Demasiadas portadas descoloridas
por Ángel Torres Quesada
Demasiadas portadas descoloridas

¿Qué quieren que les diga cuando ha llegado el momento de reanudar la Memoria Estelar? Podría decir que regreso con renovados ánimos, que si patatín y patatán. Lo habitual. Pero después de tanto tiempo sin comentar una película, hablar de una tendencia literaria de ciencia-ficción o de fantasía, recordar aquel cómic que leí en el año de la pera, contarles mis charlas con el amigo que a veces me acompaña a tomar café, resucitar los viejos mitos y las leyendas urbanas, sacar del olvido los buenos o malos sucesos que viví siendo un crío, me encuentro con que me sobran temas sobre los que tratar porque durante los meses, incluso los años transcurridos, han pasado muchas cosas y mi obligación no puede ser otra que la reanudación tenga garra, o al menos que no aburra. ¿Qué elijo, pardiez? Porque miren que tengo donde escoger.

Quizás algunos de mis lectores esperaban que lo primero que hiciera fuese saludarles y luego explayarme sobre éste o aquél suceso reciente o lejano, adornarlo con la debida retranca. Pues nada, les digo hola, de nuevo estoy aquí, me siento la mar de feliz, encantando de la vida y de volver con ustedes. Deber cumplido.

Les confieso que lo que más me tentaba es hablar de política, de cómo estamos o vamos a estar dentro de poco, pero como por esta senda del camino me dirigiría al valle de los tópicos post nucleares y no quiero pasarme de pesimista, no lo haré, no lo tendré presente para contarles lo que ahora, mientras escribo me está rondando por la cabeza. Pero ocurre que la cosa está chunga, pero chunga de verdad, y encima, si para el 2012 se cumplen las profecías de Nostradamus y las de los dichosos mayas aviados estamos, porque el autor de las famosas cuartetas y los indios que salen en la peli APOCALIPTO, los mayas, al parecer predijeron que dentro de tres años, allá por diciembre, se acaba el mundo. No sé si explotará, arderá, se inundará de caca y no quedará nadie para contarlo. O puede ocurrir que cambie tanto que no lo conocerá ni la madre que lo parió. Vamos, que la humanidad no se va a ir a hacer puñetas, sino que se regenerará, se volverá menos canalla y todos tan felices. Pero ocurra lo que ocurra, le echará un cable al señor Rodríguez y tal vez le permitirá respirar aliviado porque para entonces, después de las elecciones que se habrán celebrado en marzo, más o menos, ya no tendrá que preocuparse si la crisis ha pasado, si prosigue o se ha recrudecido, que todo es posible, porque como se cuenta en el chiste ese, los males económicos desaparecerán. Es decir, se producirá el milagro que el inquilino actual de la Moncloa, por muy ateo que se declare, está deseando que se produzca. O el que le suceda, porque no me atrevería a vaticinar si para entonces padeceremos al mismo Presidente o habrá otro al que también, me temo, tendremos que padecer porque no hay donde escoger.

De la crisis, o las crisis que sufrimos, les hablaría de cómo está el panorama en este país para la ciencia-ficción y la fantasía y demás géneros afines, que son muchos y variados, pero lo que les voy a comentar aquí es un daño colateral que en cierto modo nos afecta un poco o mucho, porque tiene mucho que ver con nuestras aficiones, más que nada con el mundillo editorial y sus satélites.

El otro día hablé largo y tendido con un amigo que aún mantiene abierta una de las librerías más longevas de Cádiz. Lo que le escuché me quitó las ganas de ir a la cafetería de enfrente a tomarme un café con churritos, tan mal sabor de boca me dejó la descripción que me hizo del panorama al que se enfrentaba su negocio, que al parecer ha dejado de serlo y está empezando a ser una carga muy grave de soportar. Con un poco en broma pero bastante en serio, mi amigo el librero me dibujó un panorama que podríamos calificar de tenebroso, al tiempo que me recordaba con ironía lo que una lejana mañana yo le dije, así en plan de guasa, que los enemigos del autor eran tres: el editor, el distribuidor y librero. No se lo tomó a mal, porque mi amigo sabe aguantar las chanzas. Su respuesta de entonces fue decirme que para el librero el peor de los enemigos eran los autores, que llenaban su tienda con sus paridas que poco o nada se vendían. Me lo dijo hace tiempo, antes de que unos empezaran a negar la crisis y otros la airearan.

