Puto campamento
por Ángel Torres Quesada
La batería
La batería

O cómo sobrevivir al infortunio y procurarse la manduca.

Ese mes de marzo hacía un frío que pelaba, ya lo he dicho en la anterior Memoria

Después de llegar derrengados al campamento de Camposoto, como lo llamaban, aunque para nosotros más bien era un camposanto, y renunciar al rancho que nos esperaba medio caliente esa noche, rancho que nos negamos a probar porque olía de una manera que te quitaba el apetito durante meses, nos asignaron una tienda de campaña enorme, redonda y vieja. Remendada. En su interior nos esperaban doce colchonetas de paja con dos mantas deshilachadas y una almohada aplastada, distribuidas en círculo, los pies apuntando a la madera que sostenía la lona.

Un iluso buscó el interruptor de la luz.

Uno menos iluso, no recuerdo quien, sacó una vela.

Como eran las tantas de la noche y no nos teníamos en pie, a dormir.

Nos acostamos vestidos. Puesto que no éramos gilipollas del todo, a ninguno se nos había ocurrido traer un pijama, y si lo echó al macuto no tuvo valor de sacarlo. El frío que hacía no invitaba a despelotarse para ponérselo. Allí estábamos los once y el cabo del pelotón, uno de Medina Sidonia que ya nos había dado la lata en el castillo San Sebastián para que marcáramos el paso, antes de que se presentaran a sí mismos el Niño de la Mancha y el cabo primero con cara de nazi, de nombre Baglieto. Más tarde, mucho más tarde, descubriríamos que no era mal chaval. El galón dorado le obligaba a representar el papel de hijo de puta, y lo hacía muy bien. Llevaba gafas oscuras y se las daba de muy militar, quizá porque descendía de militares patateros. Su padre había llegado a sargento y él quería llegar a comandante, que entonces era lo máximo que podía alcanzar un chusquero, como también se les conocía.

Pues a pesar de lo duro que estaba el colchón y del frío que hacía, nos quedamos dormidos a los pocos segundos. El de Facinas se durmió despotricando, arrepentido de haberse presentado voluntario.

A las nueve escuchamos la corneta.

Aunque diana debían tocarla a la seis, por consideración a nosotros el corneta de los cojones, por orden del capitán, dejó pasar tres horas.

El cabo primero pasó por las entradas de las tiendas gritando que nos vistiéramos y formáramos. Salimos enseguida, claro: estábamos vestidos, sólo tuvimos que ponernos el correaje y encasquetarnos el gorro. Estábamos la mar de monos todos formados, los voluntarios y los de la quinta, en medio del frío. A desayunar, dijeron los cabos rojos cuando llegó el Niño de la Mancha, embutido en un capote del año de la pera, temblándole hasta el motivo del mote que le habíamos puesto. Desfilando fuimos donde repartían el rancho y allí nos juntamos con las otras baterías que vivaqueaban por los alrededores. La sensación de estar en un campamento indio no se me quitaba de la cabeza. Ni nos dejaron que lleváramos los tabardos, oye. Ni echar un pitillo. Qué gentes más desconsiderada nos mandaban.

Con el cacharro de aluminio en la mano esperamos el café. A algunos les extrañó que no hubiera una máquina de café, sino que éste lo sirvieran con un cazo lleno de un líquido oscuro que sacaban de un barreño. Cada uno de los voluntarios cogió su ración y el chusco. Uno preguntó por la mantequilla y la mermelada y por poco no le arrean un guantazo. Gracioso, le dijo el cabo primero, que eres un gracioso, ya verás cómo se te quitan las ganas de decir tonterías, venga, a desayunar, que formamos dentro de cinco minutos. El Baglieto cogió su dosis de oscuridad líquida y su chusco y se fue a comer aparte. Empecé a comprender por qué tenía tan mal genio cuando olí lo que llamaban café. El pobre se lo bebía, y también los chicos de la quinta.

Por el camino de regreso a la tienda, rodeados por los compañeros que acababan de hacer lo mismo que yo, o sea regar el húmedo suelo con aquella bazofia, preguntaba si era venenoso el falso café. Por si acaso, hice como mis colegas: tirarlo. El mío cayó sobre una margarita que aún no había sido pisoteada y al instante se marchitó.

Como los macutos estaban bien pertrechados, nos fuimos a buscar las galletas maría que llevábamos. Mi santa madre me había suministrado Nescafé, leche condensada en tubo y azúcar. A los demás, también sus mamás les habían hecho cargar con diversos víveres. Un campesino se acercó al campamento con un burro cargado con dos lecheras bien llenas de leche caliente. Ya teníamos el desayuno, pensamos. Por una peseta nos llevó la marmita, le echamos Nescafé y azúcar y a mojar galletas. Echamos de menos unos churritos, de veras. El chusco lo guardamos, porque con el que nos habían dado teníamos que aviarnos para almorzar y cenar. Pensar en el rancho que nos darían a eso de la una, nos ponía de malhumor. Menuda hambre íbamos a pasar, pensamos todos. Porque no era cuestión de pasarse toda la semana comiendo fiambre.

En aquel paraje desconocido empezamos a aprender la primera lección para sobrevivir. No es que fuéramos los voluntarios unos señoritos remilgados, que va, pero no nos apetecía el rancho. Nos dijeron que el primer sábado no nos darían permiso, porque habíamos llegado un jueves. Teníamos que prepararnos para resistir diez días.

