VENIMOS A DESTRUIR EL MUNDO (16, 10)
VENIMOS A DESTRUIR EL MUNDO, primera edición
VENIMOS A DESTRUIR EL MUNDO, primera edición

Aunque esta novela, número 16 en la primera edición de Luchadores del Espacio y 10 en la segunda, pertenece al ciclo iniciado en SALIDA HACIA LA TIERRA, constituye en sí misma una narración independiente en la que Pascual Enguídanos da una nueva vuelta de tuerca al argumento cuando los hechos narrados (la fulgurante victoria de los humanos frente a los hombres grises) parecían presagiar que ya todo estaba resuelto a favor de la formidable maquinaria bélica puesta en pie por el autoplaneta Valera.

Pero no. Muy astutamente, el autor consigue elevar el dramatismo de la serie, a la par que el interés de los lectores, recurriendo al concurso de una nueva y hasta entonces desconocida raza extraterrestre (los nahumitas, que tanto juego habrán de dar en el futuro) que le permitirá restablecer el equilibrio roto a favor de los terrestres y sus descendientes redentores (o valeranos), truco que le permitiría mantener vivo el interés a lo largo de toda la Saga sin que éste decayera en ningún momento. En el universo de Enguídanos, y esto dice mucho a favor de su saber hacer, aunque la humanidad terrestre (en sus distintas ramas) sea la hegemónica y, en última instancia, la vencedora en sus confrontaciones con otras civilizaciones galácticas, siempre lo tendrá difícil, viéndose obligada a encajar reveses con relativa frecuencia. Para ello, puesto que cada victoria definitiva vendrá precedida por un avance tecnológico innovador, tendrá que restablecerse previamente el equilibrio bélico y técnico, temporalmente roto a favor de los protagonistas, lo cual suele suceder bien con la aparición de un nuevo enemigo todavía más poderoso que los derrotados, bien con el retorno de alguno de estos últimos, por supuesto pertrechado con nuevas armas capaces de poner en jaque a sus antiguos rivales. Este esquema, válido para la primera parte de La Saga e incluso para el inicio de la segunda, se vería no obstante modificado de forma importante una vez que Enguídanos logró dejar zanjadas todas las líneas argumentales pendientes en unos años (mediados de los setenta) muy diferentes a aquéllos durante los cuales escribiera las primeras aventuras de sus obras. Pero cuando VENIMOS A DESTRUIR EL MUNDO salió a la venta en los quioscos todavía faltaba mucho para ello.

Han transcurrido ya varios meses desde la llegada de Valera a la Tierra. Reconquistado nuestro planeta y acorralados los hombres grises en Marte, Venus y Ganímedes, los valeranos (todavía redentores) son dueños absolutos de las rutas que surcan el Sistema Solar, las cuales son patrulladas por sus invencibles astronaves sin que los otrora poderosos thorbods osen siquiera cuestionarlo. Una de estas patrullas, que cubre el trayecto entre la Tierra y Júpiter, está bajo el mando del capitán de navío Bernabé Pocaterra, comandante del acorazado Veracruz, el cual es acompañado por una escolta de cruceros y destructores. Es víspera de navidad y la tripulación del buque, relajada ante la inexistencia de peligro por parte de los derrotados thorbods, se dedica a preparar la celebración.

Sin embargo, su tranquilidad se va a ver rota ante el aviso del descubrimiento de una flotilla de naves enemigas que se dirige en línea recta hacia los buques redentores. Dando por supuesto que se trata de thorbods dispuestos poco menos que al suicidio, no le dan demasiada importancia a la interrupción aprestándose, eso sí, a borrarlos de un plumazo para poder continuar con su fiesta. Pero las cosas no resultarán como tenían planeado. Las naves atacantes resisten incólumes el ataque de los mortíferos rayos Z, lo que indica que su blindaje de dedona es, al menos, tan eficaz como el de los redentores. Anulada esta ventaja inicial el Veracruz y sus escoltas se ven obligados a defenderse a base de torpedos, al igual que lo hacen sus rivales. La batalla se muestra tan igualada que ambas flotas acaban aniquilándose mutuamente, viéndose obligados los tripulantes del acorazado a evacuarlo. Tan sólo uno de los tres botes salvavidas logrará llegar sano y salvo a su destino, que no puede ser otro que un Ganímedes que todavía está en poder de la Bestia Gris. Mientras tanto, los supervivientes de los otros buques redentores se ven atacados por los botes salvavidas enemigos que, a diferencia de éstos, sí van armados, lo que convierte al puñado de náufragos comandados por el capitán Pocaterra en los únicos supervivientes de la masacre.