Pero ese debate, que para mí y para él quedó en tablas, lo tuvo presente cuando hace menos de una semana me dijo que, aparte de los bets sellers que aparecen de vez en cuando y se venden como rosquillas, la mayoría de los títulos no los cogen los clientes de los estantes ni para ojearlos.

Según él, los editores están que trinan porque las ventas caen en picado y las ediciones corrientes, esas de dos mil o tres mil ejemplares, vuelven a sus almacenes casi íntegras. Si se venden quinientos o setecientos, se pueden dar con un canto en los dientes. También rompió una lanza a favor de los denostados distribuidores, asegurándome que las cuentas no les salen y los gastos corrientes los están arruinando. Estos transportistas de ilusiones encuadernadas necesitan un complejo organigrama para sacar adelante su negocio: almacenes, oficinas, contables, camiones y personal de reparto. Estos últimos, al cabo de dos o tres meses, tienen la misión de recoger el material que dejaron en las librerías, docenas de novelas y ensayos que han estado ese tiempo cogiendo polvo en las estanterías, sin que una mano piadosa los tome y se los lleve a la cajera para que, después de pagarlo con tarjeta o en efectivo, se lo ponga en una bolsa donde luzca el anagrama de la casa, que ahora debe ser de diseño. Los distribuidores se quejan de que más del noventa por ciento de todo lo que reparten tienen que repatriarlo y llevarlo de vuelta a los almacenes, donde volverán a meterlos en cajas de cartón y enviarlo a las editoriales que tuvieron la osadía de editar tantos cientos de títulos. Como cobran por libros, revistas o cómics vendidos, el negocio es ruinoso. Se hartan de trabajar para casi nada. O por nada.

Por último, cualquier sufrido librero, como mi amigo, se pega una pechá de currelar que para él se queda. Se pasa todo el santo día recogiendo libros, antes de que expire el plazo para su devolución, y meterlos en las mismas cajas de donde los sacó, cuando el repartidor se las llevó y se largó con cara de cabreado, unas cajas que el librero tuvo que plegar y guardar en la trastienda, que tiene llena hasta los topes. El librero, resignado, abre las cajas recién recibidas y saca lo que contienen, más libros y más revistas que ha de catalogar y archivar en el programa de su ordenador, y luego hacerles un hueco en sus siempre repletas estanterías, o apilarlos en el suelo procurando que los montoncitos que haga con ellos queden bonitos. El librero suda tinta sin parar, nunca mejor dicho. De las revistas mejor no hablar. Si cualquiera de ustedes se fija en las que hay en una librería, se asombrará de la cantidad que se publican semanal o mensualmente. Las hay para todos los gustos y caprichos, desde cómo cazar ranas en un charco de amapolas hasta construirse en casa un helicóptero, o enterarse de los caprichos de los famosos, su líos y sus meteduras de pata, revistas que intentan en vano hacerle competencia a los mil y un programas rosa que nos regalan todos los días los puñeteros canales de televisión, plagados de individuos e individuas que no paran de llamarse a sí mismos periodistas de rabiosa actualidad y no son sino chismosos chillones que se pelean entre sí porque el guión lo exige.

Y no piensen que con la prensa diaria los libreros lo tienen más fácil. Qué va. Eso sería antes, hace mucho tiempo. Ahora los periódicos se han convertido en competidores de los establecimientos que años atrás llamábamos de a veinte duros, que actualmente regentan los hijos de la Gran China actual, sin intención de ofender, que conste, porque China se ha convertido en el mayor de los países emergentes, si es que con la crisis actual se puede emerger de algo. Total, que mucho trabajo para poco beneficio. O ninguno.

No lejos de donde vivo hay una librería con un gran escaparate. Con sus dueños no tengo mucha amistad, pero todas las mañanas voy a comprarles el periódico, rutina a la que me niego renunciar porque aunque en el ordenador repaso varios diarios digitales, como hojear un periódico no hay nada que sustituya al ejercicio de mirar el puñetero monitor. Hoy en día toda la prensa te ofrece una variedad de pelis, platos, libros y bufandas que me obliga a preguntarme si va a llegar el día en que las noticias, todas malas, claro, desaparezcan de sus páginas y en su lugar sólo haya ofertas de todas clases de artilugios que puñetera la falta nos hacen. No se pueden imaginar ustedes el trabajo que da a los libreros tener que recortar los vales del ejemplar del periódico El Grito de la Reostia de Abajo cuando a un cliente se le antoja llevarse el tenedor del día, porque luego lo tendrá que entregar a quien le lleva el paquete de esa prensa a primerísima hora de la mañana, junto con todos los vales de todas las dichosas ofertas. Aunque no lo crean, la gente se pirra por coleccionar cosas o reunir los treinta cupones que ha de pegar en un papel para conseguir un descodificador para la TDT, un juego de cama o una batería de acero inoxidable, regalo destinado a la parienta, que la guardará con la otra que alguien le regaló el día de su santo, que no usa ni por equivocación porque le ha cogido cariño a la que su marido le regaló siendo novios y le da no sé que dejarla arrinconada, no vaya a ser que él se mosquee. Como el beneficio por la venta de los diarios es cortita, los libreros se endilgan un montón de trabajo casi por nada.

