GUERRA EN EL TRIÁNGULO SOLAR (515, 18)
Portada primera edicion

Número 515 de la colección La Conquista del Espacio esta novela, que completa el tomo 18 de la edición de Robel, puede considerarse como el epílogo del breve Ciclo múrido introducido por Ángel Torres Quesada en el conjunto de la serie del Orden Estelar.

Comienza la narración de forma realmente trepidante, con una flotilla compuesta por tres UNEX internándose en otra galaxia, mucho más allá de donde jamás hubieran llegado no sólo los exploradores del Orden Estelar, sino incluso los del extinto Imperio Galáctico. ¿Qué buscan sus tripulantes en tan remoto lugar? Nadie, salvo el comandante Steen Haag, lo sabe, aunque lo que no se ha podido ocultar es que los tres poderosos buques viajan armados hasta los dientes, portando en su interior una auténtica flota de guerra.

A su llegada a un sector conocido con el nombre de El Triángulo Solar, el descubrimiento de un cuerpo desconocido hace saltar las alarmas de las tres naves. Un precavido acercamiento al intruso permite descubrir que se trata de un pecio, o más concretamente de parte del pecio de una astronave gigantesca, que muestra en su fuselaje los feroces destrozos producidos por una cruenta batalla sideral de la cual, a juzgar por las apariencias, no salió demasiado bien librado.

El despojo sideral marcha a la deriva, aparentemente muerto y desarmado, pero los sensores de las UNEX detectan la existencia de posibles náufragos en su interior. Un comando de tropas de asalto, a los que acompaña el ayudante del comandante, el joven teniente Rafael Aldor, aborda el pecio, descubriendo con sorpresa que sus tripulantes habían sido humanos, algo inconcebible en una región tan apartada de los mundos del orbe. En el interior del buque, tan destrozado como su casco, encuentran centenares de cadáveres y cuatro supervivientes moribundos, que rápidamente son atendidos por los servicios médicos de sus providenciales salvadores.

Tras recuperarse los náufragos, los expedicionarios consiguen conocer lo que ocurre en el Triángulo Solar. Los supervivientes son miembros de una raza humana, autodenominada rill, con la que al parecer los terrestres y sus descendientes no tienen el menor parentesco. Los rills se encuentran en guerra con los habitantes de los planetas de la vecina estrella, los attolitas, unas ratas gigantes que, según los rills, profesan a los humanos un odio cerval e injustificable, frente al cual a éstos tan sólo les queda la defensa. Efectivamente, una astronave rill había sido atacada varias semanas antes por sus enemigos, y el sector encontrado por los astronautas del Orden Estelar era el único que había conseguido escapar, bien que con grandes daños, a la hecatombe.

La única mujer presente entre los cuatro náufragos, que atiende por el nombre de dama Lassala, pide ayuda al comandante Haag para, en aras de la solidaridad entre ambos pueblos humanos, poder exterminar a los múridos, a lo cual éste responde que las férreas ordenanzas del Orden Estelar le prohíben taxativamente hacerlo, por lo cual se aprestará a retornar a su base para informar a sus superiores de la situación existente en esa región estelar. Quizá éstos sí decidan intervenir, pero él no puede hacerlo.

Visiblemente despechada, Lassala le solicita, eso sí, poder acompañarlo hasta la base de Vega-Lira, con objeto de actuar de embajadora de su pueblo ante las autoridades terrestres, a lo cual el comandante sí accede. En cuanto al resto de sus compañeros, serán desembarcados en Tura, el planeta de los rills, para lo cual una de las UNEX se desplaza hacia su sistema planetario mientras el resto de la flotilla aguarda su vuelta para retornar al territorio del Orden Estelar.

Portada de la edicion de Robel

Sin embargo, las cosas se complican inesperadamente cuando la confiada UNEX cae en una emboscada y es atacada a traición por una numerosa flota de guerra, viéndose imposibilitada de huir por el hiperespacio debido a la proximidad del planeta. Pese a su superior armamento la UNEX, incapaz de usarlo, acaba sucumbiendo finalmente ante el aplastante fuego enemigo.

La noticia cae como un mazazo en las tripulaciones de sus dos compañeras, al tiempo que Lassala, que no oculta su odio irracional hacia los múridos, aprovecha la ocasión para atribuirles la responsabilidad de la destrucción de la UNEX, razón por la que insiste tenazmente en la necesidad de que la flotilla del Orden Estelar tome represalias contra los asesinos de sus camaradas.

El comandante, atrapado entre dos fuegos, duda. Finalmente decide intervenir en el conflicto, pero no como parte beligerante tal como deseaba la turania, sino como mediador en un hipotético armisticio. Por ello, traza un plan consistente en la captura de un navío attolita, preferiblemente un carguero, con el objeto de capturar rehenes que le puedan servir de intermediarios con sus superiores. Puesto que la flota attolita tiene sometido a Turan a un férreo bloqueo, no será difícil interceptar a alguna de las naves que aprovisionan a los sitiadores.

