ENIGMA EN SURAL (335, 22)
Portada primera edicion

Éste es el nombre correcto de la novela, publicada inicialmente con el número 335 de La Conquista del Espacio y, con la errata de ENIGMA DE SURAL —debería haber sido, en todo caso, EL ENIGMA DE SURAL —, abriendo el volumen 22 de la reedición de Robel.

El protagonista es en esta ocasión Bert Burton, un capitán del Orden Estelar cuyo idealismo ha chocado frontalmente con una realidad que empieza a tener muy poco que ver con el espíritu original del Orden, al tiempo que comienza a parecerse de forma cada vez más evidente a los pasados abusos del desaparecido Imperio. Años atrás, y bajo el mando del comandante Ted Horn, se había visto obligado a ser espectador impotente del holocausto de un mundo, Tenside, cuyo único delito había sido el de rehusar someterse a la soberanía del Orden Estelar, recibiendo como castigo la aniquilación de todos sus habitantes y la conversión del planeta en un mundo yermo incapaz de alentar la menor vida. Esto jamás habría ocurrido mientras en el Orden Estelar pervivió el espíritu humanista infundido por sus instauradores, pero por desgracia los tiempos ya eran otros.

Escandalizado por tan evidente felonía Burton había osado denunciar a su superior, sin conseguir más resultados que el sospechoso sobreseimiento del caso y su destierro a una remota guarnición fronteriza, a la par que el hundimiento de su hasta entonces prometedora carrera; evidentemente el genocida Horn no estaba solo, sino que contaba con importantes apoyos.

Eso había ocurrido varios años atrás, pero ahora el capitán Burton es destinado por sorpresa a una UNEX, algo que ni él mismo esperaba convencido, como estaba, de que había sido castigado por su osadía y quitado de en medio para neutralizarlo como posible testigo molesto. Claro está que su sorpresa se troca en estupefacción cuando descubre que el comandante de la UNEX no es otro que el propio Horn, el cual finge no obstante no reconocer a su antiguo delator.

Burton, como cabe suponer, sospecha que nada bueno puede haber tras tan extraña y sin duda nada casual carambola, pero no le queda otro remedio que el de tascar el freno de su ira y resignarse a su mala suerte, manteniendo eso sí la guardia levantada en previsión de una previsible venganza de su superior jerárquico. Éste, no obstante, le trata con indiferencia, en realidad de forma no muy distinta a como lo hace con el resto de la oficialidad, entre la cual no se puede decir que sea precisamente muy querido sino más bien justo todo lo contrario.

A poco de la llegada de Burton a la nave, el comandante comunica a la tripulación —fuertemente reforzada con respecto a la dotación normal, dicho sea de paso— el objetivo de la misión: su destino es el sistema planetario de Droban, uno de cuyos planetas se encuentra al parecer habitado aunque no se sabe a ciencia cierta si tan siquiera llegó a formar parte del Imperio. Una vez que la nave se aproxima lo suficiente sus sensores comienzan a enviar información, mostrando que un segundo planeta se encuentra deshabitado —más bien arrasado— y con claros síntomas de haber sido víctima de un devastador bombardeo termonuclear.

El comandante, que al parecer es el único que conoce lo suficiente de la historia, les informa de que tiempo atrás el desdichado planeta, que nunca llegó a ser ocupado por sus vecinos de Sural —éste es el nombre del planeta habitado—, había sido colonizado por emigrantes procedentes de un planeta perteneciente al Orden Estelar, los cuales lo habían bautizado como Kanta. Pero los gobernantes de Sural, aprovechando la marcha de la guarnición del Orden Estelar, habrían atacado arteramente a los indefensos colonos, asesinándolos a todos, como venganza por la intromisión en su territorio. La misión de la UNEX, revela Horn, no es otra que la de exigir responsabilidades al gobierno de Sural por la muerte de unos ciudadanos del Orden.

