CADETE DEL ESPACIO (23, 21)
Portada primera edicion

Completa el tomo 21 de Robel esta novela, inicialmente aparecida con el número 23 de Galaxia 2000. En esta ocasión, tras un intervalo en el que los protagonistas de los episodios eran personajes ajenos al Orden Estelar, cuando no opuestos al mismo, Ángel Torres retoma a unos protagonistas pertenecientes a su armada, concretamente el capitán Walaunt Holt y su subordinado el sargento Horace Blackstone, dos pícaros amargados que ya poco tienen que ver con Alice Cooper, Adán Villagran y sus idealistas compañeros del Silente. Holt y el vicioso Blackstone, únicos tripulantes de una pequeña patrullera, vegetan en el remoto planeta Perfidia ostentando la representación oficial del Orden Estelar allí... Perfidia no pertenece al Orden ni el Orden tiene al parecer demasiado interés en anexionárselo, ya que se trata de uno de los rincones más miserables y corrompidos de la galaxia, pero necesita mantener una cabeza de puente en ese sector... y bajo ningún concepto le interesa que sus representantes tengan el menor conflicto con los nativos.

Por desgracia lo tan temido ocurre: el torpe y dipsómano sargento monta un altercado en los garitos de los barrios bajos de la capital del planeta, y el propio capitán se ve también involucrado al intentar rescatar al impenitente borrachín. La aventura se salda con una protesta oficial por parte de las autoridades locales, y el superior de Holt, el riguroso comandante Bristol, oficial al mando de la UNEX Argasol, toma cartas en el asunto quitándoles de en medio y castigándoles por su torpeza; relevados de su misión en Perfidia, algo que por cierto no echarán de menos, Holt y Blackstone son enviados en misión diplomática al planeta Byca, un mundo del sector de la Regencia todavía peor que su anterior destino; Byca, que tampoco pertenece al Orden Estelar, está fragmentado en un mosaico de pequeño estados que acostumbran a pelear continuamente entre sí. Uno de ellos es Wanday, cuyo tirano Trohjo ha enviado a Bristol un mensaje recibido fragmentariamente, por lo que lo único que saben es que requiere la presencia del Orden Estelar en su planeta, sin que conozcan los motivos de tal requerimiento.

Pese a que los gobernantes de Wanday se muestran sumisos con sus poderosos vecinos, Bristol le advierte a Holt que no se fíe lo más mínimo del artero tiranuelo, algo que sobresalta a éste puesto que, a los escasos atractivos de Byca, se unen sus inexistentes dotes diplomáticas... se trata realmente de un castigo, pero no tiene otro remedio que obedecer las órdenes recibidas.

A su llegada a Wanday sus peores temores se cumplen: la corte de Trohjo, digna de una opereta, no puede ser más corrupta, y la aparente amabilidad del dictador oculta unos más que evidentes deseos de traición. Así pues, tendrá que mantenerse alerta, al tiempo que vigila también a su descerebrado compañero. No tarda mucho el capitán en conocer el motivo de la llamada del autarca: tiempo atrás recogieron un náufrago superviviente de la destrucción de una nave militar del Orden, y desea entregárselo a sus compañeros para que éstos puedan repatriarlo. El náufrago es un joven, casi un niño, que dice llamarse Korelle y ostenta galones de coronel. Una vez a solas el capitán le exige que le revele su verdadera identidad, y éste confiesa que en realidad es un cadete que ha usurpado la identidad y el uniforme de un verdadero coronel, fallecido en el naufragio, para poder librarse del acoso de los degenerados cortesanos de Trohjo, que no habrían dudado en violar y esclavizar a un simple cadete, mientras que gracias a su falso grado de oficial ha conseguido verse libre de ellos.

Tras escabullirse de la escabrosa fiesta de bienvenida —en realidad una desenfrenada orgía— con la que el autarca intenta agasajarles, los tres militares se recluyen en sus habitaciones a la espera de que, con el nuevo día, puedan marcharse de allí lo antes posible. Su anfitrión, aunque desencantado puesto que, según afirma, deseaba tenerlos como invitados durante algún tiempo más, se resigna a su partida inmediata, ofreciéndose para acompañarles hasta el astropuerto donde está posada su patrullera. Así lo hacen, pero a su llegada al recinto una misteriosa nave realiza un ataque inesperado contra las instalaciones portuarias; ninguno de los protagonistas ni sus acompañantes sufren el menor daño y el ataque es repelido por las defensas antiaéreas del astropuerto, pero el mal está hecho: la patrullera del capitán Holt ha quedado reducida a un informe montón de chatarra.

