INVASOR DEL MÁS ALLA (143, 17)
Portada primera edicion

Esta novela, número 143 de La Conquista del Espacio y reeditada posteriormente tanto por Ediciones B (cierra el cuarto y último volumen de esta fallida edición) como por Robel (completa, con la anterior, el tomo 17) tiene una curiosa historia cuyo origen se puede rastrear en el artículo que Ángel Torres publicara en el número 113 de la revista Nueva Dimensión. En él, el escritor gaditano se lamenta amargamente de las múltiples cortapisas que los responsables de la colección le interponían para obstaculizarle el desarrollo de su serie del Orden Estelar, diciendo a propósito de INVASOR DEL MÁS ALLÁ:

Con la aparición de los gigantescos e inteligentes múridos en la novela INVASOR DEL MÁS ALLÁ, que ponen en peligro a los habitantes del planeta agrícola Ompya, al mando de su tenebroso jefe Traoll, pre-sento a un nuevo comandante de una Unidad Exploradora, Loff Lumpell. Sinceramente, en el argumento tenían cabida Alice y Adán, los cuales podían dejar el romance a Loff con la nativa de Ompya, Duria. Ellos estarían tan ocupados haciéndose el amor que no hubieran sido un estorbo.

Bastantes años después Ángel Torres logró sacarse la espina, de forma que en la reedición de Robel es, efectivamente, Adán Villagran el protagonista de la novela, mientras su alter ego Loff Lumpell hace un discreto mutis por el foro como si no hubiera existido jamás. Por lo demás, la narración no presenta más diferencias entre las dos versiones, que las puramente de estilo.

Es una lástima que el autor no hiciera una labor de repesca similar con otras novelas suyas —tales como La raza milenaria, número 361 de La Conquista del Espacio — formalmente independientes por exigencias de la editorial —en realidad pícaramente camufladas — pero, en realidad, pertenecientes a un universo calcado del Orden Estelar, algo que no le hubiera resultado demasiado complicado. Con ello, su obra habría quedado mucho más completa; esperemos, no obstante, que éstas puedan ser rescatadas en un futuro próximo.

Hecha esta necesaria introducción, es conveniente pasar ahora al estudio del argumento de la novela, aunque parte de él nos ha sido ya desvelado por la cita del propio Ángel Torres. En un mundo remoto, situado en otra galaxia, dos razas antaño antagónicas, los attolitas y los rills, viven ahora en paz. Pero Traoll, un brillante científico attolita, ha enloquecido e intenta promover una guerra de exterminio contra los antiguos enemigos de su pueblo. Pese a lo inaudito de la crisis, las autoridades attolitas no se andan con remilgos e inmediatamente detienen al revoltoso, lo juzgan como criminal —el primero de su talla en un milenio— y lo condenan a la pena máxima permitida por sus leyes, no la de muerte —ésta fue abolida mucho tiempo atrás— sino la de destierro.

Portada de la edicion de Robel

Pero se trata de un destierro muy especial. Confinado en una astronave que no podrá abandonar bajo ningún concepto, pero la cual cuenta con un sistema de soporte vital capaz de mantenerlo con vida hasta que literalmente muera de viejo, ésta es lanzada hasta los confines de su galaxia, hasta mucho más allá incluso, estando programada para rehuir todo acercamiento a cualquier mundo habitado. Traoll está condenado, pues, a vivir y morir en la soledad más absoluta.

Ha transcurrido mucho tiempo, y la cárcel de Traoll vaga ahora por una galaxia diferente de la suya. El prisionero se ha resignado a su rutina, pero un día los sensores de la nave detectan la presencia de un objeto desconocido. Se trata de una astronave y, pese a que el vehículo de Traoll inicia una maniobra de evasión, los intrusos atajan su huida, abordándolo. Acto seguido, varios de los misteriosos tripulantes trasbordan al interior de su presa, para excitación del viejo prisionero, que ve cómo de repente se abre ante él una inesperada posibilidad de acabar con su condena.

