Mi encuentro con Aznar
por Ángel Torres Quesada
Los hombres de Venus

Este servidor aún vestía pantalones cortos cuando se enteró de que había salido al mercado una colección llamada Luchadores del Espacio, el día que me topé con el número tres. No sé si durante algunas semanas anduve despistado, o la distribuidora había pasado de largo por Cádiz, o no había visto en el escaparate de mi quiosco favorito los títulos anteriores. El caso es que descubrí la aparición de esta nueva colección cuando ya andaba por su tercer título.

Como siempre, antes de comprar primero examinaba la portada para adivinar de qué iba la cosa. No me atrajo demasiado ver a unos chinos metidos en unas cápsulas de cristal y al fondo a unos tíos vestidos como para darse un garbeo por el polo Norte. Bueno, tenían cara de chino, pero eran de piel azul. Qué raro, me dije. Los extraterrestres tienen que ser verdes o con piel de escama. Quizá lo había impuesto la censura, pensé, para que azul predominara.

Por aquellos tiempos también descubrí que había una cosa en el país al que muchos temían, sobre todo los que escribían. Me enteré de ello porque oí comentar que al director del Diario de Cádiz medio lo habían empapelado porque en su sección diaria, La Palestra, había hecho una crítica al Gobernador Civil y Jefe Provincial del Movimiento al mismo tiempo. Debía de ser una crítica muy suave, pues no perdió el cargo de director; pero creo que le pusieron una multa, más o menos de cien duros, para que escarmentara.

También me enteré que estaba prohibido escuchar Radio Pirenaica, que a veces sintonizaba mi padre, cuando no había demasiada interferencia; también estaba Radio Andorra, que igualmente ponía a parir a Franco. La voz de la locutora que hablaba desde el otro lado de los Pirineos era un poco chillona y decía la mar de cosas malas contra el Régimen. A mí me aburría, la verdad. En casa se escuchaba a Bobby Deglané y su Cabalgada Fin de Semana. Con Bobby se pasaba mejor. La política era un plomazo.

Pero volvamos a la novela de marras. No la compré enseguida, que va. No sé por qué, pero no la encontré apetecible. Sin embargo, un día que me sobraba un duro me hice con ella. Qué desilusión me llevé. No la entendí bien. Tardé en darme cuenta de que era debido a que se trataba del número tres, la aventura no había empezado en él y, además, continuaba en el siguiente número. Esto me extrañó un poco, pues en todas las colecciones las aventuras eran completas. Sin embargo, como había que amortizar las cinco pelas, me puse a leerla. Me distrajo mucho, y me divirtió que el personaje principal se llamara Miguel Ángel Aznar; vamos que me gustó que fuera medio tocayo mío. Lo de Aznar me sonaba, de veras, y no porque yo fuera adivino y hubiera dado un salto de varias décadas en el tiempo y hubiese echado un vistazo al futuro, sino porque había escuchado en Radio Nacional hablar de un diplomático español de apellido Aznar.

Empecé a buscar el número uno, LOS HOMBRES DE VENUS, y no lo encontré por ninguna librería, ni siquiera en el mercado, donde ponían muchos puestos de novelas de segunda, tercera o vigésima mano. Pero un día descubrí en la librería de la calle Ancha EL PLANETA MISTERIOSO. Después de dudarlo un poco, porque aquel era el número dos y yo buscaba el uno, me gasté las cinco pesetas que sonaban en mi bolsillo. Otra desilusión. Aunque yo era un poco avistado en esto de descubrir tramas, fui captando el intríngulis de la aventura por la mitad de la novelita. Vamos, que me fui enterando del asunto que se traía entre manos el autor, un tal George H. White. Como ya sabía que el tío que mejor escribía las novelas del FBI, Alf Manz, era Alfredo Manzanos, resultaba fácil adivinar que el artífice de las trepidantes andanzas de mi medio tocayo debía llamarse Jorge nosecuentos, y Blanco, porque yo ya había aprendido un poco de inglés y a mí no me la daban con queso. Pero la H me intrigaba. No estuve nada acertado. La de años que tenían que transcurrir para enterarme de que el nombre real de G. H. White era Pascual Enguídanos Usach, a quien conocí en Burjassot a principios de los noventa por fin y le estreché la mano muy emocionado y le pedí que me firmara mi raído primer número de la colección, que llevé conmigo porque me habían asegurado que el bueno de don Pascual nos iba a honrar con su presencia, un ejemplar que guardo como oro en paño.

