LOS ABORÍGENES DE KALGALLA (599, 14)
Portada primera edicion

Esta novela, con la que comienza el volumen número 14 de la reedición de Robel, fue publicada inicialmente con el número 599 de La Conquista del Espacio, correspondiéndole asimismo abrir la tercera entrega de la reedición de Ediciones B, que vuelve a enlazar de nuevo con la línea general de la serie tras el breve intervalo de las dos novelas recogidas en el anterior tomo de Robel.

LOS ABORÍGENES DE KALGALLA es una obra curiosa dentro del conjunto del habitualmente antrópico Orden Estelar, puesto que en ella Ángel Torres cambia de registro planteando algo tan inusual en esta serie como es el enfrentamiento de tú a tú entre la humanidad y una cultura alienígena; pero no nos anticipemos y comencemos donde lo hace la novela, que es, paradójicamente, justo donde solían acabar las anteriores, el desenlace de una crisis entre los representantes del Orden y los nativos de uno de tantos Mundos Olvidados.

Los hechos tienen lugar en esta ocasión en el planeta Kalgalla, donde tras el colapso del Imperio una dinastía local había logrado mantenerse en el poder durante varios siglos, sometiendo a sus súbditos a una cruel tiranía. El último de estos déspotas, el cruel Smarglo, se vio obligado a enfrentarse a una rebelión general en el planeta y, sintiendo la amenaza de una derrota, había contratado a una banda de mercenarios a los que encomendó la defensa de su trono. Éstos habrían logrado sus objetivos de no mediar la oportuna aparición del Silente que, tras informar de la situación a sus superiores, recibe la orden de intervenir en el conflicto apoyando a los rebeldes en su lucha por derrocar al tirano.

La intervención de los soldados del Orden alcanza rápidamente los objetivos militares previstos; la derrota de las huestes de Smarglo es inminente, pero éste guarda aún un as en la manga. Tras ordenar al general Kholt, jefe de los disciplinados mercenarios, que resista hasta el final, reúne cuantas riquezas puede acopiar en una pequeña nave que tenía escondida y huye con ella del planeta sin que el Silente pueda impedirlo. Mientras tanto los rebeldes logran hacerse con el control de Kalgalla, y comienzan a adoptar las primeras medidas del nuevo régimen.

En principio ningún obstáculo se opone ya a que Smarglo se zambulla en el hiperespacio rumbo a cualquier lugar de la galaxia fuera de la soberanía del Orden Estelar, en el cual podrá llevar una vida regalada gracias a los caudales expoliados a su pueblo durante su largo reinado. Pero antes de hacerlo, y todavía en el sistema estelar de Kalgalla, decide revisar sus tesoros, encontrándose con que, por error, ha traído con él una caja cuyo único contenido son doce extraños bulbos. Entonces recuerda: estos bulbos son parte de los objetos que fueron encontrados tiempo atrás por una expedición arqueológica que intentó desentrañar los misterios de una antigua civilización que vivió en el planeta varios miles de años atrás, extinguiéndose antes de la llegada del hombre. Llevado por su talante autoritario había procedido a incautar todos los objetos exhumados, y ahora se encuentra con algo de lo que ignora por completo su naturaleza, pero de lo que está seguro de que su valor es nulo. Así pues, procede a expulsarlos al espacio.

Entonces ocurre algo curioso: de los bulbos surgen unas excrecencias que se adhieren al casco de la nave, impidiendo que éstos se pierdan en las profundidades del espacio. Y, para sorpresa del tirano, pese a las inhóspitas condiciones de su entorno, parecen alentar vida e, incluso, comienzan a crecer de tamaño. Aterrorizado, Smarglo intenta penetrar en el hiperespacio, descubriendo con pavor que los mandos no responden; está varado en mitad del espacio sin posibilidad alguna de huir de allí. Así transcurren varios días, pasados los cuales descubre con alivio que los extraños bulbos van muriendo uno a uno y desprendiéndose del casco de la nave; pero de poco le sirve, puesto que inmediatamente después aparece un inmenso navío que captura su pequeño vehículo introduciéndolo en su interior. El siguiente paso puede considerarse, casi, un típico encuentro en la tercera fase; los extraños tripulantes de la nave alienígena se muestran ante él antes de que pierda el conocimiento.