Ansioso, Traoll aguarda impaciente su llegada... para descubrir con ira que éstos no son otros que los odiados rills. Cegado por la ira asesina a sus desprevenidas víctimas —su potencia física y su capacidad para matar son muy superiores a las de éstos— y, tras camuflarse con el traje espacial de uno de los muertos, se desplaza a la nave de éstos despachando de forma expeditiva al resto de su tripulación.

Dueño de ambas naves y, sobre todo, libre de su prisión, Traoll se traslada, junto con todas sus pertenencias —entre ellas su valioso instrumental científico—, al vehículo capturado, el cual es perfectamente capaz de pilotar a donde desee... El destino elegido es un planeta cercano, probablemente el lugar de origen de sus víctimas, y hacia allí se dirige el ex-prisionero aunque, eso sí, con toda cautela; todo parece indicar que éste está habitado por los enemigos seculares de su raza, cuyo odio hacia ellos no se ha extinguido, sino todo lo contrario.

Pero los motivos para encender su ira todavía no han acabado. Recién aterrizado, Traoll descubre la existencia de congéneres suyos en el desconocido planeta... reducidos a la condición de simples animales irracionales —más tarde sabrá el lector que se trata de roedores, o múridos como los denomina el autor—, incapaces por completo de disputar la supremacía a los odiados rills. Traoll jura venganza y, auxiliado por sus portentosos conocimientos científicos, da inicio a un ambicioso plan que le permitirá alcanzar allí el triunfo que le negaran en su propio planeta natal.

Han pasado varios años, y también cambia el escenario de la narración. Ulf-Groe, regidor de Ompya, un pacífico planeta agrícola vinculado al Orden Estelar, ha pedido ayuda a éste a causa de unos violentos y misteriosos asaltos que han sembrado el terror y la muerte en su mundo. Con ese fin ha sido enviado Adán Villagrán —seguiremos aquí la nueva versión, ignorando al desaparecido Loff Lumpell —, circunstancialmente presente en la base de Vega-Lira, y puesto precipitadamente al mando de la UNEX Scorpio. Adán, que ha obedecido a regañadientes puesto que lo que él deseaba era reintegrarse a la Silente, se muestra en principio escéptico ante la para él exagerada alarma de sus anfitriones; no cree que sea para tanto, tal como expone con franqueza a su interlocutor, y piensa que los nativos habrían sido capaces de resolver la crisis por sí mismos sin necesidad de ayuda alguna.

Pero Ulf-Groe no es de la misma opinión, e insiste en lo grave de la amenaza. Algún tiempo atrás encontraron una astronave perdida —la que fuera asaltada por Traoll — y en ella los cadáveres de la mayor parte de la tripulación, atrozmente destrozados por unas garras inhumanas... heridas similares, por cierto, a las de las recientes víctimas de los misteriosos ataques; y en el carguero faltaba una de las naves auxiliares, lo que hace sospechar que el sanguinario asesino hubiera podido descender al planeta. Poco después había sido descubierta también, abandonada y con el resto de los cadáveres de la tripulación en su interior, la propia nave-prisión de Traoll, de cuyo estudio habían deducido su remota procedencia.

Resignado, Adán acepta investigar lo ocurrido, para lo cual le es ofrecida la ayuda de Duria, una bella nativa encargada de ponerle al corriente. Acto seguido, ambos viajan a uno de los asentamientos asaltados, donde descubren que la desolación es total. Quienes quiera que sean los atacantes, su salvajismo no ha podido ser mayor; y cada vez más peligroso; pese a que en un principio sus únicas armas eran las garras, ahora han mostrado poseer una tecnología bélica capaz de poner en jaque a las bisoñas y escasas fuerzas paramilitares puestas precipitadamente en pie por los atribulados habitantes de Ompya.

