Los hombres de titanio de La Saga De Los Aznar y la química
por José Carlos Canalda
¡HA MUERTO EL SOL!
¡HA MUERTO EL SOL!

Desde mi punto de vista personal, uno de los mejores episodios de la Saga de los Aznar es sin discusión el de los sadritas, esos enigmáticos pulpos capaces no sólo de derrotar ignominiosamente a la humanidad gracias a la luz sólida, sino también de expulsarles de la Tierra mediante el expeditivo método de transmutar el Sol convirtiéndolo en un astro mortal para la especie humana.

Sin embargo, una de las cosas que más me llamaron la atención cuando leí por vez primera una de las novelas de esta serie, concretamente la épica ¡HA MUERTO EL SOL! fue que el metabolismo de estos invasores no estuviera basado ni en el carbono ni tan siquiera en el silicio, sino en el mucho más exótico titanio. Cierto es que yo tendría entonces unos doce años y, obviamente, mis conocimientos de química eran bastante limitados, por lo cual me hubiera dado igual que, en vez del titanio, Pascual Enguídanos hubiera recurrido a cualquier otro elemento de la tabla periódica... pero cuando años más tarde profundicé en el estudio de esta disciplina, primero en el bachillerato superior y más tarde en la universidad, no tuvo por menos que sorprenderme esta elección del autor de la Saga. ¿Por qué precisamente el titanio, un metal nada afín en sus propiedades químicas al carbono?

Antes de seguir adelante, será preciso refrescar brevemente nuestros conocimientos de química, e intentaré que sea lo más indoloro posible. Como es sabido, la vida está basada en el carbono gracias a la gran capacidad que muestra este elemento, única entre todos los conocidos, para enlazarse formando largas cadenas, e incluso estructuras más complejas, tanto entre sí como con otros átomos tales como el hidrógeno, el oxígeno, el nitrógeno y otros minoritarios -azufre, fósforo, yodo, hierro, cobalto...- pero no por ello menos importantes, fruto de lo cual es una compleja química orgánica y una todavía más compleja bioquímica.

El elemento que está situado justo debajo del carbono en la tabla periódica es el silicio, lo que significa que, al pertenecer a una misma familia —en química se llama familias a las columnas verticales—, presenta unas propiedades químicas afines a éste. Afines, recalco, pero no idénticas. De hecho, aunque el silicio también es capaz de formar cadenas, éstas son mucho más cortas y más inestables que las del carbono, lo que en la práctica impide la existencia de un equivalente en el silicio a la química orgánica del carbono, al tiempo que resultaría de todo punto imposible obtener estructuras tan complejas como los equivalentes silíceos a las proteínas o el ADN.

Esto no impidió que a finales del siglo XIX, en 1891 concretamente, el astrónomo alemán Julius Schneider (1858-1913) postulara la posibilidad de la existencia de vida en otros planetas basada en el silicio en lugar de en el carbono. Pese a la inverosimilitud de la propuesta, puesto que ésta habría requerido necesariamente una bioquímica completamente exótica, al no bastar con sustituir el carbono por el silicio siendo también necesario reemplazar el oxígeno por halógenos como el flúor o el cloro para conseguir un entorno químico equivalente, ésta fue bien acogida tanto por los divulgadores de la ciencia popular de la época, que más que divulgar confundían, como años más tarde por los pioneros de la naciente ciencia-ficción, convirtiéndose los seres de silicio en uno de los tópicos más conspicuos de la space ópera.

En este contexto tan poco exigente desde un punto de vista científico, poco importaba que estos seres pudieran moverse como Pedro por su casa por la Tierra, o por planetas de tipo terrestre, pese a que el oxígeno sería para ellos un veneno mortal, dado que al combinarse con el silicio formaría en el interior de sus cuerpos unos cristales de cuarzo difíciles de eliminar. Todavía más inverosímil resultaba su habitual afición a la carne humanos, algo difícil de comprender dado que su metabolismo sería totalmente incompatible con el nuestro... pero ya se sabe que en la serie B hasta los disparates más escandalosos estaban permitidos.

Pascual Enguídanos, como es sabido, utilizaba como fuentes de información para sus novelas, en especial en su primera época, tanto las obras de escritores de ciencia popular al estilo de Desiderius Papp, como lo poco que entonces llegaba a España de la space ópera americana, ambas fuentes de dudosa fiabilidad; pero era lo que había en nuestro país a mediados de los años cincuenta, dicho sea esto en descargo suyo. Enguídanos era un escritor meticuloso y procuraba documentarse bien, algo bastante infrecuente en el ámbito de la literatura popular española, pero su formación era puramente autodidacta y las fuentes a las que tenía acceso —¡qué hubiera sida capaz de escribir disponiendo de internet!— dejaban mucho que desear, aunque él no lo supiera.

