LOS CONQUISTADORES DE RUDER (83, 12)
Portada primera edicion

Esta novela, que hace el número 83 de La Conquista del Espacio, corresponde respectivamente a la tercera entrega del segundo tomo de la reedición de Ediciones B y a la primera del volumen 12 de Robel, existiendo como en los casos anteriores una estrecha relación argumental entre ésta, las dos anteriores y la posterior, las cuales forman tal como ha sido comentado el único ciclo de cuatro episodios que fue respetado en su día por Bruguera.

Ruder es un planeta que, lejos de colapsar culturalmente tal como ocurrió en la mayoría de los Mundos Olvidados tras el hundimiento del Imperio Galáctico, ha sabido mantener un nivel tecnológico similar al de los tiempos imperiales. Pero su gobierno, una monarquía pacífica hasta la llegada al trono del príncipe Greham cinco años atrás, ha desarrollado una agresiva política contra los planetas vecinos, a dos de los cuales —Dhor y Burga— ha invadido y colonizado con mano de hierro.

Comienza la narración en mitad de una trepidante batalla sideral entre la flota ruderiana y la del planeta Ohbur, el último planeta libre de su sistema que se resiste desesperadamente a ser conquistado. Pese a la abrumadora superioridad de los ruderianos sus rivales se están defendiendo con gran tenacidad, e incluso ponen en serios apuros a la propia nave almirante de la flota invasora, el poderoso crucero Averno. Acuciados por las circunstancias, los responsables del buque se ven obligados a recurrir a los prisioneros que, a modo de modernos galeotes, tienen encerrados en la sala de máquinas, prometiéndoles la libertad si reemplazan a los desaparecidos artilleros. Éstos, liderados por el intrépido Drem Domar, un cautivo natural de Burga, acceden a la petición con la condición de que, al finalizar la batalla, sean desembarcados en Cetso, un planeta de comerciantes perteneciente a un sistema solar vecino que hasta el momento ha conseguido mantener una difícil neutralidad política en mitad del avispero.

La batalla se zanja con la victoria final de los ruderianos y, en el caso concreto del crucero almirante, gracias al auxilio de los penados, lo cual no impide que el taimado almirante se niegue en redondo a cumplir su compromiso. Esta felonía provoca el amotinamiento de los cautivos los cuales, capitaneados por Drem Domar, consiguen hacerse con el control de la nave. Tras escabullirse del resto de la flota enemiga merced a una estratagema, embarcan a los supervivientes de la dotación ruderiana en un par de naves auxiliares, de las cuales podrán ser rescatados por sus compañeros, y marchan rumbo a Cetso en busca de la libertad que tan duramente han ganado.

La narración da ahora un salto para llevarnos a Cetso, donde acaba de rendir viaje el Hermes bajo el mando de Alice Cooper. El Regidor C’okh, gobernante supremo del planeta, los recibe con hospitalidad y muestra su consentimiento al establecimiento de lazos entre Cetso y el Orden Estelar, aunque por el momento no contempla su incorporación a este organismo. Alice manifiesta su aceptación, como representante del Orden, de la voluntad soberana de los habitantes de Cetso. Más le preocupa la actitud del belicoso Ruder, que ha rechazado de plano cualquier intento de acercamiento, a lo cual le confiesa el Regidor que también para ellos es un problema su agresivo vecino. Paralelamente sabemos que Adán Villagrán está ausente del Hermes, al haber viajado a la Tierra para solicitar una revisión de su grado.

En principio todo parece estar zanjado, pero sorpresivamente el Regidor pide ayuda a Alice. La llegada de los fugitivos del Averno ha originado una grave crisis diplomática, ya que el gobierno de Ruder no se conforma con la devolución del crucero sino que exige también la entrega de los rebeldes. El gobierno de Cetso desea protegerlos, pero su temor a las represalias de Ruder es demasiado fuerte como para atreverse a enfrentarse a ellos. Así pues, solicita a Alice Cooper que sea ella, es decir, el Orden Estelar, quien les conceda el solicitado asilo político.

Alice duda, puesto que esta iniciativa podría comprometer sus deseos de entablar relaciones con Ruder. Finalmente decide entrevistarse con los fugitivos y, más concretamente, con Drem Domar, el cual la convence de la perfidia de los ruderianos al tiempo que le proporciona importantes datos. El anterior monarca de Ruder, a su muerte, había dejado dos hijos, la princesa Berlah y su hermano menor Greham. Debido a la vigencia de la ley sálica el heredero era Greham, el cual había comenzado a reinar con el título de príncipe hasta que alcanzara la mayoría de edad, momento en el que sería proclamado rey.