Temerosos de que los ataques se repitan en asentamientos hasta ahora a salvo, Adán y Duria se desplazan al que sospechan que pueda ser el próximo en ser asaltado, el cual ha sido fortificado por sus escasos defensores. En una entrevista mantenida con los responsables, uno de los cuales es hermano de su compañera, Adán acoge con escepticismo la teoría de éstos de que los misteriosos asaltantes no son otros que ratas gigantes, presumiblemente evolucionadas a partir de los inofensivos roedores nativos del planeta, los cuales por cierto han desaparecido como por ensalmo.

Tras aprobar las medidas defensivas adoptadas por sus anfitriones, Adán regresa a su nave dejando a Duria con su hermano. Una vez allí, comienza a analizar los datos recogidos, alcanzando finalmente unas sorprendentes conclusiones.

Esa misma noche el asentamiento es atacado y, pese a defenderse con denuedo, la suerte de sus defensores habría sido la misma que la de sus infortunados compañeros, de no darse la circunstancia de la feliz llegada de las tropas de asalto del Orden Estelar, precipitadamente enviadas por Adán Villagran una vez que éste tuvo la certeza de lo real de la amenaza... Los asaltantes, finalmente, son repelidos, y basta un estudio somero de los cadáveres dejados por los mismos en el campo de batalla para concluir que, efectivamente, se trata de ratas gigantes bípedas surgidas de forma inopinada en contra de todas las leyes científicas conocidas.

Viéndose desbordado por los acontecimientos, y carente de fuerzas suficientes para defender con éxito al planeta, Adán intenta entrar en contacto con sus superiores con objeto de pedir refuerzos, algo difícil dado que periódicamente la peculiar órbita de Ompya deja al planeta aislado casi por completo del resto del universo. Obligado a valerse por sus propias fuerzas, Adán implanta la ley marcial y asume la jefatura suprema, siendo su primera medida la de evacuar a la totalidad de la población concentrándola en la capital, con objeto de poder defenderla mejor.

Mientras tanto, Traoll no se ha dormido en los laureles. Gracias a un nuevo giro narrativo sabemos que durante sus años de exilio en Ompya, y valiéndose de sus portentosos conocimientos científicos, ha conseguido crear un ejército de ratas humanoides acelerando artificialmente la evolución de los pacíficos roedores del planeta. Aunque sus primeros golpes de mano se habían saldado con éxito, su sonado fracaso frente a las tropas del Orden Estelar le hace montar en cólera decidiéndole a acelerar sus planes, que no son otros que apoderarse del planeta para posteriormente, tras aniquilar a los humanos que él identifica con los rills, utilizarlo de base de operaciones para hacerse con el poder en Atole y derrotar a sus seculares enemigos.

Furioso, ataca con todas sus fuerzas, que incluyen hasta satélites artificiales, a la plaza fuerte de sus enemigos, convencido de que la concentración de los mismos en un único lugar le facilita las cosas. La batalla termina en tablas, con los roedores rechazados de nuevo, pero con la flota mercante de Ompya completamente destruida y la Scorpio dañada severamente e imposibilitada para despegar siquiera, aunque al menos sí le será posible proteger con sus armas y con su campo de fuerza a la indefensa ciudad.

No obstante, Adán Villagran no se hace ilusiones. Las reservas de munición y, sobre todo, de energía son limitadas, y cuando éstas se agoten los humanos se encontrarán completamente inermes frente al enemigo. Traoll tan sólo tendrá que mantener pacientemente el sitio de la ciudad durante unos días para que ésta caiga en sus manos como una fruta madura.

Una segunda batalla, todavía más encarnizada que la anterior, concluye asimismo sin que ninguno de los dos bandos resulte vencedor. Los atacantes han sufrido pérdidas espantosas, pero esto no parece importarles; son poco más que simples autómatas que obedecen como esclavos las órdenes de su amo, incluso cuando éstas les conducen a su propio exterminio. Y Traoll dispone de soldados suficientes, millones de ellos, como para poderse permitir el lujo de enviar a la muerte a parte de ellos.