En cualquier caso, los seres de silicio que imagina como habitantes del interior hueco de Redención responden fielmente al tópico más habitual de la ciencia-ficción, por lo que nada tienen de particular incluyendo su desmedida afición a hincarle el diente —o su equivalente silíceo— a un tierno solomillo humano. Sin embargo no ocurre lo mismo con los sadritas, u hombres de titanio, una idea totalmente original suya sin paralelo alguno en la ciencia-ficción española, popular o no, y hasta donde yo conozco, tampoco en la anglosajona, lo cual es mucho decir a favor de la creatividad de nuestro escritor valenciano.

Ahora bien, ¿de dónde sacó Enguídanos la idea del titanio como posible base de una exótica vida alienígena? Paso por alto el hecho de que el titanio presente una química típicamente metálica y que, como tal, no tenga la menor tendencia a formar estructuras moleculares similares no ya a las del carbono, sino ni tan siquiera a las mucho más limitadas del silicio; en el entorno en el que nos movemos esto es irrelevante por completo. Lo que durante mucho tiempo me intrigó, y es lo que pretendo desentrañar aquí, es por qué razón, teniendo a su disposición casi un centenar de elementos químicos diferentes para elegir, incluso excluyendo a los radiactivos, Enguídanos se decantó por el titanio y no por cualquier otro.

Tabla periódica moderna
Tabla periódica moderna

Lo más inmediato que probablemente se le ocurriría a alguien con ciertos -aunque no demasiados- conocimientos de química sería, interpretando de forma errónea la afinidad química de los elementos situados en una misma columna o familia de la tabla periódica, que si Julius Schneider había saltado del carbono al silicio, situado inmediatamente debajo de él, ¿por qué no ir un paso más allá eligiendo al elemento que se ubica a su vez debajo del silicio?

El problema es que el elemento siguiente al silicio no es el titanio, sino el germanio, mientras el titanio está muy alejado de todos ellos en la parte central de la tabla periódica correspondiente a los elementos conocidos como metales de transición. Pueden comprobarlo ustedes teniendo en cuenta que los símbolos respectivos son C para el carbono, Si para el silicio, Ge para el germanio y Ti para el titanio. Por supuesto el germanio tampoco tiene la menor capacidad de formar cadenas moleculares, pero tal como he dicho antes del titanio esto es algo que tampoco afecta lo más mínimo a nuestro análisis.

La cuestión es la siguiente: ¿por qué razón Pascual Enguídanos eligió el titanio en lugar del germanio, como hubiera podido parecer más lógico? Si nos fijamos en una tabla periódica moderna, tal como la que acabo de mostrarles, no resultará fácil entenderlo, pero la cosa cambia de forma radical si recurrimos a una de las antiguas, similares al primitivo modelo de Mendeleiev salvo en lo referente al número de elementos químicos representados en ellas, cada vez mayor conforme éstos fueron siendo descubiertos.

En realidad ambos modelos de tablas periódicas siguen criterios similares de distribución de los elementos, pero la forma de presentación en ellas es bastante diferente. Digamos, resumiendo, que las antiguas están plegadas como si fuera un acordeón, cosa que no ocurre con las modernas. Esto se debe a que inicialmente los elementos se distribuían en función del tipo de compuestos que formaban con el oxígeno y el hidrógeno, mientras que ahora se hace en función de las estructuras de sus respectivas cortezas electrónicas. Puesto que en definitiva lo uno está íntimamente relacionado con lo otro, los resultados vienen a ser similares en el fondo, pero no en la forma.

En la práctica, podemos considerar que a causa de este plegamiento las tablas periódicas antiguas, también llamadas cortas en contraposición a las modernas, o largas, agrupan en cada columna no a una familia de elementos químicos, sino a dos. No creo que sea necesario, ni conveniente, extenderme demasiado sobre esta circunstancia, salvo para advertir que para los químicos no había confusión posible ya que las dos familias de cada columna estaban juntas, pero no revueltas, lo que impedía que los elementos se entremezclaran. Ésta es la razón por la que en cada columna de estas tablas aparecen dos hileras de elementos, una a la izquierda y otra a la derecha de las casillas, dependiendo que pertenezcan a una u otra familia de las allí representadas.

