Inspiraciones y ¿plagios?
por Ángel Torres Quesada
Los herederos de la humanidad

Hablábamos en la otra Memoria que para encontrar un buen argumento hay que estrujarse las meninges. Porque vamos a ver: ¿Cómo se puede escribir algo que no aburra al propio autor, para empezar?

Algunas veces he ojeado novelas patrias en la sección de novedades una librería; he ido directamente a la sinopsis y casi siempre he leído que fulano o mengana regresa a su pueblo al cabo de muchos años y descubre que al marcharse dejó un puñado recuerdos y algún que otro amor olvidado, y el tal o la tal, tras rememorar su juventud, generalmente perdida, oh detalle genial del autor o autora, brota del baúl de la abuelita un secreto familiar más o menos vergonzoso, que al final del libro, al descubrirse, deja frío al lector, porque no vale un pimiento y porque no hay intriga ni sorpresa y todo acaba de lo más vulgar, dejando sumido en los sueños al más estoico de los lectores.

Novelas como ésta, haberlas las hay montones. Luego va Pérez Reverte y se harta de vender, y encima le critican, dicen de él que es un vulgar mercenario de las letras, un fabricante de best sellers, un jodido pesetero. O eurotero. Qué mala es la envidia, oye.

O sale una Ana Rosa al escenario, acompañada de un negro zumbón, y vende miles de ejemplares hasta que se descubre el pastel y el personal se monda de risa, generalmente con muy mala uva, porque piensa que la señora de los sabores se lo tenía bien merecido por advenediza, por meterte a escritora y por no tener ni puta idea a la hora de unir dos palabras seguidas. Anda que si el desfalco literario lo hubiera cometido otra autora, la que hubiera largado la interfecta en su programa. La madre de la hija de Jesulín, que a lo mejor no ha leído un libro en su vida, habría ayudado a la Rosa a poner a partir a quien fuera, que para eso le pagan, y sirve lo mismo para un zurcido que un descosido.

No crean que yo menosprecio una novela elaborada con los mimbres del socorrido regreso al terruño. Que va. Todo lo contrario. Siento admiración por la persona que se pone a teclear y le sale una novela así.

Si esto ocurre en la literatura en general, lo mismo pasa en la ciencia-ficción, que allá por los setenta ya empezaban a llamarla así, quizá cansado el personal por no encontrar un título de mayor raigambre hispana a la definición yanqui.

Tuve la suerte de descubrir a Robert Sheckley a temprana edad en un especial de ND. Habrá buenos cuentistas, pero como este hombre ninguno. ¿Por qué Sheckley gustó a más de una generación que se acercó a la ciencia-ficción para disfrutar de ella y no para confundirla? Porque este hombre es original, para empezar. La originalidad en los cuentos y en las novelas es algo que parece haberse perdido con el paso de los años. Qué le vamos a hacer. No voy a extenderme más acerca del bueno de Sheckley, a quien tuve el placer de conocer y de estrecharle la mano en Gijón. Sempiterno fumador, delgado, de mirada extraña y sonrisa gruesa, que la hizo más amplia al decirle que yo era un admirador suyo de toda la vida y había disfrutado como un loco con sus cuentos. Silencié a propósito lo de sus novelas. No era un buen novelista. ¿Y qué? Creo que en estos tiempos de confusos criterios acerca de lo que es o no es la ciencia-ficción, muchos deberían dar un repaso a los cuentos del amigo Sheckley, y de camino aprender a ejercitar la imaginación, a sacarle tres pies al gato, a retorcer un poco el tópico y a encontrar en esa esquina aún sin explorar un atisbo de toque mágico; saber darle la vuelta a la tortilla de lo manido para que luzca su otra cara mientras gira en el aire antes de volver al sartén.

Ya casi nadie se atreve a escribir algo que transcurra en un Venus de lujuriante selva, ni desarrollar una tramita en los desiertos de Marte, con los protagonistas, incluido el malo, respirando tranquilamente el aire marciano, un poco viciado pero aún potable. ¿Para qué desafiar a los sabios que dicen que Venus es una roca ardiente donde se funden los plomos y en Marte no hay canales y hace un frío que pela? Desde hace unos años para acá resulta más sencillo trasladarnos a Pólux VIII con la imaginación o crearnos nuestros propios mundos, los que necesitemos para encajar la historia que se nos haya ocurrido.

Con las páginas que sobraron de UN MUNDO LLAMADO BADOOM, una anécdota que inserté en el argumento, escribí el cuento El hombre de la esfera, publicado por Edhasa en 1967, en la ANTOLOGÍA ESPAÑOLA DE CIENCIA-FICCIÓN, con cuentos recopilados por Domingo Santos, a quien todavía no conocía en persona. No vayan a pensar que me costó un jamón serrano que él lo seleccionara.