No obstante saberse vencedor de la contienda, el attolita solicita entrevistarse con Adán en territorio neutral. Éste acepta, para encontrarse con un simple y puro ultimátum: Traoll le exige la rendición incondicional, proponiéndole que se una a él en su demencial cruzada: Una vez dominados los humanos de Ompya, a los que pretende utilizar como mano de obra especializada, algo para lo que no le sirven sus toscos soldados, construirá una potente flota con la que poder conquistar Attol y Rill. Si rehúsa, él y sus congéneres serán masacrados.

Adán, huelga decirlo, rechaza de plano la propuesta, a lo cual Traoll le responde dándole unas horas para pensárselo. El comandante terrestre no las necesita para cambiar de opinión, pero una vez de vuelta a su base intenta desesperadamente aprovecharlas en busca de algún resquicio que le permita evitar el ominoso futuro que se les avecina. Inspirado por una brusca intuición, pide que le conduzcan a la nave-prisión del múrido, donde confía encontrar alguna pista.

Y la encuentra, para fortuna suya. En el interior de la misma, descubre una esfera que brilla con una rabiosa luz roja; los ompyanos afirman que cuando la nave fue encontrada esa esfera se encontraba apagada, y tras interrogar a quienes tiempo atrás custodiaron la nave, llega a la conclusión de que el inicio de su brillo data de tres años atrás. Puesto que Traoll le había comunicado que sus carceleros habían instalado un mecanismo que le permitiría suicidarse si así lo deseaba, Adán comienza a atar cabos.

Así, cuando poco después recibe la llamada del impaciente caudillo enemigo, tras dar instrucciones a Duria se desplaza a la sala de mando del Scorpio, donde no sólo vuelve a rechazar de plano aliarse con éste, sino que le amenaza con traer a los propios attolitas a Ompya. Ante la estupefacción de Traoll, le comunica que la esfera no era en realidad un mecanismo para provocar su suicidio, sino una especie de radiobaliza diseñada para activarse si por accidente éste conseguía aterrizar en algún planeta y escabullirse de su castigo; y así había ocurrido, por lo que los attolitas deberían estar ya buscándole... Sólo falta una cosa para que lo encuentren, la destrucción de la esfera, lo cual ordena Adán a Duria delante del perplejo Traoll, al cual vaticina un final inmediato.

Varias horas después, una imponente flota estelar arriba a Ompya. Se trata, sin duda, de los attolitas y sus aliados rills, la cual extermina al ejército sitiador en una operación relámpago y, tras recoger el cadáver de un múrido, presumiblemente el fugitivo Traoll, se desvanece como por ensalmo. La amenaza ha sido conjurada.

Concluye la novela con las explicaciones que Adán Villagran da al almirante que el Orden Estelar ha enviado a Ompya para auxiliar a los sitiados. El protagonista informa a su superior de que sus suposiciones fueron correctas y, tras destruir la esfera, los perseguidores de Traoll lograron descubrir el lugar exacto en el que se encontraba. Por lo demás, es mejor que los humanos por un lado, y los attolitas y rills por otro, permanezcan aislados; son muchas las diferencias que los separan.

Por último, es necesario reseñar que el ya citado cambio del protagonista obligó a Ángel Torres a modificar el final de la novela; en la versión original Loff Lumpell vive un tórrido romance con Duria, saldado en una más que presumible boda; en la nueva versión, por el contrario, aunque persiste el enamoramiento de la muchacha, Adán Villagran se mantiene fiel a Alice Cooper rehusando corresponder a la decepcionada Duria... algo que, por cierto, dudo bastante que le hubieran permitido hacer en la época de Bruguera.

© José Carlos Canalda,
(2.529 palabras) Créditos