A la realidad le sobra imaginación
por Ángel Torres Quesada
Los titulares de la época
Los titulares de la época

Tiene razón quien piense que la Memoria Estelar debe tratar de cosas, anécdotas y chismes pasados y presentes relacionados con la ciencia-ficción y la fantasía. Pero qué quieren que haga si a veces emprendo el camino con el pie cambiado. Es que no tengo remedio, lo confieso. Uno es así de terco. O de torpe.

Resulta que me están entrando ganas de hablar de asuntos que no vienen a cuento. ¿Adivinan qué me ocurre? Leo los periódico, impresos y digitales, escucho la radio y hago zapping a la hora de los telediarios para constatar las noticias de una y de otra cadenas, las que unas enfatizan ciertas noticias y otras las soslayan según le interese al mandamás que les paga por poner su voz en el micrófono, o su voz y su careto en el centro de la pantalla, o bien porque es amigo de éste o de aquél político. En resumen, son gentes que les hacen la cama a muchos, por la pela o porque les sale del alma. A veces ocurre, porque incluso entre los advenedizos hay idealistas afectos a sus principios, que toman partido movidos por sus principios, aunque éstos no pasen la prueba del algodón.

La otra tarde, mi amigo y yo nos tomamos unos güisquis. Sólo fueron dos ronditas. Un la pagó él y yo la otra. O sea, la convidá del gallego.

Este amigo, el mismo que leyó unas novelas de mi cosecha porque se las regalé, me dijo que un amigo suyo, que es abogado, había tenido un caso la mar de curioso, para él ejemplo de lo que pasa en este mundo. A veces no hay que salir de nuestras fronteras para encontrar hechos difíciles de creer. Su intención era que yo conociera su opinión acerca de cómo marcha, mejor dicho de cómo deriva sin control, la sociedad en la que nos ha tocado vivir. Si ha sido una suerte de la lotería del destino, no nos ha tocado ni la pedrea. Mi amigo pensó que la historia podía servirme, sino para una novela, tal vez para un cuento. Y es que él, con toda su buena fe, intenta reformarme para que yo deje de escribir ciencia-ficción y/o fantasía y emprenda aventuras literarias de mayor enjundia, que me ocupe de contar cosas reales, de cuanto nos rodea, que escriba sobre gentes normales y corrientes. Como es un optimista redomado, está convencido de que existen personas que merecen recibir el título de normalidad.

Cuando terminó, tras la reflexión de rigor por mi parte, le dije que el caso que me había contado, lamentándolo mucho por mi parte, no me iba a servir como argumento. Se lo hice saber mientras tomaba otro sorbito de güisqui, que así es como lo bebo ahora: despacito y saboreándolo, porque uno ya no está muchos trotes, y también por el precio al que se han puesto los güisquis con el dichoso euro. Desde la implantación de esta moneda tan europea resulta que cobramos en pesetas y pagamos en euros. Si en el año de su entrada en vigor valía más de 166 calas, cuando escribo esta memoria debe de andar por menos de veinte duros su poder adquisitivo. Si no me creen, hagan cuentas.

Pero sigamos. Otro día hablaré de las repercusiones monetarias que el dicho euro ha tenido para nuestros bolsillos. Mi amigo me contó, por supuesto sin dar nombres, un caso que aun anda por los tribunales, que allí es donde los casos yacen años y años. No lo voy a contarlo con detalles. Sólo diré que va de órdenes de alejamiento, del rollo que se trae un niñato con su chorba, de 20 y 18 años respectivamente, con la que tienen un bebé de poco más de un año. Él vive en la casa de los padres, como está mandado hoy en día, y pesa sobre su maltrecha conciencia una orden de alejamiento del hogar paterno porque el muy cabrón disfrutaba arreando sopapos a sus progenitores. No contento con esto, cuando se le va la olla la emprendía a golpes a la madre de su vástago, a la engañaba con otras chavalas ¡por Internet! Así por encima, el cuento parece de lo más vulgar por lo cotidiano que resulta, pero es que hay más. El resto no lo voy a desvelar porque es, precisamente, lo que me insta a rechazarlo como inspiración para un cuento, porque no tendría ni pies ni cabeza y ya saben que el lector de hoy es muy exigente y quiere historias coherentes. El caso que al amigo de mi amigo le tocó defender por oficio no tiene por donde agarrarlo porque en su conjunto es un soberano disparate y harto repetitivo.

