A conspirar, que está de moda
por Ángel Torres Quesada
William Randolph Hearst
William Randolph Hearst

Esto de las conspiraciones da mucho juego. Si no, recordad algunos cuentos, novelas y películas, como esa en la que Mel Gibson parece carajote al principio y al final, gracias a las piruetas del guionista, resulta que tiene más razón que un santo, es un decir. El remate de esa peli es bonito con cojones. Ella, la Julia Roberts, lo cree muerto, y para distraerse y olvidar las penas, cabalga a caballo por un prado de diseño. El Gibson está vivito y coleando y la observa en el asiento de atrás de un coche, hecho polvo él, llenito de sondas y esparadrapos porque ha escapado por los pelos de endiñarla. El pedazo de buga en el que se halla lo conduce un poli, y otro poli le acompaña, porque había que ocupar el asiento vacío que está al lado del conductor. Como el Mel tenía que pasar por muerto, que no por muermo, aunque algunas veces dé esa impresión, no puede decirle a su chica oye, que estoy vivito y casi coleando, sino aguantarse durante un tiempo y fingir que la palmó. Vamos, que por méritos propios se había convertido en un testigo protegido y va a pasar una temporada apartado del mundanal ruido, para más tarde, cuando haya pasado la tormenta, aparecer ante su amor, que seguro le esperará En la escena de despedida de la peli, la chica, cuando acaricia al noble potro que se deja montar por ella, cómo no, palpa la chapita que el Mel había prendido en el caballo y comprende que su tío del alma está vivo, y va y se pone la mar de contenta y espolea al potro y lo lanza al galope por la pradera esa tan bonita que me hace sospechar que está obtenida de un ordenador, porque uno ya no sabe si lo que ve en el cine es real o auténtico.

Porque haber conspiraciones en el mundo, la hay. Y para escoger. Y si no, se las inventa uno, que para eso estamos. Digo yo, porque la verdad es que aún no sé para qué estoy yo aquí haciendo el canelo.

Pues sí. Como ya habrá imaginado quien esto lee, vamos a hablar de conspiraciones.

A ver, pensemos un poco.

Quien me conoce, sabe que soy un fumador impenitente. Qué se le va a hacer. Nadie es perfecto. Aparte del daño que hace esto de fumar, está el daño que hace a la cartera. No quiero hacer la cuenta de lo que me cuesta echar humo. Y eso que no fumo hachís, que dicen que va más caro; también dicen que hace menos daño que el puto tabaco de la Tabacalera. Perdón, he debido poner Altadis. Qué antiguo me estoy quedando.

En mi juventud sólo fumaban hachís los legionarios, y antes, bastante antes, los guerrilleros de Pancho Villa, que se liaban unos canutos de marihuana que no veas. Incluso las cucarachas fumaban porros, hasta que se les acababa y ya no podían caminar. Juro que yo nunca he dado una calada de eso que dicen que lo pone a uno en un lugar la mar de bonito y todo lo ve de color de rosa. Pongamos las cosas en claro. El hachís, el cannabis y la marihuana, aparte de mover miles de millones de euros en todo el mundo, tienen mejor propaganda que los Ducados. Porque miren por donde ahora los americanos, los del norte de Río Grande, se han vuelto tan gilipollas que en sus pelis se ve feo que salga un tío fumando un pitillo, y en cambio nadie protesta cuando un andoba se pega un chute. Es decir, el dire se solaza con la escena en la que el drogata calienta en una cuchara el puré, se amarra el brazo con una goma y se hinca la jeringuilla en la vena. Esto es arte, está bonito, dicen. En cambio, un tipo encendiendo un Marlboro con un Bic es censurable. La madre que los parió.

Pero ya que hemos empezado a hablar de los súbditos del Bush, hablemos de otro yanqui que también se las trae. Retrocedamos un poco.