Portada de la edicion de Robel

A estas alturas el capitán Burton comienza a sospechar que el comandante pueda volver a las andadas, y sus sospechas se convierten en certidumbre cuando éste ordena destruir alevosamente la nave que les sale al encuentro aprovechando su superior capacidad de fuego. Acto seguido, entra en contacto con el planeta acusando falsamente al comandante fallecido de haber atacado a su nave y camuflando como legítima defensa lo que en realidad ha sido un alevoso asesinato, al tiempo que reclama una entrevista a los gobernantes del mismo.

Por si fuera poco Horn ya no oculta sus verdaderas intenciones, que oficialmente no son otras que las de pedir a Sural responsabilidades por el genocidio de Kanta, aunque en realidad lo que pretende es darles un ultimátum exigiéndoles una rendición incondicional bajo la amenaza de la destrucción del planeta si rehúsan a ello. Y en un alarde de cinismo, encomienda a Burton el mando de la delegación que descenderá al planeta —eso sí, vigilado por un oficial de su plena confianza— al tiempo que él opta por permanecer en su nave. Está clara su maniobra: pretende que la embajada fracase, lo que le dejará manos libres para arrasar al desdichado planeta al tiempo que encuentra la excusa ideal para vengarse del capitán, el cual es plenamente consciente de que se ha visto atrapado en una encerrona.

Pero Burton es sobre todo un oficial leal a sus compromisos, por lo que acepta la misión pese a conocer sus más que probables consecuencias. El gobierno de Sural ha accedido a la petición, y los reciben en la superficie del planeta con una cordialidad que choca frontalmente con la agresividad de los visitantes, al tiempo que niega la menor responsabilidad en la aniquilación de la colonia del vecino Kanta. Según puede apreciar el perplejo capitán, en el planeta conviven pacíficamente dos razas, una humana y otra humanoide, algo insólito en el conjunto del universo conocido. Pero esto no es lo que más le sorprende, sino la invitación que, de forma no oficial, le hace una de sus anfitriones, la Dama Lia, para visitar el planeta a título particular durante las 24 horas de plazo de que disponen antes de dar la respuesta oficial al ultimátum de Horn.

Tras unos iniciales titubeos Burton acepta, pudiendo comprobar con sus propios ojos que Sural es un mundo próspero y feliz donde reina la armonía social. Asimismo, le revela que la raza humanoide, llegada a Sural con anterioridad a los humanos, posee poderes telepáticos los cuales, lejos de dificultar la convivencia entre ambas, han contribuido a reforzarla. Esto le hace sentirse mal ya que no ignora los planes de su superior, el cual no vacilaría en aniquilar tan bella utopía tal como lo hiciera tiempo atrás con el planeta Tenside. Lia le pide ayuda para intentar atajar la locura, pero él le manifiesta su impotencia agravada por su delicada situación frente al traicionero Horn. El gobierno de Sural, respaldado por la totalidad de sus ciudadanos, ha decidido rechazar el ultimátum, lo cual a juicio de Burton acarreará de forma irremisible la destrucción del planeta; desesperado, le propone a Lia que se sometan a Horn, aunque sólo sea para poder ganar tiempo para proceder a una denuncia ante las autoridades del Orden Estelar, las únicas capaces de poner freno a esa locura.

Lia responde que eso sería inútil, como inútil resultó su anterior denuncia del genocidio de Tenside... planeta del cual ella resulta ser la única superviviente. La única solución consiste en afrontar la amenaza de la UNEX, pero ¿cómo? Sural es un mundo desmilitarizado que carece de fuerzas capaces de hacer frente al invasor. Burton, conocedor del potencial bélico de su buque, sabe que éste es capaz de arrasar el planeta en apenas unas horas, lo cual convertiría a cualquier gesto de resistencia en un suicidio colectivo. Pero Lia le responde que no se preocupe, que sabrán defenderse, solicitándole tan sólo —mientras tanto, como cabía suponer, ha surgido el inevitable romance— que se aleje de la UNEX para evitar correr la misma suerte que ella. Burton, aun sospechando que los nativos puedan guardar un as en la manga, no comprende una actitud que juzga disparatada, por lo que despidiéndose de ella retorna a su nave de desembarco y, junto con sus compañeros, regresa a la UNEX.

