Mi viaje por Ultramar
por Ángel Torres Quesada
Las islas del infierno

No puse una vela a Dios y otra al diablo cuando volví a casa, después de haber despachado en Correos el paquete con el original LAS ISLAS DEL INFIERNO, aunque por el título de la novela tal vez debí acordarme más del ángel caído que de su adversario. Pero como ya llevaba años no haciendo caso ni a uno ni a otro, me ahorré el cirio.

Una copia se la había dejado a Rafa Marín, y después se la pasé a quien ya era el marido de mi sobrina Loli, que siempre le gustó poli, ya lo era y se pirraba por la ciencia-ficción. En estos aspectos no ha cambiado, pues sigue siendo su profesión la de madero y aún no ha perdido interés por el género fantástico. Hay gente así, créanme, personas que no cambian con el tiempo.

Creo recordar que a Rafa le gustó la novela, al menos eso fue lo que me dijo, y a Luis el madero también. No piensen que hoy en día sigue mascando asfalto a bordo de un coche con lucecitas. Qué va. Ahora es todo un personaje en el cuerpo. El tío se ha pasado una temporada en Perú y ha visto lo que yo llevo queriendo ver desde hace la tira de años, como las ruinas incas, Nazca, el Machu Pichu y todas esas cosas que cubren aquel país de maravillas, que causan asombro a quienes las contemplan desde una perspectiva distinta a como las ven la mayoría de los turistas, que esos van al Perú a hartarse de pisco y a despotricar sobre el mal de altura. Mi sobrino político ha visto todo lo que merece la pena ver, desde sobrevolar los dibujitos de Nazca, que el gilipuertas de von Däniken dijo que sirvieron para que los dioses del espacio se orientaran, como si unos tíos con una ciencia de cojones necesitaran mirar los dibujos de unos bichitos en el suelo para saber donde tenían que aterrizar, hasta presenciar como una banda, en plena ciudad de Lima, desmantela un coche en medio de un atasco, con conductor dentro y todo, llevándose las ruedas, el tubo de escape, los asientos traseros, parte del motor, la radio y la postal de San Cristóbal, todo en menos de cinco minutos, sin tener el detalle de poner unas cajas donde estaban las llantas.

Si hablo de Luis es porque a los pocos días de haber enviado la novela a la editorial, empecé a escribir LAS ISLAS DEL PARAÍSO. Como necesitaba a un poli de secundario para la trama, me inspiré una miaja en él, y usé su nombre y su segundo apellido, porque el primero, sin ofender a los Jiménez, no me pareció demasiado novelístico, y en cambio el de Castro no me pareció nada mal.

La verdad es que yo andaba bastante entusiasmado con la novela que acababa de depositar en el a veces agujero negro que era Correos, la que sería la primera de una serie. Por ello, mucho antes de recibir noticias de la editorial, me dije que no debía perder tiempo, sino ponerme a trabajar con la segunda. Así que volví a conectar el Amstrad, y enfrentándome a la jodida pantalla de fósforo verde me lancé al ruedo, sin otra idea fija que poner al protagonista de nuevo en Elejah, el mundo ese al que había ido a parar un puñado de pedazos de la Tierra. El prota tenía que desentrañar un poco el misterio que envolvía aquel mundo, pero sin pasarse, porque había que dejar en suspenso al lector para la tercera entrega. Lo que viniera a continuación ya se me ocurriría, pensé mientras encendía un cigarrillo. La verdad es que no tenía ni pajolera idea de lo que iba a pasar excepto que yo debía reunir más razas en aquel planeta gris y la mar de feo, para liar el asunto lo suficiente y, de esta manera, el argumento me diera cancha para escribir esa novela, y una o dos más. Las que fueran.

Me temo que me estoy pasando una pizca. Lo que he empezado a contar, el proceso de escribir la segunda entrega, pertenece a la siguiente Memoria, y mejor lo dejamos aquí. Bien. Estaba en que envié el original a Ediciones Martínez Roca. A eso vamos.

No recuerdo exactamente cuánto tiempo esperé hasta tener noticias del editor, tal vez pasaron alrededor de dos meses o así. O fueron cuatro.

Yo sabía que el director de la colección era un chico llamado Alejo Cuervo, a quien sólo había visto una vez, un domingo en que acompañado de mi santa me di vuelta por el Mercado de San Antonio, en Barcelona. Él tenía un puesto de libros, uno de los más importantes, especializado en ciencia-ficción y fantasía. Más tarde se haría cargo de la colección SuperFicción, creo que cuando Domingo Santos dejó de dirigirla; y también creo que por entonces empezó a montar la que hoy es una de las librerías del género más prestigiosas en España, Gigamesh.