Sus planes se desarrollan tal como fueron previstos. Dado que el bote salvavidas carece de oxígeno para mantener con vida a la totalidad de los náufragos durante el viaje hasta la lejana Tierra, deciden separarse en dos grupos, uno de los cuales permanecerá en el satélite mientras el otro busca ayuda. El aterrizaje en Ganímedes resulta algo accidentado a causa de la aparición de un bote enemigo que es derribado por las baterías antiaéreas thorbod, lo que permite al navío redentor desembarcar a la mitad de sus ocupantes antes de partir rumbo a su destino. Los protagonistas, encabezados por el capitán Pocaterra, quedan abandonados a su propia suerte en un territorio que les es hostil, sumamente intrigados además por el hecho de que los hombres grises hayan atacado a un aparato teóricamente suyo... Intriga que se convierte en desconcierto al descubrir que los náufragos enemigos son perseguidos sañudamente por los thorbods.

El misterio comienza a desvelarse cuando los redentores logran capturar a uno de los fugitivos, que resulta ser una muchacha de raza humana, tras desembarazarse de sus perseguidores. Gracias al idioma thorbod, conocido por todos, consiguen saber que Iowa, que éste es el nombre de su prisionera, no es una esclava terrestre, como suponían, sino que pertenece a un desconocido pueblo autodenominado nahumita, y que formaba parte de la escuadra que poco antes luchara tan ferozmente contra ellos.

Nahumitas y thorbods resultan ser enemigos acérrimos desde que, en el transcurso de una feroz guerra, ambos pueblos destrozaran mutuamente sus respectivos planetas inhabilitándolos durante siglos para alentar vida. Mientras los escasos supervivientes nahumitas vegetaban en un inhóspito satélite de su sistema a la espera de poder volver a hollar sus planetas, los thorbods, obligados asimismo a evacuar los suyos, habrían emigrado al Sistema Solar. Transcurridos varios siglos y ya recuperados del colapso, los nahumitas habrían armado una poderosa flota sideral con el objetivo de buscar a los thorbods y aniquilarlos allá donde se hallasen... Y finalmente los habrían encontrado.

VENIMOS A DESTRUIR EL MUNDO, segunda edición
VENIMOS A DESTRUIR EL MUNDO, segunda edición

Las astronaves con las que se enfrentara la flota del Veracruz habrían sido, pues, nahumitas, pero ambos contendientes habrían combatido entre sí creyendo erróneamente que sus rivales eran los mutuamente odiados hombres grises. Puesto que los thorbods resultaban ser enemigos comunes de ambos, lo lógico sería pensar que redentores y nahumitas aunaran sus fuerzas para acabar con ellos; pero Enguídanos, acostumbrado a complicar las cosas en busca de un mayor dramatismo narrativo, dispone que el argumento discurra por otros derroteros. Así, tras definir lo que a lo largo de toda la Saga será el principal rasgo distintivo de los nahumitas, su arrogancia y su crueldad, pone en boca de Iowa unas palabras que tendrán la virtud de helar la sangre a los hasta entonces confiados redentores: A Nahum no le preocupan lo más mínimo los miles de millones de humanos que habitan en los distintos astros del Sistema Solar; ellos han venido literalmente, como refleja el título, a destruir el mundo como forma más segura de acabar de forma definitiva con sus ancestrales enemigos, y nada les importa lo que pueda ocurrirles a quienes tengan la desgracia de interponerse en el camino de su venganza. Nada tienen en contra de los terrestres ni en contra de los redentores pero, crueles y despiadados hasta límites inconcebibles, los nahumitas no encuentran que la irrupción victoriosa de Valera en el Sistema Solar suponga el menor cambio en sus planes originales, la destrucción de todos los planetas habitables del Sistema Solar.