Pero volvamos a los cincuenta. Como EL PLANETA MISTERIOSO me gustó cantidad, me hice el propósito de agenciarme el número uno. Entonces las librerías abundaban, y la que yo más frecuentaba estaba regentada por una señora la mar de simpática, a la que convencí para que pidiera LOS HOMBRES DE VENUS al distribuidor, o a la editorial si hacía falta. En aquellos tiempos había libreros/as que se tomaban en serio complacer a un cliente por un duro. La señora, cuyo nombre se ha perdido en alguna nebulosa de esta memoria estelar mía, que cada vez está más chunga, la consiguió para mí. Mientras tanto había aparecido CEREBROS ELECTRÓNICOS, que compré pero no leí porque antes quería ponerme al día con los nativos de Venus.

Me puse a leer la novela en la plaza de San Antonio, llamada entonces de José Antonio Primo de Rivera, que estaba cerca de la librería. Los que cambiaron algunos nombres de calles y plazas en Cádiz parecían ignorar que a los gaditanos nos gusta, aunque no siempre, ahorrar palabras. No es que fuera una muestra de oposición al Régimen, que cualquiera se oponía a él, sino que era más fácil llamar a la plaza San Antonio, al igual que a la calle que oficialmente se llamaba General Queipo de Llano todo el mundo la seguía conociendo como Sagasta, y lo hacíamos tampoco para honrar a tan ilustre político de antes de la guerra, sino porque era más corto.

Pero a lo que iba. Sentado en un banco un poco resquebrajado, porque era de mármol, de la plaza, me inicié en las aventuras de Miguel Ángel Aznar, ya con orden y concierto. Me fascinó, sí. Me gustó que, por una vez al menos, el héroe no fuera un yanqui, que ya empezaban a caerme gordos, sino un bizarro y valiente español con un par de lo que hay que tener, y además no era de Falange, que de eso, aun sin decirlo por escrito, nos lo fue aclarando don Pascual.

No voy a contar todas las aventuras de la Saga, por que necesitaría demasiados capítulos, pero sí hacer hincapié en que G. H. White influyó mucho en mí, y creo que leyéndole fue cuando se me ocurrió que me gustaría escribir novelitas de marcianos, o venusianos en este caso, casi tanto como dibujar historietas de hazañas bélicas, o de héroes parecidos a Flash Gordon. Total, que entre don José Mallorquí, con sus aventuras del Capitán Rido, y don Pascual Enguídanos con sus cojonudas descripciones del universo que fue creando a lo largo de docenas de novelas, me convencieron para que fuera escritor. No les guardo rencor. La culpa fue sólo mía, que quede bien claro.

Como hablé a unos amigos de la escuela de Comercio de que yo lo pasaba pipa con las novelitas de la colección Luchadores del Espacio, uno me las pidió prestada, y luego otro. También les gustaron, pero no se gastaban un cuarto ni en alquilarlas en las librerías ambulantes. Eso sí, yo tenía mucho cuidado para que me las devolvieran, y que estuvieran en buen estado. No tardaron estos dos amigos en ponerse al día. Cuando aparecía un nuevo número con las andanzas del Miguel Ángel, empezaban a darme la lata para que yo la leyera pronto y se lo dejara.

Me llevé una sorpresa, no agradable, cuando en lugar de un nuevo título de las aventuras de mis entretelas apareció uno de un tal Alf Regaldie, quien con todos mis respetos no le llegaba a la suela del zapato de lo que escribía G. H. White; me cabreaba cuando otros autores intercalaban sus novelas con las del autor de la Saga. Era una lata, pero también las compraba, y debo reconocer que algunas no estaban nada mal.

