Mi puta carrera «militá»
por Ángel Torres Quesada

Esto de hablar de la mili me está sentado fatal.

Me explico.

Cuando acabé la primera entrega de esta etapa de mi vida, llegué a pensar que con un par de memorias despacharía el asunto y volvería a hablar de las cosas de la ciencia-ficción en este dichoso país, que me parece que es lo que mis tres lectores y medio esperan de mí.

Sin embargo, cuando terminé el rápido repaso de mis tristes y jocosas andanzas por el campamento, descubrí que había muchas más anécdotas que contar de las que pensé en un principio. Porque mira que pasaron cosas durante los veinte larguísimos meses que duró mi forzada permanencia como voluntario en la milicia, que pese a que me presenté sin que me llamaran, se me hizo pesadísima.

Como ya he explicado, mi voluntariedad a la hora de vestir el caqui estaba motivada por el más puro egoísmo, porque lo que yo quería era comer todos los días en mi casa y dormir todas las noches en mi cama. O sea, librarme de tener que tragar ancho y dormir en un jergón de dudosa limpieza y con abundancia de extraños habitantes.

Además, la memoria me falla a veces. Por ejemplo, olvidé contar que en el campamento me obligaron a presentarme por cojones al cursillo de cabo, y también por cojones me cosieron en las hombreras el galón rojo.

A mí me sentó fatal eso de ser cabo, de veras, porque se decía que siéndolo uno tendría menos permiso, menos cuelo y mucho menos despiste.

Pues ocurrió que en el puto campamento nos pidieron a los voluntarios que nos apuntáramos al cursillo de cabo. Como sólo se habían presentado ocho chavales de la quinta, los jefes querían que de los voluntarios y demás quintos de Cádiz, que eran pocos, salieran algunos cabos. No sé si para darle postín a la promoción, o porque les salió de los cataplines. Nunca supe de quién partió la idea, si fue del coronel, que era un carca, o de nuestros oficiales, el capitán Godoy o el teniente Pérez Sevilla. De lo que estoy seguro es que tan magna idea no partió de las seseras del sargento Iborra, el Niño de la Mancha, ni del primero Baglieto, que cuando despertaba por las mañanas y no se ponía las gafas parecía un pulpo tendido en la lonja del mercado, tan raro nos parecía. Decían que era porque se mataba a pajas durante la noche. Vete a saber.

Una mañana, después de patear el polvo de la explanada con el Máuser al hombro, el capitán Godoy no ordenó romper filas. Nos largó eso de que entre los voluntarios, y los cinco o seis que habían nacido en Cádiz, pertenecientes al reemplazo, teníamos que dar un paso al frente unos cuantos, así como media docena. O sea, que había que cubrir las apariencias para que el coronel no pusiera el grito en el cielo al comprobar que el amor por la patria de los gaditanos dejaba mucho que desear.

Además, se rumoreó que querían elevar el nivel intelectual de la clase de tropa a costa de nosotros los voluntarios, a los que se nos consideraba muy leídos y muy escribidos, que luego los cabos redactaban los partes y lo hacían fatal.

Escuchamos la arenga del capi sin mover una pestaña, y cuando nos pidió que diéramos el pasito al frente, nos quedamos todos clavados en el suelo, en posición de descanso, mirando al cielo, haciéndonos los despistados, como si aquello no fuera con nosotros. Al capi nuestro nulo entusiasmo debió sentarle como una patada en las pelotas.

Y otra vez el capi Godoy a lo mismo, a insistir que al menos tres de nosotros teníamos que dar el dichoso paso adelante.

A mí y a todos nos habían enseñado los que antes pasaron por el trance de enfundarse el caqui, que una vez dentro de la mili no había que ofrecerse voluntario para nada. Ni para comer. Años antes preguntaban a los reclutas quiénes sabían montar en bicicleta y siempre había algunos que decían que ellos eran émulos de Coppi. Pues no veían la bici y los ponían a baldear o a sacar brillos a los metales. O sea, que por fardar hacían el capullo. En el campamento ya no preguntaban por nuestras habilidades ciclistas, porque los tiempos habían cambiado, sino por nuestras destrezas conduciendo una moto. A Facinas y a Tey, que estaban motorizados, les dieron coba, dijeron que para ellos la cosa del motor estaba chupada y los mandaron a hacer ladrillos de adobe, como en los tiempos de Ramsés II, imitando a Charlton Heston en LOS DIEZ MANDAMIENTOS. Por eso, escarmentados como estábamos, le dijimos sin decirlo al capi que tararí que te vi. El tío se quedó de una pieza delante de nosotros, impávido pero empezando a cabrearse.

Y como estamos recurriendo a los ejemplos más o menos bíblicos, el señor Godoy debió acordarse de Salomón y echó a suerte la voluntariedad de los voluntarios, al comprobar que ésta era nula. Y ocurrió que el andoba se paseó delante de la fila contando eso de pito pito gorgorito. Al final, señalando a tres, eligió a los aspirantes a cabo. Ale, ya los tenemos, se acabó el cachondeo, dijo con una malévola sonrisa mientras encomendaba al primero que nos tomara los nombres.

Huelga decir que yo fui uno de los tres elegidos para la gloria, porque si no lo hubiera sido no estaría contando esto. Mis compañeros de infortunio fueron Tey y Pepín. La leche.