El asunto va de que las naciones de la Tierra, para acabar con las guerras, instalan en la Luna una base de misiles y al país que se salga de madre y amenace con atacar al vecino, lo advierten que si no da marcha atrás lo hacen puré y aquí paz y allá gloria bendita. Vamos, la paz impuesta a lo bestia, por cojones. El sistema daba resultado hasta que un miembro del equipo pierde el coco y después de liquidar a sus compañeros dice que si no lo nombran amo absoluto del mundo, se pone a disparar los misiles y no deja títere con cabeza en la Tierra. El chico bueno lo arregla todo al final, jugando con el malvado una partida de damas. El quid de la cuestión está en que juegan con frascos conteniendo agua en lugar de fichas, pero a uno de ellos se le ha añadido un incoloro veneno, y también insípido, y al que le toque la china que se joda. El bueno, que en el fondo es un pérfido, tiene su plan, que de lo más tonto, sobre todo para él, porque eso de ser héroe abnegado es malísimo para la salud. Pues esta parida de cuento, que incluí a vuelapluma en UN MUNDO LLAMADO BADOOM, se me ocurrió viendo una fotografía con dos jugadores de ajedrez, miren que cosa. No les voy a contar el final, porque detesto hacerlo.

Poco después, el argumento del relato CENTRO DE VIOLENCIA CONTROLADA, publicado en una selección de Acervo, también recopilada por Domingo Santos, y yo sin enviarle aún una pieza de cinco jotas, se me ocurrió leyendo la bestialidad de un yanqui que se puso a disparar a todo el que se ponía en el punto de mira de su rifle, él encaramado en lo alto de un campanario. Cuando lo acribillaron a tiros los hombres de Harrelson, los psiquiatras, a agua pasada, dijeron que el pobre estaba loco, y que si lo hubieran pillado a tiempo le habrían curado, librándole de tanto trauma juvenil, o vaya usted a saber qué clase de completo de Edipo lo había impulsado a asesinar a una docena de pacíficos ciudadanos.

Con estos ligeros elemento escribí CVC, abreviatura del título del cuento y de los centros donde el personal se desahogaba destrozando robots con apariencia humana. Por estos lugares de desintoxicación estaban obligados a pasar todos los ciudadanos de la América del Norte en un futuro más o menos cercano. Como los ricos podían obtener el certificado de haberse librado de la violencia en instalaciones de lujo, clubes privados de alto standing, algunos le cogían el gusto a eso de matar pseudohumanos. Como tenían dólares de sobra, se montaban cada dos por tres sus numeritos particulares, y unas veces se cargaban a Julio César o mandaban al otro mundo a un puñado de vietcongs. Todo era cuestión de pasta. Tampoco les destripo el desenlace, pero seguro que lo adivinan.

Puedo apostar a que muchos estarán pensando que en ese cuento plagié con descaro y alevosía la película ALMA DE METAL, y yo habría pensado lo mismo de un colega, porque en esto de la ciencia-ficción y sus aledaños hay muy mala uva y se piensa la mar de mal del prójimo y se chismorrea más que en Tómbola, que a uno que yo me sé lo conocen como la maruja de la fantasía y la ciencia-ficción y tiene muchos aprendices, seguidores e imitadores. Lo malo es que lo malo se pega y a veces caigo en la trampa y también me pongo a chismorrear. Como ahora.

Pero a lo que iba. No, no plagié lo que pasa en ALMAS DE ACERO, con el Yul Brynner haciendo de muñeco mecánico vestido de vaquero como en LOS SIETE MAGNÍFICOS, empecinado en matar, pero de verdad, a quien había pagado para vencerlo en un remedo del duelo en O. K. Corral. La antología de marras, en la que está publicado este cuento mío, salió al mercado casi dos años antes de que se estrenara la película en España, que si no... Vamos, que me ponen a parir. Y aun así.

Cuando en ND fue publicada mi novela DIOS DE DHRULE, unos meses después alguien escribió al director de la revista para dar su opinión, y entre decir que estaba bien pero que tampoco le había parecido una maravilla, el chico terminaba la carta comentando que para él lo mejor era el hallazgo de Eva, el alma mater de la Esfera; pero no obstante tenía la intención de repasar su biblioteca de ciencia-ficción, que debía ser una maravilla, para ver si encontraba en qué novela, cuento o lo que fuera, la había plagiado el autor.

Por cierto, aprovecho para recordarles que esta novela, la primera de la Trilogía de los Dioses, junto con DIOS DE KERLHE y la inédita DIOS DE LA ESFERA, el trío, se publicará en la colección Aelita, las tres por el precio de una. Si es que para entonces los chicos de Pulpmagazine siguen en la brecha, que como está el panorama cualquiera se atrever a vaticinar el futuro inmediato.

No sé si quien escribió al director de ND seguirá buscando a estas alturas, en su muy nutrida biblioteca, una pista que le lleve a descubrir dónde demonios me inspiré para crear a Eva.

Y luego, un yanqui publica DARWINIA y nadie dice nada, oye. Pero salta un tal y grita que ya ha descubierto en qué parida ajena saqué la idea para LAS ISLAS DEL INFIERNO, sin tener en cuenta que la primera edición de la trilogía se publicó en 1989, y DARWINIA más de una década después.

Mondo cane.

Ángel Torres Quesada,
(1.778 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Bibliópolis el 8 de septiembre de 2002
como Inspiraciones y plagios