No lejos de allí vivía un peón caminero. Él y su mujer preparaban huevos fritos a eso de la una y como la voz se corrió. Fuimos unos cuantos a ver si en el menú había algo más. Qué desilusión nos llevamos. Sólo tenían huevos fritos, es un decir porque de aceite apenas se veía. Yo pedí dos, que me los tiró el peón caminero de cualquier manera en el recipiente de aluminio. Me retiré en compañía de mis compañeros de fatigas, Pedro y Paco, a degustar tan suculento plato. No comimos mal, no. A los aplastados huevos fritos añadimos unas latas de sardinas. Eso sí, en el chiringuito aquel no había mesas. Era un chiringuito de mierda y tuvimos que comer sentados en el suelo. Otros días ni eso podíamos hacer, porque a veces llovía por la noche y el terreno amanecía enfangado y había que comer de pie,.

Cuando preguntamos por las duchas, y si éstas tenían agua caliente, nos dijeron los quintos que ya llevaban allí una semana que con un poco de suerte nos dejarían ducharnos los miércoles. Se hartaron de reír cuando Paco insistió en saber si el agua estaba caliente. Pardillo.

En realidad, pardillos éramos todos, unos más que otros menos, pero pardillos al fin y al cabo.

Mirábamos a los quintos, los veíamos comer con avidez lo que los cocineros les habían echado en la marmita. Debían darnos pena, pero cambiamos de opinión cuando vimos los embutidos que muchos habían traídos del pueblo. Pero los tíos no despreciaban el rancho, comían como limas y se nutrían no sólo de los víveres que sus mamás les habían puesto en los macutos, sino de todo lo que el furriel les echaba en los platos, que encima rebañaban. Qué estómagos.

El artillero Torres
El artillero Torres

Aquella noche, y las siguientes, después de quedar hasta el gorro de marcar el paso por un terreno húmedo y cubrirnos de barro hasta los tobillos, a la luz de las velas en la tienda celebramos una reunión de crisis. Había que espabilarse, dijimos, y organizar la comida, porque había que comer caliente. El cabo de Medina, el responsable del pelotón, dijo que le habían dicho que no lejos, en el camino de la Almadraba, había una venta conocida como la del Cojo. Acordamos visitarla al día siguiente.

Aquel día no pudimos cruzar los montes y llegar a la venta del Cojo, porque el tiempo libre que nos daban entre el almuerzo y volver a formar era poco. La operación exploradora la dejamos para otra ocasión.

Una vez que formáramos para el rancho de la tarde, porque había que formar para que nos contaran, podíamos largarnos cuando el primer recluta de la cola recibiera la primera paletada de puchero acuoso. Entonces el primero, o el sargento, se volvía hacia nosotros, que estábamos los últimos, y nos decía que ya podíamos irnos, rumiando entre dientes que nos hubiera gustado vernos en el frente de la guerra que él libró siendo un crío, esto decía el muy cabrón. Hasta el toque de retreta, qué palabra más fea, teníamos tiempo de acercarnos a la venta del Cojo y ver cómo era, incluso comer y volver al campamento antes de que el niñato de la trompeta nos mandara a la cama.

La venta del Cojo estaba como a diez minutos, al pie de la carretera que llevaba a la vieja almadraba. Tenía que ser buen sitio para comer, pensamos cuando vimos que estaba lleno el comedor con alféreces provisionales, suboficiales y otros quintos más espabilados que nosotros, los que habían llegado antes al campamento.

No fuimos todos los voluntarios, sólo siete de nosotros. Los demás se quedaron en la tienda con los pies doloridos, cansados los pobres. Ya nos diréis cómo os ha ido, dijeron los muy flojos.

Ocupamos una mesa y al poco se nos acercó un individuo de mediana altura, delgado y con un mandil lleno de churretes. Era el dueño de la venta. Le identificamos enseguida al verle cojear. Se llamaba Curro. No es que el chef de la venta fuera un genio, pero en la carta, que no nos enseñó porque dijo que la había extraviado, tenía lo corriente, es decir carne, tortillas, huevos fritos y algo de pescado. Dijo que si queríamos un potaje, u otra delicadeza, teníamos que encargárselo el día antes. O sea, que había que hacer reserva. En la barra estaba su mujer, rodeada de tres zagales, sus nenes, y a la vez atendiendo a la parroquia. También había un chaval fregando platos, o eso parecía que estaba haciendo.

Nos pusimos como el quico después de varios días a base de bocadillos y latas de sardinas. Comimos un pan bastante mejor que los chuscos militares.

Volvimos bastante satisfechos al campamento, más de la cuenta porque habíamos despachado entre los siete dos botellas de valdepeñas y varios quintos de cervezas, que partir de ahora llamaré botellines para no confundir al personal, por eso de que estábamos en el Ejército.

Habíamos arreglado el problema de la manduca. Nada menos.

Esa noche dormimos más a gusto.

Estábamos aprendiendo.

Lo más chungo es que al día siguiente nos amenazaron con entregarnos el mosquetón, para que marcáramos el paso con más garbo.

Mira, a mí me hacía ilusión.

Llevaba una semana sin leer una novela de ciencia-ficción.

No me preocupaba. Yo creía estar viviendo la aventura de un desastre post atómico.

Notas: La foto que ilustra esta Memoria es la que nos hicieron a la semana siguiente de llegar, toda la batería formada. A la derecha, de pie y con correaje, el cabo primero Baglieto. El Niño de la Mancha, el sargento, está arriba del todo, el tercero de la penúltima fila, a la izquierda. Mis compañeros están repartidos. Yo me situé en la quinta fila, a la izquierda, con la gorra bien encasqueta, con mis gafas oscuras, muy serio, mirando la frente.

Ángel Torres Quesada, (1.878 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Bibliópolis el 26 de octubre de 2003
como Puto campamento