Portada de la edicion de Robel

En un principio Greham había gobernado con prudencia, pero tras padecer una grave enfermedad durante la cual fue atendido personalmente por su hermana, lo cual había servido para desmentir los rumores que acusaban a ésta de ambicionar el trono, una vez recuperado había experimentado un brusco cambio de personalidad, cambiando la anterior política pacifista por un expansionismo agresivo que le había hecho dueño de dos planetas, estaba a punto de hacerle dueño de un tercero y ni tan siquiera podían estar seguros los habitantes de Cetso de no ser su cuarta conquista. Se decía que su entronización como rey iría pareja a su coronación como emperador, pero quizá no aguardara ni a eso dada su exacerbada ambición de poder.

Ya decidida a conceder protección a los antiguos cautivos, Alice tiene ahora que entendérselas con los arrogantes militares ruderianos llegados a Cetso para hacerse cargo del crucero, los cuales no están en modo alguno dispuestos a dejar que se les escape la presa. Tras ser convocada una reunión tripartita, Alice decide llevar consigo a Drem en calidad de asesor. La entrevista es breve y áspera, ya que la delegación ruderiana está presidida por el mismo almirante que fuera humillado por los amotinados, y no está dispuesto a permitir ningún acuerdo que no sea la entrega inmediata de los mismos. Alice Cooper, como cabe suponer, se niega en redondo, y un intento de su interlocutor por imponer su voluntad a la fuerza es abortado de forma radical por los propios ruderianos de su escolta —en realidad pretorianos del príncipe—, que le dan muerte de forma inmediata, en realidad como castigo a su derrota. Acto seguido éstos invitan oficialmente a Alice a asistir a la próxima ceremonia de coronación, a lo cual ésta accede al convenirle para sus propios planes.

Durante el viaje de Cetso a Ruder el Hermes es abordado por una nave del derrotado Ohbur, que acaba de rendirse al invasor. El comandante de la misma intenta convencer a Alice de que ayude a su pueblo a sacudirse el yugo invasor, pero ésta rehúsa escudándose en las leyes del Orden Estelar. El ohburiano se marcha despechado y decepcionado, mientras Alice pide a Drem —el cual está enamorado platónicamente de la muchacha— que no la juzgue demasiado pronto, ya que está desarrollando un plan. Como se sabrá más adelante, éste consiste en dar un informe de Ruder lo suficientemente sombrío como para justificar una intervención armada del Orden Estelar, pero para que éste pueda ser llevado a cabo necesita pruebas, y éstas sólo las conseguirá gozando de la confianza suficiente de sus anfitriones como para poder moverse por el planeta con la suficiente libertad para conseguirlas.

Finalmente el Hermes rinde viaje en Ruder y Alice, acompañada de Drem en calidad de asesor —algo que no satisface precisamente a éste, que desearía una relación mucho más íntima— se dedica a husmear por la capital descubriendo que, camuflada por el oropel, se esconde una miseria generalizada que afecta a la mayor parte de la población de Ruder. Aquí Ángel Torres refleja al régimen que gobierna el planeta con tintes sombríos, perfilando una dictadura que recuerda bastante a la Alemania nazi.

De vuelta al palacio real, donde ya se han reunido los invitados, Alice es convocada en audiencia por la princesa Berlah, la cual aparece ante los ojos de la terrestre como una ambiciosa psicópata. Básicamente lo que pretende es comunicarle su deseo de que el Orden Estelar les deje en paz sin entrometerse en su política expansionista, pero detrás de sus palabras trasciende una enorme ambición poco o nada compatible con su condición de hermana del monarca. Cuando Alice le manifiesta su voluntad de atender únicamente a los requerimientos del príncipe, único interlocutor válido para el Orden, ella monta en cólera, pero no tiene más remedio que fingir su consentimiento.

La ceremonia de la coronación es inminente, pero para sorpresa de los representantes del Orden Estelar ésta no va a tener lugar en el salón de recepciones donde se encuentran todos los invitados, sino que será retransmitida en directo por una pantalla de televisión; según les comunican, desde que padeciera la enfermedad que casi le lleva a la tumba, el príncipe ha desarrollado una fuerte misantropía que le impide aparecer en público en cualquier acto, por muy importante que pueda resultar éste.

Los solemnes actos dan comienzo, pero Alice comienza a tener sospechas de que algo no está ocurriendo como debiera. El príncipe, recién coronado rey de Ruder y emperador de los tres planetas vasallos, manifiesta públicamente, ante el estupor de todos los invitados, su voluntad de extender sus dominios, por la fuerza si fuera necesario, mucho más allá de sus actuales fronteras. En ese momento uno de los asistentes, identificado por Alice como el representante de Ohbur que intentara recabar infructuosamente la ayuda del Orden Estelar, comienza a clamar a gritos en contra del tirano. Éste es detenido inmediatamente por la guardia pretoriana del dictador, el cual le condena a muerte de forma inmediata.

