MUERTE EN UNDAR (106, 17)
Portada primera edicion

Esta novela, con la que se inicia el tomo 17 de la reedición de Robel, fue publicada inicialmente con el número 106 de La Conquista del Espacio y, años más tarde, constituyó la tercera entrega del cuarto y último volumen de la reedición parcial de Ediciones B.

Aunque Muerte en Undar pertenece plenamente a la saga del Orden Estelar, se trata en realidad de un episodio independiente ajeno a las aventuras de los tripulantes del Silente. La razón para ello la explicó el propio Ángel Torres en un artículo publicado en su día en Nueva Dimensión: los responsables de la colección de bolsilibros de Bruguera le presionaban para que no escribiera series, y él se dedicó a burlar la imposición evitando a Adán Villagran y Alice Cooper pero ambientando sus novelas en ese mismo universo. Curiosamente el autor gaditano cambia aquí de registro, olvidándose de sus argumentos habituales para abordar una trama de intriga que recuerda un tanto a las antiguas novelas que el veterano Luis García Lecha hiciera populares en las colecciones de Toray.

El protagonista de la narración es en esta ocasión Randolph Saab, un aventurero que se gana la vida como detective privado y agente al servicio del mejor postor. Unos desconocidos le han ofrecido un jugoso trabajo, para lo cual se reúne con ellos en Rengelt, una especie de Las Vegas a escala planetaria donde acuden jugadores de todo el orbe conocido. Allí es recibido por sus anfitriones: se trata de los propietarios de la Unión Transestelar, una poderosa compañía de viajes interplanetarios que se encuentra al borde mismo de la quiebra por culpa de la feroz competencia de las Líneas Consolidadas, una nueva compañía que, pese a lo reciente de su constitución, le está ganando rápidamente terreno gracias a una guerra de tarifas en la cual la U. T. lleva todas las de perder.

Sospechando que tras la política comercial de su rival pudiera haber gato encerrado, los responsables de la U. T. han decidido contratar a Ran —así atiende el protagonista— con objeto de que averigüe qué puede haber detrás de todo ello, sospechando que la única manera posible que tienen de abaratar costes es consiguiendo de forma ilegal combustible a un precio muy inferior al del mercado.

Aunque en un principio Ran se niega a aceptar, dado que no le agradan los casos de espionaje comercial, finalmente acaba aceptando gracias a la jugosa oferta económica realizada por sus atribulados interlocutores, influyendo también bastante el hecho de que en sus pesquisas le acompañará Sordia, una bella muchacha empleada de la compañía.

Puesto que las Líneas Consolidadas tienen su sede social en Undar, un planeta abierto al comercio de la galaxia pero no integrado en el Orden Estelar, Ran y Sordia deciden desplazarse hasta allí para indagar; lo que todavía desconocen, es que tras las Líneas Consolidadas se esconde algo mucho más siniestro que una simple guerra de tarifas... pero no tardarán en sospecharlo.

Así, en la misma habitación del hotel de Rengelt en el que se hospeda, Ran recibe la visita de un sicario que le ofrece una cantidad todavía mayor a cambio de traicionar a sus contratadores. Éste se niega, a lo cual el sicario responde intentando asesinarlo... aunque el muerto acaba siendo él y Ran y la muchacha, maltrecho el primero y preocupados ambos, embarcan finalmente rumbo a Undar tras deshacerse del cadáver, algo relativamente fácil gracias a las discretas armas empleadas, capaces de pulverizar a una persona.

Portada de la edicion de Robel

Cambia ahora el escenario, llevándonos el autor a la sede de las Líneas Consolidadas, donde sus responsables barruntan lo que se les cae encima. Preocupados por la desaparición de su sicario, y temerosos de que el agente de la compañía rival pueda estar espiándolos, deciden adoptar las medidas pertinentes para evitarlo. Al mismo tiempo, deliberan también acerca de su negocio, presuntamente legal para casi todos, incluidos los inocentes accionistas, pero que en el fondo oculta algo turbio. De su conversación los lectores deducen la existencia de algún tipo de actividad ilegal en uno de los rincones más remotos y despoblados del planeta; pero Ángel Torres sólo lo insinúa, con objeto de mantener hasta el final la intriga. Y por supuesto, siguen buscando a Ran con propósitos nada limpios, para lo cual cuentan con una amplia red de matones capaces de burlar a la policía local.

Mientras tanto, Ran y su compañera no se han dormido en los laureles, reuniéndose con uno de los agentes de la U. T. en el planeta. Éste a su vez tiene comprada a la secretaria, a la par que amante, de Lemh Kaafur, el mismísimo director de las Líneas Consolidadas, la cual se dirige a su domicilio para transmitirle una información de suma importancia: de la conversación anterior entre los diferentes jerarcas de la compañía, de la que ya tiene conocimiento el lector, ha deducido el lugar exacto donde se ubica el refugio secreto en el que tienen lugar las misteriosas actividades secretas de la compañía.

Quiere el azar que la secretaria y el agente local coincidan con Ran y Sordia, lo que permite a estos últimos conocer la información de primera mano. Tras pagar generosamente a la muchacha, que manifiesta su deseo de poner tierra por medio de forma inmediata, los dos protagonistas se marchan de allí... justo a tiempo, puesto que inmediatamente después aparecen dos sicarios que venían siguiendo a la secretaria al sospechar de ella y, tras asesinar al espía de la U. T., la hacen prisionera llevándosela consigo.

