Marte, Venus y Pellucidar
por Ángel Torres Quesada

En los grises años en que era difícil encontrar algo de marcianos que llevarme a los ojos, yo indagaba en los libros viejos, buscando lo que calmara mi ansia de leer ciencia-ficción, que, por supuesto, era un género que aún no era conocida así.

Como en aquellos tiempos nada llevaba en la portada estas dos palabras, que al final serían aceptadas para denominar el género, a veces tenía que ojear el libro en el que creía haber encontrado un atisbo de fantasía, a veces por el título, a veces por la portada, que para mí era suficiente que mostrara un trozo del espacio, un mundo extraño en escorzo o un cacharro metálico que tuviese trazas de ser un cohete, pero no de feria, sino capaz de transportar al héroe, y a veces incluso a la heroína, a mundos de ensueño, con malos malísimos y con personajes dispuestos a aliarse con el bueno para deshacer el entuerto de turno.

Como de Julio Verne había oído hablar a veces, ya había indagado hasta descubrir que era un autor francés que había vivido en el siglo XIX (lo que me cuesta aún no referirme como el siglo pasado al mentarlo, porque el anterior ya es el XX) y había escrito un buen puñado de novelas que había entusiasmado a varias generaciones.

Por tanto, me lancé a la búsqueda de sus mejores obras, o las más famosas, porque luego me enteraría que eran muchas y no todas estaban al alcance de uno. Así que, pidiéndola prestadas a mis amigos o a las amistades de mis padres, conseguí leer LA VUELTA AL MUNDO EN OCHENTA DÍAS, CINCO SEMANA EN GLOBO, LA ISLA MISTERIOSA y 20.000 LEGUAS DE VIAJE SUBMARINO, no precisamente por este orden, hasta encontrar la que yo tenía más ganas de leer: DE LA TIERRA A LA LUNA, y la segunda parte, VIAJE ALREDEDOR DE LA LUNA. Acostumbrado un poco a los cohetes que tan bien manejaba Flash Gordon, me chocó bastante que en el siglo pasado, perdón en el siglo XIX, a unos piraos se les ocurriera darse un garbeo por nuestro satélite a bordo de una bala de cañón. Pero bueno, no era para extrañarse demasiado. ¿Acaso un tal Cyrano de Bergerac no había visitado la luna llevando un cargamento de rocío atado a la cintura?

Lo peor a mi criterio de esta novela de Verne es que la bala de cañón, a causa de ese pequeño error de cálculo que siempre cometen los protagonistas para dar emoción a la aventura, no aterrizara en la Luna, la rodeara en cambio, le diese la vuelta y regresara a la Tierra para, mira por donde, emulando a las cápsulas americanas años más tarde, se diera de bruces en el mar. Me costó terminar la novela, quizá porque la decepción que me produjo el hecho de que los viajeros balísticos no alunizaran fue demoledora para mí, sobre todo porque no se liaran a mamporros con los selenitas. Este giro, inesperado en la trama, hizo que me enfadase un poco con el señor Verne.

Unos años más tarde, unos vecinos, que se habían enterado que a mí me gustaba leer esas cosas tan raras, sacaron del baúl de los recuerdo una novela, escrita por un tal Emilio Salgari, que se llamaba LAS MARAVILLAS DEL AÑO 2000. Recuerdo poco de qué iba. Creo que el asunto tratada de un turista inglés que se aburría —en la novela se decía que sufría spleen, un síndrome que al parecer atacaba a los que no daban un golpe en la vida— y enfermó y entró en una especie de coma y se durmió tan profundamente que no despertó un montón de años después. A lo mejor estoy equivocado y no ocurrió tal como lo cuento, que la memoria de uno no es inmutable, pero el hecho cierto es que el individuo abre los ojos en el futuro, que es éste que ahora vivimos, y se encuentra en el mundo que Salgari imaginó para él, el pobre. Digo lo de pobre Salgari porque hace unos años leí una biografía suya y me dio pena que los editores le estafaran. Y rabia. Murió sin una lira en la faltriquera, llegando a suplicar a sus jefes que, por lo que más quisieran, que tuvieran piedad de él y su familia, que no tenía unos espaguetis que llevarse a la boca. Y que no me digan que sus novelas de Sandokan no se vendían como rosquillas en aquella época. Pues eso.

