MUNDO OLVIDADO (80, 11)
Portada primera edicion

Durante un breve período, iniciado con la novela anterior, se da la infrecuente circunstancia de que las tres ediciones del Orden Estelar sigan el mismo orden, lo cual no es de extrañar en las reediciones de Ediciones B y Robel pero sí en la edición original de La Conquista del Espacio debido a las ya mencionadas trabas de Bruguera a la existencia de cualquier tipo de serie en su colección futurista; resumiendo, puede afirmarse que Ángel Torres mantuvo la secuencia cronológica de las novelas mientras buenamente pudo, algo que por desgracia no duró demasiado.

El caso es que las cuatro novelas que constituyen el segundo tomo de la reedición de Ediciones B son las únicas en las que se da esta concordancia, de modo que MUNDO OLVIDADO, número 80 de La Conquista del Espacio, es asimismo la segunda de las cuatro novelas del citado segundo tomo de Ediciones B y la que completa el undécimo volumen de la edición de Robel. En ella continúan las aventuras de Alice Cooper y Adán Villagrán a bordo del Hermes, y no sólo se da una continuidad en los personajes sino también en el argumento, puesto que MUNDO OLVIDADO transcurre inmediatamente después de LOS ENEMIGOS DE LA TIERRA existiendo en ella referencias explícitas a la anterior aventura.

La narración se ubica de forma simultánea en uno de tantos planetas en los cuales la cultura ha retrocedido hasta niveles pretecnológicos —un tema especialmente querido por el autor— y en el interior del Hermes, de vuelta a su base tras la exitosa misión de Redon. En el primero de estos dos escenarios nos encontramos con una sociedad típicamente feudal en la que los nativos, dedicados a la agricultura y la ganadería, están sometidos a la soberanía de los Señores, unos enigmáticos gobernantes que, encerrados en su inexpugnable Fortaleza, apenas si prestan atención a sus súbditos salvo para expoliarles con sus impuestos. Lars Lamba es un joven campesino que pronto contraerá matrimonio con su novia Sirguda, lo cual le hace sentirse feliz pese a que el horizonte de su existencia no puede ser más romo. Por desgracia para ellos negras nubes se ciernen sobre el horizonte: Afanaiev, el edil del pueblo, le comunica que mercaderes llegados días atrás han advertido de la presencia de merodeadores mirdos, unos feroces nómadas que periódicamente acostumbran a arrasar a sangre y fuego el territorio de los pacíficos lugareños.

El edil se muestra inquieto ante la posibilidad de una nueva algarada, y tiene la intención de viajar al día siguiente a la Fortaleza para avisar de ello a los Señores; aunque éstos, que tienen terminantemente prohibido a sus súbditos empuñar armas, no se puede decir que fueran precisamente diligentes en el pasado a la hora de defenderlos de los invasores, limitándose a argumentar que los dioses de los que se proclamaban intermediarios no habían atendido a sus peticiones.

Paralelamente el Hermes, durante su viaje de vuelta a la base de Vega-Lira, detecta la presencia de una masa metálica de origen desconocido, y la comandante Cooper da órdenes de abandonar el hiperespacio con objeto de investigar su naturaleza. Ésta resulta ser el pecio de una vieja nave de guerra no tripulada, pero poderosamente artillada, perteneciente a una serie de kamikazes automáticos construidos por los rebeldes de Betelgeuse durante las convulsiones que precedieron al fin del Imperio. Pese a su decrepitud la unidad es todavía parcialmente operativa, y recibe a la desapercibida Unex con una andanada que daña gravemente sus sistemas de impulsión hiperlumínicos. La amenaza es conjurada fácilmente con un puñado de torpedos que destruyen el añoso pecio, pero el mal ya está hecho y los técnicos comunican a la comandante que la reparación de las averías sufridas precisará al menos de veinticuatro horas. Mientras tanto el Hermes habrá de permanecer varado, dado que en esas condiciones no le es posible internarse en el hiperespacio.

