Adiós, mili, adios
por Ángel Torres Quesada
Con el capitán
Con el capitán

Me licencio. Definitivamente dejo el caqui.

O sea, que no doy más la paliza con esto de la mili, que ya está bien. Lo tengo decidido.

Lo que no sé es de qué tratará mi próxima Memoria, si es que la escribo, si es que continúo con este trajín, porque de todo se cansa uno, y más yo, que me estoy dando cuenta que soy poco constante, aunque algunos digas lo contrario y hasta piense que soy fiel a mis principios, aunque no sé a cuáles, porque al igual Groucho tengo para dar y regalar.

Antes de hacerme un lío prefiero dedicar ésta tontería de Memoria a hacer un resumen de mi periodo castrense, palabro que se antoja horrible porque me suena a castrado o así; será por eso de que los veteranos decían cuando llegaban los novatos que en la mili los cojones había que dejarlos en la puerta, cruel mensaje que no tenía razón de ser para mí porque yo creía que el ejército se nutría de tíos que los tenían bien puestos. Cosas de la mili de entonces. No sé cómo serán las cosas ahora en el ejército profesional. Pero bueno, allá ellos. Yo ya tengo la absoluta.

Los veinte meses, incluidas las semanas del campamento, pasaron como tenían que pasar, o sea jodidas unas veces y dicharacheras otras, según te tocara guardia o te libraras de ellas, te obligaran a trabajar como un enano en tareas estúpidas o te dejaran escaquearte, porque en el fondo los mandos, de cabo primero para arriba, no estaban por la labor de pringarse en exceso.

Aparte de los ejercicios de tiro con los Vickers del año de la pera, que eran escasos, tal vez porque cada pepino que tirábamos al agua costaba un riñón, estaban las guardias, los plantones y las campañas de limpieza en el castillo, que por lo grande y destartalado que era no había manera que ofreciera un buen aspecto. Había donde entretenerse, a veces por cuenta propia y a veces por cuenta ajena. Por ejemplo, un día cumplí mi deseo de subir al faro, aprovechando que el hijo del farero también hacía la mili y tenía la llave. Subimos unos pocos, hasta donde estaba la enorme bombilla de un millón de vatios, envuelta y protegida por el prisma que aumentaba su fulgor y lo proyectaba al horizonte para que los barquitos lo vieran y no se rompieran la jeta en la costa. Fue una excursión bonita pero cansada porque había que subir un montón de escalones. Por lo demás, poco había que ver en el castillo de San Sebastián aparte de sus bóvedas y sus rincones mal barridos.

Cuando llegaba la época de los erizos mis compañeros se ponían como el Quico. Digo que se ponían como ese personaje llamado el Quico porque yo no los comía. Eso de zamparme un molusco crudo no me atraía y sigue sin atraerme. Vamos, que nunca me indigestaré con un ostión o una ostra, y tampoco con un burgaillo, porque los caracoles y sus parientes marítimos me repelen. Para ser fino, los gasterópodos no me van. Pero mis compañeros decían que estaban cojonudos, es un manjar exquisito. Hay gente para todo. A lo mejor, el equivocado soy yo.

Pues pasábamos las mañana contando los días que nos faltaban para licenciarnos, que si cuatro meses, que si ya sólo quedaban noventa días, que si estábamos a punto de rebajar la pena a dos semanas, bla, bla.

Mientras tanto tratábamos de pasarlo lo mejor posible lejos de la Caleta y del castillo del faro, lo más distanciados posible de cabos primeros, sargentos, brigadas, tenientes, capitanes, comandantes y del coronel. Bueno, de este último lo estábamos porque el tío nunca se reunía con nosotros en la cantina a tomar una cerveza. A veces el capellán si se acercaba a la tertulia de la barra, a ver si le invitábamos a una copa de jerez, por supuesto de la bodega Misa, que para eso era muy suyo. El tío era comandante y como tal recibía una paga, creo que generosa, para largarnos cada dos por tres que había que dar hasta la última gota de sangre por la Patria y su Caudillo, por supuesto después de haberla dado por la Santa Madre Iglesia y el Papa, que sus prioridades nos las alteraba por nada del mundo.