Como me cansé de que no me contestaran por carta, una noche llamé a Alejo y le pregunté por mi novela. No sé si marqué el número de su casa o el de su tienda, tampoco me acuerdo bien. Pero lo que sí recuerdo es que el hombre tuvo el detalle de decirme que me llamaría, para que yo no gastara dinero en la conferencia. Parece que tiene ganas de charlar, pensé, esto podría ser bueno, y un poco más animado le dije que no hacía falta, que podíamos hablar lo que él quisiera, que yo pagaba. Faltaría más. Entonces él va, y a bocajarro, me comunicó que la novela de marras no le había gustado. Pues bueno, dije, no pasa nada. Siempre digo algo parecido cuando recibo una noticia que no es de mi agrado, aunque por dentro piense otra cosa. Si no te importa, me devuelves el original, añadí. Como él insistió en explicarme por qué no le había gustado, me apresuré a contestarle que si no pensaba publicarla no me interesaba demasiado conocer su opinión. Creo que hablamos unos minutos más, pero no de mi novela, sino de criterios de directores de colecciones, de sus gustos particulares y de los gustos de los lectores, que no tienen por qué coincidir con los suyos, y que, sobre todo, a mi entender, los intereses de la colección debían estar por encima. Nos despedimos tan amigos, y hasta la próxima le dije a guisa de saludo final.

Como era de esperar, porque en esto los editores en España son muy formales, hay que reconocerlo, al cabo de unos días recibí el manuscrito con evidentes señales de haber sido leído. Esto me agradó un poco, oye; porque que lo lean o no es importante, que a veces las editoriales lo devuelven diciendo que su equipo asesor lo ha examinado y en su informe dicen que está bien pero lamentan no poder publicarlo a causa del cúmulo de títulos que tienen en stock, y bla, bla. Y luego ocurre que uno, al recibir el mamotreto, comprueba que no lo han abierto. Estas cosas pasan.

De vuelta el hijo pródigo al hogar, es decir el original, me dije que no había que desanimarse, sino probar suerte en otra parte. El ambiente en España por aquellos años, como ya he dicho en otra Memoria, estaba peor que ahora en cuanto a publicar ciencia-ficción, porque de lo otro, de chanchullos políticos y financieros, andaba parejo. Eso sí, Bush II no andaba por ahí dando por el trasero al prójimo, ni algunos moros derribando rascacielos. No sé si por entonces estaba Carter, el de los cacahuetes. Ni me importa.

Mis relaciones con Domingo Santos siempre habían sido cordiales, pero como un par de años antes le entregué una novela y no le gustó, por eso me decanté en primera instancia por enviarla a otra editorial. A ver si había más suertecilla, me dije para animarme. Pedro, alias Domingo Santos, dirigía por esos años la colección de ciencia-ficción de Ultramar, y había publicado a Gabriel Bermúdez, a Redal y a Aguilera, y un libro de cuentos, cómo no, de Rafael Marín, con un título tan original como UNICORNIOS SIN CABEZA, que mirándolo bien es un hallazgo, porque si a un unicornio se le quita la cabeza lo mismo puede ser un burro que un caballo. O sea, que Pedro no hacía remilgos a los autores patrios, sino todo lo contrario.

Volví a empaquetar el original y lo remití a Ultramar, a la atención de su insigne director.

Comenzó otra espera.

Y de nuevo, para no perder el tiempo, retorné a la redacción de la segunda novela.

A su debida fecha, o sea bastante después de lo que me habría gustado que hubiese durado la espera, recibí una larga carta de Pedro. A Pedro le gusta escribir largas y explicativas cartas, cosa que es de agradecer. En ella, con su manera irónica, me hacía algunos comentarios. El más importante para mí era que la novela le había gustado. Los otros eran matices, que hacía a lo que él, con cachondeo sureño y retranca gallega, llamó mi obra maestra en ciernes. Y es que Pedro, que me conocía, el muy puñetero, adivinó, porque era fácil, que el asunto no terminaba en la novela que acababa de leerse.

Por eso me preguntaba en la misiva si yo ya había pensando cuántas novelas seguirían. Es que Pedro estaba un poco quemado con el experimento de Dhrule en ND y tenía la mosca detrás de la oreja desde entonces, rondándole ésta la barba en la que comenzaban a infiltrarse las traicioneras primeras canas. Como lo de Dhrule es historia pasada, sigamos.

