LA HORDA AMARILLA (6, 4)
le1_006.jpg

Número 6 de la colección y quinta entrega de La Saga, puesto que entre ésta y la anterior CEREBROS ELECTRÓNICOS la colección Luchadores del espacio publicó la primera novela de un autor distinto de Pascual Enguídanos, concretamente PÁNICO EN LA TIERRA, firmada por Alf. Regaldie (Alfonso Arizmendi Regaldie). Asimismo ésta es la primera novela de Enguídanos que apareció ilustrada con una excelente portada del dibujante José Luis (José Luis Macías), aunque posiblemente no la primera de la colección ya que la autoría de la portada de PÁNICO EN LA TIERRA, aunque no está firmada, parece corresponder asimismo a este ilustrador. Tiempo después José Luis se convertiría en el portadista por antonomasia de Luchadores del espacio y de La Saga, debiéndose a su mano algunas de las mejores ilustraciones de ciencia ficción producidas en nuestro país.

En esta novela, de título políticamente incorrecto a estas alturas pero incapaz de escandalizar a nadie cuando fue escrita, se relata el retorno de Miguel Ángel Aznar y sus compañeros a la Tierra, a bordo del autoplaneta rayo, aprovechando un nuevo tránsito del planeta errante Ragol por las proximidades del Sistema Solar... Una Tierra muy cambiada puesto que, por efecto de la relatividad, han pasado seis siglos y medio en nuestro planeta mientras para los protagonistas tan sólo han transcurrido cinco años. Los aventureros terrestres están acompañados por un reducido número de saissais, se supone que supervivientes de la feroz persecución de los robots rebeldes de Ragol, aunque resulta difícil de entender (y desde luego el autor no lo explica en ningún momento) que, en tan sólo cinco años, estos hombres azules hayan pasado sin la menor solución de continuidad del salvajismo más absoluto a una formación técnica que les permite tripular tan sofisticada astronave... Pero es preciso ser condescendientes con estos lapsus argumentales tan habituales, por otro lado, en la ciencia ficción popular, ya que se trata de algo perfectamente comprensible dadas las difíciles condiciones en las que se veían obligados a trabajar estos escritores.

La llegada de los tripulantes del Rayo no puede ser más oportuna, o inoportuna, según se mire: Tal como se encarga de relatarles Ina Peattie, la coronel de las Fuerzas Aéreas norteamericanas que les sale al encuentro, en los seiscientos cincuenta años transcurridos desde su partida han ocurrido muchas cosas en nuestro planeta... Y no todas buenas. Muy acorde con la época en la que la novela fue escrita, recién acabada la guerra de Corea y con la guerra fría en su apogeo, no es de extrañar que Enguídanos describa con tintes sombríos un conflicto entre comunismo y democracia, reforzado por una pugna entre oriente y occidente, que se ha saldado ya con cinco grandes guerras atómicas, e infinidad de conflictos menores, sin que existan por el momento ni vencedores ni vencidos, aunque se atisba en el horizonte inminencia de un nuevo conflicto armado que amenaza con ser todavía más demoledor que los anteriores.

En esos momentos la división política de la Tierra consiste, básicamente, en cuatro superpotencias: Norteamérica, que engloba también al Canadá; la Federación Ibérica, aliada de la anterior, formada por las antiguas repúblicas centro y sudamericanas, junto con España y Portugal; su enemigo acérrimo, el Imperio Asiático, una sombría dictadura que hace mucho tiempo sometió bajo su férula no sólo a la totalidad de este continente, sino también a toda Europa, a excepción de la península ibérica, y a Australia; y, por último, la Unión Africana, encerrada dentro de sus fronteras y ajena, al menos aparentemente, a los conflictos existentes entre los anteriores estados.

La situación existente en el resto de los planetas habitables del Sistema Solar no es tampoco mucho más halagüeña. En Venus, tras ser expulsados los thorbods por los saissais, han intervenido los terrestres, fundando colonias y trasplantando allí sus conflictos para desgracia de sus habitantes, sometidos al férreo yugo de los asiáticos. Marte, por su parte, ha sido colonizado por los hombres grises, hostiles a cualquier raza humana aunque, por el momento, se mantienen al margen de sus luchas internas.

le2_004.jpg

Contrastando con tan deprimente panorama, Enguídanos describe aquí por vez primera la optimista utopía social comunista (calificada por el autor de cristiana para burlar a la censura de la época) que constituye uno de los rasgos de identidad más originales de La Saga. Habitando en idílicas ciudades subterráneas susceptibles de ser utilizadas como refugios antiatómicos en caso de una nueva guerra nuclear, los ciudadanos de las dos potencias occidentales viven una existencia feliz y regalada como jamás ha existido en toda la historia de la humanidad. Claro está que, como no hay rosa sin espinas, la amenaza del inminente conflicto se cierne ominosamente sobre sus despreocupadas vidas.