Cuando conversé con don Pascual, le comenté que me llamó la atención que al arribar el Rayo a la Tierra y encontrarse con una Federación Ibérica de ensueño, y una sociedad paradisíaca, no recuerdo qué viajero del esférico navío preguntó a un líder ibérico si se había establecido el comunismo, a lo que el interpelado respondió que sólo era un sistema de vida cristiano. Don Pascual era un genio burlando la censura, me enteraría más tarde. También le comenté al autor que me puse muy triste cuando los nahumitas invadieron Valera y los habitantes del autoplaneta que no les interesaban ni como esclavos, los arrojaron a los hornos atómicos. Esta escena, cuando la leí, me pareció tremendamente cruel. Es que entonces tú no conocías lo que pasó en la Alemania nazi en los campos de concentración, me contestó don Pascual. Le respondí que no tardé mucho en comprender lo que él había escrito, cuando me dio por estudiar la historia. Don Pascual, una vez más, criticó lo que no se podía criticar en público. Pero si hasta se atrevió a sacar a un generalísimo en una de sus novelas.

La verdad es que tardé mucho en volver a leer las novelas que conforman lo que hoy día es llamada la primera versión. Las releí cuando volvieron a aparecer, para sorpresa mía, en la colección de tapas negras, para refrescar la memoria y ponerme al día, allá por los setenta. Actualmente no recuerdo muy bien todas las incidencias de los Aznar, los Balmer, los batpures y tantas razas como fueron apareciendo; ni siquiera me viene a la memoria cómo fue descubierto Atolón, que acabaría desmembrándose. Una idea de este hombre, que luego aparecería en Mundo Anillo.

No sé si por llamarse el protagonista Aznar de apellido, y también la Saga, ha sido un handicap para ambos. No sé. Cuando Rafa Marín, Ángel Olivera y yo solicitamos al Ayuntamiento de Cádiz la organización de Gadir 95, porque no habíamos escarmentado con la del 92, y en el memorando que presentamos decíamos que se concederían los premios Aznar, ahora Pablo Rido, la cara que puso el delegado de cultura era merecedora de quedar plasmada en una foto. Tuvimos que explicarle por qué se llamaba así, y jurarle que el entonces jefe de la oposición, el Josemari Aznar, nada tenía que ver con el héroe planetario. Ese año, unos meses más tarde, se celebraron elecciones municipales, y doña Teófila Martínez ganó de calle y le correspondió en Octubre inaugurar la Hispacón. Estuvo allí y dijo unas palabras, pero creo que flamante alcaldesa no tenía ni idea de qué iba el asunto, si era un congreso de canaricultura o de ciencia-ficción. Pero bueno, ella cumplió, estuvo bien y la aplaudimos y todo. Claro que el rechazo a Aznar, pienso, también influyó para que el premio de la tertulia madrileña cambiara de nombre y fuera sustituido por el de Rido, un personaje casi inventado por Mallorquí, aunque por ahí corre otra versión, la que afirma que nada tuvo que ver el actual presidente del reino o del estado español en la decisión que en su día tomaron los responsables de la TerMa. Vaya usted a saber.

En la lista G. H. White, leyendo los mensajes que intercambian los colisteros más activos, me quedo pasmado. He aprendido bastante de ellos, y no sólo porque ahora sé lo que comen y lo que defecan los hombres de silicio, sino porque muchos detalles contenidos en tantas novelitas de don Pascual se han visto reflejados posteriormente en obras consideradas como cumbres de la literatura mundial de la ciencia-ficción. Si este hombre, este valenciano con una imaginación prodigiosa y envidiable, hubiera nacido en Dakota del Norte, o del Sur, es igual, se hubiera forrado, y sus novelas estarían publicadas en las más encumbradas colecciones de este país, traducidas por fulano o mengano. Y llevadas al cine o a la televisión en largas series.

Don Pascual, como bien ha apuntado José Carlos Canalda en sus trabajos acerca de él, fue un autodidacta, un obrero de la construcción de novelas de ciencia-ficción. Un jornalero de lo fantástico. Un estajanovista con un alto sentido de la responsabilidad que él mismo se echó sobre sus espaldas sin que un editor se lo pidiera, porque ante todo era honesto consigo mismo.

Ninguna de sus novelas me defraudó.

Tengo que volver a leerlas.

Y ustedes también.

Háganme caso por una vez, coño.

Ángel Torres Quesada,
(2.141 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Bibliópolis el 2 de junio de 2002
como Mi encuentro con Aznar