Allí es recibido por un comandante Horn que no muestra el menor inconveniente en revelarle sus cartas; porque, quitándose al fin su careta, le hace prisionero y, antes de deshacerse de él —la confusión de la inminente campaña hará que su asesinato pase desapercibido—, se recrea revelándole sus planes. En realidad Horn no es sino un peón de un amplio movimiento golpista, que, desde el seno del mismo Alto Mando, pretende derrocar el gobierno legítimo del Orden Estelar, reemplazándolo por una dictadura militar que, salvo en el nombre, repetiría el esquema del desaparecido imperio. Imbuidos por una feroz ideología totalitaria y racista, los rebeldes llevan tiempo moviendo sus cartas de manera soterrada, y una de las primeras cosas que pretenden abolir es el respeto del Orden Estelar hacia los planetas que han rehusado integrarse en él.

Sural es un caso claro donde aplicar su imperialismo, con el agravante de que no desean que se conozca en la galaxia que los humanos son capaces de convivir con otras razas dado que propugnan la supremacía absoluta de la raza humana sobre el resto de las especies inteligentes del universo. Pero para llevar a cabo sus planes venciendo la previsible oposición de los sectores leales del Alto Mando, al tiempo que aprovechaban para quitar de en medio a posibles testigos molestos, habían urdido un complejo plan: tiempo atrás habían promovido la colonización del deshabitado Kanta por parte de colonos procedentes de Tenside, lo cual había sido aceptado por Sural pese a que, según las leyes del Orden Estelar, eran los legítimos propietarios de la totalidad de su sistema planetario. Pero no habían quedado ahí las cosas sino que, en busca de un pretexto que pudiera servirles de casus belli, los traidores habrían aniquilado a los inocentes pobladores de Kanta, acusando falsamente de ello al vecino Sural. La posterior destrucción de Tenside, nunca explicada, habría venido motivada por el hecho de que los gobernantes locales, conocedores de la felonía, pretendieron ponerla en conocimiento de las autoridades del Orden Estelar... firmando con ello su propia sentencia de muerte, ya que Horn y a sus compinches estaban decididos a no dejar un solo testigo vivo. Finalmente, la situación ya está madura para dar el carpetazo final a su plan, que no es otro que la aniquilación de la totalidad de la población de Sural, con la excusa de un falso ataque a la UNEX.

Paralelamente a ello, el taimado Horn ha tramado su particular venganza contra aquél que osara denunciarlo por el genocidio de Tenside; tras reclamarlo en su propia nave para tenerlo bajo control, ahora se propone asesinarlo... pero no antes de que, en un rasgo de crueldad, le obligue a contemplar el holocausto de Sural, sabedor de que el desdichado Burton simpatiza con los nativos. Así pues, ordena esposarlo y encerrarlo en un calabozo hasta que tenga lugar el inminente ataque.

Sin embargo, los hechos comienzan a desarrollarse por otros caminos en el momento que un grupo de oficiales opuestos al traidor liberan al prisionero y, tras embarcarse en una nave auxiliar, huyen de la UNEX rumbo a Sural, donde confían en acoger a un reducido número de nativos —la nave es pequeña, y su capacidad reducida— a los que poder llevar como testigos en la acusación contra Horn, aunque son conscientes de que nada podrán hacer por salvar a los desdichados habitantes del sentenciado planeta. Pero descubierta su fuga antes de poderse poner a salvo, la UNEX lanza contra ellos varias salvas de misiles que son incapaces de destruir o esquivar; su suerte está sentenciada antes, incluso, de poder poner el pie en el planeta.