La librería a la que me refiero arriba, tiene un escaparate grande, que da a la avenida principal, enfrente del hospital del SAS, y en ella expone muchos libros, novelas la mayoría, todas las novedades. Una mañana, recién recogido mi diario, le comenté a la dueña, una señora muy locuaz y simpática, que yo venía observando que las portadas de los ejemplares del escaparate perdían color porque durante la mañana el sol caía con fuerza sobre ellos. Bueno, todos no se descoloraban, porque los de Milenium los reponía cada pocos días y el astro ese que dicen que es monárquico, no republicano, no tenía tiempo para deslucirlos. La señora librera se encogió de hombros y me respondió que ese desgaste no era un problema para ella porque había advertido a los distribuidores que si querían que sus libros tuvieran el honor de ocupar un hueco tras el amplio cristal, les devolvería los que no se vendieran —es decir casi todos excepto los de la trilogía sueca— más pálidos que la cara se le pone a un ciudadano cuando recibe la factura de la luz. Como le pregunté si el repartidor de negro sobre blanco puso el grito en el cielo al escuchar su propuesta, me dijo que no, que a ese señor le daba igual devolvérselos al editor nuevecitos o hechos un asco. Así está la cosa. Qué le vamos a hacer. Paciencia.

Como he mencionado la trilogía Milenium, aprovecho para decirles que hay que ver la mala suerte que tuvo su autor. Mira que morirse cuando estaba empezando a forrarse. El pobre. No todos los autores las pasan canutas, no. La inmensa mayoría dejamos el rosco sin comer. Si la regla se cumple conmigo, confío en que, a pesar de mis achaques, viviré lo bastante como para ver la salida de la crisis. Es decir, espero vivir muchos, muchos años. De lo que no tengo la menor duda es que los políticos que cada día prometen que todo estará arreglado dentro de tres o seis meses y cuando vencen esos plazos vuelven a decir lo mismo, como profetas no valen un higo arrugado, y no señalo quien lo puede tener en la entrepierna.

Lo que leo en los periódicos y escucho en la radio y la televisión me recuerda las novelas 1984 y REBELIÓN EN LA GRANJA de George Orwell, que seguro todos ustedes habrán leído. En otra Memoria me extenderé sobre ellas, pero de la primera quiero recordarles que cuando uno de los tres gobiernos que se habían repartido el mundo bajaba la ración semanal de chocolate de una onza a media onza, una legión de funcionarios corregía los libros y los periódicos para que figurase en la historia oficial que el Gran Hermano había aumentado la dosis semanal de chocolate de un cuarto de onza a media onza y, por lo tanto, la había subido y la ciudadanía debía agradecerle por haber mejorado su nivel de vida.

Nos hallamos en un tris de que vivamos algo parecido a la broma del amigo Orwell, porque aquí, cuando un día nos dicen que no nos van a subir los impuestos, al siguiente nos largan que todos estamos locos de contentos porque vamos a pagar un poco porque a solidarios no nos gana nadie.

Esto que voy a contarles no viene a cuento, pero me han contado que un subsecretario del tercer subsecretario del quinto secretario del Ministerio de Economía, tuvo la osadía de sugerir a la Ministra del ramo que el aumento de impuestos debería aplicarse si el contribuyente así lo manifestara, como hace cuando tacha con una cruz la casilla para que la parte de lo que ha pagado vaya a la Iglesia o a las ONGs. O sé si el tal aconsejador sigue en su puesto o ya está en la cola del paro para solicitar la ayudita de los 420, pero me da en la nariz que no.

Es todo por hoy. Ahora me toca cavilar sobre el tema de la próxima Memoria. Si alguien no está conforme con ésta, que lo diga o calle para siempre, o hasta la semana entrante.

Ángel Torres Quesada,
(2.427 palabras) Créditos