Es entonces cuando la comandante terrestre exige en público, en aplicación de las leyes de Ruder, un juicio justo para el prisionero, ofreciéndose como defensora del mismo. El monarca se burla de ella afirmando que acaba de firmar su condena a muerte, pero ella insiste en ser recibida en audiencia privada, a lo cual él no se puede negar pese a que tiene bien claro que no consentirá en modo alguno la humillación a la que ha intentado someterse. Así, ante la perplejidad de Drem y la obediente pasividad de los oficiales del Orden Estelar que los acompañaban, Alice parte escoltada en dirección a la misma sala donde ha tenido lugar la pantomima de la coronación.

Aunque aparentemente su futuro no puede vislumbrarse más sombrío, Alice Cooper se guarda un importante as en la manga aunque, eso sí, es consciente de lo arriesgado de su jugada. Tras lograr desembarazarse de la omnipresente princesa, y ya a solas con el flamante emperador, comienza a capear su ira al tiempo que inicia un seductor striptease... que no causa la menor mella en su interlocutor pese a la belleza de su anatomía.

Poco tardará el lector en conocer las razones para tan sorprendente comportamiento. Merced a una serie de deducciones dignas de una novela policíaca, Alice había llegado a la conclusión de que el príncipe actual no era el mismo que el anterior a su enfermedad, sino un simple cyborg sin voluntad propia controlado por su ambiciosa hermana, la cual, imposibilitada para reinar merced a las anticuadas —y machistas— leyes ruderianas, ha encontrado así la manera de materializar su enorme ambición, manejando a su hermano —o, mejor dicho, al simulacro del que fuera su hermano— como si de un ventrílocuo se tratara. Está loca, sin lugar a dudas, pero es extremadamente peligrosa.

En realidad, Alice no ha hecho otra cosa que aprovecharse del acendrado machismo de la sociedad ruderiana. Pese a haber sido desconectado el sistema de televisión que retransmitiera la ceremonia, gracias a un dispositivo electrónico camuflado en su uniforme había conseguido conectarlo de nuevo sin que ni el emperador ni su hermana se apercibieran de ello, gracias a lo cual su desnudo integral había sido retransmitido en directo a millones de espectadores de docenas de planetas distintos, sin duda la audiencia más elevada de la historia para un espectáculo de esta naturaleza. Gracias a su audaz iniciativa, Alice ha conseguido demostrar que el príncipe no es un hombre real —su indiferencia ante el desnudo no ha dejado lugar a dudas— sino una simple marioneta manejada por su hermana, la cual como cabía esperar resulta ser totalmente indiferente a los encantos de la bella comandante.

Cuando la taimada Berlah descubre la trampa en la que ha caído ya es demasiado tarde, y su cerebro enfermo no puede resistir la tensión cayendo víctima de un colapso que acaba provocándole la muerte. En cuanto al falso príncipe, una vez privado del control de su verdadera dueña se derrumba inerte a la vista de todos.

Desaparecidos ambos hermanos, no por ello deja de ser peligrosa la situación. Por fortuna los militares ruderianos, tan machistas como el resto del planeta, se sienten burlados por la desaparecida princesa, lo cual salva a Alice y a sus compañeros de posibles represalias, pudiendo salir sanos y salvos de la ratonera. Evidentemente en Ruder se abre una crisis política de incalculables consecuencias, pero de desactivarla ya se encargarán otros representantes del Orden Estelar. Alice y sus compañeros del Hermes han cumplido sobradamente con su misión, tras lo cual tan sólo les queda retornar a la Tierra. En cuanto a Drem, éste es devuelto a su planeta, liberado como los demás del yugo ruderiano y, a partir de entonces, acogidos al manto protector del Orden Estelar. De nuevo es un hombre libre y puede volver a su recién emancipada patria, pero no está en absoluto satisfecho ya que, por encima de todo, envidia a ese teniente Adán Villagrán que, aunque no ha llegado a conocer, es el responsable de que no haya podido conquistar el corazón de la comandante terrestre.

Aunque la novela, tal como ocurre con la práctica totalidad de la obra de Ángel Torres, es entretenida y resulta agradable de leer, cuenta con un episodio que la singulariza notablemente de las demás, el sorprendente desenlace del striptease de Alice Cooper, una escena que hoy en día nos parece ingenua pero que, en el momento de ser publicada por vez primera en 1972, era de una audacia sorprendente dado que todavía faltaban varios años —y sobre todo se tenía que morir Franco— para que surgiera el sarampión del destape, que acabaría llevando a las colecciones futuristas de Bruguera por el camino de un erotismo ramplón y chabacano. Paradójicamente Ángel Torres, a diferencia de buena parte de sus compañeros de colección, no entró entonces al trapo, lo que hace todavía más singular su curiosa iniciativa.

© José Carlos Canalda, (2.401 palabras) Créditos