Los días después
por Ángel Torres Quesada
Los titulares de la época
Los titulares de la época

Fue un día ajetreado aquel 19 de agosto.

La familia que había pasado la noche en nuestra casa se marchó a primera hora de la mañana, impaciente por ver cómo había quedado la suya. Como no volvieron, pensamos que su hogar aún podía ser habitable y no corría peligro de venirse abajo.

Mi padre intentó llamar a Abastos, para ver si podía entregar por la tarde los dichosos pliegos con los cupones; pero el teléfono seguía sin funcionar; así que se puso en camino hacia Canalejas. Como debió encontrar aquellas siniestras oficinas cerradas, subió por la cuesta de las Calesas y llegó hasta extramuros, con la intención de comprobar cómo había quedado lo que había al otro lado de las murallas. Según los rumores, había sido la zona más afectada por la explosión. Volvió al anochecer, contando que había policías armadas, municipales y guardias civiles por todas partes y no dejaban entrar en Bahía Blanca ni en San Severiano, ni asomarse por los alrededor de los astilleros. Pero mi padre se acercó al cementerio, en cuyos alrededores había mucho ajetreo. Ya cerca de la entrada vio salir a un amigo que se tapaba la nariz con un pañuelo. Juan, no entres, que los patios están llenos de muertos, le dijo su amigo, y mi padre se volvió a casa y se lo contó a mi madre, que ya estaba preocupada por su tardanza, y además había que empezar a hacer el pan, el justo porque ya no habría más venta libre y la gente tendría que presentar la cartilla. A mi padre le preocupaba cómo reunir los cupones del día, que nadie había entregado porque el pan se vendió a dos piezas por persona y las cuentas no le cuadraban. Menudo eran los de Abastos, el mejor colgado de las pelotas, decía él. Y no le faltaba razón. Habló con otros panaderos, y a quien le sobraba un saco se lo prestó a otro. Ya se arreglarían las cosas con las autoridades. El Alcalde, el Gobernador, y hasta el general en plaza, habían prometido que el abastecimiento de harina se solucionaría al día siguiente.

Por mi padre me enteré que la explosión había matado a mucha gente, bastante más de lo que las autoridades admitían. Los hospitales estaban llenos y muchos heridos habían tenido que trasladarlos a San Fernando, Chiclana y el Puerto de Santa María.

El número exacto de víctimas se convirtió en un misterio; primero se barajó la cifra de 150, pero los rumores afirmaban que eran más del doble.

Mi padre prestó atención al parte de las diez. Sólo dijeron que en Cádiz había explotado algunas minas y torpedos almacenados en el extrarradio y había habido algunas víctimas, omitiendo si eran mortales o sólo estaban heridos. A continuación el locutor de turno habló largo y tendido de las personalidades que había recibido el Caudillo en el Pardo, y también acerca del contubernio judeomasónico que había conseguido con malas artes que España no ingresara en la ONU y siguiera aislada del resto del mundo.

Mi padre rumió algo entre dientes; se desahogó con aquellas palabras que yo apenas entendía, porque eran insultos y maldiciones, hasta que mi madre le dijo que ya estaba bien. Es que mi padre decía cosas muy fuertes cuando no había un extraño cerca. Con sus palabras me dio a entender que no le caía bien un individuo llamado Franco, que era quien nos gobernaba, ni sus ministros y jefes del Movimiento. Los mayores a veces hablaban de ellos pero callaban cuando se acercaba alguien que no conocían.

Ruinas
Ruinas

Con el paso de los días me fui enterando de muchas cosas.

Cuando un ministro enviado por Madrid llegó a Cádiz para comprobar los daños, un general llamado Varela estuvo a punto de pegarle un puñetazo. Dicen que tuvieron que sujetarle para que no desenfundara la pistola y le pegara un tiro al tipo aquel, por atreverse a minimizar el número de víctimas y daños materiales.

También se extendió el bulo de que la explosión había ocurrido porque unos sabios alemanes habían estado fabricando una bomba atómica por encargo de Franco y se les fue la mano con el uranio o el plutonio. De la bomba atómica yo sólo sabía que había matado a mucha gente en un país llamado Japón, hacía dos años, una bomba que había visto en el NODO, formando una seta enorme. Sus efectos fueron devastadores, porque a continuación aparecían en la pantalla las escenas de una ciudad tan lisa como la palma de la mano. Era una bomba la mar de gorda. Como sólo la tenían los americanos, éstos se habían hecho los amos del mundo. Por aquel entonces se hablaba mucho de una ciudad llamada Berlín, que a mí me recordaba al Mago Merlín y a veces los confundía.

Escuchando a los mayores, de los que se aprendía mucho aunque a veces a me hacía un lío, me enteré que a un tal Mussolini lo habían colgado de un gancho después de fusilarlo. En aquella época, cuando alguien se refería a una persona con muy mala leche, decía que la debían de fusilar, y si el individuo, además de tener mala leche era merecedor de que lo llamaran hijo de puta, debía acabar como Mussolini, que debió acabar fatal. Esto sólo se atrevían a comentarlo los mayores cuando eran amigos y no había nadie sospechoso cerca, porque por ahí andaba mucha gente que enseguida te mostraba una placa y te llevaba detenido, y otras que se chivaban a la policía. Había que tener cuidado con lo que uno hablaba.

