Acontecimientos estelares y tal
por Ángel Torres Quesada
ULTIMATUM A LA TIERRA

Le tengo un enorme respeto a Stepehn Hawking, siento una admiración por él que no necesito explicar. Seguro que me entienden.

Mi estima hacia este hombre se ha visto incrementada desde que conocí sus teorías sobre la posibilidad de vida extraterrestre, que no siendo nuevas por venir de quien vienen deberían ponernos sobre aviso de lo que nos ocurriría si algún día una raza inteligente procedente de allende los límites de nuestro sistema Solar se acercara a nuestro planeta y nos echara un vistazo.

Lo que ha dicho Hawking no es nuevo, no. Sus tesis ya han sido divulgadas en cientos de relatos y novelas de ciencia-ficción. Divide a los alienígenas en dos clases: los pacíficos y buenos buenísimos, y los depravados malos malísimos. No hace mención de una especie intermedia, más o menos como somos los humanos, de la que no me voy a atrever a valorar en porcentajes, porque a lo mejor me quedo corto, peco de políticamente correcto y escribo que los buenos superan a los malos. Y no es así. Más bien diría que la mayoría son inocentes de las salvajadas de esa minoría dirigente. Como está la cosa, quien me lea podría pensar que con los años me estoy volviendo optimista, o más trolero que cualquiera de los políticos que nos atosigan día y noche con sus paridas. Porque hay que oír lo que sueltan cada día: que si los pensionistas no perderán dinero sino tendrán más para gastar, aunque les congelen la pensión; que al funcionario que gane 1.500 euros sólo verá reducido su sueldo en un cinco por ciento, que para la eminencia gris de turno que aparece en la tele para mortificarnos, sea en el informativo o en un programa basura, que estos tíos y tías ya hacen competencia a la Belén Esteban, la merma sólo será de 30 euros. Qué lumbreras son dándonos clases de matemáticas. Escuchándolos uno piensa que el almacenero de la esquina es mejor calculador mental haciendo cuentas. El nivel intelectual de estos paniaguados está por debajo, muy por debajo, del arco del triunfo por el que se pasan sus discursos antes de lanzárnoslo a micrófono abierto, convencidos de que quienes les escuchan son más brutos que ellos y se lo tragan todo.

Pero hablemos de cosas serias o, si lo prefieren de cosas menos sangrantes, y hagámoslo olvidándonos del presente por el bien de nuestra salud mental. Lo único que nos faltaría para llenar el capacho de las vanidades sería tomarnos en serio una invasión, visita o presencia de una civilización, humana o no, procedente de los confines de nuestra galaxia o de la estrella más próxima, la que tiene por nombre Próxima Centauri, que no sé si posee un planeta similar al nuestro. Pero esto no importa. Provengan de donde sea, del brazo espiral de nuestra Vía Láctea o de su mismo centro, los seres que hagan acto de presencia en nuestros cielos, por venir de tan lejos, y por habernos detectado, seguro que deben estar más avanzados científicamente que nosotros y son dueños de una tecnología que hemos soñado pero está muy lejos de que la consigamos a corto plazo. La raza en cuestión, la que nos acecha con desconocidas intenciones, podría ser pacífica, en plan ET, o como la del tipo que llega en un platillo volante, en ULTIMÁTUM A LA TIERRA, pero en la primera versión cinematográfica, la de Michael Rennie, para advertirnos que hemos tomado el camino equivocado y estamos a punto de darnos de morros contra un muro, o en nuestro torpe caminar por el camino del desarrollo vamos a caernos de cabeza en un precipicio. O sea, que esta pandilla de visitantes podría ser como una ONG, pero honrada a carta cabal, que no mangue de las subvenciones y el parné que recibe no se pierda en el camino. No sé si estos individuos sabrían de antemano lo que van a encontrar, un mundo absurdo y suicida, y por lo tanto lleguen dispuestos a apechugar con lo que sea y no se amilanen ni agoten su paciencia intentando llevarnos por la vereda correcta, que estén dispuestos a repetirnos hasta la saciedad, hasta convencernos, de lo que debemos hacer para no consumirnos en la hoguera que estamos preparando con nuestras estupideces, que el día menos pensado la encenderemos bajo nuestros pies.