Con el teniente
Con el teniente

¿Para qué voy a contar que a Tey lo sorprendió dormido el teniente Pérez García que nos la tenía jurada a los voluntarios, la noche en que tenía que estar despierto porque le tocaba guardia en el puesto de los cañones, no fuera a ocurrir que los enemigos de la Patria les pusieron una bomba con la perversa intención de dejar a Cádiz desguarnecida de un ataque? Yo me preguntaba de dónde puñetas vendría ese ataque, si de un submarino ruso o que puñetas, porque por aquel entonces no daban la lata los joputas terroristas del GRAPO ni de la ETA. A veces, cuando no tenía otra cosa más importante en que pensar, me decía que estando enfrente la base de Rota poco teníamos que temer. Para eso estaban allí los yanquis, ¿no? Ellos tenían sus armas modernas, sus aviones, sus submarinos nucleares y sus misiles. Pues que nos defendieran los hijos del tío Sam, joder, que para eso eran nuestros aliados y sus soldados ganaban al mes más que nosotros, que no pasábamos de las quince pesetas, y encima nos decían que eran las sobras. En toda la mili no nos actualizaron ni una sola vez el salario mínimo del quinto, oye. A esto no había derecho. Claro que entonces privaban los sindicatos verticales, más o menos como los de ahora, pero en otra posición geométrica, nidos de cargos y que me las den todas en el mismo sitio si a cambio cae la pasta a final de mes. Pero no hablemos de política, que esta sección pretende ser muy seria.

A medida que se acercaba el anhelado día de la libertad, de nuestra vuelta plena a la vida civil, discutíamos como celebraríamos tan fausto acontecimiento. No tuvimos que tuvimos que porfiar mucho para ponernos de acuerdo en que lo festejaríamos con una comilona. A uno de los voluntarios, no recuerdo quien, se le ocurrió que invitáramos al capitán Godoy y al teniente Pérez Sevilla, que para eso la comida sería en un lugar serio y de postín, nada de comprar pescado frito en el freidor y comérnoslo en la plaza de la Flores, en el bar de al lado de la freiduría.

Pues faltando tres días para entregar la ropa de caqui, desde las alpargatas hasta el gorro pasando por los calzoncillos, que por cierto no usamos porque eran bastos con cojones y habrían levantado ampollas en los iden, invitamos oficialmente a los dos oficiales, que aceptaron encantados, no sé si emocionados o porque querían perdernos de vista.

Ya vestidos de personas, o sea de civiles pero no de verde, los voluntarios, que habíamos dejado de serlo, llevamos al capi y al teniente a la comida. Ellos tuvieron el detalle de presentarse de paisano, no sé si para no intimidarnos o para no macharse el uniforme con la pringue del jamón ni con la baba de los langostinos. La comida, que pagamos a escote, fue de rechupete, incluidas las copas y los puros.

La verdad es que estos señores sin uniforme ganaban mucho. Se comportaron como si fueran amigos nuestros de toda la vida, incluso al final de la comilona nos permitieron que los llamáramos por sus nombres, o sea Manuel y José, capi y teniente por este orden, nada de señor ni sí mi capitán o mi teniente. Acabamos tuteándonos, incluso contaron chistes de la mili, malos por cierto, a la hora de la sobremesa.

Finalizada la comida, el capi fue el primero en despedirse, porque su parienta y sus nenes le estaban esperando. El teniente, que estaba casado pero aún no tenía nenes, nos invitó a tomar la penúltima copichuela en su casa, sita en un pabellón militar que estaba, y sigue estando, frente a los cuarteles de infantería que hoy ya no existen, justo al otro lado de la avenida llamada ahora de Andalucia, donde estaba la plaza de toros, que tampoco existe. Pero la gente la sigue llamando así en vez de plaza de Asdrúbal. Las cosas que pasan en Cai.

