LA VENGANZA DE CARONTE (135, 24)
Portada primera edicion

Inicialmente publicada con el número 135 de la colección Héroes del Espacio, LA VENGANZA DE CARONTE completa el tomo 24 de la edición de Robel. El protagonista, bautizado —aunque él lo desconoce— con el nombre del mítico barquero de los muertos de la mitología griega, es un personaje que desconoce por completo su origen y su pasado. Criado desde niño en los sórdidos ambientes del planeta Ofidia, recién incorporado al territorio de la Superioridad, con apenas veinte años de edad había sido apresado por los sicarios de la Superioridad y conducido sin razón aparente a Tingani, un mundo-prisión convertido en campo de exterminio donde los desgraciados allí encerrados apenas lograban sobrevivir algunos años. Nadie se había dignado jamás a explicarle los motivos por los que se encontraba allí, y sus reiteradas protestas de inocencia habían caído sin excepción en saco roto.

Pero pese a todos los pronósticos Caronte había logrado sobrevivir nada menos que diez años... hasta que un día un extraño personaje de porte aristocrático se presenta en el planeta prisión con la intención de llevársele consigo. Caronte, por supuesto, acepta. ¿Qué tenía él que perder? Aunque, por supuesto, su liberación no será gratuita, exigiéndose a cambio su colaboración en un tortuoso plan.

Su libertador, que se identifica como el duque Homulko de Karr, le explica ciertos avatares de su desconocido pasado. Es ahora cuando Caronte, perplejo, descubre que es el fruto de un fallido experimento genético con el que los científicos de la Superioridad pretendían crear una especie de superhombre; suspendido el experimento por razones desconocidas se había decidido exterminarle, aunque al final alguien había logrado esconderlo en Ofidia. Veinte años tardaron los sabuesos de la Superioridad en descubrir su rastro, pero cuando lo hicieron fueron tajantes condenándolo a una muerte segura en el pudridero de Tingani.

Por fortuna para él y para sus crueles progenitores Caronte se había salvado del infierno, y ahora habían decidido recuperarlo para utilizarlo en sus planes. Porque Caronte, y esta es la segunda sorpresa que recibe en poco tiempo, posee poderes sobrehumanos que él mismo desconoce, los cuales le habían mantenido inhibidos durante su estancia en el penal merced a unas drogas secretas. Uno de esos poderes es nada menos que su capacidad de alterar a voluntad su aspecto físico, lo cual es precisamente lo que desean Homulko y sus aliados. Gracias a ella, Caronte deberá metamorfosearse en un sosias de Otón III, el corrupto reyezuelo de Mersal, un planeta independiente que ha abandonado la órbita de influencia de la Superioridad enfrentándose con el vecino planeta de Walun. Puesto que la actual política de Otón es contraria a los intereses de la Tierra, sus gobernantes han decidido que Caronte lo suplante para encarrilar el reino por la vía más conveniente para ellos.

Caronte acepta, qué remedio le queda, y al tiempo que es adiestrado por su mentor, es puesto al corriente de la crisis política en la que va a verse involucrado, en realidad una típica guerra colonial. Mersal y Walun son dos planetas pertenecientes al mismo sistema, y desde hace tiempo el segundo es en la práctica un protectorado del primero, que a su vez otorgó a varias compañías terrestres la explotación de sus ricos yacimientos minerales. En Walun hay un movimiento independentista que ha provocado la insurrección contra sus dominadores, lo cual acarrearía, de triunfar los insurrectos, la pérdida de tan lucrativo negocio. La Superioridad, por tal motivo, desea que Mersal siga gobernando con mano de hierro en el planeta rebelde, pero aunque en un principio ésta había sido la política inicial de Otón III, desde hacía algún tiempo había venido modificando su postura, hasta encontrarse al borde de la evacuación militar de Walun, lo que supondría la independencia de hecho del planeta.

Huelga decir que esto no conviene en modo alguno a los intereses de la Superioridad, entreverados con los de sus grandes compañías; aunque siempre podría enviar su poderosa flota a domeñar el planeta, razones de política galáctica recomiendan que la crisis sea resuelta a nivel local... conforme a los intereses de la Tierra, claro está. Y como Otón III no parece estar muy por la labor, será a Caronte a quien le corresponda dar el conveniente golpe de timón tras haber hecho desaparecer al verdadero monarca.

