CARONTE EN EL INFIERNO (1, 25)
Portada primera edicion

El tomo nº 25 de Robel se inicia con esta novela, originalmente publicada con el número 1 de la entonces nueva colección Galaxia 2000, en la cual, como cabe deducir por el título, continúan las aventuras del camaleónico personaje de Caronte, ya en libertad y en compañía de su amada Yarmina, y decidido a vengarse de la Superioridad que tan cruelmente le tratara.

Y como la venganza, si va acompañada de lucro, sabe todavía mejor, Caronte se plantea desvalijar nada menos que a lord Daroll de Vahil, el regente de la Superioridad en el planeta Ofidia. Éste, como la mayoría de los gobernantes locales, ha acumulado una cuantiosa fortuna de forma por supuesto irregular, la cual ha invertido en una valiosa colección de joyas que custodia celosamente en previsión de que cuando sobrevenga su caída en desgracia, que presume próxima, pueda vivir holgadamente durante el resto de su vida. Caronte sabe que las joyas están guardadas en la casa de la amante del regente, razón por la que esboza un audaz plan: valiéndose de su increíble capacidad mimética se metamorfosea en un sosias del regente y, tras engañar a su amante haciéndose pasar por él —pasándoselo además bastante bien, todo sea dicho—, se apodera de las joyas y huye a su cubil junto con su compañera.

Claro está que, para su desgracia, Daroll resultará un hueso bastante difícil de roer. Con lo que no contaba Caronte era con que el regente es uno de los pocos jerarcas de la Superioridad que conocían su existencia, razón por la que decide aprovecharse del audaz ladrón para sus propios fines. Eso sí, Caronte se lo pondrá en bandeja cuando, bajo un disfraz humanoide, intenta vender audazmente las joyas robadas a su antiguo propietario, haciéndose pasar por un intermediario entre éste y el ladrón. Caído en su propia trampa Caronte es hecho prisionero por Daroll, que también captura a Yarmina.

Con todos los triunfos en su mano, y ante la amenaza de asesinar a ambos, el regente hace una propuesta —en realidad una exigencia— a su escurridizo prisionero a cambio de salvar sus vidas y recuperar la libertad, amén claro está de la exigencia de devolución de las joyas robadas. Asimismo, Daroll hace a Caronte unas revelaciones sorprendentes acerca del proyecto secreto que marcó su origen. El motivo de querer contar con seres humanos capaces de metamorfosearse a voluntad, no fue otro que la necesidad de poder contar con espías capaces de infiltrarse en los mundos mits, entonces en guerra contra la humanidad. Fracasados todos los intentos de negociación con esa raza enemiga, y dadas las insalvables diferencias anatómicas entre ambas especies, ésta parecía ser la única manera de obtener información sobre tan temible rival.

Por desgracia el experimento había resultado ser un fracaso, con todos los especímenes creados fallecidos por diversas causas a excepción de Caronte, enviado al campo de exterminio de Tingani. Daroll, uno de los responsables del proyecto, había dado también por muerto al protagonista, encontrándose con que el azar lo ha puesto providencialmente en sus manos... y en el momento más adecuado, puesto que los servicios de inteligencia de la Superioridad acaban de descubrir la existencia de un remoto sistema solar habitado por esta raza. Aunque en estos momentos no hay guerra entre humanos y mits, se temen, y con razón que sus enemigos puedan estar rearmándose para desatar una nueva guerra de exterminio. Dado que los planetas mits están defendidos por una eficaz barrera defensiva, la única manera de saber lo que se está cociendo en ellos es enviar a un espía que pueda confundirse con los miembros de esa raza: es decir, Caronte.

Como cabe suponer a éste no le hace la más mínima gracia asumir esta responsabilidad, dado que en frase del propio Daroll, reflejada en el título de la novela, Caronte realizará un viaje al mismísmo infierno emulando a su homónimo mitológico; un infierno real en este caso, escapar del cual resultará prácticamente imposible. Pero Caronte no tiene más remedio que aceptar, no tanto por él —tanto le da morir en los planetas mits que asesinado por el cruel regente— sino por Yarmina, convertida en rehén hasta su vuelta.

