Poder Absoluto
por Ángel Torres Quesada
Clint
Clint

El otro día volví a ver la película PODER ABSOLUTO, protagonizada y dirigida por Clint Eastwood. No me lo propuse, no leí en la programación de los periódicos que la iban a poner, me enteré al oír desde mi despacho, mi cubil, que mi mujer la estaba viendo. La voz doblada de Clint es inconfundible. Como llevaba un rato ante la pantalla del ordenador, pensé que merecido un descanso, dejar por un rato el repaso del antiguo escrito que intentaba actualizar, una novela que tal vez sea publicada alguna vez, si la crisis no lo impide y un editor se atreve a publicarla.

Pero volvamos a la peli en cuestión. Cuando la vi en el cine, hace ya algunos años, no me planteé las cuestiones y preguntas que me animan a escribir esta Memoria. Como ustedes merecen una explicación, yo se la voy a dar. Ya lo dijo el genial Pepe Isbert desde aquel balcón, hasta que le interrumpió el igualmente genial Manolo Morán. Qué grande es Berlanga. Imagino que la mayoría de quienes se asomen a esta Memoria habrá visto PODER ABSOLUTO. Si es así, apuesto a que no la han borrado de la memoria porque es una excelente película. En ella, Clint, en su oficio de protagonista, está arropado por dos estupendos actores, como son Gene Hackmand y Ed Harris, además de otros secundarios que brillan en sus respectivos papeles.

Cuando terminó la película, regresé a mi despacho y delante del ordenador me puse a cavilar sobre los detalles del argumento. Por si alguien lo ha olvidado, o no lo recuerda, le refrescaré la memoria. Clint es el hábil ladrón de guante blanco Luther Whitney que una noche entra en la casa de un ricachón, cuando averigua que está desierta porque su dueño se ha ido a Barbados de vacaiones, un octogenario que ha ayudado al actual presidente de Estados Unidos, Gene Hackmand, a convertirse en el inquilino de la Casa Blanca. Desde la habitación a la que ha accedido por una puerta camuflada como espejo desde el dormitorio pero desde su interior es un cristal, Luther, después de desvalijar la caja fuerte, es testigo de los juegos amatorios de una pareja que derivan en un enfrentamiento violento. La mujer, muy cabreada, se pone de horcajadas sobre su amante y le asesta una puñalada en el brazo con un abrecartas. El herido, que tiene una trompa de órdago, grita pidiendo ayuda y al instante irrumpen dos hombres en la habitación, que abren fuego contra la mujer y la envían al otro barrio.

Interesante película, sí señor. En Yanquilandia, que yo tenga noticia, nadie se rasgó las vestiduras por el argumento, no señor. ¿Son capaces ustedes de imaginar que una película parecida se rodara en España, sin dar nombre del interfecto y supuesto jefe de gobierno, ni del partido al que pertenezca, que se le atribuya una aventura semejante? Vamos, que sea un malvado como el que interpreta el señor Gene. Es posible que se lo imagine, porque apuesto a que les sobra imaginación, pero no me nieguen que pensarán que no habrá productor que se atreva a producir una peli semejante. Y un servidor podría apostar que no se la financiaría la Ministra de Cultura, o quien sea el que te tenga que soltar la pasta. A menos que pusiera verde al partido adversario, es evidente La pasta está para invertirla en empresas rentables para quien suelta los euros de todos nosotros.

Cierto es que se ha publicado recientemente una novela en la que a corto plazo sobreviene otra guerra civil. No la he leído aún, y pienso hacerlo. La imaginación aún es libre, por supuesto; no nos pueden encerrar el pensamiento, ni censurárnoslo. El problema para un escritor radicaría en que si tiene arrestos para plasmar en su obra que en un futuro inmediato hay un gobierno de tal o cual partido que nos prive de la libertad e instaure un régimen dictatorial de corte ultraizquierdista o ultraderechista, la mitad del país, como poco, lo pondría a parir. Y la otra mitad también. No tenemos experiencia en este campo, mientras que los americanos, desde hace años apechugan con que en su país —lo vemos en sus series televisivas y en sus películas— gobierne un negro, una mujer y... Creo que no tardaremos en ver que quien se siente en el Despacho Oval sea una lesbiana, un homosexual, un transexual... o un indio apache. O una india. Con todos mis respetos para los posibles presidentes —y presidentas— expuestos.

Otra vez Clint
Otra vez Clint

En España hay que andarse con cuidado con este tema. Se me ocurren, a voleo, algunos ejemplos. Imagínense el País Vasco independiente, o Cataluña, o Galicia o Andalucía, y también que les pase por la cabeza que en estas regiones se han establecido sendas dictaduras y todas las comunidades andemos a la greña. O bien que el resto del país, harto de tantos nacionalistas, sea quien les dé la independencia para que lo dejen en paz. Es un decir, por supuesto, porque las consecuencias de este proceso no me atrevería a vaticinarlas. Se ha escrito un mogollón de novelas y se han rodado algunas películas en las que los nazis son los vencedores, como EL HOMBRE DEL CASTILLO, y también PATRIA, llevada al cine. Y no pasa nada. Pero vivimos en España, sí señor.

En mi novela EN LA CIUDAD OSCURA, que pronto verá la luz, acometo la empresa que he expuesto, pero la situación que describo lo marca el guión. Por supuesto, a cada personaje pude haberle colgado la escarapela del partido al que pertenece, pero las siglas quedarán diáfanas para el lector. En la novela no se libra de mis críticas ningún estamento político, policial y judicial. En conjunto podría ser la consecuencia de lo que estamos viviendo, trasladado a un futuro que me temo está a la vuelta de la esquina. Quizá haya exagerado. Quizá me haya quedado corto. Ya veremos.

Por último, confesar que en esto envidio a los americanos: ellos no se rasgan las vestiduras cuando un guionista de cine o un autor de novelas escribe una historia en la que un presidente de su país es un asesino, un demente, un corrupto o un peligro para la paz mundial. Son novelas, dicen. Y se encogen de hombros.

La imaginación, como el pensamiento, es libre.

Ángel Torres Quesada,
(1.051 palabras) Créditos