Cobramos en pesetas y pagamos en euros
por Ángel Torres Quesada
De pesetas a euros
De pesetas a euros

El otro día alguien me mostró un billete de tranvía y otro del trolebús, que su padre había guardado junto con varios testimonios del pasado. Su progenitor le explicó que a finales de los años cincuenta costaba ochenta céntimos de peseta viajar en el tranvía, y una peseta en el trolebús, vehículos movidos por la electricidad que captaban sus respectivos troles del cable bajo el que discurrían sus recorridos desde la plaza España o la plaza San Juan de Dios hasta la plaza Ingeniero la Cierva o Cortadura, según se eligiera el vetusto tranvía o el moderno vehículo de dos pisos, en el que a nadie le era permitido ir pie y todos teníamos que permanecer sentados, muy cómodos por cierto.

Refrescada mi memoria, caí en la cuenta de que en aquella época la ahora fenecida peseta tenía más o menos el mismo poder adquisitivo que el dichoso euro de nuestras entretelas, por no decir de los cojones. Entre otros ejemplos que puedo citar, una caña de cerveza con tapa costaba 2, 50 pelas y el cine entre tres y cuatro, según fuera uno a butaca o a sillón. Un trabajador, fuera dependiente o currante de Astilleros, cobrada alrededor de mil o mil doscientas calas, como también denominábamos a las pesetas, esas monedas amarillas apodadas rubias, mote que no le habían puesto por el careto de Franco que aparecía en ellas, sino por las piezas de aluminio bronce de la República con el rostro de la bella dama que la representaba. Cuando se acuñaron las piezas de la unidad monetaria con la efigie del dictador, por supuesto mirando hacia la derecha, faltaría más, el pueblo llano no se estrujó las meninges a la hora de ponerle un mote, distracción gratuita y sana que burlaba la censura de la época y nadie fue enchironado por travestir al Caudillo por la gracia de Dios. A lo que iba. Hoy en día nadie se toma una caña con tapa por menos de tres euros y el cine ya saben lo que cuesta, al que hay que añadir las palomitas, las chuches y la coca cola esa que nos ponen en un vaso con tapadera medio lleno de hielo. Ver una peli sale por un riñón. Antes sólo nos podíamos permitir comprar una pela de pipas, que te daban en un cucurucho hecho con papel de periódico. Entonces sí que se reciclaba, por huevos pero se reciclaba.

Y es que hay que ver, desde su puesta en circulación, allá en el 2002, cómo nos ha saqueado y nos está saqueando a diario la cartera el puñetero euro. Un café valía ese año entre setenta y noventa pesetas y en pocos sitios llegaba a los veinte duros. Aunque Zapatero creyera hace poco que costaba ochenta céntimos de euro, el año en que le hicieron preguntas en la tele, ya no había quien se tomara un cortado por menos de un euro, y en algunas terrazas te clavaban un euro y cincuenta céntimos por un descafeinado de máquina, o sea entre 166 y 250 pesetas, que ya está bien. En realidad, está fatal, porque en menos de siete años, y eso que en éste se ha moderado un poco el alza de precios por culpa de la puta crisis, en algunos casos el cafelito de marras ha subido alrededor del 250 %. Como todo. Es que uno ya no compra una novela por menos de 20 euritos, y el término medio anda por los 25, e incluso los 30, que traducidos a pelas van de las 3.400 a las 4.000, cuando en 2001 costaba la mitad o menos. Cierto que los libros siempre han estado caros en España. En 1959 una novela de Nebulae aún valía 25 pesetas, y para conseguirla había que emplear el 60% del sueldo diario, más o menos que lo que ha de invertir un mileurista actual en su adquisición, y eso con suerte, pues si se tiene que apañar con el salario mínimo interprofesional, que sale a 20 euros diarios, sólo le alcanza para comprar una novela con el parné que se embolsa al día, si es que está dispuesto a quedarse en ayunas. Resumiendo, no hemos avanzado nada en lo que refiere a comprar dos o tres novelas al día sino que nos hemos estancado, o empeorado en este caso. No sé si algunos dirán que como economista soy muy malo o no hay que me entienda, y más de uno se preguntará de qué me quejo si actualmente cuesta lo mismo que hace medio siglo comprar una novela de ciencia-ficción, o de lo que sea. Pues ocurre que los caprichos actuales son muchos más que entonces, porque por aquellos años sólo había, y con suerte, un televisor en casa, pocos tenían coche o moto, nadie soñaba con un ordenador ni un móvil en el bolsillo, ni pasar unos días de vacaciones en Santo Domingo. Nuestros vicios eran más limitados por imposición, quizá porque nada de las cosas que he enumerado nos eran mostradas en los escaparates ni estaban a nuestro alcance si disponíamos de pelas y no se podía ni caer la baba soñando con poseerlos.

