El futuro en un escaparate
por Ángel Torres Quesada
Capitán Rido

Aunque puedo echar una mirada a las novelas de las que voy a hablar, que yacen apretujadas en mis colmadas estanterías, o consultar en los archivos la información que conservo de ellas, prefiero abstenerme, para no traicionar los viejos recuerdos que aún perduran en mí mente, a la hora de hablar de un género que, cuando empezó a interesarme, nadie sabía aún llamarlo, que por aquellos tiempos algunos lo conocían por nombres, y a veces con apellidos, a cuales más extraños.

Corría el año 53... ¿O era el 54? Bueno, por ahí más o menos. Del siglo pasado, claro. Han pasado varias años de aquella noche mítica del 2000 al 2001 y aún me cuesta asimilar que estamos en el siglo XXI y para referirnos a lo que ocurrió antes de que sonaran las campanadas que para algunos iban a abrir las puertas del infiernos y las desgracias caerían sobre nosotros con más afán de destrucción de que nunca, me considero obligado a especificar que era el ya casi añorado siglo XX, que para los que nacimos a mediados de él, incluso antes, nos parecía inagotable, inalcanzable.

Recuerdo que la mañana de finales de septiembre de ese año de los cincuenta recién entrenados, en la yo caminaba deprisa por las calles, temiendo llegar tarde a la clase de matemáticas y enfrentarme a los dichosos números que tanto se me atragantaban, con sus raíces cuadradas y sus ecuaciones extrañas. Era aburrido escuchar a don Alfonso, el eterno opositor a catedrático, que nos daba las clases. Entre nosotros, así en petí comité, decíamos que siempre estaba cabreado porque ni él mismo se acordaba de las veces que lo habían suspendido. Cada vez que nos enterábamos que le habían cateado, nos alegrábamos, lo pasábamos pipa. Que se joda el andoba, decíamos en voz baja. Nuestra diversión a su costa era una especie de venganza por lo mucho que nos amenazaba con un suspenso. No nos caía bien don Alfonso, quizá porque, además de ser un esaborío, siempre estaba salido y miraba a las compañeras más de la cuenta y se hacía el gracioso delante de Pepi y de Merche, las chavalas más buenas, las más guapas, por las que ya suspirábamos al verlas pasar. Don Alfonso trabajaba en la Delegación del Trabajo desde que Franco firmó ese parte diciendo que la guerra había terminado. Vamos, que era un enchufado porque no sé que chapuza hizo en Málaga para que le dieran el cuelo como funcionario. Lo que allí le dio fama, no buena por cierto, se lo escuché en plan espía chungo a unos profesores que una mañana lo ponían de vuelta y media. O sea, que teníamos motivos para que él y sus clases nos repeliera.

Como decía, esa mañana yo caminaba deprisa por la calle San José porque iba a llegar tarde a clase. La escuela de Comercio no estaba muy lejos de mi casa, como a diez minutos andado, así en plan tranquilo; pero aquella mañana se me habían pegado las sábanas y mi madre me había echado la primera regañina del día, y con razón, porque iba a llegar tarde; eso sí, insistió en que desayunara y tuve que beberme el tazón de café y comerme la rebanada de pan tostado con aceite a la bulla.

En aquellos años el otoño era fresco, todavía que no había cambiado el clima, las estaciones eran más respetuosas con el calendario. Con Franco el verano se terminaba cuando debía terminarse y punto, decían los tíos con guasa, También faltaban mucho para que se empezara a hablar de la capa de ozono y del cambio climático. Eran los tiempos en que la cola para el cine de verano, larguísima, se mantenía con disciplina porque siempre había un gris paseando cerca de la entrada, y ¡ay! de aquel que se coscase. Al tío de la gorra de plato con la banda roja le bastaba una mirada para ponernos firmes a todos. Bueno, a mis amigos y a mí no nos acojonaba, pero como veíamos que a los mayores sí, pues por si acaso dejábamos de comer pipas, no fuera a ser que nos hiciera barrer la acera. Entonces no había vigilantes, ni guardias de seguridad. Un policía armado bastaba para que la cola fuera perfecta. O casi, que tampoco hay que exagerar. Luego, cuando empezaba la peli, el tío entraba y se sentaba al fondo y echaba un cigarrito.