¿Quién no ha visto CIUDADANO KANE? Yo la he visto como una docena de veces. El Orson Welles en su papel de Kane se cachondea al derecho y al revés de un tío cabroncete llamado William Randolph Hearst, que encima de intrigar para formar la de San Quitín en Cuba y en las Filipinas, deforestaba bosques a manta y embadurnó de dólares a algunos senadores americanos para que prohibieran del cultivo del cannaby, que algunos dicen que utilizando sus inofensivas hojas se obtiene un papel de primerísimo calidad y no hay que talar los bosques. En la peli del orondo Orson, el Hearst quería una guerra y la tuvo. No hablemos del Maine, porque tendríamos que hablar también de Pearl Harbour, del Lusitania y tal vez de las Torres Gemelas. Casus belis, ¿no? De eso hablaré otro mes, si para entonces seguimos dando la tabarra. Yo siempre le tuve tirria al Hearst porque nos quitó Cuba. Lamentables es que lo que pasa en FUEGO SOBRE SAN JUAN no hubiera sido verdad. Creo que ahora los cubanos estarían un poco menos mal, no habrían tenido que aguantar al cabrón de Batista y al no menos cabrón de Fidel, que al paso que va dejará en pañales el récord de dictador longevo al que hasta el 75, en este país llamado España, estaba convencido de que podía joder al personal por la gracia de Dios. Si no, miren la leyenda de las monedas de la época. Ni el suegro de Letizia se atrevió a recurrir a semejante recurso divino para rodear su serio busto de perfil con esas palabras. Pero tampoco vamos a hablar de numismática, aunque ganas no me faltan, que en eso sí que estoy puesto.

Aparte de la ya mencionada tirria que le tengo al Hearst por haber contribuido en mandar a pique la escuadra de Cervera, también se la tengo porque por su culpa los escribidores vamos a quedarnos el día menos pensado en el paro. Al tiempo. Es que a mí no me va a hacer gracias, si duro para entonces, que mis paridas se lean en una pantalla y mis novelas de El Orden Estelar, cuando la reediten dentro de una o dos décadas, lo hagan en un CD. O sea, que el soporte de papel, la galaxia esa de Guttember, se irá al carajo algún día si no remediamos la conspiración del señor Hearst.

Porque W. R. H., conspiró. Tela marinera que conspiró. Este individuo se cabreó muchísimo con la peli de Orson. Me alegro que se cabreara. Incluso conspiró para prohibirla. No sé en qué año murió, ni me importa. De lo que me acuerdo es una hija o una nieta suya, que no estoy seguro de ello ahora, fue secuestrada por una banda de gilipollas y pidieron rescate por soltarla. Tampoco recuerdo cómo terminó el caso, pero sí que la chica, que debía estar como un cencerro, sufrió el síndrome de Helsinki (¿o es el de Estocolmo?) y se puso de parte de los secuestradores, se hizo una foto con una metralleta y una bandera tan siesa como la de ETA. Creo que hasta participó en algún que otro atraco a un banco. Que le den morcilla a la niña, que no me voy a poner ahora a investigar si terminó en un balneario, en una prisión o en una casa de putas. Hablemos mejor de su padre, o de su abuelo. Hablemos de W. R. H., el culpable de que el papel esté por las nubes y cada vez queden menos árboles.

Pues dicen que ocurrió que Hearst debía su inmensa fortuna a la industria del papel, que eso de los periódicos amarillos era para él una distracción más, por supuesto un hobby que le venía como anillo al dedo para duplicar o triplicar sus ganancias a través de una serie de empresas que devoraban ingentes cantidades de papel, él convertido en un insaciable dios Molok.

Que no se utilizara por aquellos años el cáñamo para fabricar un papel menos contaminante era por pura cuestión económica, porque entonces el cultivo del cannabis era legal, cualquiera podía plantarlo, criarlo y cosecharlo en el jardín de su casa. Eso sí, su costo era elevado por eso de tener que plantarlo y los siguientes procesos que exigían su cuidado hasta el momento de su comercialización. O sea, que era más barato obtener papel con la pulpa de la madera, aunque para su fabricación se contaminaran los ríos que recibían los desperdicios de las papeleras. Los árboles estaban allí, muy creciditos, ya en plena tercera edad, y qué importaba que al cabo del tiempo los montes quedaran pelados. Esto a Hearst le importaba un higo, que él estaba allí para ganar dólares y por aquellos años los ecologistas no daban demasiado la tabarra.

Pero en los años 30, más o menos durante, o después de la Ley Seca, algo cambió. Tuvo lugar un hecho que pudo haber cambiado la situación, por lo menos se hubiera conseguido salvar a millones de árboles, los que las voraces papeleras exigían para calmar el hambre de papel que demandaban desde las editoriales hasta los fabricantes de rollos higiénicos, pasando por los envasadores de detergentes y el BOE.