Los acontecimientos se desatan tan como habían sido previstos, y un carguero enemigo es capturado con facilidad por la flota del Orden. Sin embargo, su abordaje no resulta ya tan sencillo, puesto que los tripulantes se defienden encarnizadamente pese a saberse perdedores. Finalmente todos ellos acaban muriendo en el enfrentamiento, excepto dos que, heridos de gravedad, son capturados por los asaltantes. Sin embargo, algo empieza a no encajar en el mosaico cuando descubren que algunos de los cadáveres, así como uno de los prisioneros, pertenecen a la raza humana.

Esta circunstancia causa una honda excitación a Lassala, que insiste en que se trata de renegados vendidos a los enemigos múridos, y que ambos cautivos deberían ser pasados por las armas; algo a lo que el comandante se niega en rotundo, dado que desea interrogarlos; aunque para ello deberá esperar a que sanen de sus heridas.

Sin embargo, las intrigas de la turania consiguen hacer mella en la voluntad del jefe de la expedición, cada vez más receptivo a sus propuestas de atacar a las naves sitiadoras con toda su fuerza militar, capaz de romper el cerco attolita. Pero ahora es el teniente Aldor el que duda.

Inspirado por una súbita deducción el astronauta, que ha estado oficiando de traductor entre sus compañeros y los turanios, se precipita al hangar donde se encuentra el crucero en el que están siendo atendidos los dos prisioneros. Le acompaña la alférez Tau Aguiat, miembro de las fuerzas de asalto, con la cual ha trabado amistad en el transcurso del viaje. Ambos jóvenes ven cumplirse sus peores sospechas cuando comprobar que los guardias que custodiaban el crucero han sido asesinados, y una vez en el interior descubren a la traidora Lassala encañonando al múrido.

La súbita irrupción de los militares desconcierta a la turania, pero tarda poco en hacerse con el control de la situación reduciendo también a estos últimos a la condición de prisioneros. Su plan es simple: intentará simular que ha sido el attolita quien, tras liberarse de sus ataduras, ha asesinado a los soldados y, ahora también, a Rafael y a Tau, liquidándole posteriormente en su condición de salvadora; con este nuevo engaño confía en acabar de vencer las reticencias del comandante Haag, al tiempo que se desembaraza de un testigo molesto.

Pero controlar a tres personas a la vez no le resulta fácil, y en el forcejeo resultante el múrido cae abatido mientras que los dos astronautas no consiguen evitar que Lassala recupere el control de la situación. Aparentemente, con la muerte del attolita su plan se ha venido abajo, pero rápida de pensamiento consigue urdir uno nuevo; tras volar la esclusa del hangar, pone en marcha el crucero y huye de la UNEX antes de que sus sorprendidos tripulantes puedan hacer nada por evitarlo. Éstos creerán, a buen seguro, que ha sido el attolita quien ha secuestrado la nave convirtiendo a los humanos en rehenes, pero lo que en realidad pretende la turania es burlar el bloqueo y aterrizar en su planeta, con o sin sus rehenes.

Pero para ello necesitará desembarazarse previamente de su otro enemigo, el humano que acompañaba a los múridos. Éste se encuentra, todavía convaleciente, en una sala de la enfermería del crucero, y hacia allí se dirige con sus cautivos con la sana intención de arrojarlo al espacio. Pero lo que no tenía previsto, era que éste se hubiera liberado de sus ataduras y que, oculto tras el mobiliario de la sala, le atacara lanzándole estiletes antes de que ella pudiera reaccionar. En la refriega inmediata el teniente y la alférez consiguen desarmar a la traidora herida y, tras convencer al nervioso rill de que no son enemigos suyos, deciden introducir a Lassala en una cabina de hibernación para evitar que muera.

Mientras tanto el crucero, gobernado por el piloto automático, ha llegado hasta las líneas de bloqueo, siendo capturado e inmovilizado por las astronaves attolitas. Poco después, éstos abordan el buque apresando a sus ocupantes. Mientras Orindo, que éste es el nombre de su circunstancial aliado, es tratado como uno de los suyos, Rafael y Tau son encerrados en una celda y, poco después, interrogados por sus desconfiados captores, que pese a mostrar su extrañeza por su procedencia, se muestran convencidos de que ellos son aliados de los renegados, tal como denominan a los turanios. En cuanto a Lassala, que había resultado ser una alta jerarca de su planeta, se les comunica que ha muerto víctima de las heridas recibidas. Sólo la intervención de Orindo consigue librarles de ser ejecutados sin contemplaciones, y una vez devueltos a su celda es éste quien les explica la situación real, muy diferente de las mentiras urdidas por Lassala.

