Leyendas (Flash Gordon y el engrudo)
por Ángel Torres Quesada
Flash Gordon

De las páginas del semanario Leyendas la que más me gustaba era la dedicada a Flash Gordon. Todavía hoy me pregunto si fueron las andanzas del rubio héroe y su morena compañera Dale Arden las culpables de que me iniciara en esto de la ciencia-ficción, que entonces, y durante muchos años, nadie se ponía de acuerdo en cómo llamarla.

Mi hermano compraba cada semana el Leyendas, que yo ojeaba cuando él terminaba de leerlo, pasando las páginas en blanco y negro deprisa, para detenerme en las que eran en color. Siempre pasaba más tiempo con Flash que con Tarzán o Mandrake, entonces conocido como Merlín.

Un día a mi hermano le dio por arrancar las páginas de Tarzán y a pegarlas con engrudo en uno enorme libro de cuentas que había encontrado en la oficina, en los estantes atestados de papeles del año de maricastaña. Era un libro de negras tapas y gruesas hojas ya amarillentas, llenas de seguros trazos de escritura y con los números de un balance finalizados antes de la guerra. A mi hermano le gustaba más Tarzán que Flash Gordon, no sé por qué. El caso es que él recopiló la aventura del hombre mono en un reino perdido en la selva, cuyos guerreros vestían como los legionarios romanos. Creo que eran dos los reinos enfrentados, el del Fuego y el del Agua. A mí me gustaba, pero no demasiado. El resto del semanario acababa en la basura y yo perdía para siempre el rastro de las andanzas en colorines de Flash en un mundo llamado Mongo.

Al principio el libro de cuentas elegido por mi hermano para encuadernar de forma tan extraña las páginas de Tarzán era del grueso de dos dedos, pero cuando a cada hoja le fue añadida una buena dosis de engrudo, ese pegamento del racionamiento que consistía en agua y harina de la que caía del saco al suelo y por lo tanto dejaba de ser panificable, o casi, el libro fue aumentando de grosor. Meses más tarde, cuando la aventura de Tarzán llegó a su fin y el Leyendas dejó de publicarse, el viejo tomo de aquel balance olvidado había engordado tanto como el ancho de mi mano a causa de las hojas añadidas y la buena cantidad de engrudo empleado para que las páginas del intrépido hombre mono quedaran ordenadas, bien adheridas y tuviesen continuidad.

No sé a dónde fue a parar aquella forma de recopilar aquella aventura de Tarzán en esos lejanos años del racionamiento. El caso es que con el tiempo la tosca encuadernación llegó hasta a oler mal, como olía todo lo que se pegaba con engrudo, también conocido como merengote. Era un pegamento bueno, de veras, no había quien despegara lo que había sido unido con engrudo. Pero olía mal y era muy áspero.

Que las aventuras de Flash desaparecieran pronto de mis ojos sólo capaces de ver, aún ignorantes para leer los globitos llenos de letras, no fue causa para que yo dejara de añorarlo.

Flash volvió a mis manos cuando mi hermano trajo un buen día a casa un enorme tebeo con páginas de papel couché y con los dibujos en color sepia. Estupefacto descubrí que en el álbum estaban las primeras aventuras de mi héroe favorito. Yo ya había aprendido a leer y me lancé a devorarlo, como si fuera el crujiente pan con aceite o con manteca colorá que mi madre siempre me ponía para la merienda junto al tazón de café. Más leche que café, para que no me quitara el sueño.

Las viñetas ya tenían sentido para mí, podía comprender mejor lo que veía. La anterior aventura de Flash sólo había podido adivinarla. Así pues, me enteré de que la gesta del chico rubio comenzó cuando la Tierra era amenazada por un planeta errante que en todas las naciones del mundo hizo que cundiera el pánico y se rezara con fervor en iglesias y mezquitas para que Dios nos librase de la catástrofe. Mi mirada se deslizaba rápida por las viñetas en que los guerreros de una tribu africana danzaban para conjurar el peligro, y pasaba en la que un moro se arrodillaba en la arena de desierto para implorar a Alá, mientras su camello lo miraba indiferente. En la última escena que pretendía hacer ver al lector lo asustada que estaba la humanidad, una multitud en alguna ciudad cristiana, sin duda americana, se congregaban en silencio, esperando con resignación el final de los tiempos, o lo que fuera.

Pero un sabio llamado Zarro, no Zarkov entonces, porque debía sonar a ruso, realizaba unos cálculos cuyo fin nadie sabía para qué. Por su mirada comprendí que era el clásico sabio loco. Zarro estaba como un cencerro al comienzo de la historia, aunque más tarde recuperaría la cordura y se convertiría en el mejor amigo de Flash, su Sancho Panza con título académico. Zarro estaba destinado al principio del guión a ser un cobarde cuando llegara la hora de la verdad.

En la misma página, a bordo de un avión, viajaban los protagonistas, un chico rubio, que leía un periódico, y una chica morena, que miraba por la ventanilla. El avión entraba de pronto en una tormenta y un rayo lo partía por la mitad. Pero el chico tenía la sangre fría suficiente para ponerse un paracaídas, agarrar a la chica y lanzarse con ella al vacío. De los demás pasajeros y de la tripulación no se sabe nada, como si nadie se hubiera enterado de lo que ocurría.

