EMIGRACIÓN AL TERROR (673, 26)
Portada primera edicion

Número 673 de La Conquista del Espacio, y segunda del tomo 26 de Robel, esta novela se desarrolla varios años después de terminadas la guerra contra los meskas y varias guerras fronterizas más entre la belicosa Superioridad y las razas alienígenas vecinas a sus fronteras. Después de tan agitado período la humanidad disfruta de unos años de paz, lo que los gobernantes de la Superioridad aprovechan para verter sus excesos de población en nuevos planetas recién abiertos a la colonización. El planeta Sarkamat, escenario de una cruel batalla entre humanos y meskas, tras ser rebautizado como Beta-Cástor es ahora el lugar desde donde parten las naves abarrotadas de colonos rumbo a sus nuevos hogares, lo que en poco tiempo le ha convertido en refugio de una desharrapada población flotante que malvive a duras penas a la espera de la llegada de su turno.

Uno de los candidatos a colono es el antiguo coronel Hunt Logan —o Jack Ulang —, al que su denuncia de las intrigas del gobierno de la Superioridad en Sarkamat le ha costado bien caro: expulsado del Ejército y despreciado por sus antiguos compañeros lleva malviviendo desde entonces, razón por la que amargado ha decidido emigrar a Walkar, uno de los nuevos planetas abiertos recientemente a la colonización, en un intento de olvidar todo lo que le pudiera recordar su vida pasada.

Aquí vuelve a repetirse el problema, ya comentado en la novela anterior, de los nombres del protagonista, aunque con matices propios. En la novela original el nombre propio de John Ulang se había trocado —probablemente por error— en el de Jack; aunque en la reedición de Robel Ángel Torres intentó cambiarlo por el correcto de Hunt Logan, acabó ocurriendo lo mismo que con LA BATALLA DE SARKAMAT, un baile de nombres entremezclados al azar.

En Sarkamat (o Beta-Cástor) descubre que uno de los responsables de la adjudicación de destinos es un antiguo camarada suyo, Paul Lewenguer, el cual intenta disuadirle de que emprenda el viaje; según él lo único que pretende la Superioridad es deshacerse de unos súbditos molestos a los que abandonará a su suerte una vez llegados a su destino. Pero Logan rehúsa el consejo y embarca en un enorme transporte, junto con varios miles de colonos, rumbo al remoto Walkar. En el camino conoce a varios compañeros de viaje como el doctor Harding, un pintoresco anciano que afirma ser médico, y a Olga, una muchacha con la que pronto intima. Asimismo es reconocido por el capitán Skefold, que no ve con buenos ojos —las autoridades militares se encargaron en su momento de desacreditarlo— su presencia en el buque.

Pero Logan no tiene la menor intención de meterse en problemas, así que prefiere comportarse con la mayor discreción posible con objeto de poder pasar desapercibido. Sin embargo, los problemas llegarán por sí solos. Un día el doctor Harding le comunica de forma confidencial que hay sospechas de que en una de las cubiertas de la nave se haya podido desatar una epidemia, razón por la que el capitán la ha puesto en cuarentena aislándola del resto del transporte. La medida se mantiene en secreto para que no se desate el pánico, pero él lo sabe puesto que el médico de a bordo le ha pedido ayuda.

Logan ni se inmuta; no es algo que a él le afecte personalmente, y supone que la próxima llegada de la nave a Lew-Ceti, una estación orbital utilizada como escala intermedia en la ruta a Walkar, permitirá conjurar el peligro. Así pues, cuando ya se aproximan a la estación propone a Olga acudir al mirador para observar el anclaje. Así lo hacen al igual que numerosos pasajeros, pero la experimentada vista de Logan le hace descubrir con alarma la presencia de una nave gharjol atracada en uno de los muelles. Los gharjoles son una de tantas razas alienígenas enemigas de la humanidad, pero su peligro sólo es conocido por aquéllos que combatieron directamente contra ellos... y al parecer nadie en la nave, excepto Logan, es consciente de ello.

Profundamente alarmado, y ante la sorpresa de su compañera, Logan comienza a gritar intentando alertar del peligro que supone atracar en la estación, pero sólo consigue ser neutralizado por los tripulantes que, advertidos por el capitán, le vigilan discretamente en previsión de que pudiera provocar algún tipo de disturbio. Durante la refriega Logan pierde el conocimiento y, al recobrarlo, descubre que se encuentra encerrado en un calabozo. Cuando pide a su carcelero ser llevado a presencia del capitán, constata que es demasiado tarde: el navío se encuentra ya en el interior de uno de los gigantescos hangares de la estación.

Portada de la edicion de Robel

Según le informan, el capitán ya es consciente de la ratonera en la que se han metido... pero no sabe como salir de allí, ya que las compuertas del hangar se han cerrado y sólo pueden ser abiertas de nuevo desde la sala de control de la estación. Y por supuesto, huelga decirlo, nadie responde a las desesperadas llamadas de la nave.

