Una impresión personal
por Javier Redal
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Mi primer encuentro con George H. White fue con Van S. Smith.

Se trataba de una novelita titulada, si no recuerdo mal LUNA ENSANGRENTADA. La conseguí de segunda mano, en algún momento entre 1967 y 1969: eran años de crisis editorial, y yo me agarraba a lo que podía. Era una historia de guerra atómica entre rusos y americanos, con varios detalles originales: ni unos ni otros eran los buenos. Los personajes principales eran alemanes, que han establecido una base en Marte, y narra la salvación de un pequeño grupo de personas, que se refugian en el planeta rojo. Los detalles de ambientación y tecnología me parecieron muy realistas y verosímiles. Dentro de la basura en que solían consistir las novelas de a duro, salvo excepciones tan honrosas como escasas, aquella obrita resplandecía con luz propia

A esa siguieron otras, también conseguidas en librerías de lance. Cito de memoria: EL DÍA EN QUE DESCUBRIMOS LA TIERRA, CITA EN LA LUNA, HOMBRES EN MARTE, YO, UN MARCIANO, Y EL MUNDO TEMBLÓ... También tropecé con La Saga De Los Aznar; VENIMOS A DESTRUIR EL MUNDO, de George H. White. Mi reacción fue la misma.

La felicidad llegó cuando un amigo me regaló un cajón de bolsilibros, que llevaban varios años abandonadas en un lóbrego almacén. La mitad, aproximadamente, de Luchadores del Espacio, el resto eran de la colección Espacio de Toray, y algunos ejemplares de Futuro de Mallorquí.

Estos incunables, ay, ya no están en mis manos, pero comprendían La Saga De Los Aznar entera, o casi entera ¡tardé años en enterarme de como se cargaron al Segundo Imperio Nahumita!

Llegué a sospechar, por ciertos detalles de estilo, tecnología (los robots monorrueda, la luz sólida), que Van S. Smith copiaba a George H. White. Pero lo hacía bien, el condenado... Pronto salí de mi error, cuando descubrí que eran la misma persona, a través de la HISTORIA DE LA CIENCIA FICCIÓN EN ESPAÑA de Carlos Saiz Cidoncha. Por aquel entonces se reeditó La Saga De Los Aznar, gracias a lo cual pude al fin enterarme de lo quepas con los dichosos nahumitas; y el autor prolongó la series más allá de los treinta y tantos volúmenes originales, sin desmerecer lo más mínimo de ellos; todo lo contrario.

Pasaron unos años más y conocí a Pascual Enguídanos en persona. Fue en la HispaCon de 1978, de la que fue invitado de honor. Yo era un desconocido; mi primer cuento publicado, NAUFRAGIO EN TITÁN apareció un par de meses más tarde en Nueva Dimensión debo abrir un paréntesis para hablar de Agustín Jaureguízar: a tal señor, tal honor.

Varios meses antes pasó por Valencia para informarme de que el cuento iba a ser publicado en breve plazo, conocernos y charlar. La noticia y sus elogios me transportaron al séptimo cielo. Hablamos de muchas cosas: recuerdo que la mayor parte del diálogo consista en que Agustín preguntaba: ¿Has leído la novela o el relato Tal de Fulano de Cual? y yo contestaba No con voz alicaída.

Nos volvimos a ver en la HispaCon y, sin su ayuda, me habría sentido como el proverbial pulpo en un garaje.

Gracias a Agustín, en cambio, fue una gozada. Fuimos a comer con Pascual Enguídanos y Carlos Saiz Cidoncha, y también nos llevó a los tres a su casa, donde pudimos admirar su fabulosa y completísima biblioteca de ciencia ficción. Sólo le faltaba algunas novelas para completar su colección Lo peor no es que no sepa a quién comprárselas, se lamentó, es que ni siquiera sabría a quien robárselas. Nos vimos de nuevo en la siguiente HispaCon, y otra vez en que vino a mi casa, con intención de conocer a Juan Miguel Aguilera. Que no pudo asistir, ya que estaba haciendo el servicio militar.

¿Cómo es la ciencia ficción de George H. White-Van S. Smith? La creación, literaria o no, no se desarrolla en el vacío Siempre hay antecedentes, precursores, iniciadores. El caso de Pascual Enguídanos es atípico: no es exagerado decir que inventó su propia escuela. Es más, fue el quien propuso a la Editorial Valenciana crear una colección de ciencia ficción. Hacia la época en que apareció la colección Luchadores del Espacio, acababa de salir la colección Futuro. Hay que recordar como era el panorama de la España Una, Grande y Libre; eran los años de la autarquía económica, con su kafkiano intervencionismo y el mercado negro a todo vapor.

El racionamiento no se levantará hasta 1952. El turismo y los bikinis estaban muy lejos de la reserva espiritual de Occidente: el albornoz era obligatorio en las playas. Apenas existan carreteras asfaltadas, los trenes de cercanas y los tranvías databan de los años veinte, el consumo de carne per capita era el mismo que en el siglo XIX, y no se recuperara el nivel de 1935 hasta 1970. En lo que se refiere a ciencia-ficción, Asimov, Heinlein o Clarke eran unos perfectos desconocidos. Y no digamos de viajes espaciales. La V2 era el vehículo más avanzado, y el programa espacial americano no estaba ni en mantillas.

Y, mientras los cerebros electrónicos como ENIAC y UNIVAC eran el último grito de la tecnología, un escritor español hablaba de cañones dirigidos por ordenador, rayos de luz sólida cinco o seis años antes de la invención del láser, de efectos relativistas en el viaje espacial, o batallas espaciales en las que un personaje gritaba: ¡Solamente nos quedan ochenta mil torpedos!

