LA GUERRA INACABADA (563, 19)
Portada primera edicion

El tomo 19 de Robel se completa con LA GUERRA INACABADA, inicialmente aparecida con el número 156 de la colección Héroes del Espacio, novela escrita —quizá como consecuencia del cambio de colección— en un tono desenfadado que en ocasiones roza casi la parodia, sin que falte tampoco en ella una cierta dosis de ingenuo erotismo muy del estilo de la época y del sello editorial, pero sin duda chocante en la obra de Ángel Torres.

Al igual que ocurriera en la novela anterior, los protagonistas son de nuevo unos personajes anónimos, en esta ocasión los tripulantes del viejo carguero Bravo, los cuales a decir verdad no pueden resultar más pintorescos: el desinhibido capitán Lorenzo; Sara, una ninfómana con poderes paranormales; el viejo borrachín Medio Litro y, por último, Damocles, un extraño alienígena multimorfo que no hace más que sorprenderse continuamente de lo extraña y ridícula que resulta ser la humanidad.

Como cabe suponer, con tamaño plantel puede suceder casi cualquier cosa. Los tripulantes del Bravo, amigos por cierto de Hunt Logan y Ordo, consiguen ganarse la vida a duras penas dando tumbos de allá para acá, y en esta ocasión intentan comerciar con los habitantes del planeta Xastor, hacia el cual se dirigen al inicio de la narración. Sin embargo, una inoportuna avería los desvía de su rumbo, obligándoles a aterrizar en un pequeño satélite deshabitado con objeto de poder reparar la nave antes de seguir adelante.

Mientras tanto, el autor aprovecha un diálogo entre los protagonistas para ponernos al corriente de la situación. Xastor es un planeta poblado por dos razas diferentes: los xasios, descendientes de colonos terrestres, y los torianos, un pueblo reptiloide. Durante mucho tiempo entre ambos pueblos se había desatado una guerra sin cuartel, lo que había motivado que el Orden Estelar aislara al planeta, pero según informaciones de Medio Litro la guerra había cesado hacía poco y las dos razas habían sellado la paz. La ocasión la pintaban calva, pues, para presentarse con un carguero atiborrado de diferentes bienes que los xastorianos a buen seguro les quitarían de las manos, justo antes de que el Orden Estelar declarara abierto el planeta y un tropel de comerciantes vinieran a disputarles el jugoso negocio.

Por desgracia, las circunstancias se encargarán de demostrar que las fuentes del viejo borrachín eran poco fiables. Apenas terminadas las reparaciones, y cuando el Bravo se encontraba a punto de despegar, una nave de guerra aparece en el cielo del planeta y aterriza a su lado. Sus ocupantes son torianos, los enemigos de los humanos locales, y para sorpresa de los viajeros les comunican que, pese a lo que ellos suponían, la guerra aún no ha terminado. Aunque en un principio les toman por xasios, es decir, enemigos suyos, a duras penas el capitán Lorenzo consigue convencerles de que son terrestres, y que su única pretensión era la de comerciar con los habitantes del planeta.

No obstante haber quedado aclarada su identidad, el oficial al mando de la patrullera toriana sigue desconfiando de ellos temiendo que, humanos como son, puedan ser espías al servicio de sus enemigos. Así pues, decide arrestarlos. Por desgracia para él, no contaba con las habilidades paranormales de Sara que, muy asustada, los teleporta a una cabina de su patrullera, por supuesto cerrada con llave; no tardarán demasiado en librarse de su encierro, pero sus prisioneros aprovechan la ocasión para largarse de allí cual alma que lleva el diablo.

Tras abandonar precipitadamente el satélite, Damocles y Medio Litro, los dos navegantes de la exigua tripulación programan un salto en el hiperespacio, con tan mala suerte —la prisa es mala consejera— que, cuando vuelven al espacio normal, se dan de bruces con la nave nodriza toriana, sin poder evitar que el carguero sea capturado por ésta. Encerrados en un hangar, deciden defenderse como buenamente puedan —el Bravo no transporta armas— aun a sabiendas que poco pueden hacer para evitar ser apresados por sus captores.