Pero a lo que iba. El viajero del tiempo acababa en una isla artificial, creo que era un penal, pero no como inquilino, sino porque creo que naufragó y él y sus compañeros y tuvieron que refugiarse en ella. La isla era asaltada por unos piratas a los que el autor, o el traductor, llama bomberos porque arrojaban bombas de sus vehículos aéreos durante sus ataques. Al final, y no creo que a nadie se lo destripe, porque a lo mejor estoy confundido, fallece el inglés porque eso de que viajar por el tiempo le sienta fatal a uno. Vamos, que el desdichado durmiente contrae una enfermedad de muerte. Total, una novela ni fu ni fa, pero curiosa de leer. Creo que fue la única incursión de Salgari en la ciencia-ficción, quien tampoco llegó a enterarse cómo acabaría llamándose ese género en el que se pródigo tan poco.

En la escuela de Comercio, donde yo empezaba a enterarme lo que era una letra de cambio, la profesora de Gramática propuso al director crear una biblioteca. Cuando se contó con el presupuesto para comprar libros, que tardó lo suyo porque entonces las subvenciones no se prodigaban como hoy en día, que no pasaba de las mil pesetas, la buena señora hizo una encuesta entre los diversos cursos para que los alumnos manifestaran sus preferencias sobre tal o cual clase de lectura.

Carson en Venus

Como por aquellos días yo había visto unas novelas la mar de sugestivas en el escaparate de una librería de la calla San Sagasta, que ya no existe y en su lugar hay ahora la sede de una cofradía que no para de quemar incienso y de poner música sacra para alegría de los vecinos, es un decir, incluí esos títulos en mi lista, a ver si colaba. Las novelas eran nada menos que CARSON EN VENUS, PERDIDOS EN VENUS y otros títulos a los que no les faltaba la palabra Venus. Pues miren por donde coló mi sugerencia y doña Carmen las llevó a la modesta biblioteca, entre otros rollos que a mí nada me interesaban, pero había que contentar al claustro y a los cuatro pijos que siempre andaban haciéndole la pelota.

Como resulta fácil imaginar, los primeros libros que me llevé a casa fueron los del tal Carson, escritos por un tal E. R. Burroughs. El nombre me sonaba porque lo había leído en la cabecera de las aventuras de TARZÁN EN EL AVENTURERO, junto al del autor de los dibujos. Lo pasé la mar de bien leyendo las aventuras de Carson. Si la memoria no me falla, era un tío muy rico que se hizo construir un cohete para él solo y así poder viajar a Venus.

En aquellos tiempos, y antes, un escritor podía situar a sus personajes en cualquier planeta o satélite de nuestro sistema solar, sin molestarse en averiguar si en esos lugares se daban las condiciones mínimas necesarias para que pudiera haber selvas que dejasen pequeñitas a la amazónica. Venus en esos años estaba totalmente cubierto por una vegetación ubérrima, no como ahora, que los sabios han dicho que es un mundo de mierda, y nadie se atreve a llevarles la contraria. Si actualmente quieres escribir una novela en un mundo como nos lo dibujaron antes tantos autores, te tienes que ir al quinto coño del universo, aunque luego te salga un purista diciendo que las posibilidades de encontrar un mundo como la Tierra en la Vía Láctea es de una entre un trillón, y que por tanto que se produzca tal hallazgo es casi imposible. Así que ahora hay que ponerse una escafandra y sudar la gota gorda, porque encontrar un mundo con atmósfera como la nuestra es ofender a los jartibles de siempre.

