LOS ENEMIGOS DE LA TIERRA (74, 11)
Portada primera edicion

Esta novela, con la que se inicia el undécimo tomo de la edición de Robel, apareció inicialmente con el número 74 de la colección La Conquista del Espacio, siendo asimismo la que abre el segundo volumen de la reedición de Ediciones B. Son varias las razones por las que LOS ENEMIGOS DE LA TIERRA resulta singular dentro del conjunto de la serie del Orden Estelar. En primer lugar, se trata de la primera novela de lo que pudiéramos denominar el ciclo clásico de la misma, es decir, aquél en el que sus principales protagonistas son la pareja formada por Alice Cooper y Adán Villagrán; cierto es que ambos personajes ya habían aparecido con anterioridad en varios títulos, pero siempre hasta entonces por separado. Además, en todos los casos se trata de novelas escritas con posterioridad al citado ciclo, pese a narrar acontecimientos anteriores según la propia cronología interna de la serie; precuelas, en definitiva, por utilizar el término acuñado para definirlo.

No acaban aquí las singularidades de esta novela. Si nos fijamos no en la cronología interna de la serie, que es la seguida por la edición de Robel, sino por el orden de publicación original en la colección de Bruguera, vemos que LOS ENEMIGOS DE LA TIERRA fue la segunda novela del Orden Estelar escrita por Ángel Torres, precedida tan sólo por LOS MERCENARIOS DE LAS ESTRELLAS, en la que el argumento, aunque integrado plenamente en la serie, se desvía del leit motiv principal de la exploración e integración de los Mundos Olvidados, siendo pues LOS ENEMIGOS DE LA TIERRA la primera vez en la que los lectores de bolsilibros, allá a principios de la década de los setenta, tuvieron ocasión de vislumbrar la ambiciosa construcción literaria de un todavía jovencísimo —tenía entonces poco más de treinta años— Ángel Torres Quesada, autor hasta entonces de tan sólo tres novelas, la inicial UN MUNDO LLAMADO BADOOM publicada en Luchadores del Espacio, la ya citada LOS MERCENARIOS DE LAS ESTRELLAS y la anterior a ésta —y su bautizo literario en La Conquista del EspacioLA AMENAZA DEL INFINITO.

Por último, conviene no olvidar tampoco que el ciclo de Alice Cooper y Adán Villagrán que ahora se inicia fue, dentro del conjunto de la totalidad de la serie del Orden Estelar, el único al que se le puede considerar en rigor como tal, ya que, aunque cada novela constituye un episodio completo, existe una continuidad clara y evidente tanto argumental como en lo referente a los protagonistas principales, que se repiten en todas ellas. Lamentablemente los deseos del autor de rescatar las viejas series típicas de colecciones como Luchadores del Espacio chocaron frontalmente, como es conocido, con las imposiciones editoriales de Bruguera, cuyos responsables prohibieron taxativamente a Ángel Torres continuar con su intento. Fue gracias a la habilidad de éste camuflando sus novelas como consiguió, contra viento y marea, sacar adelante sus cincuenta y tantos títulos, pero a costa de desmantelar totalmente la cronología interna a base de dar continuos saltos hacia delante y hacia atrás para despistar a sus censores, lo que hace que, aun tras recuperarse el orden lógico, el Orden Estelar sea en su conjunto una serie mucho menos compacta que, por poner el ejemplo inevitable, la Saga de los Aznar; excepto, claro está, en el ciclo que ahora se inicia, y que duró tan sólo hasta que le dejaron... que por desgracia no fue mucho.

Concluida esta larga, aunque necesaria introducción, vayamos ahora al argumento de la novela, arquetípico del conjunto de la serie. El Hermes es una Unex —Unidad de Exploración— del Orden Estelar al mando de la joven comandante Alice Cooper. Uno de sus oficiales es Adán Villagrán, destinado a la nave tras ser ascendido a teniente. Su todavía corta carrera militar se presenta prometedora, pero ha topado con un importante escollo: la propia Alice. En realidad Ángel Torres se limita a utilizar el conocido recurso literario de incluir en el relato una pareja antagónica a la vez que complementaria; Adán considera a Alice un obstáculo para su futuro, pero al mismo tiempo se ha enamorado de ella y considera por si fuera poco que está fuera de su alcance. Fruto de todo este cúmulo de sensaciones encontradas, a las que aparentemente es ajena la propia afectada, es una peculiar relación de amor-odio que dará mucho juego a lo largo de las siguientes entregas.

El Hermes ha llegado al sistema estelar de Redon, del cual los responsables del Orden saben realmente poco. Al parecer cuenta con dos planetas habitables, Arat y Celon, pero se desconoce si llegaron a ser siquiera ocupados por el Imperio, creyéndose que quizá pudieran haberlo sido por disidentes fugitivos del mismo durante el convulso período que precedió al definitivo hundimiento de éste. No se sabe, pues, qué pueden encontrar allí los tripulantes de la Unex, razón por la que Alice Cooper decide obrar con extrema cautela aplicando a rajatabla las directrices que regulan los acercamientos a los Mundos Olvidados.

Para sorpresa suya, ya que lo habitual suele ser que los Mundos Olvidados hayan acabado cayendo en la barbarie, son interceptados por un crucero sideral nativo, lo que indica que, al contrario que en otros lugares, los habitantes de Redon han logrado mantener un nivel tecnológico similar al menos al existente en la galaxia durante el período imperial. Aunque los visitantes no se muestran agresivos, la comandante toma la precaución de camuflar su verdadera identidad, presentándose ante ellos como representantes de una fantasmagórica —e inexistente— Unión de los Diez Soles.