Alice Cooper decide entonces hacer de la necesidad virtud, aprovechando la imprevista etapa para explorar y cartografiar el espacio cercano, perteneciente a una región muy poco conocida de la galaxia. Muy cerca de donde se encuentran existe un sistema planetario, y varios de sus planetas podrían ser aptos para la vida. Así pues, decide enviar a ellos sendos desalizadores —pequeñas naves exploradoras— con objeto de echarles un vistazo antes de que, una vez que sus motores hayan sido reparados, el Hermes reanude su interrumpido viaje.

Uno de los voluntarios para tripular los deslizadores es Adán Villagrán, el cual, encontrándose en una situación embarazosa tras haber comunicado a su superior —en el anterior episodio— su voluntad de abandonar el Hermes una vez éste haya rendido viaje en su base, intenta hacer todo lo posible por poner tierra por medio entre la comandante y él. Ésta acepta su petición encargándole la exploración del planeta que a priori se presenta como el más parecido a la Tierra de todos y del cual no llegaremos a saber ni siquiera su nombre, ordenándosele que se limite a orbitarlo sin intentar aterrizar en él.

Portada de la edicion de Robel

Adán, al igual que sus compañeros, parte del Hermes a bordo de la pequeña navecilla y poco después llega a las proximidades de su destino, pero el azar quiere que su misión se desenvuelva por unos cauces muy diferentes de los previstos. Antes de ser destruido el viejo pecio había lanzado varias minas al espacio, y una de ellas se adhiere al casco del deslizador. Los técnicos del Hermes informan al teniente que, dadas las características del artefacto, no existe un peligro inminente de explosión mientras no intente volver al Hermes, pero puesto que no es posible desactivar la bomba en vuelo, no existe otra posibilidad que la de aterrizar en el planeta para hacerlo. Adán recibe permiso para hacerlo, pero con instrucciones perentorias de no inmiscuirse en el planeta volviendo inmediatamente al Hermes o, si esto no fuera posible, aguardando a ser rescatado en el lugar de aterrizaje.

El aterrizaje se realiza sin novedad y el teniente logra desactivar la mina, por lo cual nada le retiene ya allí. Pero la curiosidad le vence y, tras descubrir que el planeta está habitado, decide hacer una pequeña excursión por su cuenta antes de volver a su nave. Así lo hace, encontrándose poco después con unos aterrorizados Lars y Sirguda que, huyendo de los invasores mirdos, se dan de bruces con él confundiéndolo con uno de ellos. Tras la inicial confusión, que les hace perder unos minutos preciosos, se ven cercados por un grupo de jinetes enemigos a los cuales rechaza Adán por el expeditivo método de achicharrar a varios de ellos con su pistola láser. Mientras tanto, los dos nativos huyen.

Libre de sus atacantes Adán vuelve en busca del deslizador descubriendo que, tras haberse olvidado imprudentemente de conectar el campo de fuerza protector, éste está siendo literalmente destrozado por una horda de nómadas. También a éstos logra ponerlos en fuga, pero los daños sufridos por el frágil aparato son demasiado graves ya que, aunque todavía puede realizar vuelos atmosféricos, carece de capacidad para desplazarse por el espacio y, por si fuera poco, también ha quedado inutilizada la radiobaliza que le permitiría señalar su situación a sus compañeros.

Para evitar nuevos daños conecta el campo de fuerza, dirigiéndose acto seguido a las montañas donde sospecha que han debido de refugiarse los aterrorizados habitantes del valle. Una vez allí Lars y Sirguda los presentan como sus salvadores y los únicos capaces de evitar la extinción de su pueblo puesto que, a diferencia de anteriores invasiones, los mirdos parecen dispuestos en esta ocasión a capturarlos a todos ellos. Tras vencer la oposición del taimado edil Afanaiev, al cual se ve obligado a matar en defensa propia, Adán se convierte en el líder indiscutido de los dolientes refugiados, los cuales le ponen al corriente de la situación existente en el planeta.