Como digo, casi a finales de septiembre el recuerdo de las vacaciones invitaba poco a coger la maleta de badana llena de libros y correr por la calle San José para salir a la plaza de Mina, entrar en el callejón del Tinte, que no era un callejón desde hacía un montón de años, alcanzar la plaza de San Francisco, cruzarla y, finalmente, bajar por Rafael de la Viesca hasta llegar al viejo edificio que albergaba la Escuela de Comercio. Lo mejor de aquel caserón era su gran patio con columnas de mármol; lo peor, las clases del último piso, en la azotea, y el montón de escalones que había que subir. El último tramo era de peldaños de madera, angosto y oscuro.

Yo corría aunque no demasiado, porque aquella mañana no tenía ganas de ver ni de oír a don Alfonso. Como todavía mis padres no me habían regalado el que sería mi primer reloj de pulsera, me veía obligado a calcular mentalmente los minutos que pasaban para saber si llegaría a tiempo. Alimentaba esa esperanza, la de encontrarme con la puerta cerrada, pero don Alfonso siempre se retrasaba un poco, que para eso era el profe. Esperaba que aquel día no cambiara su costumbre, pues de alguien que trabajaba en la delegación de Trabajo se podía esperar todo.

Al llegar a la altura de la librería y papelería Díaz, me llamó la atención lo que percibí de reojo. Casi me paré en seco. En la entrada, en uno de los escaparates pequeños, brillaba con colores esplendorosos la extraña portada de una novela. En ella destacaba una esbelta nave roja en medio de una cúpula transparente, rodeada por una especie de tobogán por el que subían estilizados vehículos, nada de los cacharros que circulaban por las calles de mi ciudad. Me habría quedado todo el tiempo mundo mirando lo que tenía ante mis ojos, pero el rostro de don Alfonso volvió a aparecerme, cual cruel máscara de espanto, y eché a correr, más deprisa que antes, prometiéndome que a la vuelta me detendría en la librería y le dedicaría más atención a recién descubierta maravilla.

Sí, esa mañana don Alfonso llegó tarde y no pude escaquearme. A la aburrida clase de matemáticas sucedió la de geografía, que siempre me gustaba. Aquel día, por eso del extraño programa que cambiaban a cada momento, tocaba a las once. Las daba el director, don José Silveira, un sesentón amable, que disfrutaba hablando de países y continentes. Don José era un hombre de derechas pero con vergüenza. Tenía la costumbre de entrar en los cines, pagando naturalmente, nada de gañote, para ver sólo el NoDo. Él decía que lo hacía para informarse. Cuando veía a Franco inaugurar el pantano de la semana, y la exhibición de baile del Coro y Danzas de la Sección Femenina, salía de la sala, no esperaba a que empezara la película. Nunca hablaba de Franco en las clases cuando nos relataba lo que había visto en el NoDo, pero se emocionaba cuando nos enumeraba lo que España estaba progresando. Era un pedazo de pan, de veras. Le queríamos todos, supongo que porque le costaba dar un suspenso. Para aprobar nos bastaba que cuando nos preguntaba cuáles eran los países más avanzados del mundo respondiéramos que entre ellos estaba España. Claro está que había que ponerla en primer lugar, porque si uno la ponía en el segundo o en el tercer puesto sólo conseguía un aprobado. Pero pobre de aquel que se olvidara pronunciar la palabra España. A don José se le podía contentar con poco. Lo peor eran las clases del padre Ignacio, alias Juan Centellas, por su parecido con el cómic del personaje italiano. Pero esa es otra historia.

Al terminar las clases me gasté las tres pesetas que llevaba en el bolsillo jugando al futbolín. En la delantera yo era un desastre, pero con el portero y los tres defensas era un artista y siempre encontraba quien formase equipo conmigo. Las tres pesetas me dieron para jugar ocho partidas, así que Núnez, mi habitual compañero, y yo ganamos cinco. Perdimos nada más que tres. No estaba mal.

Regresé a casa por el mismo camino que utilicé para ir a la Escuela.

Lo gracioso es que no me acordaba de lo que había visto en la librería hasta que llegué ante ella y aquella portada de novela volvió a atraer mi atención. Leí:

Futuro. Novelas de ciencia y fantasía. El lomo era rojo y negro, podía verlo si me inclinaba un poco. Me recordó la bandera de Falange. Era el número uno. Debajo del sencillo logotipo, el título: CAPITÁN RIDO, y a sus pies, en letras pequeñas, J. Hill, su autor. Era una portada preciosa. Sin hacer caso a la gente que entraba y salía del establecimiento, me quedé un rato contemplando la nave enorme y roja, que como entonces no había aparcamiento porque no había coches, no me pareció que era un inmenso garaje.