Portada de la edicion de Robel

Sin embargo, y para sorpresa suya, son recibidos como huéspedes y agasajados con todos los honores por sus amables anfitriones, pese a que tan torianos son éstos como los que les abordaran poco antes en la superficie del satélite... y no salen de su asombro cuando el comandante Gundulio, a cuyo mando se encuentra la astronave, les confirma que, efectivamente, la paz se ha firmado entre los dos pueblos, y están esperando la llegada de los embajadores del Orden Estelar para sancionarla... confundiéndoles, dicho sea de paso, con los aludidos diplomáticos. En cuanto a los militares torianos que les asaltaron... no puede ser, es imposible, todos los habitantes del planeta son firmes partidarios de la paz. Y desde luego, no pertenecen a su tripulación, eso es seguro.

Intrigados, pero dispuestos a aprovechar tan favorable coyuntura —de todos modos los torianos no parecen muy dispuestos a soltarlos tan fácilmente—, aceptan la invitación. Así pues, poco después aterrizan en la capital del planeta, no sin que antes el perspicaz Damocles se aperciba de que la nave nodriza en la que viajan es una vieja cafetera prácticamente desarmada y a punto de deshacerse en pedazos en cualquier momento.

Una vez en Xastor, son recibidos con todos los honores por los copresidentes del planeta, un humano y un toriano, los cuales celebran una gran fiesta en su honor creyendo, como no se hartan de repetir, que son los representantes oficiales del Orden Estelar... lo cual puede meterlos en un buen lío si a los verdaderos embajadores les da por aparecer en ese momento. Los discursos de los dos líderes no pueden ser más pacifistas, pero Lorenzo sigue con la mosca detrás de la oreja y, cuando la mayor parte de los invitados ya se han retirado, desinhibido por la gran cantidad de alcohol ingerido increpa a sus anfitriones recordándoles su peripecia del satélite al tiempo que les exige que se aclaren de una vez por todas.

Ambos jerarcas se muestran sumamente sorprendidos y no aciertan a explicar la razón que pueda justificar la presencia de un grupo armado hostil a la paz, aunque reconocen la existencia de pequeños grupos de disidentes en ambos bandos, los cuales se dedican a realizar actos de sabotaje en protesta por la firma del tratado de paz... pero no desde luego unidades militares, ya que se trata de descontentos aislados y aparentemente desorganizados.

En ese momento un nuevo actor entra en escena aunque, en vez de aclarar las dudas, contribuye aún más a ahondarlas. Se trata de un oficial toriano que, al frente de un pequeño pelotón de soldados, apresa a los dos presidentes y al sorprendido Lorenzo, afirmando que sus tropas se han hecho con el control del astropuerto de la capital como primer paso hacia la conquista del planeta y la victoria definitiva de los torianos sobre los odiados xasios. Interpelado por sus prisioneros, afirma pertenecer a la dotación de una astronave que se había dado por perdida en el transcurso del conflicto bélico y que ahora, desconocedores sus tripulantes de la firma del armisticio, reaparece en plan los últimos de Filipinas para seguir haciendo la guerra por su cuenta. Como cabe suponer, la patrulla que inicialmente abordara a los protagonistas en la superficie del satélite pertenecía a este buque, y no a la tripulación de Gundulio tal como erróneamente creyeran en un principio.

Aunque el presidente toriano rehúsa vehementemente sumarse al movimiento sedicioso, su colega xasio comienza a dudar de su lealtad. Mientras tanto, Lorenzo comienza a ver peligrar su pellejo. Finalmente se organiza una buena tangana de resultas de la cual, y gracias a la oportuna intervención de Sara con sus extraños poderes, los torianos sediciosos son arrestados o muertos, y su golpe de mano abortado; aunque el presidente xasio, cada vez más suspicaz, ordena la detención de su colega toriano sin prestar la menor atención a sus airadas protestas.