Terminado su adiestramiento, y en pleno dominio de su portentosa capacidad mimética, Caronte viaja a Mersal acompañando a Homulko. Aunque finge obedecer las instrucciones recibidas, en realidad tiene sus propios planes. No olvida que quienes ahora recaban su ayuda son los mismos que le condenaron años atrás a una muerte en vida, y tiene motivos sobrados para sospechar que, una vez cumplida su misión, el único pago que recibirá será el de una artera muerte. Pero de momento, le conviene mostrarse dócil.

Portada de la edicion de Robel

Invocando una antigua —e incómoda para el monarca— amistad, Homulko consigue ser recibido por éste. Caronte, por su parte, ha adoptado la personalidad de un antiguo secretario del duque. Tras constatar la firmeza de las convicciones pacifistas de Otón, Homulko lo neutraliza con una pistola paralizante y ordena a Caronte que lo asesine y haga desaparecer el cadáver como paso previo para la suplantación. Caronte obedece, pero introduciendo ciertos cambios en los planes; el cadáver decapitado que muestra a Homulko no es en realidad el de Otón, el cual conserva a buen recaudo para utilizarlo en un futuro en beneficio de sus propios intereses, sino el de un inocente criado. Pero el duque muerde el anzuelo, lo cual es importante para sus planes.

Ya convertido en el sosias del monarca, Caronte recibe instrucciones precisas de Homulko para acabar con la política pacifista del rey, pero hace caso omiso a éstas y, para desesperación del duque, intenta convencerle de que su propio plan es mejor. Éste consiste en viajar a Walun para entrevistarse con los líderes locales, en teoría para engañarlos y ganar tiempo de forma que el cambio de política no resulte demasiado brusco y, por lo tanto, sospechoso a los ojos de los mersalianos. El duque no las tiene todas consigo, pero no le queda otro remedio que el de aceptar a regañadientes.

Es ahora cuando entra en escena Yarmina, la esposa de Otón, una nativa de Walun desposada con el rey de Mersal por razones de estado. Yarmina se encuentra en esos momentos en su planeta natal, teóricamente para apaciguar los ánimos, pero cuando Caronte comunica al duque su deseo de reunirse con ella, éste se alarma todavía más. Es vox populi que ambos consortes se detestan, razón por la que en su opinión la iniciativa de Caronte podría ser peligrosa... pero éste sigue en sus trece, embarcándose poco después rumbo al planeta vecino.

La reunión de Yarmina con el falso Otón no puede ser más tórrida... demasiado dados los precedentes, de modo que la satisfecha reina —las capacidades amatorias del impetuoso Caronte son notables— tiene la certeza de encontrarse no ante su verdadero esposo, sino frente a un suplantador. Descubierto, Caronte no tiene inconveniente en revelarle el engaño, añadiendo a la explicación su deseo de vengarse de todos aquellos que le enviaron al sórdido penal de Tingani. Yarmina, por su parte, le confiesa que siempre ha odiado a Otón, que su matrimonio fue una simple maniobra para tratar de salvar a su pueblo, y que es ella la responsable del giro pacifista dado por Otón en los últimos años. Los intereses de ambos coinciden, pues, ampliamente, ya que en los dos casos pasan por la derrota de las pretensiones intervencionistas de la Superioridad que, de triunfar, consolidarían la esclavitud de Walun. Pero sus enemigos son poderosos, como lo demuestra el intento de asesinato de ambos, en su cámara nupcial, por parte de dos sicarios despachados con facilidad por Caronte. Aunque se trata de dos asesinos a sueldo, nadie sabe quien puede estar detrás de ello.

De vuelta a Mersal, Caronte ha de enfrentarse a las sospechas del cada vez más desconfiado Homulko, sin que sus excusas de que sólo pretende ganar tiempo sean suficientes para convencer al suspicaz aristócrata; pero a éste no le queda otro remedio que el de aceptar las iniciativas de su circunstancial aliado.