La proa de la nave, que años después averiguaría que era la mar de parecida a las V-2 alemanas, apuntaba un cielo brillante, azul y negro, con algunas nubes, y la silueta de la Tierra a la derecha, y un diminuto planeta con anillos al lado, envuelto todo por las nubes de una noche enigmática. Al pie de la nave se extendía un prado verde con senderos repletos de personas, figuras insignificantes, cual hormigas. Sin prisa por llegar a alguna parte, me recreé en el dibujo. Como fondo, había una ciudad de rascacielos, edificios oscuros con ventanas brillantes.

Entré y pregunté al señor Díaz, el dueño de la librería, por el precio de aquella novela.

Cuando lo escuché me quedé de una pieza. Ocho pesetas. Aquella novela costaba ocho pesetas, cuatro más que las novelas del FBI, de Rodeo y del Coyote. Su valor equivalía nada menos que a ocho partidas de futbolín perdidas, lo que valían dos butacas en el Falla u ocho entradas del paraíso, lo más alto del teatro, un lugar con gradas de madera desde casi se podía tocar el techo con sus pinturas de personajes míticos o religiosos, que flotaban envueltos en nubes rosadas y amarillas que se perdían en una cúpula. Ese techo sigue ahí, en el teatro, y aún atrae mi mirada cuando ahora asisto a un concierto o voy con mi mujer a hartarme de reír escuchando a Paz Padilla. Porque desde hace años el Gran Teatro Falla dejó de poner pelis, antes de convertirse en el recinto más sagrado del Carnaval. De chaval, cuando miraba el techo, imaginaba que era el verdadero y por sus ventanales sin cristales penetraba el aire de la tarde o el de la noche.

Ocho pesetas.

Salí después de dar las gracias al señor Díaz, que me miró sonriente, como pensando que nunca le compraría la novela.

Durante varios días, siempre que pasaba por delante de la librería me paraba para mirar el rojo cohete. ¿Quién era el Capitán Rido? me preguntaba. Otra mañana entré y pregunté al hijo del señor Díaz si era el único ejemplar que tenían. Me respondió sí, que sólo habían recibido uno. Me lo podían quitar, pensé mientras salía con la mano en el bolsillo donde llevaba dos pesetas rubias. Dos partidas de futbolín. Mi hermano era quien más tebeos llevaba a casa, pero seguro que no compraría aquella novela porque a él sólo le gustaban las de FBI y las del Coyote. A mí también me gustaba leer las andanzas del moderno Zorro, pero me divertían más las aventuras que transcurrían en Mongo o en Marte.

No jugué al futbolín durante cuatro días y conseguí ahorrar seis pesetas. A la mañana siguiente mi padre me dio dos calas. Ya tenía el dinero para la novela y me dirigí a la librería. Al doblar la esquina me encontré con Naranjo. Se llamaba Pepe Naranjo y jugaba como nadie en la delantera, marcaba más goles que Núñez, el tío tenía una endiablada habilidad para engañar al contrario. Le acompañaban dos chicos a los que yo no conocía. Naranjo dijo que le habían retado y andaba buscando un defensa. Al otro lado de la calle Ancha habían abierto un local con cuatro mesas de futbolín flamantes, con bolas de madera que aún no estaban cascadas. Estuve a punto de decir que no, pero al poco, sin darme cuenta, me encontré defendiendo el negro agujero rectangular que era la portería, atento para que no me metieran un gol: tenía que ganar todas las partidas para que mi capital de ocho pelas no menguara ni un céntimo.

Naranjo fue aquella tarde un desastre y a mí me metieron goles por todos lados. Sólo fueron ocho partidas. Nuestros contrincantes eran demasiado buenos. Otro día será, se despidió Naranjo de mí, encogiéndose de hombros. Él llevaba más dinero en el bolsillo, le había visto cambiar un billete de veinticinco; su padre era embarcado y se lo había dado por la mañana. Cuando regresaba de la mar gastaba dinero a espuertas, hasta que volvía a embarcarse, cuando se quedaba sin un real. Entonces Naranjo no jugaba, se limitaba a ver cómo jugaban los demás, hasta que su padre volvía.

No pasé por la librería aquella tarde ni a la mañana siguiente. Me sentía culpable, como si hubiera traicionado al Capitán Rido. La novela seguía en el escaparate... Unos días después, si no la vendían, la devolverían. Me sorprendía que un libro tan maravilloso no tuviera comprador.

