Marachileros y otras gentes de malvivir
por Ángel Torres Quesada
Son como las meigas: haberlos, háylos
Son como las meigas: haberlos, háylos

Pues me van a perdonar, pero en esta ME no voy a hablar de ciencia-ficción, ni de los tiempos del cuplé del género. Aunque pensándolo bien, me parece que de lo que voy a tratar tiene mucho de ciencia-ficción, de fantástico, de truculento... e incluso de inverosímil. No quiero caer en el tópico ese tan manido, al que recurren personas ajenas a esta clase de literatura, cuando comentan un hecho real con visos increíbles, diciendo que parece ciencia-ficción el tema que tratan. Y menciono esto porque al final es posible que más de uno piense que lo que expongo, aunque esté respaldado por el lejano y el reciente pasado, y por el presente, se puede calificar de cienciaficciónero.

Antes de que saquen conclusiones, concédanme la presunción esa de inocencia, tan manida hoy en día y esperen a emitir su juicio hasta llegar al final de la presente parida. Confío en que tengan presente que los poderes del Estado deben estar separados, cada uno en su lugar, lo diga o no Rousseau o lo niegue quien sea y encima, para mayor escarnio, se lo tome a chanza.

Sin más rodeo, proclamo y denuncio, como otros proclaman y denuncian y llevan tiempo haciéndolo, que el Estados, todos los Estados de este nuestro pobre planeta, son los mayores estafadores del orbe desde que se inventó el dinero contante y sonante y aquí y allá descubrieron que el arte de acuñar monedas les iba a permitir que cometieran las más sonora de las tropelías a la hora de despojar a los ciudadanos sus caudales, sean pocos o muchos, obtenidos honradamente o, como viene siendo habitual en otros estratos sociales, por procedimientos fraudulentos.

Ya he dicho que cobramos en pesetas y pagamos en euros e hice algunas comparaciones en otra Memoria acerca de esta realidad, de las que me reafirmo, haciendo hincapié en que los bancos centrales, los gobiernos y los jefes de gobiernos, secundados torpe y alevosamente por ministros de economía, nos despojan de nuestros ahorros. Esto no viene de ahora sino desde el oscuro umbral de los tiempos en que se inventó la moneda y luego el preciado metal en que eran acuñadas fue convertido en vulgar certificado impreso en papel, en el que, supuestamente, se garantizaba determinado valor fiduciario en plata u oro. Si no me creen, hagan memoria, de lo que podíamos comprar en 2002 con 50 euros y lo que este billete nos permite adquirir al día de hoy. Ya dije que la peseta de los años cincuenta tenía más o menos el poder adquisitivo que el euro actual. En 2002 nos pidieron 166 pesetas por un euro, esa monedita bimetálica que ya bulle roñosa y escasa en nuestros bolsillos.

Al rey decapitador de esposas y amantes, Enrique VIII, lo conocían como Barbarroja, y no sólo porque era pelirrojo, sino porque el muy cabroncete acuñó chelines de plata que, con el paso de los años, fue aligerando de ley hasta convertirlos en piezas de cobre bañadas con una ligera capa argenta. Como el careto de este rey aparecía en el anverso, en alto relieve, lo primero que perdía lustre era su barba, adquiriendo ésta un llamativo tono cobrizo. En la España de los últimos Austrias se produjo una inflación desmesurada. La causa fue que no llegaba la plata y el oro de América con la frecuencia acostumbrada debido a que un importante cargamento de mercurio no arribó a las colonias al hundirse el navío que lo transportaba, interrumpiendo el proceso de amalgamiento de la plata que era extraída de las minas de Potosí y otras. Ni corto ni perezoso, al responsable de las finanzas del imperio hispano no se le ocurrió otra solución que duplicar el valor de los maravedíes recurriendo al resello, estampando a golpe de martillo en ambas caras de las monedas el valor de XVI sobre el VIII, lo que propició que en Flandes se falsificaran monedas de cobre que los comerciantes que mercadeaban con España las cambiaran por las piezas de plata, cada vez más escasas. Para no variar, los líderes financieros patrios no supieron, o no quisieron, atajar la sangría adoptando medidas más eficaces y honestas. Es justo decir que los falsificadores eran muy hábiles y resultaba difícil distinguir las monedas falsas de las buenas. Incluso las acuñaron con los resellos que las revalorizaban.

Damos un salto temporal para situarnos al final de la Primera Guerra Mundial —conocida entonces como la Gran Guerra porque nadie podía prever que veinte años después comenzaría otra—, cuando los vencedores impusieron a la derrotada Alemania el pago de unas reparaciones de guerra que cifraron en 123.000 millones de marcos oro. Una pieza de oro de 20 marcos germanos de aquella época equivalía a una libra británica, la primera con un peso de 7, 96 grs. y la segunda 7, 98. La recién creada república alemana, humillada por la derrota y sumida en una creciente anarquía social y económica, propuso a los vencedores un pago anual de mil millones de marcos oro, al que Londres y París se negaron a aceptar y reaccionaron ocupando la rica cuenca del Ruhr, como advertencia a los vencidos de que no podían demorar los pagos. Los historiadores sostienen la teoría de que Alemania provocó la inflación para demostrar a los aliados que no podía pagar las reparaciones de guerra exigidas. Pero ocurrió lo que algunos economistas pronosticaron, que la inflación se desataría, superaría todas las previsiones y acabaría siendo incontrolable. Y así ocurrió. La cotización del dólar subió a finales de 1922 a 7.350 marcos, y a principios de 1923 a 10.450. A partir de ahí se desboca la inflación. Los expertos de Ginebra calcularon que la moneda americana subía 613.000 marcos por segundo. Como ejemplo, durante la comida en un restaurante el precio del menú se duplicaba, por lo que el cliente pagaba por adelantado. La libra de mantequilla costaba 280.000 millones de marcos en noviembre. El papel para imprimir billetes exigió la producción de 300 papeleras. Las imprentas privadas tuvieron que colaborar con las del Estado para satisfacer la demanda.