Y la guerra estalla a poco de la llegada del Rayo a la Tierra, a iniciativa de un enemigo asiático calificado por el autor, muy en el espíritu de la época, como LA HORDA AMARILLA. Rotas las hostilidades entre el imperio asiático y los dos aliados occidentales, los norteamericanos piden ayuda a los protagonistas dado que éstos cuentan amén del propio Rayo, una inexpugnable fortaleza volante, con una pequeña flota de destructores y zapatillas volantes que, gracias a su superior armamento y a su blindaje de dedona (el mágico metal que constituye la espina dorsal de la tecnología de La Saga), son capaces de decantar la balanza del lado occidental.

Como cabe suponer éstos aceptan, teniendo una participación decisiva en una apocalíptica batalla aérea librada sobre el propio territorio norteamericano. Finalmente los aliados logran alzarse con una victoria pírrica, puesto que las fuerzas aéreas norteamericanas sufren un serio descalabro en el enfrentamiento con la nutrida flota asiática antes de desbaratarla poniendo en fuga a los escasos aviones supervivientes. Ante la certeza de que la destrucción de la ingente maquinaria militar enemiga requeriría un tiempo y unos esfuerzos desmesurados, Miguel Ángel Aznar propone al alto mando un audaz plan: Dado el talante autocrático de Tarjas-Kan, el déspota que gobierna con mano de hierro a sus súbditos sometiéndoles a un régimen de terror, resulta presumible suponer que, aniquilada la cabeza, el régimen se vendría abajo como un castillo de naipes. Así pues, bastaría con realizar una incursión con el Rayo, sus naves satélites y una cobertura aérea norteamericana, hasta la mismísima capital del tirano, situada en el corazón de Siberia, destruyéndola con todos sus habitantes junto al siniestro emperador. Aunque las defensas de la capital asiática son formidables, considerándosela prácticamente inexpugnable al tratarse de recinto subterráneo, Miguel Ángel Aznar cuenta con una importante baza, los torpedos terrestres inventados por el profesor Stefansson, unas potentes bombas atómicas capaces de horadar hasta las más duras rocas abriéndose camino hasta su objetivo.

Para su sorpresa, sus aliados vacilan. Sometidos a un durísimo castigo presión por parte de la aviación enemiga, que ya ha conseguido desalojarlos de vastas zonas de su territorio, y con sus principales ciudades amenazadas, los militares norteamericanos rehúsan formar parte de la expedición alegando que no pueden permitirse el lujo de sacrificar un elevado número de aviones que necesitan para defender sus propias fronteras. Profundamente despechado, Miguel Ángel Aznar opta por realizar la misma propuesta al gobierno español, que en estos momentos se encuentra embarcado en la reconquista de la sojuzgada Europa. A este lado del Atlántico los ánimos son otros, y los expedicionarios del Rayo reciben toda la ayuda que solicitan.

Rápidamente se realizan los preparativos y, protegidos por una nutrida escuadra ibérica, el autoplaneta y sus naves auxiliares parten sigilosamente rumbo a su lejano destino. Tras verse obligados a librar una nueva batalla ya en territorio enemigo, los destructores de Miguel Ángel Aznar consiguen alcanzar su objetivo y, tras inutilizar las defensas de la capital asiática, disparan sus mortíferos torpedos terrestres. Minutos después la guarida de Tarjas-Kan vuela por los aires, conjurándose así la ominosa amenaza de LA HORDA AMARILLA.

En la segunda edición, publicada con el número 4 y con la portada original de la novela, eso sí bárbaramente mutilada, la narración es esencialmente la misma a excepción de la imprescindible actualización, que afecta también a la cronología del período comprendido entre la marcha de los protagonistas y su regreso debido a la corrección realizada por el autor en la velocidad del planeta errante Ragol. Puesto que éste no se desplaza ya a velocidades relativistas, era necesario ajustar los relojes. Así, en la Tierra han transcurrido 430 años (dos siglos menos, junto con los 20 años de desfase entre ambas ediciones), buena parte de los cuales se los han pasado los protagonistas hibernados en Ragol mientras sus aliados saissais terminaban de construir el autoplaneta. Huelga decir que la difícil justificación de la presencia de saissais en el Rayo en la primera versión queda aquí justificada con la colonia que los protagonistas encontraran hibernada, siendo sustituida por otra discrepancia no necesariamente menor: ¿por qué razón tan sólo 63 de estos saissais, entre los cuales no se contaba ninguno de sus líderes, habían aceptado viajar con los terrestres de vuelta al Sistema Solar?

Por lo demás el resto del argumento no presenta más diferencias significativas que la inclusión de un breve epílogo en la edición de los años setenta donde se explica que, cinco semanas después de la destrucción de la capital asiática, el colapso del imperio enemigo, desgarrado por las luchas intestinas de los sucesores del fallecido tirano, acaba provocando su rendición incondicional frente a los victoriosos aliados occidentales.

© José Carlos Canalda,
1998, 2002