En cuanto a Lorenzo y sus compañeros, vuelven a ser considerados huéspedes predilectos del planeta en función de su presunta representatividad diplomática, al tiempo que el ahora único presidente, que no las tiene todas consigo, les encarga que entren en contacto con sus superiores para solicitar el envío de un destacamento militar del Orden Estelar que pueda garantizar el mantenimiento de la inestable paz, ya que los sediciosos se han hecho fuertes en el astropuerto y amenazan con bombardear la ciudad e incluso el propio palacio presidencial, algo que podrían realizar impunemente dado que, tras la larga guerra de desgaste, los escasos restos de la flota conjunta de ambos estados están literalmente para el desguace.

Pero Lorenzo tiene otros planes y, acompañado de Sara, decide visitar al presidente toriano en su calabozo. Éste vuelve a insistir en su inocencia acusando a su vez a su colega humano, siendo finalmente liberado por Lorenzo en el convencimiento de que ésta es la única manera de que los soldados torianos leales no acaben sublevándose contra sus aliados humanos. Inmediatamente después, los cuatro protagonistas parten hacia el astropuerto en un intento de rescatar su astronave, que continúa depositada en un hangar de la nave nodriza de Gundulio... lo que equivale a meterse en la mismísima boca del lobo, ya que la astronave rebelde se encuentra posada a su lado y los soldados enemigos, armados hasta los dientes, pululan por doquier.

Sin embargo, y pese a todos los pronósticos, consiguen llegar hasta la nave de Gundulio, en parte fingiendo ejercer su presunta inmunidad diplomática, en parte con algo de ayuda de los poderes telecinéticos de Sara, que se encarga de desembarazarse de todos los soldados que se interponen en su camino mediante el expeditivo método de enviarlos lo suficientemente lejos como para que no creen problemas.

En el interior de la nave se encuentran al propio Gundulio, aparentemente prisionero de los rebeldes; neutralizados asimismo los soldados que le custodiaban, éste les ofrece negociar con el comandante de la nave rebelde en el convencimiento de que, una vez que tengan conocimiento de que la guerra ha terminado, sus tripulantes se rendirán sin presentar resistencia.

Así lo hacen, para descubrir espantados que han sido miserablemente engañados por el traidor Gundulio, que en realidad es el verdadero cabecilla de la sedición en connivencia con el comandante de la astronave, único que sabe que la guerra ha terminado ya que a sus soldados los mantienen deliberadamente engañados. Evidentemente el siguiente paso es desembarazarse de sus molestos testigos, jactándose Gundulio de que el recinto en el que se encuentran está blindado contra los poderes paranormales, lo que reduce a la impotencia a la peligrosa Sara.

Eso se creía él. Para sorpresa suya —y de todos—, Sara realiza un despliegue de sus facultades que deja inermes a los dos militares traidores, lo que permite a Lorenzo y sus amigos hacerles prisioneros y controlar la situación... aunque todavía existe el peligro de las tropas sublevadas, no por desconocedoras de la situación menos peligrosas. Por fortuna, la solución es sencilla y, sin duda alguna, original: el Bravo transporta en sus bodegas un generoso cargamento de licores de alta graduación destinado en principio a las transacciones comerciales que sus ingenuos propietarios pretendían hacer en el planeta y, como por suerte los torianos son bastante aficionados —como ya han tenido ocasión de comprobar con anterioridad— a empinar el codo, pues nada, barra libre que invita la casa... y solucionado el problema, con toda la tripulación insurrecta borracha como una cuba.

El resto es fácil de adivinar. Resulta que Sara, tan modosita ella, es en realidad una nativa de Khrisdall al servicio del Orden Estelar, el cual había pergeñado una operación secreta en Xastor utilizando a los ingenuos tripulantes del Bravo como involuntarios agentes, sin que su torpeza manifiesta haya sido capaz de torcer el concienzudo plan. Evidentemente Lorenzo y sus compañeros son tratados como héroes por la aliviada población local sin distinción de raza, retornando triunfalmente a su base con la promesa de un jugoso contrato comercial... aunque el capitán se encuentra resentido con Sara tras sentirse manejado por ésta; algo, no obstante, que la paranormal se encarga de solucionar con una apropiada terapia sexual.

© José Carlos Canalda,
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