Los ahorros desaparecieron y el trueque no tardó en implantarse. El Estado, consciente o inconscientemente, había saqueado al pueblo. Contar cómo se salió de la crisis mediante la creación del Rentenmark es otro capítulo de esta historia. La nueva moneda apenas se devaluó, pero el crack del veintinueve originó nuevas devoluciones, y no sólo en Alemania y en centro Europa sino en todo el mundo, aunque no llegó a alcanzar los nivelas de principios de los veinte. Con el ascenso al poder de Hitler, en 1933, nace el Reichmark y en medio del fugaz esplendor nazi de preguerra, la nueva divisa se impondría en la Europa conquistada.

El otro día me contó un amigo que acababa de cobrar una póliza de jubilación que había suscrito hacía veinte años. Un conocido suyo, economista, se tomó la molestia de hacer unos cálculos y le dijo, lamentándolo, que lo que había recibido tras dos décadas de pagar mensualmente una cantidad determinada, era un treinta por ciento menos del poder adquisitivo del total que había estado abonando a la compañía de seguros. No le habían engañado, no; Cobró más del doble de lo invertido pero no podía adquirir los mismos bienes y servicios que habría conseguido con el capital invertido cuando suscribió la póliza. Y como el actual impuesto sobre el beneficio ha pasado del 18 al 21 por ciento, la descapitalización ha sido aún mejor mayor.

Las pensiones se han revalorizado el 1 por ciento este año, pero los pensionistas perciben entre un dos y un cinco por ciento menos porque la escala de retención del actual IRPF no se ha actualizado como venía ocurriendo los últimos años. El Estado no se conforma con el saqueo que lleva a cabo mediante el engaño de un valor que otorga en un pedazo de papel que nos obliga a aceptar, un billete que al cabo de un lustro o de una década ver mermado su poder adquisitivo real.

Las inflaciones sudamericanas del pasado siglo no han alcanzado las cotas de la Alemania derrotada, a la que habría que añadir en la lista a Hungría, Austria, Polonia, Rusia y otros países durante la década de los veinte, pero fueron muy altas. El peso argentino ha tenido 4 revalorizaciones, el antiguo rei brasileño, pasando a ser cruzeiro y cruzado y de nuevo cruceiro, perdió un 10.000 por ciento de su valor en menos de cinco décadas, hasta el actual real. Más o menos ocurrió durante aquellos años con los pesos uruguayos y mejicanos, los bolívares venezolanos y otras monedas al sur de Río Grande.

Los Estados actuales, como inspirados en las tres potencias mundiales descritas por Orwell en su novela 1984, nos limpian los bolsillos y saquean nuestros ahorros por el procedimiento de imprimir billetes con un determinado valor liberatorio, incumpliendo su promesa de garantizarnos un poder adquisitivo duradero. Dicen que es un sistema más de recaudación. Es posible. Pero como ocurrió en la Alemania derrotada, me parece un plan perverso se vuelve en contra de quienes los ponen en marcha, porque nadie es tan inteligente como prever las consecuencias de un acto semejante, tan cargado de riesgos.

No sé si estarán de acuerdo conmigo en que estas elucubraciones mías tienen visos de ejemplos de ciencia-ficción. Pienso que sí.

Discúlpenme si, una vez más, no he cumplido mi promesa de hablarles del pasado de la ciencia-ficción, pero es que lo que leo y escucho me inquieta y me obliga a ser más pesimista de lo que soy por naturaleza, y más cuando un amigo, más lúcido que yo, o tal vez menos optimista, me dijo el otro día que el mundo sufrirá a corto plazo graves y grandes cambios y él teme que las democracias se desplomarán y los fascismos y los comunismos sentarán sus reales en todas las naciones. Este amigo está convencido de que la dichosa profecía maya se cumplirá y el mundo no desaparecerá a causa de una sucesión de catástrofes planetarias, si no culpa del desplome económico mundial. Ni alianzas de civilizaciones ni zarandajas, dijo. Y no contento con amargarme el día, añadió: Porque el mundo se está rearmando, sonríe en la foto y amenaza en silencio. Lula acaba de anunciar que Brasil necesita un ejército acorde con la importancia de su país, emergente y tal. Y encima, como decorado sangriento, las tormentas, los terremotos y los tsunamis siembran de dolor muchos rincones del planeta.

Ojalá mi amigo esté equivocado. Y yo también.

Por cierto. Les recuerdo que ya podemos solicitar el borrador de Hacienda. Agárrense los machos. Y yo también, porque dicen que este año van a mirar con lupa nuestra declaraciones. Todas no, claro. Ya me entienden.

Ángel Torres Quesada,
(1.795 palabras) Créditos