluido por Pascual Enguídanos casi diríase que a regañadientes dado el poco interés mostrado en su tratamiento, tendrá no obstante importantes consecuencias en futuras aventuras de la Saga: Forzado por la necesidad de evacuar los sótanos del hospital destruyendo la karendón allí existente, un angustiado Fidel Aznar decide restituir de nuevo el cuerpo de Katherina Rudel, descubriendo con alegría que ésta aparece viva... Poco después dará a luz al único hijo de Fidel Aznar, bautizado con este mismo nombre, el cual ha de ser protagonista principal de futuras aventuras, así como el fundador de una importante rama de la familia Aznar algunos de cuyos miembros se significarán en las etapas postreras de la Saga. Por el contrario, la propia Katherina Rudel desaparecerá pronto de la escena, de forma tan forzada como la de su reaparición, una vez cumplida su misión de perpetuar la estirpe del monje bundo. Aquí, forzoso es reconocerlo, Enguídanos no anduvo demasiado acertado.

© José Carlos Canalda, (1.313 palabras) ,
1998, 2000 Créditos