Podría apostar a que nos darían una lista muy larga, larguísima, en la que nos explicarían lo que debemos hacer y lo que no. Más o menos como la sarta de medidas que actualmente nos lanzan los políticos para salir de la crisis. Esperemos que no sean soluciones precipitadas, sino meditadas, bien pensadas y efectivas. Nada de improvisaciones, como a las que nuestros insignes gobernantes nos tienen acostumbrados.

Pero podría ocurrir que los visitantes fueran como los invasores de Marte de LA GUERRA DE LOS MUNDOS, o los de INDEPENCE DAY, que sería lo más probable. En alguna que otra novela, incluso en una mía, los malos malísimos cargan con sórdidas intenciones. O sea, que aunque su apariencia sea monstruosa, sus instintos no pueden ser más humanos, Y como acabaríamos siendo vencidos y nuestro mundo convertido en una colonia a la que saquear de sus riquezas naturales a corto plazo, me temo que esa gente, o criaturas, al ver que ya hemos convertido en un erial nuestro hogar, encima nos echarían una bronca de aúpa. El final menos trágico de la aventura podría ser que esos tipos se largaran a conquistar otros mundos, despotricando de nosotros por haber sido tan bestias. Y es que en todas partes, incluso en las razas alienígenas más bestias, los mandamases son así: se fijan en la paja que el prójimo luce en su ojo, sea el izquierdo o el derecho, y no en la viga que ellos sostienen en el entrecejo.

Y repito que de unos días para acá me estoy volviendo optimista, tal vez para contrarrestar tanto pesimismo mío, y también para no ser acusado de antipatriota, que me perdone el señor Hawking si le digo que nunca nos visitarán los alienígenas ni para ayudarnos a salir de nuestra perenne crisis, que padecemos desde el dios Yahvé nos creó. Ni se molestarán en terminar de esquilmar nuestro pobre mundo, porque poquito quedará por saquear. Los primeros, los buenos buenísimos, pasarían de largo y a guisa de saludo nos dirían que ahí os pudráis, que no tenéis remedio, y los segundos detectarían desde el espacio que no merece la pena visitarnos porque llegarían con retraso y no les resultaría rentable la conquista.

En una de mis primeras novelas de a duro, LA AMENAZA DEL INFINITO, la raza perversa de turno tiene la manía de recorrer el cosmos destruyendo soles. Alguien me dijo una vez que el propósito de esos seres no podía ser más absurdo. Creo que le respondí que en algo tenían que entretenerse, y qué diversión más espectacular que contemplar la explosión de una estrella, y añadí que no vamos a pretender que seres tan ratos se rijan por lógicas humanas.

Pues nada, a esperar a ver lo que pasa, y si ha de pasar que sea a corto plazo para que yo pueda ser testigo. Si no tiene lugar el acontecimiento galáctico anunciado por el señor Hawking, me conformaré con haber contemplado el que anunció no hace mucho esa chica tan rubia y tan dicharachera, secretaria de partido y tal, que por supuesto se ha cumplido pero en plan chungo, ridículo, esperpéntico y barriobajero. Y a causa de tal efemérides, como si fuera un castigo de Dios, así estamos al día de hoy.

Que no se asuste nadie por lo que ha dicho el señor Hawking, que les apuesto lo que sea que los extraterrestres no querrán saber nada de nosotros. Pasarán de largo. No pueden ser tan incautos o tan estúpidos quienes son capaces de recorrer las galaxias. Quizás pertenezcan al Imserso los que naveguen por ahí fuera. Les garantizo que no se pararán para comprar unos recuerdos en nuestro mundo. Ni eso. No puede ser tan brutos.

Ángel Torres Quesada, (1.341 palabras) Créditos