A raíz de la paz firmada por Attol y Rill, no sólo había habido disconformes en el primer planeta, como el ya conocido por los lectores Traoll. También un grupo de rills se había mostrado contrario al armisticio con sus seculares enemigos pero, incapaces de hacer valer su opinión, habían optado por exiliarse encontrando refugio en Tura, donde habían levantado una civilización basada en el odio inextinguible hacia los múridos.

Tiempo después una iniciativa conjunta de Attol y Rill había iniciado la colonización de los planetas habitables del sistema solar vecino, ignorantes de la existencia del planeta de los renegados. Cuando finalmente se descubrieron los unos a los otros, la reacción de los turanios había sido inmediata, atacando a los aliados sin mediar provocación alguna. Éstos a su vez, superiores en poderío militar, habían optado por bloquear el planeta para evitar en lo posible la escalada bélica, destruyendo al único navío turanio que había podido escapar al espacio, al cual pertenecían los restos descubiertos por las UNEX.

La destrucción de la nave del Orden Estelar se había producido por error al sospechar que pudiera proceder de Tura, pero pese a que los attolitas están convencidos de la procedencia extragaláctica de los visitantes, siguen desconfiando de ellos, ya que temen con razón que éstos puedan hacer causa común con los turanios.

El teniente Aldor sabe que las dos UNEX supervivientes de la escuadrilla se dirigen a toda máquina a Tura con la intención de levantar el bloqueo, lo que sin duda provocará la guerra total entre humanos y múridos; y desde luego descarta convencer a sus captores de la inocencia del engañado comandante Haag. La única posibilidad de evitar el conflicto pasa por enviarle un mensaje lo suficientemente creíble como para que deponga su actitud, pero ¿cómo hacerlo estando prisioneros? Desde luego, los attolitas no se lo van a consentir en modo alguno.

Finalmente es Orindo que acepta ayudarlos, liberándoles de su encierro y conduciéndoles al capturado crucero, donde los dos terrestres deciden enviar un mensaje a su superior... en morse, creedores de que tan arcaico lenguaje de comunicaciones, desconocido por sus captores, convencerá al comandante de la credibilidad del mismo. Así lo hacen, aunque finalmente, tras ser descubierta su fuga, vuelven a ser hechos prisioneros sin contemplaciones.

Su futuro se habría presentado muy sombrío de no haberse dado una circunstancia inesperada: según les comunica Orindo, las naves del Orden Estelar han hecho finalmente acto de presencia, pero no como enemigas sino como aliadas, frustrando definitivamente las esperanzas de los turanios, que serán desarmados y aislados hasta que depongan su belicosa actitud. Se rescata a los prisioneros, se cruzan mutuas excusas por parte del comandante Haag y el máximo responsable del ejército combinado, y las dos UNEX emprenden el viaje de vuelta a su lejana base. Afortunadamente, la crisis ha podido ser desactivada.

En el epílogo de la novela el comandante recibe a los dos jóvenes oficiales que tan señalada intervención han tenido en la aventura, comunicándoles, para sorpresa de ambos, que, aunque su mensaje codificado en morse fue efectivamente recibido, ningún miembro de la tripulación había sido capaz de descifrarlo, razón por la que fue ignorado. ¿Cómo entonces, le pregunta un desconcertado Rafael, fue posible que descubriera su error? Pues nada menos que gracias a un mensaje —virtual— de Alice Cooper y Adán Villagrán, todavía desde su remoto destino en el pasado de la Tierra. Pero poco importa eso; lo importante es que se ha podido cumplir satisfactoriamente con la misión encomendada, independientemente de cuales hayan podido ser las circunstancias.

Las modificaciones introducidas por Ángel Torres en la reedición de Robel —la que ha sido comentada— son ligeras, pero significativas, y se centran en el epílogo, añadido en esta segunda versión. Por ello, en la edición original, aunque los protagonistas de la novela son los mismos en ambos casos, no hay la menor referencia a Alice Cooper y Adán Villagrán, ni tampoco se cita al incidente de Ompya. Puesto que la conversación final de Alice y Adán con el comandante Haag tampoco existe, es el famoso mensaje en morse enviado por el teniente Aldor el que efectivamente logra impedir el enfrentamiento armado. Ya a título anecdótico, cabe añadir que las tres UNEX que intervienen en el episodio, bautizadas con unas asépticas siglas en la versión original, aparecen ahora rebautizadas como Gadir, Melkart... y Silente, convertida temporalmente esta última en el buque insignia del comandante Haag mientras sus titulares, Alice y Adán, realizan su famosa —y fantasmagórica— misión en la Tierra del pasado.

© José Carlos Canalda,
(2.335 palabras) Créditos