Las influencias de otros autores en la obra de Pascual Enguídanos son bastante escasas. Solamente reconoce haberle copiado el término orbimotor a José de Elola, el Coronel Ignotus, por otro lado, la del Flash Gordon de Alex Raymond: no en balde su prosa es muy visual. George H. White siente un especial interés por los planetas tipo Mongo, con su mezcla de futuro y arcaísmo, regímenes feudales, príncipes y señores despóticos, pueblos primitivos oprimidos, y, cómo no, hombres de silicio, hombres insecto, hombres planta, u hombres peces, e incluso hombres hombre como los nahumitas, que son los más peligrosos de todos.

Pero no se trata de simple aventura. En EMBAJADOR EN VENUS, por ejemplo, nos presenta un Venus de la Edad del Bronce, en el que los nativos vuelan cabalgando una especie de arqueópterix gigantes. ¿Suena a tebeo? No tanto. El planeta está siendo colonizado por terrestres divididos en grupos nacionales, americanos, rusos, chinos, alemanes, etc., con fuertes tensiones internas que acaban en una guerra irregular. Y los primitivos venusianos poseen un estado mundial, que desconoce la guerra desde hace siglos. La explicación, según el autor, est en sus monturas voladoras. Los venusianos disponen de ellas desde tiempos prehistóricos, lo que facilita el contacto y limita las diferencias culturales que pueden degenerar en conflicto: como si los terrestres de la Edad de Piedra hubieran dispuesto de helicópteros. Este es un ejemplo de como White desarrolla con lógica todos sus supuestos argumentales.

No todas sus novelas son de este estilo. Frecuentemente, se ambientan en el mundo actual y tratan de la llegada de extraterrestres, a veces animados de no muy buenas intenciones (EL MUNDO TEMBLÓ) pero no en general. En LLEGÓ DE LEJOS, un extraterrestre que tiene un aspecto completamente humano se ve metido en varios líos en Nueva York. En YO, UN MARCIANO, narrada en primera persona por un príncipe (sic) de Marte, también humano, que se cabrea bastante porque una escritora de ciencia ficción ¡describe a los marcianos con tentáculos! Tal parece que los extraterrestres buenos de White son siempre humanos; pero también los hay malvados, como los nahumitas.

Por otro lado, en ¡PIEDAD PARA LA TIERRA! una humanidad diezmada por la guerra atómica envía una expedición a Urano en busca de un asentamiento, y tienen que suplicar ayuda a unos seres enormes, peludos y feísimos, pero que acaban dándola. Y en EL DÍA EN QUE DESCUBRIMOS LA TIERRA, el narrador es un robot, tripulante de una nave de exploración automatizada, y demuestra tener unos sentimientos muy humanos.

Excepto en La Saga de los Aznar, no suele presentarse el futuro remoto. CITA EN LA LUNA y HOMBRES EN MARTE son novelas de viaje espacial en un futuro próximo, en tanto que LUNA ENSANGRENTADA, como ya se ha dicho, es una novela de guerra atómica. En todas ellas, White elude la tentación fácil de los soviéticos malvados. En la primera, una cosmonauta rusa y un astronauta americano se encuentran en la Luna, ambos proclamando serlos ganadores de la carrera espacial, pero que acaban regresando juntos a la Tierra (y se enamoran como mandan los cánones). En la segunda, aparecen cosmonautas rusos malvados, pero hay que aclarar que son desertores. En la tercera, incluso hay soldados americanos que asesinan a unos civiles en la base lunar alemana.

Si la ciencia ficción es literatura de ideas, las obras de George H. White son un paradigma. ¿A quién se le ocurriría una nave espacial con hélices? Esto sucede en HEREDÓ UN MUNDO habría que decir que la astronave llevaba un generador de antigravedad, alimentado por energía atómica. Para viajar por el espacio usaba cohetes, evidentemente; pero para la atmósfera, ¿por qué no hélices? Y, puestos en ese plan, por qué no una astronave anfibia, una palabra acuñada por White y, que yo sepa, no utilizada por nadie más ictionave.

Tampoco está nada mal la idea de un asteroide hueco convertido en nave espacial, como el autoplaneta Valera. en la continuación de La Saga de los Aznar en los años setenta, aparece un Mundo Anillo. Y no digamos, en la serie nueva de los Aznar, el jugo que le saca a la karendón, aparato capaz de registrar la organización atómica de un objeto, desintegrarlo y volverlo a reintegrar, con sus muchas aplicaciones: teletransporte, duplicación de objetos, y hasta la inmortalidad, ya que se puede guardar una copia de seguridad de la persona desmaterializada.

Y, a propósito de Star Trek, no estará de más recordar que los thorbod de White son un claro anticipo de los klingones. ¿Cuál es el secreto de George H. White? Mucha imaginación, mucho trabajo. Pensar. Pensar. Hay que pensar. Vivía de escribir, cosa más fácil en los años cincuenta (sin televisión, pocas emisoras de radio, comic en sus inicios) que ahora. Pero el oficio no lo explica todo. Está el amor por la obra bien hecha, algo poco común en aquella poca de literatura popular, de jornaleros de la pluma que a menudo odiaban lo que escriban. George H. White es un escritor perfeccionista, que escriba y reescriba infinitas veces, que no entregaba un original sin estar plenamente satisfecho del resultado.

Y se nota.

Pascual Enguídanos murió el 28 de marzo de 2006 en Valencia.

Artículo aparecido en el número 1 de la revista electrónica GANDIVA OP3C