La estela del hambre
por Ángel Torres Quesada
La estela extendida
La estela extendida

La historia de Egipto me fascina por parecerme tan misteriosa como subyugante, la considero una inagotable fuente de inspiración para aprender de su larga y enigmática trayectoria desde su desconocido origen hasta su bien conocido final, que bien puede situarse cuando Alejandro el Magno se hizo dueño y señor del país, o bien cuando los romanos plantaron en ambas riberas del Nilo sus estandartes.

En Egipto, según los historiadores, hubo 32 dinastías, desde la era predinástica del Rey Escorpión hasta el reinado de los Ptolomeos. La confección de esta lista, admitida por historiadores y egiptólogos, o tal vez porque no hay otra, se confeccionó partiendo de la relación que hiciera Manetón por orden del rey Ptolomeo Soter (XXXII Dinastía, 323-285 AD) y avalada por el llamado Papiro de Turín, documento donde se detallan las dinastías desde su comienzo hasta su fase intermedia, hallado por Bernardino Dravetti en 1820 en la tumba del escriba Amenna Isthe, en Tebas.

La primera de las dinastías data de 3050 AD, durante el reinado de Nemes, y la última, la XXXII, concluye en el año 30 DC con el reinado de Cleopatra VII y Ptolomeo XV Cesarión, su hermano. No se considera periodo dinástico egipcio el que abarca desde el advenimiento de Augusto, 30 DC, al del emperador Gota, 212 DC.

Según los egiptólogos de todos los periodos dinásticos se han recuperado testimonios arqueológicos, escasos a veces y, sin embargo, suficientes para permitir que los expertos registren con detalle el imperio, en teoría, más longevo del mundo, más de tres milenios de historia, siendo las pirámides sus legados más emblemáticos, desde la primera, la escalonada, pasando por las ubicadas en la Meseta de Giza, donde aún se puede contemplar la de Keops, la mayor de todas, la única de las Siete Maravillas que ha sobrevivido hasta nuestros días. Lamentablemente no la podemos contemplar en la actualidad con toda su belleza original, como era antes de ser despojada de su cubierta de granito, en el siglo XIII, convertida en cantera para reconstruir la ciudad de El Cairo asolada por un terremoto. Parte del lamentable despojo perdura oculto en varios palacios y en algunos conductos del viejo alcantarillado.

Disponemos de una historia bastante documentada acerca de todos los reinados. Sin embargo, sobre la VII dinastía la información es escasa, por no decir nula, y los restos arqueológicos encontrados de ella son prácticamente inexistentes excepto la Estela del Hambre, descubierta por Charles Wibour en 1889, que conserva un texto de 32 columnas en la cara este, en el afloramiento rocoso de la isla Sehel, en Assuan. El legado que contiene fue traducido por varios egiptólogos, la última versión, la más completa data de 1973, realizada por Lichtem. Hasta mediados del siglo pasado, antes de su hallazgo, se desconocían las causas que provocaron el hundimiento de la VII Dinastía y el comienzo de un dilatado periodo de decadencia que duró hasta la instauración de la IX dinastía. El hallazgo de la Estela del Hambre nos ha permitido desvelar el misterio que provocó las décadas que sumieron a Egipto en el caos, mayormente en la hambruna por cuyo nombre es conocida: la Estela del Hambre.

Según se relata en las 32 columnas que nos han llegado legibles, al final del periodo de la séptima dinastía se produjo un retroceso social y económico sin parangón en Egipto, agravado por una hambruna nunca antes conocida. Aunque incompleta la superficie de la piedra donde fue esculpida la historia de este desastre, se han podido analizar los motivos que provocaron tan largo periodo de anarquía y de hambre.

Según los egiptólogos, en aquella época Egipto ya estaba dividido en nomos, territorios equivalentes a nuestras provincias, regidos por nomarcas, especie de gobernadores elegidos por el Faraón, dotados con poderes absolutos. Conocido es que la prosperidad del viejo Egipto dependía de las crecidas del río y la posterior retirada de las aguas, que dejaban a su paso un terreno saturado de nutrientes, propicio para la siembra, cultivo y posterior recolección de los alimentos que la creciente población egipcia precisaba para su sustento. El que más tarde sería el imperio del Alto y del Bajo Nilo, es considerado por muchos teóricos como la prolongación del pueblo de los atlantes, que llegaron a esas tierras de la catástrofe que sumergiría su continente en las aguas. Vaya usted a saber si es cierto este supuesto, que podría estar entroncado con la desaparición del también mítico continente de Mu ubicado en el Pacífico, pero mentarlo aquí no está de más. Desde entonces, según las crónicas de las dinastías precedentes, la vida en Egipto discurría en cierto modo placentera, había abundancia de alimentos y los artesanos y mercaderes prosperaban.