Pues Pepe, como ya llamábamos al teniente, nos presentó a su mujer, una chica la mar de simpática que no tuvo reparos en sacar una botella de whisky de don J. Walker de 15 años, dejando la de DYC en la alacena.

En su casa, con la camisa desabrochada y distendido, el teniente Pepe se nos reveló como un tío más o menos de nuestra edad; sólo tenía dos años más que nosotros; o sea, que llevaba una carrera militar de cojones. Su padre era general y él quería heredar sus entorchados algún día. No sé qué habrá sido de él, si alcanzó la estrella de cuatro puntas o no. Seguro que ya estará retirado. No volví a verle, tal vez porque desde aquella noche, que bien entrada estaba cuando nos retiramos, tardé mucho en darme un garbeo por la Caleta. No me acerqué al castillo de San Sebastián en mucho tiempo.

Hace poco volví a entrar en el castillo, una mañana de domingo en la que a mi hija y a su marido se les empestilló que debíamos visitarlo, porque había programados unos recorridos con guía y todo. Allí seguían los cañones, más solos que la una, esperando que algún decreto los desmantelasen y acabaran en un museo, o los desguazaran y convirtieran su buen acero inglés en neveras. A los guías, vestidos a la usanza del siglo de la pera, allá por los tiempos de Carlos III para hacer ambiente, no les quité la ilusión, no les dije que yo me conocía las bóvedas mejor que ellos y las había recorrido de punta a punta; volví a entrar en las que fueron las cuadras de los mulos, donde uno de ellos estuvo arrestado a no tirar el carro porque una mañana lo volcó en las rocas de la Caleta, sirviendo el rancho del día que transportaba de comida y abundante a los cangrejos y los peces. Por ello lo castigaron durante un mes a no trabajar. Lo que le importó al mulo el arresto, digo yo, y lo dejasen en la cuadra hartándose de afrecho y paja.

Ese día terminó mi mili, acabaron los veinte meses de servicio voluntario, es un decir, a la Patria. No voy a largar la tontería de que volvería a vestir de caqui si a cambio volviera a tener veinte años, porque a eso se apuntaría cualquiera de mi edad. Yo lo haría con los ojos cerrados, claro, incluso si me obligaran a hacer guardia un día si y el otro también en Santa Catalina, aguantando a los presos legionarios grifotas, o tratando de despistarme en San Sebastián, para que el primero no me pusiera a quitarle el moho a la cancela del polvorín con una mierda de rascador.

Como guinda a esta Memoria vestida de caqui, dos fotos en lugar de una, la primera con el capi y la segunda con el teniente, en ambas con mis compañeros de fatiga y de alegrías. Ahora que lo pienso, la de años que tenían que transcurrir para que a James Bond se le ocurriera hacer sus tonterías entre tan nobles muros, y el capitán Alatriste correteara por ahí, como ya he dicho en la memoria anterior.

Mención de honor
Mención de honor

Un día de estos, cuando no tenga nada mejor que hacer, buscaré mi cartilla militar, en la que consta que mi valor se me supone. Pensándolo bien, la voy a buscar. La verán aquí si la encuentro.

Ahora que la mili es voluntaria de verdad, los que no la hacen se pierden el día de licenciarse. Y muchas cosas más. Por decir esto alguno me va a poner de vuelta y media. Él se lo pierde.

Ea, se acabó la mili.

Nota: En la foto número uno, presidida por el capitán Pérez Godoy, en el centro, en la primera fila y de izquierda a derecha, José Marí García, Pedro Fernández, Luis Gargallo y un servidor. Arriba, también de izquierda a derecha, José Luis Pérez, Paco Gil, El Facinas, Juan Antonio Tey —el siguiente no es un voluntario, sino uno de la quinta, al que aún le quedaban unos meses de mili y se coló en la foto— y Antonio Escot. Falta un voluntario, que se excusó diciendo que no podía acompañarnos por imperativos familiares. Se lo perdió. En la foto número dos, más o menos los mismos. Ya nos conocen, ¿no?

Ángel Torres Quesada,
(2.113 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Bibliópolis el 18 de abril de 2004
como Adiós, mili, adiós