La narración da entonces un salto llevando al lector de nuevo a Kalgalla, donde Alice Cooper y Adán Villagran trabajan codo a codo con Joe Jeffrey, antiguo jefe de los rebeldes y ahora presidente provisional de la recién nacida república. El nuevo gobierno de Kalgalla cuenta con el apoyo total de las autoridades del Orden Estelar, pero hasta que una delegación oficial llegue de la Tierra el Silente tiene órdenes de permanecer en el planeta. Para matar el tiempo los dos comandantes se dedican a husmear por el palacio del depuesto Smarglo, descubriendo los hallazgos arqueológicos incautados por éste. El sorprendido Jeffrey llama al descubridor de los mismos, el cual les revela el lugar del yacimiento. Tanto el gobernante local como los dos representantes del Orden Estelar deciden hacer una visita, encontrándose con una cripta subterránea en cuyo interior descubren un gran número de los extraños bulbos. Llamados un par de científicos del Silente al planeta éstos comienzan a estudiarlos, descubriendo que se trata de un extraño modo de vida mitad animal y mitad mineral, probablemente relacionado con los enigmáticos habitantes primigenios de Kalgalla.

Portada de la edicion de Robel

De poder hacerlo, quien hubiera podido aclararles el enigma habría sido el atribulado Smarglo, ahora en poder de unos alienígenas que manifiestan pertenecer a la raza original del planeta, que ellos denominan Halko. Pese a ser un astro extremadamente frío, en el límite mismo de la tolerancia humana, Kalgalla tuvo en el pasado un clima todavía más glacial, mortal para los humanos pero idóneo para los halkos. El calentamiento del planeta, que había facilitado la colonización humana durante la época imperial, había amenazado de extinción, por el contrario, a los halkos, los cuales habían fletado tiempo atrás una nave con objeto de que ésta pudiera buscar un nuevo hogar para su raza antes de que se produjera su extinción definitiva.

Los astronautas halkos no habían logrado su propósito, pero tampoco podían volver a Kalgalla debido a que desconocían la ruta que conducía de vuelta a su planeta. La imprudente acción de Smarglo lanzando al vacío los embriones de halkos —pues eso eran los bulbos— provocando su muerte, había obrado el milagro: en su agonía los bulbos habían lanzado una poderosa llamada telepática de auxilio que había encaminado a los exploradores hacia ellos. Lamentablemente han llegado tarde para evitar su muerte, lo que provoca su cólera al considerar a Smarglo su asesino... al cual condenan a muerte. Éste, en un arranque de desesperación, les promete un pacto: su vida a cambio de conducirlos a Kalgalla, cuya ubicación continúan desconociendo. Y por sorprendente que parezca, éstos aceptan.

Mientras tanto, en el planeta liberado las cosas se complican. Los dos científicos, tras descubrir que el metabolismo de los bulbos parece acelerarse con el frío, montan un laboratorio improvisado en el propio palacio real —los comandantes del Silente, por razones de seguridad, han prohibido llevarlos a la nave— e incitan el crecimiento de éstos. Por desgracia, y sin que nadie sea capaz de preverlo, éstos se desarrollan rápidamente creando halkos de tamaño adulto —aunque técnicamente sean recién nacidos— que logran escapar de su encierro arrasando todo cuanto encuentran en su camino. Tras unas escenas que recuerdan poderosamente tanto a películas clásicas —desde EL ENIGMA DE OTRO MUNDO hasta ALIEN — como a varios bolsilibros de la época clásica de autores tales como Pascual Enguídanos, los alienígenas siembran el terror en el edificio dejando tras de sí un rastro de cadáveres despedazados e incluso devorados, antes de ser abatidos por las tropas especiales del Silente.

El peligro ha sido conjurado aunque con un alto precio de vida, pero Alice y Adán comienzan a temer —y así se lo transmiten a su anfitrión— una posible contrariedad hasta entonces no prevista: que según las leyes del Orden los seres surgidos de los bulbos sean considerados como los legítimos habitantes de Kalgalla, lo que obligaría a la evacuación de los humanos residentes en el planeta desde hace siglos. Paralelamente el científico superviviente —el otro ha fallecido víctima del ataque de los alienígenas—, convencido de que estos seres son inocentes y sólo las circunstancias traumáticas de su nacimiento les han incitado a la violencia, consigue introducir clandestinamente un bulbo en el Silente, con objeto de poder provocar, esta vez de forma controlada, el nacimiento de un alienígena. Descubierto por Alice Cooper, ésta decide no obstante permitirle extraoficialmente que continúe con su arriesgado experimento.