Sin embargo, Caronte tiene sus propios planes no necesariamente coincidentes con los del enviado de la Superioridad. El plan previsto consiste en hacer coincidir la evacuación militar de Walun con la llegada de una flota de guerra terrestre, la cual se encargaría de aplastar a los insurrectos. Pero el falso Otón está en connivencia con los independentistas a través de la reina, los cuales están esperando la llegada de un importante cargamento de armas procedente de los Mundos Enyun. A su vez, el taimado Homulko conspira con el mariscal Vhishian, comandante en jefe del ejército mersaliano, jugando con la ambición de éste, que acaricia la idea de destronar al que él considera el verdadero Otón proclamándose rey.

Vhishian marcha a Walun para organizar la evacuación mientras el falso monarca, es decir, Caronte, sorprende a todos cambiando radicalmente de actitud: en un discurso público, lejos de confirmar la esperada evacuación de la colonia reafirmando la alianza con la Tierra, denuncia a ésta como invasora del sistema ofreciendo su alianza a los habitantes de Walun como forma de conjurar la amenaza común. Homulko está atónito, y lo está todavía más cuando descubre que Caronte, suplantando al mariscal Vhishian, ha viajado a Walun para comunicar a los rebeldes las coordenadas exactas del previsto desembarco de los navíos de la Superioridad. Perdido el factor sorpresa, y teniendo frente a ellos a las fuerzas aliadas de los dos planetas, lo que se presumía como un paseo militar se ha convertido en una encerrona para los desprevenidos soldados terrestres.

A estas alturas está claro lo que pretende Caronte: vengarse de todos aquellos que le condenaron a una muerte cierta en el infierno de Tingani, desde Homulko hasta los propios jerarcas de la Superioridad... y lleva camino de conseguirlo.

Como cabe suponer, el duque está rabioso viendo como se desmorona todo su plan. Decidido a vengarse de Caronte y Yarmina, penetra en el palacio real y, tras encontrarse con el mariscal, lo asesina a sangre fría creyendo que éste es en realidad Caronte. Acto seguido, intenta hacer lo mismo con la reina. Lo que ignora es que ha matado al verdadero Vhishian, y que la reina es en realidad el camaleónico Caronte. Tras un forcejeo el antiguo penado deja encerrado al duque y, tras adoptar su personalidad, se apodera de su navío particular, posado en el astropuerto, con objeto de impedirle la huida.

Poco después Homulko consigue liberarse de su encierro, tropezando en la sala del trono con Otón. Él piensa que el monarca está muerto, razón por la cual su oponente no puede ser otro que Caronte... y lo asesina sin contemplaciones, sólo para encontrarse con el verdadero Caronte que, tras volver al palacio y liberar al rey, que había mantenido hasta entonces oculto y paralizado, se burla por última vez del duque antes de acabar con su vida.

Su venganza ha terminado, y Caronte se dispone a partir de allí no sin antes —al fin y al cabo la cabra siempre tira al monte— desvalijar el tesoro real. Pero tropieza con la reina Yarmina, la cual intenta convencerle, ahora que las fuerzas de la Superioridad están siendo derrotadas, para que se quede en Mersal suplantando al difunto —ahora sí— Otón y gobernando ambos planetas a su lado... Yarmina lo ama, pero él no desea permanecer allí ahora que por fin ha recobrado la libertad. Su amor a la libertad es demasiado fuerte y además, razona, ¿para qué contentarse con tan poco botín cuando gracias a sus portentosas habilidades podría hacerse el amo del universo entero, el nuevo emperador de la galaxia?

Para su sorpresa, Yarmina acepta acompañarle. Así pues, adoptando la personalidad del también difunto —lo había asesinado durante su anterior incursión— capitán del yate de Homulko, ordena a la tripulación que marchen de allí rumbo a cualquier otro lugar del universo. El duque, miente, se ha quedado en Mersal resolviendo asuntos pendientes. Cuando quieran darse cuenta de la superchería, ya será demasiado tarde para detenerlo.

© José Carlos Canalda,
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