Pues las aventuras de Carson, con su bella nativa correspondiente al lado, una chica muy lista, intrépida y de excelente buen ver, por esos continentes, mares y selvas de Venus me hicieron pasar unas tardes estupendas. La de veces que Carson perdía a su novia y la encontraba. La desdichada siempre caía en manos de hombres mono y de guerreros muy machos que la querían para casarse con ella, no para violarla y luego dejarla tirada, que va. Hasta los malos tenían que pasar por la vicaría de su religión para beneficiarse a la casta compañera del protagonista, porque, la verdad sea dicha, yo nunca leí un párrafo en el que se insinuara que el prota y la prota se echaran un casquete.

Como no dejaba de investigar, me enteraría al poco que el señor Burroughs había escrito una serie más larga que la de Venus, que como era de esperar se desarrollaba en Marte, y también como era de adivinar, el mundo rojo era casi un desierto, pero poblado de seres humanos y gigantes con varios pares de brazos. Faltaría más. De Marte se decía, y casi no se discutía, que tenía canales y casquetes polares. La culpa la tuvieron un tal Schiaparelli y un tal Lowell, que aunque no lo explicaron así, la prensa se encargó de divulgarlo, y después de la invasión marciana según H. G. Wells, casi nadie ponía en duda que el cuarto planeta estaba poblado, aunque la cuestión era averiguar si por bichos muy repugnantes, que tripulaban máquinas de guerra con trípodes, o por chavalas como la compañera de Carter, que estaba de pan y moja.

Como a Burroughs no debían quedarle más planetas para sus aventuras, eligió el centro de la Tierra para situar a Pellucidar. De esta serie aún no había encontrado nada, no me ha ocurrido como con las andanzas de Carter por los desiertos rojos de Marte, que al menos pillaba algo proveniente de México y de Argentina. Encontré la primera novela marciana, UNA PRINCESA DE MARTE, en una librería que estaba en la calle Alfonso el Sabio, vulgo calle Pelota, quizá llamada así porque se encuentra cerca del Ayuntamiento y le pusieron este nombre tan balompédico en honor al pelotillero mayor de don León de Carranza, el padre del Marqués de Villapesadilla, compañero de caza en el coto de Doñana del tío Paco, a quien le hizo la pelota para que soltara los cuartos su consejo de ministros y así tuviéramos el puente los gaditanos, que él no pudo inaugurar porque se murió unas semanas antes de que lo acabaran. Por ello y por la lata que debió de darle al Caudillo mientras apretaban el gatillo abatiendo garzas en la provincia de Huelva, en las marismas esas que llevan al Rocío de la Blanca Paloma, al puente sobre la bahía le pusieron su nombre. Ahora que se habla de un segundo puente, apuesto a que si llega a construirse le pondrán Príncipe Felipe, porque estuvo aquí no hace mucho, o James Bond en su defecto, porque además de venir a Cádiz a rodar dos escenas y media, se paseó por la Caleta, y esto es muy gadita y cala en el alma del gaditano. Quien sabe, hasta es posible que lo llamen puente de Teófila Martínez. A ver qué pasa. Cosas más raras se han visto.

Pero hay que terminar hablando de Carter de Marte. A mí me gustó mucho la novela que leí, la primera de la serie, Aunque busqué las siguientes con denuedo, no las encontré. Sólo al cabo de unos años localicé otro título, creo que en edición argentina. Ahora que Pulp Ediciones está publicando la serie completa, me he propuesto leerlas todas, empezando por el principio, como debe ser. Espero que al cabo de los años el señor Burroughs no me decepcione, y no porque sus novelas hayan cambiado, sino porque quien ya no es el mismo es un servidor.

Qué se le va a hacer.


Notas

Téngase en cuenta que cuando escribí esta Memoria aún no se había ni diseñado el puente que ahora están levantando en la bahía, y menos librado el dinero que costará. Con ello demuestro que como profeta soy una calamidad, pues el puente se llamará Puente de La Pepa, en honor a la Constitución de 1812, tatarabuela de la actual, la pobre, porque poco caso le hacen.

Ángel Torres Quesada,
(2.101 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Bibliópolis el 5 de mayo de 2002
como Marte, Venus y Pellucidar