Rápidamente el plan es llevado adelante con el pleno apoyo de las autoridades terrestres, interesadas en el mismo a la par que agradecidas con Daroll, que ve así alejarse los negros nubarrones de su caída en desgracia. Caronte aprende a metamorfosearse en un mit, al tiempo que asimila todo lo que los humanos saben —más bien poco— sobre sus tenaces enemigos. Caronte deberá hacerse pasar por un noble mit muerto en combate, fingiendo haber vagado durante años en busca de un refugio tras la derrota definitiva de los suyos. Una alusión a graves heridas y una presunta amnesia parcial habrán de ayudarle a vencer las reticencias de sus suspicaces huéspedes.

Portada de la edicion de Robel

A bordo de una nave mit capturada Caronte se dirige hacia su destino. Una vez allí es interceptado por las patrullas mits y conducido a uno de los planetas, donde es interrogado sumariamente antes de ser aceptada su historia. Aliviado, pero consciente de que el peligro todavía no ha pasado, es recogido por un pariente del mit cuya personalidad usurpa, un importante noble —la sociedad mit es radicalmente clasista— que, pensaron los estrategas terrestres, podrá ayudarle a integrarse mejor entre sus enemigos.

Aparentemente su anfitrión también ha mordido el anzuelo, y tras llevarle a su residencia decide concederle un descanso hasta que pueda recuperarse por completo de sus fingidas dolencias. Sin embargo Caronte decide no perder el tiempo, iniciando sus tareas de espionaje tan pronto puede hacerlo. En especial, sus superiores están sumamente interesados es descubrir las razones que provocan el odio mortal que los mits profesan a los humanos, algo fundamental para intentar llevar adelante unas hipotéticas negociaciones de paz. La Superioridad no desea una nueva guerra, máxime cuando no cuenta con el arma secreta utilizada en su día para expulsar a los mundos mits fuera de nuestro universo, pero tropieza con la negativa absoluta de sus rivales a cualquier tipo de coexistencia pacífica entre ambas razas.

Sin embargo, los tímidos sondeos de Caronte en busca de los orígenes de esta inquina se saldan con el más rotundo de los fracasos. Los mits no desean ni oír hablar del tema, tal es su odio a los humanos, y su insistencia lo único que consigue es despertar su susceptibilidad. Replegando prudentemente velas, Caronte decide cambiar de táctica y consultar en las bibliotecas mits las crónicas que pudieran relatarlo, sin demasiados resultados prácticos.

Hasta que un día un desconocido, un anciano que se presenta como Iztam Yan, antiguo profesor universitario, le propone darle a conocer la información que desea, llevándole como medida de seguridad a su propia casa. Una vez allí Caronte el anciano le revela que conoce su auténtica naturaleza de espía humano, mostrándose interesado por la forma en la que ha sido capaz de metamorfosearse en un mit, algo que a éstos les ha resultado imposible hacer a la inversa. Pero lo más grave es la advertencia de que las autoridades también están al corriente de la falsedad, y si le han permitido seguir con el juego ha sido solamente porque desean obtener de él toda la información posible antes de aniquilarlo sin contemplaciones.

Pese a lo comprometido de su situación Caronte se ve impelido a confiar en Iztam Yan, máxime cuando éste le revela su condición de promotor de un movimiento pacifista que se opone a una nueva guerra contra los humanos. Minoritarios y perseguidos por las autoridades —el propio Iztam fue expulsado de la universidad por ello y desde entonces está vigilado por la policía—, son no obstante unos interlocutores dignos de ser tenidos en cuenta, razón por la que insiste en su oferta de proporcionar a Caronte la información deseada, al tiempo que le da instrucciones sobre la única manera práctica de poder escapar de allí.