Bernabé Pocaterra y sus compañeros intuyen que a Valera le ha surgido un nuevo enemigo infinitamente más poderoso que los thorbods; pero perdidos en el remoto Ganímedes y perseguidos por las patrullas thorbod nada pueden hacer para advertir a sus superiores de la amenaza que se cierne sobre ellos. Así pues, traman un plan. Fingiendo ser fugitivos de las minas thorbod, convencen a Iowa para que les ayude a capturar alguna nave de la Bestia Gris con la cual poder refugiarse en los autoplanetas nahumitas, aunque en realidad lo que pretenden es dirigirse en busca de sus compatriotas; dada la arrogancia de ésta, que los trata como si fueran esclavos, es la mejor manera de mantenerla engañada.

Tras vagar sin rumbo por la selva alcanzan una mina thorbod aparentemente abandonada por éstos. Gracias a los antiguos esclavos, que ahora vagan sin rumbo por las instalaciones, descubren que los hombres grises han evacuado precipitadamente Ganímedes, aparentemente por temor a un ataque nahumita, dejándolos abandonados a su suerte. Gracias a que la mina cuenta con una base aérea aneja, asimismo abandonada, consiguen apoderarse de un platillo volante con el que abandonan Ganímedes.

El momento de neutralizar a Iowa y dar media vuelta en dirección a la Tierra ha llegado, pero Bernabé Pocaterra decide aplazarlo hasta que la oficial nahumita no hable por radio con sus superiores en la esperanza de que éstos, avisados de la huida de los hombres grises, renuncien a su propósito inicial de arrasar Ganímedes aniquilando a todos los millones de humanos allí existentes. La iniciativa tiene aparentemente éxito, pero la pérdida de tiempo impide a los redentores hacerse con el control de la nave antes de que ésta se adentre en lo más denso de la flota expedicionaria nahumita.

Los protagonistas han conseguido huir del satélite, pero se encuentran prisioneros de un nuevo enemigo. Éstos son interrogados y repiten su falsa historia ocultando su verdadero origen, pero alientan el temor de que no sean creídos por sus suspicaces carceleros. Finalmente se les comunica que serán deportados de nuevo a Ganímedes y que ya se verá lo que se hace con ellos.

Se abre así una nueva oportunidad, la única, para que escapen cuando son embarcados en una nave nahumita junto con Iowa y varios soldados. Llegado el momento más apropiado se hacen con el control del vehículo y ponen rumbo a la Tierra, perseguidos por varios buques de guerra enemigos. Tras una agónica fuga consiguen ser salvados por una patrulla redentora, siendo puestos en antecedentes de las sorprendentes noticias: Aterrorizados por la amenaza nahumita de destruir sus mundos, los thorbods se han rendido incondicionalmente a los valeranos entregándoles todas sus naves y prometiéndoles renunciar en un futuro a sus planes expansionistas con tal de que los ayuden a conjurar la amenaza común, y éstos han aceptado tan radical cambio de alianzas como única manera de salvar la vida a los miles de millones de humanos que habitan en los distintos planetas del Sistema Solar.

En esta ocasión el argumento de la novela es prácticamente igual en ambas versiones, quizá debido a que por entonces Enguídanos comenzaba a estar cansado de los retoques o, quizá, porque no debía de considerarlos ya tan necesarios al haberse alejado la narración lo suficiente de la época actual como para no tener que obligarle a ello. De hecho, las únicas diferencias son aquéllas que afectan, al igual que ocurriera en la novela anterior, a aspectos técnicos tales como el espesor de los cascos de dedona o la desaparición de las diferentes clases de este metal, algunas de las cuales eran desintegradas por los rayos Z en la primera versión. Asimismo, y esto da buena muestra de la meticulosidad del autor, es corregida alguna incoherencia interna, como cuando Iowa afirma en la versión original que en Nahum no existe la esclavitud, algo que más adelante tendrán ocasión de experimentar en propia carne los valeranos.

Por último, cabe resaltar también el retrato sombrío que hace el autor de la sociedad nahumita, una atroz dictadura militarista que inevitablemente recuerda al lector ciertos regímenes absolutistas tales como el nazi o el estalinista.

© José Carlos Canalda, (1.979 palabras) ,
1998, 2003 Créditos