Efectivamente los autodenominados Señores son unos simples parásitos que, refugiados en su inexpugnable Fortaleza voladora —probablemente una vetusta astronave de la época imperial—, expolian a los campesinos poniendo tierra por medio cada vez que los bárbaros invaden la región, siendo sus falsas promesas de intercesión ante los dioses tan sólo una hipócrita farsa. Adán decide ajustar cuentas con ellos, pero antes tiene que solventar un problema más urgente, la inminente llegada de los mirdos a las montañas. Incapacitado de entrar en contacto con sus compañeros, organiza rápidamente una improvisada fragua en la que poder forjar armas, ya que su pistola láser sería insuficiente para mantener a raya a los numerosos enemigos.

Una vez resuelta, mejor o peor, esta perentoria necesidad, decide volver a recoger el deslizador con objeto de desplazarse con él hasta la sede de los Señores. Le acompañan como guías los inseparables Lars y Sirguda y, aunque consiguen alcanzar el vehículo sin percances, poco después son rodeados por una nutrida columna de enemigos. Pese a estar a salvo en el interior de la navecilla, por supuesto con el campo de fuerza conectado, en un audaz arrebato Adán reta a duelo singular al mismo jefe supremo de la horda mirda. La lucha es a espada y, como cabe suponer, el teniente es quien se acaba alzando con la victoria, pese a lo cual no consigue alcanzar la meta que se proponía, que no es otra que obligar a retirarse a los mirdos. El nuevo jefe le respeta por imposición de sus rígidas normas de honor y se retira con sus jinetes del escenario de la lucha, pero le advierte claramente que planea seguir adelante con los planes del fallecido régulo.

Confiando en que los nativos consigan defenderse por sí mismos al menos durante el tiempo suficiente para que las tropas del Orden Estelar puedan descender sobre el planeta para protegerlos, Adán y sus compañeros embarcan en el deslizador dirigiéndose hasta la misteriosa Fortaleza... que no es, tal como sospechara, sino una vetusta astronave que se cae de puro vieja pero que al parecer funciona, al menos lo suficiente para ponerse en órbita durante algún tiempo. De hecho el despegue de la misma es inminente, pero Adán consigue abortarlo tras forzar la compuerta de entrada, lo que acarrea el bloqueo del mismo por los mecanismos automáticos de seguridad.

Tras internarse audazmente en el vehículo el teniente del Orden Estelar consigue llegar hasta el puente de mando, donde se da de bruces con los jerarcas máximos de los Señores. Éstos son incapaces de sacarle a la nave otro partido que no sea el de un vuelo automático de varios días de duración, suficiente hasta entonces para ponerse cobardemente a salvo de los mirdos, pero Adán tiene los conocimientos tecnológicos suficientes para sacarle mucho más partido al viejo cascarón y así, tras desbloquear los mandos, consigue poner en fuga a los invasores con una andanada de misiles dirigidos. Acto seguido conecta la radiobaliza del navío con objeto de reclamar la presencia de sus compañeros, justo a tiempo antes de verse sorprendido por un inesperado ataque los Señores. Aunque consigue rechazarlo con la ayuda de Lars, dando muerte a todos sus enemigos, es a costa de la destrucción de la cabina, que resulta incendiada e inutilizada.

Poco después llegan finalmente sus compañeros, que se hacen cargo de la situación. Ahuyentados los mirdos y desaparecidos los repulsivos Señores, los pacíficos campesinos son ahora libres, contando además con el apoyo de los representantes del Orden Estelar para salir de su aislamiento y su abandono. La crisis se ha resuelto satisfactoriamente, pero a costa de la violación de un buen puñado de normas del Orden Estelar tal como le hace patente una irritada Alice Cooper a su subordinado, la cual ha mostrado un interés y una preocupación por su rescate muy superiores a los que habría cabido esperar de una simple cuestión de jerarquía militar.

Tras una tormentosa entrevista marcada por los sentimientos personales que, inevitablemente, acabará en mutua declaración amorosa, Alice convence a Adán de la necesidad de viajar a la Tierra para solicitar una revisión de su expediente dado que, tal como le ocurriera a ella, sospecha que su compañero ha sido infravalorado de forma deliberada, una treta de las autoridades del Orden para poner a prueba a sus oficiales potencialmente más competentes frente a crisis imprevistas. Mientras tanto, el Hermes ha reanudado su interrumpido viaje a Vega-Lira.

© José Carlos Canalda, (2.034 palabras) Créditos