Al día siguiente me enteré que a mi madre le habían tocado los ciegos, nada menos que veinte duros, por dos cupones. A cada hermano nos dio dos billetes de cinco pesetas, menos a mi hermana Conchi, porque aún era demasiado pequeña. Corrí a la librería y pedí al señor Díaz la novela. Me miró extrañado, pero salió del mostrador, abrió el escaparate y me la entregó junto con las dos pesetas de vuelta.

En la plaza San Antonio, conocida así de siempre, aunque se llamara oficialmente de José Antonio Primo de Rivera, sentado en un banco, empecé a leer la novela:

Capítulo Primero

RETORNO A LA TIERRA

Roberto Darley redujo el paso de energía a los tubos de combustión. Está pasando a poca distancia de la Luna, aunque manteniéndose fuera del área atractiva. Dentro de unos minutos entraría en la zona de atracción de la Tierra, y no necesitaría de sus motores. Entonces usaría los de reacción para aterrizaje suave en el gran aeródromo de Nueva York...

Lo que seguí leyendo me dejó perplejo. Empecé a arrepentirme de haber empleado ocho pesetas en aquella novela que no tenía nada que ver con las aventuras de Flash Gordo n. ¿Qué palabras eran esas de galaxia, atomizador, sideral y humanoides? ¿Por qué ponían en los pies de página la explicación de la distancia que recorría la luz en un segundo? Me sentí estafado. El señor Díaz no me devolvería el dinero, claro. Menudo era.

Me guardé la novela en el bolsillo del abrigo y la escondí al llegar a casa. Si mi madre descubría que había gastado casi todo el dinero que me había dado hacía un rato en una novela, me echaría una bronca de aúpa.

Aquella noche, en el cierro de mi cuarto, y a la luz de la farola de la calle, intenté amortizar el gasto. ¿Qué otra cosa podía hacer sino leer la novela? Volví al principio y leí más despacio y me enteré que el piloto llamado Roberto Darley regresaba de una misión y moría antes de alcanzar la Tierra, pulverizado por unos rayos misteriosos. Por fin conocí al Capìtán Rido y a su ayudante Sánchez Planz y empecé a adivinar, más que a comprender, que la palabra galaxia debía ser un pedazo del universo situado muy lejos de nuestro mundo, más allá de Plutón. Acabé entusiasmándome con las andanzas de Rido, con sus viajes a mundos extraños, a Pali y a Naique, a subyugarme su romance frustrado con Krina Kartin, y el sorprendente descubrimiento que hizo del poder del planeta enemigo de la Tierra, que amenazaba a la economía de la Federación porque sus habitantes utilizaban el poder de la mente, para producir naves y cosas más baratas que en los mundos federados.

Al día siguiente, cuando la clase de geografía terminó, me quedé rezagado y le pedí a don José Silveira que me explicara qué era una galaxia. Él me miró, consultó nervioso su reloj de bolsillo y me dijo que tenía prisa, que en otro momento me diría lo que era una galaxia. Aquel día había dado la clase por la tarde y pensé que quería irse al cine para ver en el NoDo a Franco inaugurando un pantano.

Dos semanas más tarde ya tenía reunidas las ocho pesetas para comprar la siguiente novela de Futuro.

Don José Silveira nunca me explicó lo que era una galaxia. No lo supe hasta que un amigo me prestó un enorme diccionario, y buscando en la letra G logré salir de dudas, pero también me quedé un poco más confundido que antes, porque no sólo había una sola galaxia en el universo sino muchas, miles de ellas.

Mientras esperaba la siguiente novela de Futuro, volví a leerme Capitán Rido, inseguro de mí mismo y de la promesa que me había hecho de guardar las ocho pesetas para comprar el número dos de la colección.

Los hombres de la escafandra roja de la Prisión Sideral venían de camino.

¿Resistirían hasta entonces las pesetas que tenía ahorradas?

En mis oídos resonaban los bolazos de rechazo de mi defensa invicta.

Dos semanas después volví a entrar en la Librería Díaz.

En el escaparate ya estaba el siguiente número de Futuro.

Desde aquel día Flash Gordon tenía un serio competidor, él no era el único héroe que recorría el espacio, había más héroes que luchaban contra los villanos en el universo. Pero aún seguía sin saber cómo llamar a aquel género puñetero que, en cierto modo, marcaría mi vida.

Conservo la colección completa de Futuro, lamentablemente muy ajadita porque durante los años siguientes la releí varias veces.

Ángel Torres Quesada, (3.073 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Bibliópolis el 21 de octubre de 2001
como El futuro tras el escaparate