Evidentemente este sistema podía inducir a error a los no iniciados haciéndoles confundir las churras con las merinas, y ésta fue la razón que motivó la implantación actual tabla periódica larga, mucho más clara al precio de ocupar un espacio mucho mayor, incluso cortando dos de las filas centrales —las de los metales de transición interna, también llamados lantánidos los de la fila superior y actínidos los de la inferior— y poniéndolas debajo, ya que de no ser así necesitaríamos una anchura todavía mayor.

He de pedirles disculpas por este exordio, pero mucho me temo que era necesario para poder dar el salto final en nuestro análisis. Para facilitarles la explicación he copiado una tabla periódica corta, ya en desuso, de la Enciclopedia Espasa, supongo que bastante similar a la que pudiera haber consultado Pascual Enguídanos; la ausencia en ella de algunos elementos tales como el hafnio o el renio, descubiertos a mediados de los años veinte del pasado siglo, junto con el arcaísmo de denominar nitón (Nt) al gas noble conocido desde 1923 como radón (Rn), nos permite datarla como muy tarde a principios de esta década, lo cual coincide con la fecha de edición de la enciclopedia. Para facilitar la lectura de los símbolos químicos he borrado otros datos que los acompañaban, tales como los pesos atómicos, por resultar innecesarios en nuestro estudio.

Tabla periódica antigua
Tabla periódica antigua

Aunque Pascual Enguídanos escribió la serie de los sadritas en 1957, más de tres décadas después de las fechas que estamos considerando, hay que tener en cuenta que pudo consultar libros antiguos; además, esta tabla corta siguió usándose aún durante bastante tiempo antes de caer definitivamente en desuso. De hecho, yo todavía me encontré con ella en alguno de los libros de texto que usé en la facultad, a mediados de los años setenta, aunque para entonces era ya poco más que una mera curiosidad histórica.

Fijémonos en esta tabla. Si miramos la columna del carbono, o grupo IV según la terminología de la época, nos encontraremos de arriba abajo, y haciendo un pequeño zig-zag, con los símbolos correspondientes al carbono (C), el silicio (Si), el titanio (Ti), el germanio (Ge) y varios más que de momento no nos interesan... con lo cual la duda queda aparentemente resuelta.

En realidad esta tabla periódica es confusa incluso para un químico. Tal como apunté anteriormente, en el grupo IV hay en realidad dos columnas: la de la izquierda, formada por el carbono, el silicio, el titanio, el zirconio (Zr), el cerio (Ce) y el torio (Th), y la de la derecha con el germanio (Ge), el estaño (Sn) y el plomo (Pb). Pero si volvemos a la tabla moderna veremos que la secuencia real de la familia del carbono es carbono, silicio, germanio, estaño y plomo junto con el recién descubierto flerovio (Fl), mientras la del titanio —hay que irse a la parte central de color salmón— está formada por titanio, zirconio, hafnio (Hf, todavía no descubierto, por lo que no aparece en la tabla antigua) para terminar, yéndonos a las dos filas largas de la parte inferior, con el cerio y el torio; aunque la colocación actual de estos dos últimos elementos difiere de la antigua, esto tampoco nos afecta.

En resumen: En la tabla periódica corta los elementos de las dos familias no sólo están juntos sino también bastante revueltos, ya que a partir del primer período largo las dos familias de la columna intercambian el orden, y no sólo en el grupo IV —el del carbono— sino también en todos los comprendidos entre el III y el VII, sin que alcance a comprender las razones.

El resultado de ello es que el elemento que figura debajo del silicio es el titanio y no el germanio, lo que explicaría la equivocación de don Pascual de haber consultado éste una tabla periódica de este tipo, como parece lo más probable. Y desde luego, no se le puede echar a él la culpa del error.

Para terminar, tan sólo me queda apuntar a modo de anécdota que en las novelas modernas de Pascual Enguídanos, es decir, las escritas ya a principios de los años sesenta bajo el seudónimo de Van S. Smith, vuelve a aparecer el titanio con frecuencia... como el material con el que están fabricados los trajes espaciales de los astronautas, algo mucho más acorde con las verdaderas propiedades de un metal con importantes aplicaciones tecnológicas que van desde la aeronáutica —durante los años de la Guerra Fría llegó a ser un material estratégico— hasta las prótesis quirúrgicas, ya que a sus interesantes propiedades de dureza y resistencia se une una ligereza mucho mayor que la de otros metales tradicionales, como el hierro; y además, tampoco se corroe.

© José Carlos Canalda,
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