A un yanqui se le ocurrió inventar el descortezador mecánico para el cannabis, lo que abarataba enormemente el trabajo del descortezado, lo más jodido de su cultivo. O sea, que esa hermosa planta ya era rentable para la industria del papel, que podría obtenerlo sin apenas contaminar, y de una calidad muy superior. Además, era una materia altamente renovable, que se obtenía en grandes cantidades en cada cosecha.

Sin embargo, cuando los agricultores estaban más contentos, llegó el tipo este llamado Hearst, quien a la vista de lo que se le venía encima se dijo que aún no había nacido el cabrón que le arruinara y la emprendió contra el cultivo del cannabis. Si años atrás utilizó su cadena de periódicos para liarla contra España, esta vez empleó las mismas artimañas para hacerse el puritano y joder la fuente de materia prima para el preciado papel. No tardó en emprender una campaña a través del San Francisco Examiner y demás periódicos amarillos que imprimía a costa de talar árboles, para convencer al personal que el cannabis era malísimo para la salud, una droga que mataría a la noble juventud americana. Había que acabar con su cultivo, no sólo en su país, sino en todo el mundo. Así era él de chulo. Y de hipócrita.

Claro está, a este tipo no le faltaron aliados. Buscó ayuda y la encontró en la compañía petroquímica Dupont y en algunos políticos, cómo no, a los que untó de dólares para que le echaran una mano y entre todos conseguir que el poder legislativo de los USA prohibiera el cultivo y el consumo del cannabis en la industria. Porque con este producto también se podía confeccionar ropa, incluso la bandera esa de la barra y las estrellas. Los árboles, que se creían a salvo, volvieron a temblar de miedo.

Dicen que una sobrina de Andrew Mellon, del Mellon Bank, estaba casada con un tal Anslinger, comisionado del departamento de narcóticos, el tipo que debía decir si esto era bueno o malo para la salud de sus paisanos. Para él el tabaco y el whisky de Kentucky estaban bendecidos, porque con el primero sólo se podía hacer ceniza y con el segundo servía para pillar unas melopeas de caballo. No tardó en afirmar que el cannabis era malísimo. Con la ayuda de los sensacionalistas artículos que aparecían en los periódicos de este ciudadano Kane, pero de verdad, W. R. H. no tardó en conseguir que la marihuana fuera prohibida en 1937. Los árboles dejaron de temblar y se pusieron a llorar.

A la vez que se perdía la posibilidad de tener un papel excelente a bajo coste y a costa de una materia prima tan renovable como el trigo o las aceitunas, los gansters, los narcotraficantes y la familia del rey de Marruecos se ponían las botas a costa de la marihuana y el hachís.

No puedo asegurar si eso que sirve para que el yuppie o el yanqui, disfruten fumando un porro, si es malo o bueno. Particularmente creo que el puto tabaco que fumo es peor que la marihuana, y también beber una docena de cubatas al día, eso tan dulzón que nadie sabe con qué está hecho, pero igualmente adictivo. Conozco a uno que bebe dos y hasta tres litros al día. A mi plim, que lo mío es la Cruzcampo.

Pues eso, que hubo una conspiración para ponernos a los escribidores la mar de negro el panorama futuro, porque el papel sube cada dos por tres y con ello el precio de los libros, de las revistas y los cómics. Y el papel higiénico.

Para terminar, me acaba de venir a la memoria que allá por los sesenta leí en el diario Pueblo que en España se iba a cultivar una planta que iba a ahorrar muchas divisas al país porque no se tendría que importar celulosa para nutrir de papel los talleres de la prensa del Movimiento. El asunto cayó en el olvido, nadie volvió a hablar de él, como tampoco se habló del motor de agua que un tío listo ofreció al Caudillo un día en el Pardo. Dicen que Franco se lo creyó. La Collares, no.

Pues eso, que ésta es una de las muchas conspiraciones que pueden probarse. Hay otras que no hay manera de demostrarlas, como esa que ahora investigan en el Congreso.

Tal vez me acuerde de alguna más. Si me viene a la memoria es posible que la cuente. Si no recuerdo de ninguna otra, pues me la invento.

La del tío que se reunió con unos terroristas para tomar unas cañas y de paso pedirles que no le pusieran a él un petardo en el culo, sino al vecino, no la contaré.

Para algunas cosas soy muy escrupuloso y no me gusta hablar de hijos de puta.

Seguro que ustedes me entienden.

Ángel Torres Quesada,
(2.358 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Bibliópolis el 11 de julio de 2004
como A conspirar, que está de moda