En el universo de la ficción las historias, por muchos brujos, dragones, magas y magos, naves estelares y razas alienígenas malvadas que aparezcan, deben tener un leit motiv. O sea, una justificación para que al final el lector no mande a tomar por saco al autor no piense que ha sido engañado por haber pagado 20 euros por su parida. Por cierto, ¿recuerdan cuánto costaba antes del euro una novela de 300 páginas? ¿Verdad que con un verde y medio, si acaso con dos, había suficiente para llevárnosla a casa? Pues eso. Dense cuenta de lo que ha subido la vida.

Otra vez me he ido por los cerros de Úbeda. Perdón.

Al día siguiente, mi amigo me preguntó si mi inspiración provenía de la historia pasada o presente del mundo este. Le dije que igual daba porque las barbaridades que cometieron nuestros antepasados son fuentes inagotables de ideas, sobre todo si nuestra intención es pergeñar una historia sangrienta, macabra y colmada de maldades. No era necesario añadir que si nos basamos en los hechos causados por las distintas religiones, extintas o sobrevivientes, para añadir más salsas inmundas y más escenas espeluznantes a la trama, esos desmanes que fueron llevados a cabo con la colaboración de los reyes habidos y la de los clérigos de todas las tendencias teológicas pasadas, por los sátrapas e invasores llegados allende los territorios lejanos, personajes encumbrados en el poder absoluto, empecinados en poner en las monedas que sus lameculos acuñaban en su honor pregonando que son monarcas por la gracia de Dios, de Horus, de Viracocha, de Mitra o de la madre que los parió, bendecidos por esos dioses que, con el paso del tiempo, fueron sustituidos por políticos escudados en el disfraz de la democracia, nacidos en ésta pero pasados al lado oscuro de la dictadura porque en el fondo de su negras almas era donde querían estar cuando se enfrentaban a los derrotados tiranos. El mundo siempre ha estado jodido y me temo que lo estará hasta que reviente sin ayuda ni con la colaboración de las hormiguitas que lo pueblan, los humanos.

Mi amigo me dijo que lo que está pasando en este nuestro país podría servirme para una novela a la que yo sólo tendría que tendría que añadirle un poco de picante e imaginación.

Sin pensármelo ni un segundo le dije que agradecía su buena intención pero que nanay de la china, porque no iba a perder el tiempo maquinando una historia basada en lo que hacen los ínclitos políticos de este mundo. Para empezar, porque me costaría diseñar una línea argumental que diese coherencia a tantas torpezas, maldades y desatinos como esta casta parasitaria protagoniza, y encima convencidos de que son geniales, inteligentísimos e inigualables. Vamos, que su ego les impulsa a creer que son admirados por el cien por cien o más de los votantes y quienes les votan valen el doble de los que dan su voto al adversario. Lo malo es que su adversario piensa lo mismo que él.

Resumiendo, los malos de nuestros cuentos son menos hijos de puta que algunos de los hijos de puta reales que nos rodean. ¿Imaginan ustedes a unos personajes como los políticos nacionales e internaciones que padecemos diciendo tantas gilipolleces y largando en sus discursos, que ellos no son capaces de escribir sino sus asesores de imagen, tantas contradicciones? Ustedes sólo tienen que elegir algunas de sus declaraciones recientes, las dichas en los recientes meses y ponerlas en la boca reconcomida por el fuego de Dark Vader, por ejemplo.

El tenebroso tío del casco al estilo nazi, pero en grande, no se situaría en cabeza de la lista de los mayores hijos de puta actuales de nuestro lastimoso mundo.

Ángel Torres Quesada, (1.405 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Bibliópolis el
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