Por su parte, el traidor Smarglo no se ha dormido en los laureles. Tras convencer a sus huéspedes de la posibilidad de enfriar artificialmente el planeta con objeto de volverlo a hacer habitable para ellos, proceden a desembarcar en el mismo con objeto de provocar la eclosión de los bulbos conservados en la gran caverna, últimos restos junto con los tripulantes de la nave de la otrora poderosa raza de los halkos. Y como para ello necesitan aliados, proceden a capturar al carguero del Orden Estelar encargado de transportar a los mercenarios supervivientes a un mundo del Orden para ser juzgados. Contando con la ayuda del general Kholt y sus hombres, así como con el apoyo tecnológico de los alienígenas, Smarglo planea rescatar la totalidad de sus riquezas, la mayor parte de las cuales tuvo que abandonar en su precipitada huida, y vengarse de sus enemigos, al tiempo que engaña a los confiados halkos prometiéndoles el control de un planeta libre de humanos.

Tras burlar la vigilancia del Silente, que continúa en órbita en torno a Kalgalla, la nave alienígena aterriza sin contratiempos en las ruinas de la antigua ciudad de los halkos y, tras neutralizar a la confiada guarnición que custodiaba el recinto, montan en el interior de la caverna una gran instalación frigorífica, lo suficientemente potente como para provocar la eclosión de todos los bulbos restantes.

Claro está que su plan tenía que ser descubierto forzosamente tarde o temprano, y cuando ello ocurre la primera medida adoptada por los militares del Orden Estelar y sus aliados locales es cercar el recinto con un imponente destacamento armado. Los halkos, preocupados por el futuro de los suyos, están dispuestos a defenderlos con todas sus fuerzas para, a continuación, expulsar a los humanos de lo que consideran su planeta. Esto causa las primeras discrepancias entre ellos y sus aliados, ya que a diferencia de Smarglo, cuyo afán de venganza no tiene límites, los mercenarios no desean en modo alguno luchar contra sus hermanos de raza, de modo que poco después desertan y se entregan a los comandantes del Silente.

Éstos, por su parte, intentan negociar con los alienígenas buscando convencerlos de que el planeta ya no reúne las condiciones climáticas adecuadas para ellos, pero todo es en vano; los halkos no tienen ningún lugar al que ir, así que reiteran sus intenciones al tiempo que dan un ultimátum para la evacuación del planeta. Mientras tanto, el antiguo tirano muere víctima de su propia codicia, ajusticiado por unos alienígenas que no le han perdonado su crimen y que, pese a ser incapaces de mentir, habían conseguido engañarle distorsionando la verdad.

Atados de pies y manos por las férreas leyes del Orden, Alice y Adán se ven obligados a aceptar las peticiones de sus interlocutores, pero no ocurre lo mismo con los naturales del planeta que, encabezados por su líder, deciden vender cara su derrota. Así pues, apoderándose de las armas que sus aliados habían desplegado en torno al asentamiento enemigo, desoyen las peticiones de éstos y desencadenan un ataque frontal contra los halkos... que es fácilmente rechazado por éstos.

Algún tiempo después, y gracias a un epílogo escrito por Ángel Torres a modo de colofón de la novela, sabemos que los habitantes humanos de Kalgalla han acabado aceptando muy a su pesar su evacuación a otro planeta, entregando el planeta a sus primitivos moradores. Aunque los alienígenas se han comprometido a no abandonar su mundo y a no competir con los humanos en su expansión por la galaxia, Alice y Adán no acaban de fiarse del todo, razón por la que comentan que el Orden Estelar tendrá que vigilarlos discretamente, al menos durante algún tiempo. Pero su secreto, que sólo conocen ellos y, a modo de sorpresa final el lector, es que las armas que desplegaran frente a los halkos, las mismas con las que los nativos intentaron infructuosamente hacerlos frente, habían sido saboteadas de forma deliberada por los propios miembros del Orden; en realidad los halkos no eran invencibles, y habrían podido ser vencidos de haberlo querido así los comandantes del Silente; pero convencidos de que no tenían otro remedio que proceder a la evacuación del planeta, habían procedido de esta manera para evitar posibles intentos desesperados de los nativos que habrían hecho estallar una guerra de impredecibles consecuencias.

© José Carlos Canalda,
(2.141 palabras) Créditos