Mientras el transporte permanezca con las compuertas cerradas poco es lo que tienen que temer, pero no podrán aguantar mucho tiempo así entre otras razones porque los pasajeros empiezan a impacientarse produciéndose la amenaza de un motín. Además, el capitán aún alienta esperanzas de que, ese a todo, los temibles alienígenas no se hayan apoderado de la estación; quizá se trate tan sólo de una nave capturada, argumenta optimista. Logan piensa lo contrario, y cuando el capitán decide dirigirse hacia la sala de control acompañado de varios tripulantes, rehúsa acompañarlos advirtiéndoles que marchan hacia la muerte... sin resultado.

Pero Logan no se queda quieto sino que, por el contrario, decide seguirlos con sigilo. Tal como temiera son atacados por los gharjoles, que matan a varios, entre ellos el capitán, capturando a los demás. En un arranque de desesperación Logan se interpone entre ambos; su conocimiento del idioma de los asaltantes le permite evitar que les maten a todos ellos debido, principalmente, a que éstos necesitan un intérprete, pero desde luego la situación no puede ser más desesperada; en poder de los humanos no hay más armas que la pistola que introdujera subrepticiamente el propio Logan, y los gharjoles, aunque escasos en número —no llegan a un centenar— están fuertemente armados. Así pues, no les cuesta trabajo apoderarse del carguero y de todos sus ocupantes.

La vida de los humanos pende de un hilo. Según explica Logan a Olga, los gharjoles son una raza primitiva y salvaje cuyos miembros fueron utilizados tiempo atrás por la Superioridad como fuerzas mercenarias en sus diferentes guerras coloniales, aprovechando su ferocidad sin límites para imponer pavor al enemigo; de hecho son incluso caníbales, mostrando una gran avidez por devorar humanos. Finalmente su indomeñabilidad había forzado a los militares terrestres a deshacerse de ellos, no quedándoles más remedio que exterminarlos en su totalidad salvo a algunas pequeñas hordas que habían logrado huir, llevando desde entonces una vida errante y sobreviviendo a fuerza de atacar cuando menos se lo esperaban a pequeñas guarniciones humanas.

Eso era precisamente lo que había ocurrido en la estación poco antes de su llegada; tal como les comunica el propio jefe de los salvajes, habían atracado en ella con su nave, averiada, dando buena cuenta de la confiada guarnición, a la cual habían devorado en su totalidad. Su interés por los recién llegados es doble: por un lado representan una casi inagotable fuente de provisiones extra, y por otra necesitan el carguero para poder huir de allí, ya que su propio navío está inutilizado. Pero como desconocen la manera de programar la ruta, desean que los navegantes humanos lo hagan por ellos. A cambio, prometen la libertad a los pocos a los que piden ayuda incluyendo al propio Logan, que actúa como traductor.

Aparentemente éste y Harding aceptan. Aunque sólo buscan ganar tiempo, su iniciativa es mal vista por sus compañeros de infortunio, que los miran con recelo temiendo que se hayan vendido al enemigo. Algunos, incluso, no ocultan su intención de asesinar al anciano médico pensando que se ha pasado al enemigo, lográndolo evitar Logan tan sólo a duras penas. La indignación crece todavía más cuando corre el rumor de que Harding está proporcionando alimentos —es decir, humanos— a los gharjoles; lo cual, por otro lado, es cierto. Pero los dos amigos tienen sus buenas razones para hacerlo así.

En realidad, Harding se ha aprovechado de la ingenuidad de los alienígenas para engañarlos. Puesto que de cualquier manera iban a devorar a parte de sus prisioneros, se las ha ingeniado para convencerlos de que empiecen con los enfermos reducidos a cuarentena, los cuales por otro lado estaban ya condenados a muerte por el avance de su enfermedad. Ésta ha hecho presa en los antropófagos, debilitándolos de tal manera que Logan y sus compañeros consiguen liberar al resto de los humanos y, entre todos, se desembarazan de sus enemigos.

Pero puesto que ni Logan ni Harding podían tener la seguridad de que esta treta diera resultado, habían trazado un plan alternativo consistente en alterar el rumbo programado de la nave de manera que se zambullera en el interior de una estrella cercana, a modo de venganza póstuma contra sus asesinos. Puesto que el control del carguero ha vuelto a manos de sus legítimos propietarios, esta autodestrucción no es necesaria ya, pero el único que es capaz de alterar el rumbo antes de penetrar en el hiperespacio es el propio Harding... y éste se encuentra encerrado en el puente de mando con el jefe de los gharjoles y varios salvajes más.

Intentando forzar la entrada al recinto Logan pierde un tiempo precioso, ya que mientras tanto el gharjol ha descubierto el engaño y, en represalia, se ha vengado en el viejo. Cuando Logan logra deshacerse de sus enemigos ya es demasiado tarde: Harding agoniza y el navío corre hacia su perdición. Por fortuna, el maltrehco anciano consigue comunicar a su amigo las coordenadas, y éste consigue conjurar el peligro justo en el último instante.

Los viajeros a Walkar se han librado milagrosamente y, una vez establecido el orden, deciden proseguir su camino hacia una meta que imaginan venturosa.

© José Carlos Canalda,
(1.691 palabras) Créditos