Sin embargo, los datos concretos sobre el origen del odio de los mits a los humanos tendrán que esperar hasta un par de días después, y le serán suministrados por una persona de confianza del anciano. Mientras tanto, deberá convencer a su falso pariente para que le lleve de visita a una base espacial para allí apoderarse de una astronave con la que poder huir del sistema. El plan es sumamente arriesgado, pero no existe ninguna otra alternativa y, si espera demasiado tiempo, podría encontrarse con que las autoridades, hartas ya de fingir y convencidas de la inutilidad de la espera, decidieran quitárselo de encima.

Así lo hace Caronte, consciente ahora de que todos a su alrededor le miran con recelo. Consigue no obstante convencer a su falso pariente para que le lleve de visita a la base espacial fingiendo deseos de retornar al servicio activo, y aunque se ve muy apurado logra asimismo recibir la información requerida, escapando por los pelos de una encerrona de la policía.

Una vez en la base es consciente de que su suerte pende de un hilo, y de hecho tan sólo gracias a un audaz golpe de mano consigue escaparse de sus captores y, tras apoderarse de una de las pocas naves preparadas para volar —el propio Iztam Yan le había proporcionado la clave para descubrirlas—, huye del planeta mit cual alma que persigue el diablo, logrando esquivar a las patrullas que intentan interceptarlo antes de sumergirse en el hiperespacio. Pese a todos los augurios, ha conseguido salir con vida del infierno.

Aparentemente el resto de su aventura debería desarrollarse sobre ruedas... pero sólo aparentemente. Tras entrar en órbita de Ofidia e identificarse ante las autoridades planetarias, ya que una nave mit no es evidentemente la mejor tarjeta de visita en un mundo humano, concierta una cita con Daroll, aunque a esas alturas ya empieza a sospechar de su perfidia: pese a todos sus esfuerzos, no ha conseguido recuperar su cuerpo normal, algo que le alarma sobremanera al verse obligado a continuar bajo la indeseada envoltura mit.

La entrevista con el taimado regente confirma sus peores sospechas. Pese a que Caronte cumple con su compromiso comunicando a Daroll el origen del odio de los mits —siglos atrás una flota del extinto Imperio Galáctico atacó sin mediar provocación alguna al mundo original de su raza, aniquilándola casi por completo—, éste le comunica sus pretensiones de pagarle con la muerte... y convertido en un mit, puesto que su imposibilidad de metamorfosearse se debe a una droga inhibidora que le fue suministrada sin que él lo supiera con anterioridad a su viaje. Así, él se llevará toda la gloria ante las autoridades de la Superioridad al tiempo que se desembaraza de un testigo molesto.

Por fortuna, Caronte todavía cuenta con un as en la manga. Yarmina —en eso sí había cumplido el regente— está libre, y se había comunicado con ella antes de la entrevista con el regente. Siguiendo sus instrucciones ha traído con ella a la antigua amante de Daroll —repudiada y maltratada por éste a raíz de la jugarreta de las joyas—, y ambas han oído los planes de éste, nada halagüeños para esta última, sin que el regente lo advirtiera.

La irrupción de las dos mujeres provoca un vuelco en la situación, permitiendo que Caronte se haga con las riendas. Glory, la despechada ex-amante, trae con ella el antídoto de la droga inhibidora, gracias al cual puede desembarazarse de su aborrecido disfraz de mit... previamente ha capturado al ahora inerme Daroll.

Caronte es hombre de decisiones rápidas, a la par que no está lastrado por escrúpulo alguno. En deuda con Glory propone a ésta que parta hacia la Tierra pilotando la nave mit, con objeto de comunicar a las autoridades el resultado de su incursión así como las posibilidades de una entente pacífica entre las dos razas. En cuanto al traidor regente... bueno, le da la oportunidad de un duelo a muerte entre ambos, saldado claro está con la muerte de su rival. Caronte y Yarmina, por último, deciden marcharse en busca de nuevos horizontes... y no se van de vacío, puesto que éste ha arramblado con una importante cantidad de dinero propiedad del difunto Daroll. Al fin y al cabo, es el pago por sus importantes servicios.

© José Carlos Canalda,
(2.029 palabras) Créditos