Y mira por donde el chico, Flash por supuesto, como habrán adivinado, desciende sin soltar a la chica, Dale Arden, junto a un observatorio astronómico, del que Zarro, muy mosqueado, sale revólver en mano y amenaza a la pareja y la insta a que suba a un cohete que él solo, sin ayuda de nadie, había construido. Resulta que la intención del sabio loco, que en el fondo es un tío con buenas intenciones, es estrellar el cohete contra el planeta errante y destruirlo antes de que pulverice a la Tierra. ¡Cuántas películas copiarían unas décadas más tarde el tema!

Pero Zarro, cuando llega la hora de verdad, deja de estar loco, parece que recupera la cordura, le entra un miedo de canguelo y dice que nones, que él ya no se sacrifica por la humanidad. Pero el héroe rubio, que antes de emprender el viaje se mostró renuente a subir al cohete, es ahora quien está dispuesto a sacrificarse y se lía a momporros con el sabio que ya no estaba loco y se había convertido en un egoísta de tomo y lomo. Total, que en la lucha tocan la palanca que no debía tocar y el cohete altera el rumbo y, en lugar de chocar con el planeta, lo sobrevuela y pasan por encima de una ciudad de altos rascacielos y brillantes cúpulas, para ir a estrellarse en una llanura. Como es de esperar, los tres sobreviven.

Todo esto sucede en sólo dos páginas. Acción trepidante, lo que a mí me gustaba. ¡La de páginas que me quedaban por ver y leer del álbum! Bueno, a veces mi ansiedad era tanta que apenas leía los bocadillos y pasaba de una viñeta a otra.

Tuve la suerte de no darme cuenta de lo absurda que era la historia. Tuvieron que pasar varios años para comprender las incongruencias que contenía. Así y todo, cuando releo el comienzo de las aventuras de Flash procuro volver a aquellos años, para que no me importe que aquel cohete tan chungo jamás habría podido destruir un mundo tan grande como era Mongo, como lo iría descubriendo a medida que pasaba las páginas. Y además, ¿cómo pudieron equivocarse los sabios de entonces para afirmar que chocaría con la Tierra si iba a pasar de largo al final, sin rozarla ni un poquito? ¿Y cómo podía vivir tanta gente en un planeta sin órbita fija?

¿Pero eso tenía importancia? Claro que no.

Yo no se la di porque entonces me importaba un rábano la ciencia, que bastante tenía ya con los dichosos quebrados.

Lo importante para mí era descubrir lo que había en Mongo, lo malo que era Ming, su emperador con cara de chino. Curiosamente su hija no tenía cara de china, ni tampoco sus súbditos. ¿Quién le había puesto los cuernos? me preguntaría años más tarde. Pero en Mongo, además de humanos, había hombres águila, hombres lagarto, que siempre me recordaban el jabón que compraba mi madre. Y cavernícolas. Y gente que vivía debajo del agua, que nadaban y no necesitaban respirar oxígeno.

Aquel álbum era una maravilla. No sé cuántas veces lo leí. Lástima que terminase en el momento en que a Flash, tras ganarlo en un combate épico en un circo enorme, recibiera de manos de su enemigo Ming un reino. Por mucho que lo intenté no convencí a mi hermano para que comprase la continuación y tuve que conformarme con leer otras aventuras de Flash en los tebeos de la Hispano Americana. Tardé muchos años en ver lo que a mi héroe le costó conquistar el reino que había ganado en la arena. Porque Ming era tan cabroncete que a los ganadores de la sangrienta eliminatoria los premiaba con reinos que no eran suyos, mas o menos como hizo Yahveh con su pueblo elegido, que le regaló a una tierra que ya tenía dueños, a los que Josué cepilló a trompetazos primero y luego a cuchillo.

También tardé muchos años en llegar a la conclusión de que Ming no era peor que ese dios que hacía pactos raros con este o aquel patriarca, que se enfadaba por nada y les jugaba tan malas pasadas a sus hijos predilectos.

Disfruté con aquel álbum, al que poco a poco, de tanto leerlo, convertí en una piltrafa. No sé la última vez que lo vi en la alacena en que guardábamos los tebeos, ya ajado y sin portada, sus hojas que daban lástima, arrugadas y manoseadas. A veces lo sacaba de debajo de un montón y lo rompía un poco más, porque yo quería volver a leerlo, a enterarme de lo que pasaba en cada cuadrado lleno de magia. Duró bastantes años el pobre en mis manos desaprensivas, pero su sacrificio, pienso, valió la pena. Sus nosecuentas páginas me mostraron la evolución de un dibujante genial, de un tal Alex Raymond, que empezó con toscos dibujos y terminó siendo un mago de los sueños, el mejor de cuantos imaginaron a Flash, a Dale y a Zarro. Perdón, a Zarkov.

Las hazañas del rubio que nunca se despeinaba me empujaron a buscar más historietas de eso que no tenía nombre aún, a indagar en los quioscos con la esperanza de encontrar otras cosas que al menos se parecieran a los hombres y mujeres, y monstruos, que habían surgido de la pluma de Alex. Yo quería conocer más mundos como Mongo, héroes como Flash y tías como Dale. Y villanos como Ming. Y amigos del chico como Barín y Vultan.

Durante muchos años quise ser Flash.

Cuando llegó Han Solo ya no sentía esa necesidad, tal vez porque me costaba admitir que Mongo no hubiera chocado con la Tierra.

Ángel Torres Quesada,
(1.863 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Bibliópolis el 11 de noviembre de 2001
como Flash Gordon y el engrudo