Hace tiempo, cuando un amigo y yo hablábamos de a diferencia de precios que había entre España y otros países de la UE, como la gasolina, él me dijo algo que a mí se había pasado por alto una cuestión. Según mi amigo, si un litro para el coche de un alemán le cuesta cinco minutos de trabajo diario, para un español es el doble, porque el salarió mínimo de un ciudadano de Alemania es más del doble que el salario de uno de España. Por tanto, al primero le cuesta menos llenar el depósito que al segundo. Así es como mi amigo veía el asunto de la economía, de manera tan simple, y yo no pude por menos que darle la razón y desde entonces evalúo el costo de las cosas que necesitamos cada día de acuerdo con su teoría y llego a la conclusión de que la Sociedad del Bienestar es más real para un alemán que para un español, lo cual me obliga a desarrollar un nuevo estudio sobre la degradación del poder adquisitivo que acumulamos desde hace años.

Y ustedes se preguntarán ¿a qué viene este rollo? Pues viene a que cobrar en pesetas y pagar en euros podría ser en parte culpable de que la ciencia-ficción está tan chunga en este país. Durante los últimos días he leído varios artículos analizando la situación, con más certeza que yo lo hice en mi Memoria Demasiadas portadas descoloridas, y en todos sus autores coinciden en este género anda de capa caída pero no sólo por el precio de los libros sino debido al cansancio, al despego actual de los lectores y al empuje de las novelas de zombis, vampiros y elementos góticos, géneros que también están desplazando a la Fantasía.

Hay que aceptar el presente, no podemos luchar contra él ni contra el cambio constante de las costumbres que, aunque las consideremos nuestras y las asumamos con más o menos resignación y no las imponemos individualmente, estamos obligados acatarlas porque es inútil nadar contra corriente. Dicen que un hombre del siglo XIX los cambios que apreciaba en su vida, desde que nacía hasta su muerte, eran tan mínimos que no se daba cuenta. Hoy todo cambia a un ritmo creciente, para lo bueno y lo malo, y tal vez, aunque nos cueste o nos duela admitir que la ciencia-ficción haya caído en barrena es lo menos trascendental. Intentemos salvarla, por supuesto, pero no empeñemos en la empresa todas nuestras energías.

Se ha hablado mucho estos días de la dichosa Burbuja que nos ha llevado a esta crisis que está afectándonos a todos, a unos más y a otros menos, que los optimistas representan como una V y los pesimistas, o los enterados, como L. No necesito decirles a quiénes no les afecta, porque todos lo sabemos y este sería otro tema. Lo que me voy a permitir decirles es que burbujas ha habido siempre, desde que el hombre empezó a comerciar y sus negocios, por ésta o aquélla causa, se vinieron abajo, y que algún día la que yo llamo La Última Burbuja arreglará nuestros problemas. De este hablaré en la próxima Memoria, que por hoy ya está bien.

A ver si la profecía Maya no anda descaminada, que de ella también comentaré algo, cuando haya visto la película 2012, de la que sólo conozco los trailers que circulan por ahí.

Ángel Torres Quesada, (1.425 palabras) Créditos