LOS MAGNICIDAS DEL TIEMPO (142, 16)
Portada primera edicion

El tomo número 16 de la edición de Robel se completa con la novela LOS MAGNICIDAS DEL TIEMPO, aparecida por vez primera con el número 142 de la colección Héroes del espacio y reeditada posteriormente en el tomo cuarto de Ediciones B, en el que ocupa el segundo lugar tras EL ENIGMA DE URTALA.

Nos encontramos con una nueva aventura del Silente, al que en esta ocasión se le ha encomendado viajar hasta las proximidades de un agujero negro. Nadie, ni siquiera sus comandantes, conoce la totalidad de las órdenes de sus superiores, dado que parte de éstas permanecen secretas y sólo podrán ser leídas si los análisis realizados al agujero negro dan ciertos resultados. Por esta razón, y por la peligrosidad de la vecina singularidad, los miembros de la tripulación se muestran inquietos, sobre todo los numerosos reclutas que, para disgusto de la oficialidad, han sido embarcados en esta misión.

Uno de ellos es motivo de especial preocupación para sus superiores. Se trata del sargento Tagani, nativo de Akuy, un mundo recién incorporado al Orden Estelar tras muchos años de espera. Akuy no es un planeta cualquiera, como bien saben Alice y Adán. Víctima de la crueldad imperial hasta extremos difícilmente comparables en toda la galaxia —el cruel emperador Argamente III había utilizado a sus habitantes como conejillos de indias sometiéndoles a experimentos genéticos ideados para convertirlos en soldados perfectos—, su diezmada población había desarrollado un pacifismo visceral a la par que un más que justificado recelo hacia todo cuanto proviniera de la Tierra... incluyendo al propio Orden Estelar. Finalmente habían aceptado formar parte del mismo, e incluso como muestra de buena voluntad habían enviado jóvenes voluntarios a las academias militares.

Pero los oficiales del Silente ven en la presencia del joven sargento simples móviles políticos, ya que éste demuestra continuamente ser un auténtico negado para todo cuanto tenga que ver con lo militar. De hecho, una entrevista que Alice mantiene con él contribuye a incrementar todavía más sus reticencias, máxime cuando al joven se le escapa la afirmación de que se había enrolado en el Silente, y no en ninguna otra Unex, debido a que quería participar en la misión encomendada a ésta; algo realmente sorprendente debido a que la misma tan sólo era conocida por los miembros del Alto Mando y los dos comandantes de la nave.

Aunque Adán y Alice comienzan a considerar muy seriamente la conveniencia de relevarlo del servicio, por el momento sus prioridades son otras. Realizados los análisis pertinentes, al parecer con resultados positivos, las instrucciones secretas son al fin desveladas: el Alto Mando les ordena atravesar el agujero negro. Y, aunque circulan algunas leyendas acerca de que en la época imperial pudieron llegar a ser utilizados como atajos, nada de eso se sabe en la actualidad, y las astronaves del Orden acostumbran a evitar cuidadosamente sus peligrosas cercanías.

Temerosos de una catástrofe, pero disciplinados al fin, los comandantes del Silente obedecen finalmente las órdenes recibidas. La Unex atraviesa el agujero negro surgiendo indemne en otra región del espacio, dándose de boca con un acorazado imperial que inmediatamente les da el alto... Sorprendidos en un principio, caen finalmente en la cuenta de lo ocurrido: la travesía por el agujero negro les ha hecho retroceder hacia el pasado, apareciendo en la época correspondiente al reinado de Argamente III, uno de los últimos emperadores dignos de tal nombre antes de que la descomposición del imperio se iniciara de forma irremisible. Deseosos de investigar sobre tan oscuro período histórico, Adán y Alice deciden recurrir a la misma estratagema que ya utilizaran con anterioridad, fingiéndose emisarios de un mundo remoto, situado más allá de las fronteras imperiales, y manifestando su deseo de rendir pleitesía al emperador.

Mientras tanto, el sargento Tagani sigue deparándoles sorpresas; a diferencia de sus curtidos compañeros, el tránsito por el agujero negro le crea una grave e inexplicable crisis nerviosa. Aunque poco después parece recuperarse, la médico que le atiende comunica a los comandantes su sospecha de que su capacidad mental, muy superior a la normal, pudiera quizá llegar a crearles problemas.

Portada de la edicion de Robel

Tras acatar todas las órdenes recibidas del navío imperial, Alice y Adán, sorprendentemente acompañados por el sargento Tagani —no podrían explicar las razones de su insólita elección, todo se ha debido a un repentino impulso de la comandante—, abandonan el Silente para reunirse con el almirante Ramsey en su propio buque, el acorazado Creta. Éste los recibe con desconfianza, pero sin hostilidad. En realidad, está sorprendido como los dos comandantes. Ramsey es un buen militar ajeno a cualquier tipo de intriga política, algo que no resulta ser precisamente una ventaja en el nido de intrigas en que se ha convertido la corrompida corte imperial. El almirante, aunque leal al emperador, conoce muy bien las consecuencias que podría acarrearle dar un paso en falso, razón por la que decide dar aviso a sus superiores de la presencia del Silente en territorio del imperio, evitando así adoptar una problemática decisión. Mientras recibe la respuesta, retiene a sus huéspedes a la par que ordena al Silente mantenerse al pairo a escasa distancia de su acorazado.

