Cuando el destino nos haya alcanzado
por Ángel Torres Quesada

Para no ser como los personajes y personajillos que nos gobiernan, cumpliré mi palabra: reanudo La Memoria Estelar. No me atrevo a jurar cuánto la prolongaré en el tiempo, pero intentaré que esta etapa sea más larga que las anteriores. Mientras que la fuerza, el ánimo y la mente no me jueguen una mala pasada...

Ya puesto en la tarea, ¿de qué hablo en esta entrega? De ciencia-ficción, supongo que pensará la mayoría. Es lo lógico, lo esperado. Ha pasado algún tiempo desde la última Memoria, demasiadas cosas han ocurrido, y la más importante, seguro que acierto, es la crisis. Llegado a esto, sería obligado hablar de lo políticos, de la corrupción que nos asola, de las mamandurrias que pululan por todas partes y en todos los niveles, de las ristras de chorizos que deambulan de norte a sur y de este a oeste. De tantas cosas, o dioses habidos, dioses olvidados y dioses por haber. Pero voy a intentar pasar de ellos, de tantos indeseables, o mejor tirarlos al cubo de la basura del que han surgido y tratar un tema menos deleznable, más optimista si es posible. Pero me temo que voy a fracasar en el intento, porque arroparme con el halo de lo mejorable es tarea ardua.

Dicen por ahí que el universo Guttemberg ha desaparecido, o está en vías de desaparecer. De eso no hay dura, porque todo cambia, todo se modifica, todo nace y muere. Es ley de vida. En los siglos anteriores el ser humano nacía, vivía y moría sin notar cambios importantes a su alrededor, la tecnología no lo invadía, no alteraba su existencia, más corta que la actual. Debe ser cierto, porque a veces las estadísticas no nos engañan. Cuando yo iba a la escuela y me preparaba para ingresar en la Escuela de Comercio, a principio de los cincuenta, me enteré que la población de la Tierra estaba a punto de alcanzar la cifra de tres mil millones de habitantes. Qué barbaridad, me dije. Y conocí la teoría de Malthus. Y me estremecí una miaja. La creciente natalidad de aquella época reparó la muerte de los millones de personas que causó la Segunda Guerra Mundial en los frentes, en los campos de exterminio nazis y en las purgas soviéticas, y luego enmendó las matanzas provocadas durante la efímera paz posterior del cuarenta y cinco, en África y en todos los lugares de la Tierra donde se procedió a la descolonización, dando paso a las matanzas indiscriminadas, propiciando la llegada de crueles dictadores que incendiaron lo poco que aún no había ardido. O sea, se salió de una situación mala para ahogarse en una situación aún peor.

Actualmente, el ser humano llega al mundo, feliz e ignorante, y cuando alcanza la razón, a la edad que sea, porque algunos tarden mucho o no la obtienen, no tarda en comprobar que el ambiente que le rodea cambia constantemente, percibe que la tecnología, generalmente mal aplicada, le desborda a la mayoría, y lo que ha aprendido ayer y hoy es superado en pocos años, a veces en meses. Si no, que me lo digan a mí, que cada vez que actualizo mi ordenador con un nuevo programa del Windows ese de los cojones, las paso canutas para entenderlo y manejarlo como hacía con la versión anterior.

El otro día le dije a un amigo, hablando ambos de la crisis, que lo que está ocurriendo, refiriéndome concretamente al estado de las autonomías, le expuse mi teoría ramplona, que es la siguiente: Tomemos el ejemplo de un padre de familia, con un buen sueldo, una esposa abnegada y cinco o seis hijos, todos adolescentes. El tipo en cuestión atiende a su hogar, en él que no falta nada. Pero el individuo de marras no es perfecto y tiene una amante, una querida, a la que aloja en un apartamento de alto standing, y envía a sus vástagos a escuelas de pago, los lleva de vacaciones, les compra bicis y juegos. Su aventura extramatrimonial la lleva con suma discreción para no escandalizar a los vecinos ni darle un disgusto a su santa consorte. Puede hacer frente al gasto de su modo de vida, sí. Puede permitírselo. Tiene un piso en la ciudad, una casita y en el campo y no soporta ninguna hipoteca. Con una sola querida, su economía doméstica no se resiente, digo a mi amigo, y añado: Pero a lo que no puede hacer frente es a tener diecisiete queridas, si algún día le pasara por la cabeza hacerlo, porque su economía se derrumbaría en cuestión de poco tiempo. Mi amigo comprendió al instante mi ejemplo, y por una vez me dio la razón. Si un gobierno padece la epidemia de los corruptos y no puede, o no quiere, impedir que roben, que se apropien del dinero público, con dicho gobierno y diecisiete más, taifas encubiertas, la bancarrota es seguro y sólo hay que esperar a que, tarde o temprano, todo reviente, saltando por los aires la muy añorada democracia. El pueblo llano, la clase media o baja, es la que paga el pato. Siempre ha sido así y siempre lo será. Como quienes me leen son cultos y enterados de la situación, no necesito recordarles los muchos males que nos golpean desde todos los ámbitos. Como en los tiempos de la Roma Imperial, en su decadencia, los jerifaltes, que como los perros no comen carne de perro, nos obsequian con pan y circo; o sea, con mucho fútbol y una migajas de pan.

Llevo muchas décadas enfrascado en esto de la ciencia-ficción, he leído docenas de novelas que predicen el final de la Era de los humanos y muchas apuntan con certeza a lo que se nos viene encima. No sé si la profecía maya se cumplirá, augurio que dicen que dio comienzo el pasado 21 de diciembre. Como ese día no cayó un meteorito ni el Sol nos lanzó sus rayos, respiramos aliviados y nos reímos un poco de los tenebrosos augurios, que hay muchos, más de los que nos imaginamos, tanto en la Biblia con su dichosa Apocalipsis y en los textos sumerios, egipcios, sánscritos e hindúes citados en el Maharabata, extraño anticipo de La Guerra de las Galaxias. Respecto a la profecía maya eso pensé yo también hasta que un amiguete del alma me dijo que ese día del mes doce no se consumó la tragedia de la noche a la mañana, sino fue el comienzo de su proceso, que se extenderá a corto o largo plazo hasta su consumación, que nadie puede predecir con exactitud. Meditando un poco sobre esto, me dije que los mayas tal vez no calcularon que la catástrofe no sobrevendría por fenómenos estelares o medioambientales, sino por lo que la historia ha demostrado que es el mayor peligro para la Humanidad: los políticos de ahora, antes los tiranos con corona. Y la políticas, añado para que las ultra feministas no se cabreen.

Para finalizar, puedo prometer y prometo que mi próxima Memoria tocará temas de mayor raigambre cienciaficciónera. Si no cumplo mi palabra, les permito llamarme político, banquero, poderoso empresario... o sindicalista. Me lo tendré merecido.

Ángel Torres Quesada, (1.192 palabras) Créditos