Se encuentran, pues, varados en Wanday, y lo peor de todo es que no disponen de medios para poder comunicarse con la Argasol, ya que la emisora de la patrullera ha quedado destruida y la obsoleta tecnología del planeta Byca carece de una que pueda reeemplazarla con las suficientes garantías. En cuanto a Trohjo, éste muestra su indignación por el artero ataque, que atribuye a Pujade, gobernante del vecino estado de Fuernue, al que amenaza con una guerra total en venganza por el agravio sufrido. Esto importa poco a los involuntarios náufragos, a los cuales los enrevesados entresijos de la política local les trae sin cuidado; tan sólo quieren salir de allí lo antes posible, pero ¿cómo, si en todo el planeta no hay una miserable astronave capaz de abandonar su sistema planetario?

En tan controvertidas circunstancias el joven cadete, afianzado muy a su pesar suyo en su papel de falso coronel —al tener que permanecer en Byca por tiempo indefinido no tiene otro remedio que mantener la farsa—, idea una posible solución a su problema; aunque carezca de flota interplanetaria Byca no está aislado, puesto que periódicamente recibe la visita de comerciantes procedentes de otros mundos cercanos, también ajenos a la soberanía del Orden Estelar. Uno de estos mercantes tenía previsto aterrizar en Wanday precisamente en esos días, pero el ataque al astropuerto le había hecho cambiar de planes... aunque todavía se encuentra lo suficientemente cerca como para poder contactar con él con los limitados medios técnicos de los que dispone Trohjo.

Portada de la edicion de Robel

Haciendo gala de un aplomo que no tiene por menos que dejar sorprendidos a sus dos compañeros, Korelle contacta con el capitán del carguero —mitad comerciante mitad contrabandista— y, amenazándole con graves represalias del Orden Estelar si no accede, consigue vencer sus reticencias iniciales forzándole a aterrizar en Wanday. Su intención es la de utilizar la emisora del carguero para contactar con la Argasol, pero también desea la ayuda de los comerciantes independientes para otros fines que se niega a revelar incluso a sus compañeros... los cuales asisten boquiabiertos al forcejeo. Y todavía quedan más sorprendidos cuando descubren que el joven cadete es en realidad una muchacha — Jara Korelle — que no sólo había ocultado su grado, sino también su verdadero sexo para evitar —y aquí el boquiabierto Holt no tiene más remedio que reconocer lo acertado de su iniciativa— unos males que, a juzgar por la depravación reinante en la corrupta corte de Trohjo, eran más que una simple amenaza.

Finalmente el carguero desciende en el astropuerto local y Ojorey, su capitán, accede a regañadientes a colaborar en el audaz plan de la muchacha, que pasa, además de intentar contactar con la UNEX, por viajar a Fuernue para pedir explicaciones al presunto agresor. Asimismo, el comerciante confirma la sospecha de que Trohjo no juega limpio: La nave que tan oportunamente bombardeara el astropuerto, destruyendo la patrullera del capitán Holt, según Ojorey hasta pocos meses atrás era propiedad de Trohjo, y al parecer éste se la habría cedido a Pujade a cambio de algo... muy valioso, evidentemente, puesto que de no ser así, el autarca de Wanday jamás se habría desprendido de uno de sus escasos buques de guerra. En contra de lo que pensaban Jara y Holt, Trohjo y Pujade mantienen unas relaciones todo lo cordiales que pudieran ser en tan turbulento planeta, lo que hace todavía más extraño el misterioso ataque.

Pero Ojorey les aporta otro dato no menos preocupante: Poco después de la llegada de Jara a Wanday, Pujade había adquirido una partida de esclavos, todos ellos jóvenes y humanos puros, traídos por una nave esclavista, y según todos los indicios se los habría cedido a Trohjo a cambio, posiblemente, de la citada astronave. En realidad los habitantes de Byca son humanoides, y los esclavos humanos son muy apreciados entre ellos... se puede imaginar para qué. Al parecer los cautivos se encuentran encerrados en algún lugar secreto del palacio, pero Trohjo mantiene celosamente oculto su alijo.

Ante estas circunstancias, Jara decide cambiar de planes. Tras aplazar en un día la partida a Fuernue, consigue sobornar al lugarteniente de Trohjo, el ingenuo general Millastry, prometiéndole su ingreso en la Armada del Orden Estelar, gracias a lo cual éste les promete su ayuda para conducirles hacia donde el autarca mantiene recluidos a los misteriosos esclavos. Aprovechando la confusión que campea en el palacio a causa de la celebración de una de las interminables orgías nocturnas, Jara, Holt y el general nativo se internan en los sórdidos sótanos del edificio, mientras el sargento Blackstone permanece en el mercante intentando, hasta el momento de forma infructuosa, contactar con la esquiva UNEX.

Tras desembarazarse sin problemas de algunos guardias, Jara y sus compañeros consiguen llegar al fin hasta la celda donde estaban recluidos los prisioneros, confirmándose sus peores sospechas: se trata de parte de los cadetes que viajaban en la astronave naufragada, compañeros todos ellos de la muchacha; a diferencia de ésta, que había sido rescatada por una astronave de Trohjo, creyéndose la única superviviente del desastre hasta entonces, sus compañeros no habían tenido tanta suerte al caer en las garras de unos esclavistas que los habían vendido a Pujade, el cual a su vez los había cedido a Trohjo.