Para su sorpresa, los misiles estallan de forma inesperada antes de impactar contra su nave, lo que les permite aterrizar sanos y salvos en Sural. Allí son recibidos hospitalariamente por sus anfitriones, los cuales les explican el misterio que hasta entonces guardaran celosamente: la raza humanoide que comparte Sural con los humanos no sólo tiene poderes telepáticos, sino también telecinéticos... y el concurso de un número suficiente de ellos ha provocado la destrucción de los misiles que les acosaban. Eso está muy bien, responde un agradecido Burton, pero lo peor está todavía por llegar: el ataque masivo de los destructores de la UNEX, algo infinitamente más peligroso que el puñado de misiles destruidos. Así pues, insiste en la necesidad de huir de allí en la única nave de que disponen —la suya propia— salvando de la muerte a un reducido número de nativos; es lo único que pueden hacer.

Pero para sorpresa de los desertores, los suralitas rehúsan su oferta manifestando su convicción de que no es necesaria, al tiempo que invitan a sus huéspedes a permanecer con ellos. Los fugitivos no acaban de tenerlas todas consigo, pero finalmente acceden a ello y, cuando el ataque masivo tiene lugar, descubren que los suralitas estaban en lo cierto: las poderosas naves de guerra son destruidas en su totalidad antes de que puedan sembrar la destrucción en el pacífico planeta.

El ataque ha sido rechazado, pero la amenaza continúa latente. Lo que nadie, ni los propios suralitas esperaban, es que el propio Horn se ponga en contacto con ellos para reconocer su derrota ofreciéndoles su rendición. Aunque Burton y sus compañeros sospechan que se pueda tratar de una celada, los gobernantes locales la aceptan de inmediato, exigiendo al comandante que, tras deshacerse de toda su dotación de misiles, descienda con la UNEX y se entregue a ellos.

Así ocurre, y los perplejos astronautas del grupo de Burton ven cómo el traidor es arrestado por los suralitas... para desvelar acto seguido su última carta: ha convertido a la UNEX, posada en el cercano astródromo, en una bomba capaz de aniquilar buena parte del planeta con su inminente explosión que nadie podrá ser capaz de neutralizar. Él morirá y con él los inocentes miembros de su tripulación, en su mayor parte ajenos por completo a sus maniobras, pero los planes de la conspiración saldrán de todos modos adelante.

Burton está convencido de que el final ha llegado de forma inexorable, pero todavía le queda por ver la última proeza de sus aliados: la potencia mental conjunta de los humanoides consigue teleportar de forma instantánea el inmenso navío hasta las profundidades del espacio, donde estalla sin causar el menor daño. Por si fuera poco, previamente habían teletransportado, por el mismo sistema, a la totalidad de la tripulación de la UNEX, depositándola en tierra sin hacerle sufrir el menor daño. Visto su —esta vez sí— definitivo fracaso, Horn se suicida sin que nadie pueda evitarlo. Pero Sural se ha salvado.

En el epílogo de la novela vemos cómo los supervivientes de la UNEX consiguen informar a sus superiores, lo que motiva que la trama de la conspiración pueda ser desmontada y la mayor parte de los traidores detenidos; el peligro, al menos por el momento, ha quedado conjurado, y tan sólo queda pendiente la repatriación de los astronautas... aunque no de todos ellos, puesto que Burton, comprometido con Lia, parece encontrarse bastante a gusto en su nueva patria.

Aunque en novelas anteriores ya se pudieron atisbar algunos indicios, es aquí donde Ángel Torres comienza a mostrar como irreversible la decadencia de un cada vez más corrompido Orden Estelar, haciendo una breve referencia a la situación en la que se encuentra quien fuera la principal adalid de sus humanitarios principios, la almirante Alice Cooper que, viuda de Adán Villagran —el autor se limita a decir que falleció víctima de un oscuro accidente—, está retirada del servicio activo, amargada al ver derrumbarse por momentos todo aquello por lo que luchara durante toda su vida.

© José Carlos Canalda,
(2.633 palabras) Créditos