Mientras tanto, Ran y Sordia no se han estado quietos. Sabedores de que sus rivales están reclutando trabajadores para enviarlos a su base secreta, Ran se hace pasar por uno de ellos, mientras su compañera se encarga de mantener el contacto con sus informadores y con los responsables de la U. T.; pero lo primero no será posible por las razones expuestas, e incluso ella se salva de milagro de caer en manos de sus enemigos.

Las cartas están, al menos parcialmente, sobre la mesa. Tras interrogar a su antigua secretaria, Lemh Kaafur y sus cómplices ven confirmados sus temores de que un agente de la U. T. anda tras sus pasos, sospechando que haya podido infiltrarse entre los últimos trabajadores reclutados. Por su parte, Sondra sabe también que han sido descubiertos y, aunque es consciente de que sus identidades permanecen, al menos por el momento, ocultas, teme con razón que a Ran haya podido sucederle algo, inquietándole no poder entrar en contacto con él tal como habían acordado. Así pues, decide coger el toro por los cuernos entrevistándose con el accionista principal de las Líneas Consolidadas, a quien sabe inocente de las trapacerías de sus directivos.

Ran, por su parte, ha conseguido burlar todos los controles, siendo trasladado con el resto de sus compañeros al remoto lugar en el que se esconde la base de las Líneas Consolidadas. Una vez allí son sometidos a una cuarentena para adaptarse —eso les dicen— a las duras condiciones ambientales, pero poco a poco comienza a sospechar que los verdaderos trabajos a los que serán destinados no coinciden en modo alguno con los que teóricamente les corresponderían; el secretismo de sus guardianes es total, y quienes se atreven a mostrar su desagrado, o deciden marcharse de allí, son sometidos a brutales palizas o, simplemente, desaparecen sin dejar rastro.

Ran decide entonces pasar a la acción antes de que sea demasiado tarde. Aprovechando la complicidad de la noche, y tras haber observado que todas ellas un misterioso convoy de camiones descarga unas cajas cerradas en el vecino astropuerto a la par que se lleva nuevos reclutas de vuelta a su desconocido destino, se esconde en uno de ellos descubriendo, como sospechara, que su meta es una misteriosa mina, presumiblemente de donde sus captores obtienen fraudulentamente el combustible que les permite competir deslealmente con el resto de las compañías. Ran se introduce en las galerías y descubre, aterrado, los cuerpos moribundos de los antiguos trabajadores, corroídos mortalmente por la fuerte radiactividad que se desprende del mineral prohibido.

Entre ellos descubre a dos personas que le resultan conocidas, la ex-secretaria del director, condenada por éste a la más cruel de las muertes, y un recluta como él con el que había trabado amistad antes de que le hicieran desaparecer a causa de sus protestas. A diferencia de los otros desgraciados, la radiactividad todavía no se ha cebado en ellos de forma irreversible, lo que mueve a Ran a liberarlos; lo difícil resultará escabullirse no ya de la mina, lo cual consiguen pese a dispararse la alarma y ser acosados por los guardias, sino de la propia base enemiga, dado que la única manera de escapar de allí es por el aire y todas las naves están controladas.

Finalmente logran hacerse fuertes en los barracones de los reclutas, a los cuales convencen de que han sido engañados y tan sólo les aguarda la muerte; pero son cercados por sus enemigos, viéndose obligados a rendirse. Tras unos forcejeos en los que Ran logra ganar algo de tiempo amenazando a sus perseguidores con desatar una fuga radiactiva que mataría a todos, la balanza comienza a inclinarse peligrosamente del lado de los sicarios de las Líneas Consolidadas.

Por fortuna, el milagro ocurre. Justo en el momento más dramático aterrizan providencialmente dos naves. En la primera de ellas viaja un destacamento de policías undaritas, mientras de la otra descienden Sordia, el accionista principal de la compañía al que finalmente ésta ha conseguido convencer de los turbios manejos de sus subordinados, varios altos cargos más y el propio Kaafur, este último en condición de prisionero. Rápidamente los policías se hacen cargo de la situación desarmando y deteniendo a los cómplices de éste, con lo cual la crisis queda conjurada. Poco es lo que se podrá hacer por los desgraciados moribundos que agonizan en el fondo de la mina, pero al menos se ha logrado evitar que los asesinatos continúen perpetrándose de forma impune, tal como había venido ocurriendo hasta ahora.

En el desenlace final, el lector acaba conociendo los últimos cabos sueltos. Efectivamente, el yacimiento que con tanto afán explotaban los criminales es de un mineral radiactivo capaz de suministrar un combustible para las astronaves mucho más potente que el habitual, pero debido a su extrema peligrosidad su extracción y explotación está totalmente prohibida. Lo que empezó aparentemente como una mera guerra comercial se ha acabado revelando como una operación no sólo ilegal, sino también criminal orquestada por el ambicioso Lemh Kaafur y sus cómplices, a la cual eran ajenos tanto los accionistas de la compañía como las propias autoridades de Undar, las cuales se comprometen a poner bajo control del Orden Estelar el peligroso yacimiento.

En cuanto a Sordia... para sorpresa de Ran, ésta resulta ser la hija de Aakon Luppo, el mayor propietario de la U. T., lo que explica la gran capacidad de maniobra de la que la muchacha ha gozado a lo largo de toda la aventura. Y como cabe suponer, ambos se aman.

© José Carlos Canalda,
(1.831 palabras) Créditos