La piedra completa
La piedra completa

Pero un día la situación cambió. ¿Por qué? De acuerdo con la Estela del Hambre el fin de la prosperidad se debió a que los normarcas no rendían cuentas al Fararón, se despreocuparon de vigilar el nivel del río al que tanto debían, favorecieron a amigos y parientes elevándolos a rangos administrativos en los que no brillaban precisamente por su eficacia. El número de los nomos era reducido entonces, el imprescindible para que una eficaz administración funcionase. Pero la corrupción y el despropósito hizo mella en el Faraón, el cual se dejó convencer para duplicar el número de nomos o comarca, incluso triplicarlo, por lo que aumentó tanto el número de funcionarios que faltaron brazos para cuidar las tierras de cultivo y los canales de riego y llevar a cabo las labores de prestación de servicios al pueblo. En pocos años la economía se hundió, las cosechas disminuyeron, el sistema de regadío se deterioró y la recaudación de impuestos, por falta de actividad económica productiva bajó a niveles ínfimos.

Esto fue lo que ocurrió según se relata en la Estela del Hambre. Como un siglo o así se necesitó para volver a la situación anterior a la crisis provocada por el mal gobierno.

Dicen que de la historia, lejana o cercana, se aprende, y de los errores de nuestros antepasados deberíamos tomar buena cuenta para no caer en sus despropósitos. Dudo mucho de que lo hayamos hecho. Un historiador, a principios de los años veinte, cuando el mundo aún era sacudido por el Crak de 1929, se tomó la molestia de analizar la situación económica en la que el mundo había caído, comparándola con los sucesos que se relatan en la Estela del Hambre. El buen hombre no era economista titulado en una docta universidad, pero tenía sentido común y predijo que del marasmo en que se hallaban inmersos a mediados de los años treinta no se saldría hasta al menos en una década. Otros analistas, ya en los cincuenta, llegaron a la conclusión de que la Segunda Guerra Mundial había sido, al menos temporalmente, la solución a la crisis que se originó en Wall Street, lo cual me obliga a pensar que, y ojalá me equivoque, que del marasmo actual es posible que algunos iluminados confíen en superarla con un conflicto. Pero ocurre que un suceso nunca es un calco de otro, por muchas semejanzas que haya entre ambos y separados por el tiempo. El primero, el más antiguo, comparado con el segundo, el más reciente, resulta ser una minucia, porque por los años treinta en este mundo nuestro la población aún no había alcanzado la cifra de tres mil millones, y hoy, ochenta años después, estamos a punto de superar la friolera de seis mil quinientos, si no ha sido sobrepasada. A esto hay que añadir el hecho de que la demanda de materias primas, sobre todo la energética, es muy superior, y también los odios y los rencores que pululan por todos los rincones del mundo.

No sé si llegaré a ver solucionado, total o parte, el actual problema, pero conociendo los antecedentes históricos mi esperanza es cero.

Pero no me hagan mucho caso, sean optimistas y consideren esta Memoria un pasatiempo más, unas líneas escritas bien pasada la medianoche que no tienen otro interés por mi parte que distraerles un rato.

Después del período nefasto que vivió Egipto durante la Séptima Dinastía, el país sobrevivió, aunque zarandeado por otros avatares, durante más de dos mil quinientos años. Por lo tanto, miremos el porvenir a través del color del optimismo, que confieso no sé cual es.

¿Creen que quienes nos rigen han echado un vistazo a la historia y los análisis que hayan sacado de una situación parecida a la actual les motiven para actuar con celeridad y eficacia? Pues no. Su actitud me recuerda otro hecho histórico, y resulta deprimente. Me refiero a las discusiones bizantinas acerca del sexo de los ángeles que mantenía un grupo de gilipollas cuando el enemigo ponía cerco a las murallas de Constantinopla.

Olvidaba mencionar que en los tiempos de la Séptima Dinastía no ocurrió nada parecido a lo que ahora está ocurriendo en el Golfo de México.

Ángel Torres Quesada,
(1.476 palabras) Créditos