La respuesta llega finalmente, aunque no es la que cabía esperar. La corte imperial no reside en un planeta sino que se encuentra a bordo de un enorme navío — autoplaneta, lo llamaría Pascual Enguídanos — que, escoltado por una poderosa flota, deambula de un lugar a otro de la galaxia siguiendo los deseos del emperador y su todopoderoso chambelán. Casualmente se encuentra relativamente cerca del lugar en el que navega el Silente, razón por la que al almirante Ramsey se le ordena que conduzca a los dos comandantes a presencia del todopoderoso monarca.

A esas alturas tanto Alice como Adán sospechan cada vez más de los planes que pueda haber urdido el enigmático Tagani, pero por razones que desconocen —parece como si éste fuera capaz de manejar sus mentes— no sólo no le apartan de ellos, sino que lo convierten en su inseparable compañero. En especial, la dependencia de la comandante no puede ser más estrecha, para irritación de Adán.

Finalmente los tres son trasladados a la corte imperial por el cada vez más incómodo Ramsey, mientras el Silente, que los ha seguido, se mantiene a una distancia prudencial. Allí Tagani comienza a mostrar sus cartas: Argamente III es el mismo emperador que diezmara a su pueblo, razón por la que le odia de forma visceral. Este hecho hace considerar a los comandantes la extraña coincidencia de que el Silente haya ido a parar precisamente a esa época histórica y no a otra... pero sus prioridades en estos momentos son distintas. En una comunicación con el Silente, el capitán Kelemen les informa de que varios centenares de tripulantes —la práctica totalidad de los reclutas— han desaparecido como por ensalmo, sin que nadie logre descubrir el menor rastro suyo. Interrogar a Tagani resulta inútil, puesto que éste se ha sumido en una especie de sueño cataléptico del que no les resulta posible despertarlo.

Además, en ese momento son llamados por sus anfitriones; el emperador les espera. A poco de ser recibidos en audiencia por el emperador y su astuto chambelán, su comedia se viene abajo al no ser creída su falsa procedencia. Adán opta entonces por revelar la verdad, sin mejores resultados. Por si fuera poco, el chambelán les comunica que un grupo de varios centenares de combatientes, surgidos de no se sabe donde, se han hecho con el control del acorazado de Ramsey, con más que probables intenciones de atacar a la sede imperial.

Alice y Adán descubren con asombro los planes de Tagani: Evidentemente los ha manipulado, ejerciendo un control mental sobre ellos, para viajar al pasado y poderse vengar así del tirano que siglos atrás masacrara a su pueblo. El resto de los reclutas, con toda probabilidad, se habrían teleportado del Silente al Creta aunque, paradójicamente, tan sólo una minoría de ellos proceden del planeta Akuy. Más adelante, el propio Tagani les confirmará sus sospechas, explicándoles que todo forma parte de un vasto plan que implicaba el control mental de los altos jerarcas del Orden Estelar. Aunque su pueblo carecía inicialmente de poderes paranormales, éstos los habían adquirido los supervivientes de los experimentos genéticos imperiales, habiéndoselos transmitido a sus descendientes. Y sí, todos los reclutas son naturales de Akuy, aunque se habían dispersado previamente por diferentes planetas para evitar ser descubiertos.

Pero ahora sus problemas son otros, puesto que el emperador ha ordenado que sean ejecutados. Cuando los soldados pretorianos intentan aplicar la sentencia, aparece providencialmente Tagani y, tras desembarazarse de ellos gracias a su portentoso poder mental, ordena a sus antiguos superiores que abandonen la corte imperial antes de que en ella se desate el apocalipsis; él y sus compañeros han decidido llevarse por delante al cruel tirano y a todo cuanto le acompaña. El emperador y su chambelán, mientras tanto, han huido protegidos por un campo de fuerza, pero la venganza de los descendientes de sus antiguos súbditos no se detendrá hasta que su sangre haya sido derramada.

Mientras los comandos suicidas, teleportados ahora a la corte imperial, comienzan su orgía de destrucción, Adán y Alice huyen a los hangares aprovechando la confusión reinante y, tras apoderarse de la falúa personal del emperador, ponen proa al lejano Silente. Aunque son perseguidos por varios acorazados imperiales, consiguen ponerse a salvo en su nave, tras lo cual la Unex se zambulle de nuevo en el agujero negro de vuelta a casa. Tagani les había urgido a hacerlo, puesto que el puente entre el presente y el pasado —o el presente y el futuro, según de qué lado se mire— era inestable, y después de cierto tiempo se acabaría rompiendo; algo providencial para evitar que sus perseguidores se adentraran en una época que no era la suya.

Uno de los puntos quizá más interesantes de esta novela, es el planteamiento de la paradoja temporal que constituye el núcleo de la misma. Así, aunque a su llegada al pasado los protagonistas manifiestan su temor de que una intervención suya pudiera provocar alteraciones en la historia, en realidad ocurre justo lo contrario: la historia contemplaba la necesidad de esa intervención para desarrollarse como se desarrolló, y sólo la ausencia de crónicas detalladas a causa del turbulento período que sucedió a la muerte de Argamente impedía saber a priori que éste había sido ejecutado por unos verdugos procedentes de su futuro. En resumen: el ciclo queda de esta manera cerrado.

© José Carlos Canalda,
(1.738 palabras) Créditos