Ya liado con la continuación de LAS ISLAS DEL INFIERNO, se me había ocurrido que el tema podía dar para cuatro novelas más, como poco; pero hablando con Pedro por teléfono le dije que sólo serían dos más, que la cosa quedaría en una trilogía de nada. Esperé un poco acojonado su respuesta. Bueno, dijo él, si sólo son dos más, vale. Y añadió: Tú escribes la segunda, esa que me has dicho que ya has empezado, y si no la cagas demasiado y yo la soporto hasta el final, te lías con la tercera, pero antes tienes que prometerme que será la última, que te conozco, chaval, y te explico: la primera parte está bien, y creo que quien la lea comprará la segunda, y si ésta resulta de su agrado, no dudará en adquirir la tercera, con la que tú puedes hacerte con la picha un lío y parir un bodrio, pero el lector ya habrá soltado las perras y puede tirarla por la ventana y se acordará de los antepasados del autor, no de los del editor. Esto fue más o menos lo que el señor Pedro me largó, no sé con ganas de animarme o todo lo contrario. Pero tenía más razón que un santo.

Este fue el trato entre Pedro y yo. Un trato entre caballeros a pesar de que él era el editor y yo el autor.

Creo que resulta obvio aclarar que la versión que él leyó no era la que fue publicada.

Me explico.

A algunos autores le repatean que le sugieran cambios en su obra, y aunque a veces los consejos merecen que el autor mate al aconsejador, haber consejeros los hay buenos, y juiciosos. Pedro me dio algunos.

Sin menoscabo de nadie y sin ánimo malévolo, creo que Pedro, por su experiencia como editor y autor, era el más capacitado entonces para dialogar con un escribidor y proponer cambios pequeños o grandes. Diría que Pedro sigue gozando de ese privilegio, o llámenlo cualidad, porque en la actualidad no existe tal dualidad de autor/editor en los responsables de otras colecciones, a veces perniciosa pero beneficiosa generalmente para los autores. Soy de los que piensan que un editor, o su equipo consultivo cuando exista, que a veces se lo inventan los dueños de la editorial por eso del marketing y para ronear, está obligado a mantener una estrecha comunicación con el autor para que ambos discutan sobre la obra, analicen pasajes de la trama, hurguen en la personalidad de los personajes y en los ambientes. En resumen, todo lo que conforma una novela destinada a satisfacer al lector, cuyo propósito no es otro que éste lo pase bien con la lectura del libro que le ha costado sus buenos euros, aunque algunos digan lo contrario y salgan con cosas rarísimas.

En la primera versión el personaje principal era un australiano que encajaba en el argumento como un trabuco en la faja de un obispo. Pedro me lo insinuó. Le hice caso y lo convertí en un español con ganas de joderse a la ETA, a la que ni siquiera mentaba, a propósito, por su nombre, porque entonces pasó lo de Hipercor y me sentí muy mal viendo sacar a tantos cadáveres de entre los escombros y el humo. Pero como nadie es perfecto, el prota, que estaba infiltrado en la banda, más o menos como un agente del CESID por libre, un free lance como se llaman ahora algunos que no tienen empleo fijo, se larga con el botín de los terroristas y se lanza a recorre Inglaterra buscando el camino más corto a las Bahamas. En su deambular el hombre se une a un grupo de turistas y está donde no debía estar en el momento en que las cosas de aquí se van a Elejah y las porquerías de allá aparecen en nuestro mundo.

Quité algunas cosillas, puse otras, cambié esto por aquello y a los dos o tres meses devolví al manuscrito a Pedro, que lo leyó, creo que esta vez con lupa, y me otorgó sus bendiciones, me dijo adelante chico y a ver qué pasa, a ver cómo sales del lío, a por la segunda, añadió como si fuéramos a bailar unas sevillanas. Ya en casa, vuelta a encender el ordenata y a ponerme a teclear como un descosido.

Que te la juegas, me decía a cada momento, en pleno desarrollo del primer capítulo, devanándome los sesos para ver qué hacía el prota ya de regreso a Elajah. Para empezar, tenía que explicar por qué se le había ocurrido volver a un lugar tan chungo. Porque en esto de las novelas uno está obligado a razonar lo que en la vida real no necesita razonamiento alguno, créanme.

Qué poco podía imaginar que al llegar a la página cuarenta me iba a detener. Leí lo escrito desde el principio y me dije.

Pues lo que me dije lo explicaré en la próxima Memoria. Sólo anticiparé que en mis oídos empezaron a sonar tambores indios, y explicaré por qué.

Ángel Torres Quesada,
(2.455 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Bibliópolis el 2 de febrero de 2003
como Mi viaje por Ultramar