Yo debí callarme, pero no me callé, y gilipollas de mí sólo se me ocurrió ponerme firmes delante del capi y decirle que de cabo nada, que no servía para mandar. No le expliqué los motivos verdaderos, que siendo cabo no me iba despistar. Al Godoy debió sentarle fatal. Herí su orgullo de militar de carrera y me mandó dar veinte vueltas corriendo por el perímetro del campamento con el mosquetón en alto.

Pero como en el fondo el capi era un buenazo, a la tercera vuelta que yo daba, viendo que no podía con mi cuerpo, me llamó, me largó una arenga, me dijo que yo sería un excelente cabo y que estaba seguro de que me aplicara en los estudios. Me suspendió el castigo. Creo que lo hizo porque no iban a tardar a llamar a fajina. Como él sabía que los voluntarios nos largábamos a la venta, no nos quiso entretener. Como era mi obligación, me cisqué en sus castas y me fui en busca de los otros dos aspirantes a cabo, que menos tontos que yo no se atrevieron a protestar. Estábamos cabreadísimos, dijimos que no había derecho y todo eso que se dice cuando uno está convencido de que no va a enemendar el estropicio, o sea que nos consolamos con el derecho al pataleo. Vaya consuelo.

El cursillo a cabo estaba tirado, en realidad uno sólo tenía que aprenderse los nombres de sus superiores. Como no era cosa de enfadar más al capi, no fuera que volviera a ponerme de nuevo a correr por el campamento, para hacerle un poco la pelota me apliqué en el estudio. Es decir, me apliqué poco porque no había que estrujarse demasiado las meninges. Cualquiera era cabo. De vuelta al cuartel, ya en Cádiz, otro primero se ocupó de darnos el resto de las clases. El tío era más bruto que un arado; ni me acuerdo cómo se llamaba, pero era de un pueblo de Jaén y estaba en la mili haciendo carrera de patatero porque se había hartado de criar cerdos y se conformaba con la paga de primero. O sea, que tragaba por la miseria de entonces, alrededor de trescientas pesetas al mes.

Ya habíamos empezado a despistarnos, quiero decir que Tey se largó porque su padrino lo camufló; a Pepín, que era el otro al que le endilgaron los galones, lo mismo, porque tenía un bar y había que ponerse tras la barra. Y así todos. Yo también me despisté, que había que echar una mano en el negocio familiar. Pero un día me llamaron hacer el examen. Lo aprobé casi con Cum Laude. Algunos pensarán que me rajé, que debí hacerlo fatal para que no me hicieran cabo y así no me fastidiaran el escaqueo.

Es que las cosas en la Escuela habían cambiado en pocas semanas. Otra vez tengo que explicarme.

Ocurrió que sustituyeron al coronel y el nuevo era más militar que el anterior. Como la Escuela de Aplicación y Tiro de Artillería, que así de largo se denominaba mi destino, estaba exenta de hacer guardia de plaza, lo pasábamos la mar de bien, no hacíamos ni siguiera vigilancia con arma en el castillo San Sebastián, ni en Bonete, donde radicaban las oficinas y las clases que daban para apuntar bien con los cañones. Por aquella época trasladaron el cuartel de Infantería y en Cádiz quedaron pocos quintos para hacer guardia en la cárcel militar, en el otro castillo de la Caleta, el Santa Catalina, más pequeñito y más lúgubre, lleno de legionarios grifotas y algún que otro mariconcillo al que habían pillado haciendo lo que un militar no debía hacer según los mandos. Ya he dicho que el nuevo coronel era muy militar y no se negó en redondo, como debió hacerlo, cuando el Gobernador Militar le dijo que los quintos de su unidad debían montar guardia en Santa Catalina, que éramos unos vagos y no hacíamos nada en todo el día.

Entre el castillo San Sebastián y Bonete había como cien artilleros... y más de veinte cabos. Puesto que para montar una guardia en el reducto carcelario hacían falta veinticuatro artilleros, dos cabos y un suboficial, las cuentas no pueden estar más claras: un quinto tenía que hacer una guardia cada cinco días y un cabo cada veinte. Un chollo para los cabos. Mira por donde la putada que me hizo el capi me vino de maravilla.

Con el cambio de coronel se acabaron los despistes, se anularon permisos y todos los voluntarios teníamos que presentarnos en el cuartel a las nueve de la mañana, los que no teníamos guardia, que era un día en San Sebastián y el otro en Santa Catalina, la cárcel militar.

La Escuela, como la llamábamos para abreviar, dejó de ser lo que era: el sueño de todo voluntario que suspiraba por hacer una mili guay. Si no tenías guardia, descansabas el domingo y los días de fiesta. Como el horario no era muy jodido, de nueve a dos, pues aquello, la verdad, parecía una oficina llena de funcionarios públicos. Mis compañeros lamentaron entonces no ser cabos, y Pepín y yo, los únicos que habíamos ascendido gloriosamente y por cojones, nos encontramos con un boleto premiado. Tey, el muy granuja, no aprobó. Luego se arrepintió.

A veces uno cree que lo que sale mal te va a fastidiar, pero no es siempre así. Pepín y yo pensamos que nos iba a joder la mili, pero con nuestro glorioso ascenso nos libramos de muchas guardias.

Cuando empecé a escribir esta Memoria pensaba hablar de ciencia-ficción, lo juro. Pero me he liado y ha salido tan cuartelera como las anteriores. Qué le vamos a hacer.

Ustedes disculpen.

Ángel Torres Quesada,
(1.872 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Bibliópolis el 22 de febrero de 2004
como Mi vertiginosa y gloriosa carrera militá