No hay tiempo para muchas explicaciones, puesto que la alarma puede saltar en cualquier momento. Así pues, todos ellos consiguen escabullirse del siniestro edificio, llegando sin percances hasta el carguero, donde buscan refugio... justo en el momento en el que se descubre su fuga. Ojorey logra despegar, pero las baterías antiaéreas del astropuerto consiguen dañar los impulsores de la nave, imposibilitándola para huir del planeta. La única posibilidad es aterrizar en el vecino Fuernue y reparar allí las averías, pero se enfrentan a la incógnita de saber cual puede ser la reacción del imprevisible Pujade.

El dictador les recibe con los brazos abiertos, dándoles todas las facilidades para la reparación del carguero. Por supuesto, y como medida de precaución, los cadetes rescatados se mantienen ocultos en la nave, pero esto, aparentemente, no parece importarle demasiado a su anfitrión. Finalmente, éste descubre sus cartas: desde el principio había estado compinchado con su vecino, y de común acuerdo con él había enviado a su nave a destruir la patrullera de Holt. ¿Por qué razón? Muy sencillo: ambos eran cómplices en el secuestro de los cadetes, y no les interesaba lo más mínimo que el Orden Estelar llegara a conocer su tropelía.

Para su disgusto el torpe Trohjo había dado aviso a la UNEX Argasol del rescate de Jara cuando todavía creía que era un verdadero coronel, por supuesto antes de que el resto de los cadetes prisioneros llegaran a su poder y tramaran quedarse con ellos para sus pérfidos planes; por ese motivo, y desconocedores todavía de que el mensaje enviado a la UNEX sólo había sido recibido de forma fragmentaria, habían decidido seguir adelante con su fingimiento hasta recibir la visita de los representantes del Orden Estelar que vendrían a hacerse cargo del náufrago. Pero una vez sabedores de que no corrían peligro de ser descubiertos, habían optado por impedir su marcha —de ahí la destrucción de la patrullera— para posteriormente reservar a Jara la misma suerte que la de sus desgraciados compañeros, mientras que del capitán y el sargento nunca se volvería a hablar de ellos. Claro está que la iniciativa de la muchacha haciendo venir al carguero de Ojorey ha complicado bastante las cosas, pero siguen teniendo la sartén por el mango.

La inesperada llegada de Trohjo viene a corroborar lo desesperado de la situación en que se encuentran los protagonistas, y sólo las disputas entre los dos compinches acerca del reparto del botín —los cadetes y Jara — parecen prolongar temporalmente su agonía... hasta que el sargento Blackstone, para sorpresa de todos, comunica que la Argasol, tras haber recibido finalmente su llamada de auxilio, se dispone a aterrizar en el astropuerto de Fuernue... afirmación que no es creída por ninguno, ni tan siquiera por sus propios compañeros, ya que los daños sufridos por los impulsores del mercante han afectado también a la potencia de la emisora del buque, incapaz de llegar más allá de una corta distancia del planeta. Blackstone insiste, afirmando que, por fortuna, la UNEX ya se dirigía hacia Byca cuando él la llamó, indicándole que se dirigiera hacia allí. Y si no se lo creen, remata teatralmente, tan sólo tienen que asomarse por la ventana. Y efectivamente, así es.

No le cuesta demasiado trabajo al comandante Bristol hacerse con el control de la situación, que rescata a todos los prisioneros y destruye la escasa fuerza militar de los dos autarcas; por desgracia no puede juzgarlos conforme a las leyes del Orden Estelar ya que pertenecen a un planeta independiente, y tampoco puede acabar con sus miserables y corrompidas tiranías; pero la crisis ha sido resuelta, aunque todavía queda un estrambote. El comandante explica a Holt que finalmente habían conseguido reconstruir el fragmentario mensaje enviado por Trohjo, y que extrañado por la incongruencia de un coronel de tan sólo 19 años, había decidido investigar ante la sospecha de que pudiera tratarse de un cadete procedente de la nave naufragada; el resto había sido cuestión de suerte.

Pero todavía hay más. Jara resulta ser la hija del comandante Bristol, lo que explica que éste pusiera un mayor celo en el desempeño de su misión de como lo hubiera hecho de ceñirse estrictamente a las ordenanzas; pero esto no le importa a Holt, que recibe el encargo de trasladar en un crucero a todos los cadetes, Jara por supuesto incluida, hasta la base de Vega-Lira... porque, mientras tanto, ambos han hecho muy buenas migas, sin que hayan sido obstáculo ni la diferencia de grado, ni la de edad.

© José Carlos Canalda,
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