Durante mucho tiempo la distracción favorita de los gaditanos fue recorrer la parte de Cádiz afectada por la explosión, la zona del extrarradio conocida como Puerta Tierra. De los astilleros no había quedado nada, ni de la casa de los Paredes, un chalé en el que murió toda la familia y dos o tres criadas, en total más de quince personas. Cerca de este chalé estaba la casa cuna, que quedó arrasada. Hasta el día de la explosión, las monjas sacaban a los niños a pasear, los llevaban por el Campo de Sur y todos los veíamos caminar muy formalitos, en dos grupos, el primero de niñas y el segundo de niños, unos cien en total, y a veces más. Después de la explosión sólo salían a tomar el sol unos doce o quinte, y las monjas que siempre los acompañaban habían sido sustituidas por otras, porque también murieron aquella noche.

Minas sin explosionar
Minas sin explosionar

Hubo un oficial de Marina al que condecoraron porque la noche del 18 de agosto, ayudado por algunos marinos, acudió a lo que quedaba del polvorín y se puso a quitar las espoletas a los torpedos que no habían explotado. Nos enteramos varios días después de que la noche del 18 se esperaba una segunda explosión, y mucha gente la pasó en la playa y en la caleta hasta que amaneció. Al oficial de Marina, con los años, lo hicieron almirante y le dedicaron un paseo y una avenida en Cádiz y en San Fernando. No sé qué le dieron a los hombres que le ayudaron a desarmar los torpedos, pero a ninguno de ellos dedicaron una calle con su nombre.

También se habló mucho de que habían sido los rusos los que tuvieron la culpa de que explotara Torpedos, porque nos tenían mucha rabia por eso de la División Azul, que les dio para el pelo, según el gobierno, y también porque fueron derrotados en España. El asunto de la guerra civil que había habido en el país hacía unos años, y que terminó poco antes de que yo naciera, me costaba entenderlo. Sólo con el paso de los años llegué a comprender lo que había ocurrido. Eso sí, las guerras debían ser muy malas, porque mi madre siempre hablaba de lo buenas que eran las sábanas de antes de la guerra, e insistía que entonces había de todo, y se comía y se vestía mejor. Incluso los juguetes eran mejores, y los tebeos. Total, que yo había nacido en una época muy jodida, en la que todo era peor. Tenía que serlo, porque cuando me llevaban al cine y veía una película, las casas y los coches que en ella aparecían eran hermosos y grandes, y en las casas los niños tenían sus cuartos llenos de trastos para jugar.

Una tarde, mientras paseábamos por la avenida, vimos pasar muchos camiones cargados con minas y torpedos. Por fin se los llevaban de Cádiz, para almacenarlos en el polvorín de la sierra San Cristóbal, algo que según mi padre era lo que tenían que haber hecho hacía tiempo, porque tener tantos explosivos dentro de una ciudad era una barbaridad. Decían que las minas eran viejas, de los tiempos de la guerra de Cuba, pero los torpedos eran alemanes, que los desembarcaron en Cádiz al inicio de la guerra para abastecer a sus submarinos, que eran de un tío con bigote al que llamaban Hitler, que se pegó un tiro cuando le dijeron que iba a caer prisionero de los aliados y lo iba a pasar fatal. Y por eso sí que no pasaba.

Las siguientes semanas llegaron a Cádiz más ministros de Madrid, prometiendo el oro y el moro, y un día empezaron a limpiar los astilleros, para reconstruirlos.

Escombros
Escombros

De aquella limpieza me acuerdo muy bien, porque mi padre compró muchos carros con madera de los astilleros. Durante varios días, todas las tardes, llegaban carros a la panadería, y para descargarlos se recurría a la chavalería del barrio. Como la mercancía había que apilarlas en unas naves situadas al fondo de la finca, se formaba una hilera de chavales. La descarga duraba horas y al final todos se ponían en fila y mi madre les pagaba con algunas perras. El encargado de tasar el trabajo de cada chaval era el Careta, que según veía lo colorado que tenían los hombres, le decía a mi madre: Carmela, a este le da usted dos reales, pero a ese, que es un vago, sólo dos perras gordas. Todos se marchaban muy contentos con el dinero, a gastárselo en pipas y altramuces.

Contando lo de arriba, he caído en la cuenta lo que ocurrió después con tanta madera como mi padre compró para quemarla. Me temo que voy a tener que seguir dando la lata con aquellos tiempos, a menos que me digan que ya está bien de contar batallitas.

Si alguno se pregunta qué tebeos leía durante aquellos días, la verdad es que no me acuerdo; pero creo que no fueron muchos, porque estaba muy distraído escuchando a los mayores hablar de la explosión.

Ángel Torres Quesada, (1.771 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Bibliópolis el 10 de febrero de 2002
como Los días después