Sus anfitriones les reciben con amabilidad pero con recelo, ya que la desconfianza es mutua. Invitados a visitar el planeta Arat, sede del gobierno biplanetario, Alice rehúsa aterrizar con el Hermes, haciéndolo en un crucero ligero en compañía de parte de su cuerpo de oficiales, entre ellos el propio Adán Villagrán. El planeta Arat muestra una apreciable prosperidad, pero tras su aspecto agradable parece esconder cosas menos inocentes. Alice sospecha que le están ocultando algo, razón por la que solicita al Hermes que consiga toda la información disponible sobre el sistema.

Portada de la edicion de Robel

Pronto comienzan a descubrirse las primeras grietas en la inicialmente sólida máscara de los aratitas. Para empezar muestran un sorprendente odio hacia la Tierra y el Imperio, justificado quizá por haber sufrido siglos atrás una breve, aunque cruenta colonización, pero totalmente fuera de lugar a esas alturas. Asimismo no queda nada clara su relación con Celon; aunque oficialmente existe una confederación en la que ambos planetas mantienen idéntico estatus, en la práctica todo parece indicar que los celonitas, procedentes de una oleada migratoria distinta y mucho menos levantiscos frente al Imperio en su momento, ocupan un lugar secundario en el gobierno del sistema.

Terminada la recepción oficial, en la que los visitantes tienen ocasión de conocer al vicepresidente Nurlet, nativo de Celon, Alice y sus compañeros se retiran a sus aposentos, donde reciben la información solicitada. Tal como sospecharan, los colonizadores originales de Arat fueron miembros de una secta religiosa radical, la Doble Antorcha, que por sus doctrinas racistas habían sido perseguidos en su día por el Imperio. Refugiados en Arat, al cabo de algún tiempo habían recibido la visita de un destacamento imperial, que les había impuesto una breve, aunque dura, ocupación militar. La rápida descomposición del Imperio propició la insurrección de los aratitas, que acabaron expulsando a los invasores exterminando a cuantos de ellos cayeron en sus manos.

La historia de Celon era distinta. Colonizado en fecha posterior a la de Arat por emigrantes procedentes de mundos superpoblados, pero no perseguidos como sus vecinos, y mucho menos hospitalario que el otro planeta, los celonitas no habían mantenido relaciones demasiado estrechas con los aratitas hasta la llegada de las tropas imperiales. Tampoco habían mostrado especial resistencia a éstas, e incluso llegaron a acoger a los imperiales fugitivos de Arat.

Hasta aquí llega la escasa información proporcionada por la sede central del Orden Estelar. Pero es el propio vicepresidente de la confederación, a espaldas de sus colegas, quien se la amplía a Alice Cooper; evidentemente, las cosas en Redon no son tan simples como aparentaban ser. Ambos planetas se habían unido políticamente una vez recuperada su independencia, pero esta relación no era en modo alguno paritaria, ya que Arat detenta en la práctica la hegemonía correspondiéndole a Celon un papel secundario y subordinado, a la par que un nivel de vida muy inferior al de sus vecinos. La división social entre los dos planetas no puede ser más drástica ya que, mientras la sociedad aratita está completamente militarizada, Celon es un planeta esencialmente industrial.

Fruto de sus fanáticos orígenes, exacerbados por el genocidio imperial durante el breve período de ocupación, los gobernantes de Arat siguen obsesionados con la Tierra... tan obsesionados que, durante siglos, han estado preparando tenazmente su venganza. Aprovechando las poderosas instalaciones fabriles radicadas en Celon, están terminando de construir una poderosa flota con la que pretenden devolver a la Tierra la afrenta recibida tantas generaciones atrás... aun sin conocer cuál puede ser la situación actual del planeta, ya que debido al aislamiento secular acaecido tras la caída del Imperio ignoran cuanto sucede más allá de los límites de su sistema planetario. Según Nurlet, que por cierto ha adivinado el verdadero origen de los visitantes, su odio es tan ciego que no cejarán en su venganza por muy injustificada que pudiera resultar a estas alturas.

La llegada del Hermes no ha podido ser más oportuna, puesto que los astilleros de Celon están a punto de entregar las astronaves al gobierno, algo que éste ha ocultado celosamente a Alice Cooper a la par que intentaba impedir que ésta y sus compañeros conocieran la verdadera situación de Celon. Conocedora de todo ello, trama un plan con su inesperado aliado: tras fingir dar fin a la visita de cortesía hace creer a sus anfitriones que el Hermes regresa a su imaginaria base, pero en realidad ella y Adán son recogidos por el vicepresidente en su nave personal, trasladándose al planeta prohibido. Aunque un comandante más ordenancista se habría limitado a retornar a su base informando a sus superiores, Alice es de otra pasta; consciente de los daños y las muertes que provocaría un conflicto armado entre Arat y el Orden Estelar, independientemente de que la victoria se decantara del lado del último de ellos, decide intervenir más directamente en un intento de desactivar o, cuanto menos, paliar la inminente crisis.

A partir de este momento el argumento comienza a complicarse con varias tramas paralelas, muy al gusto de Ángel Torres, adentrándose decididamente en los territorios de la intriga. Por un lado el presidente Oyalt, villano oficial hasta el momento, recibe la visita de una delegación de parlamentarios de ambos planetas, gracias a la cual el lector sabe que, si bien es cierto lo del odio exacerbado a la Tierra por los antiguos desmanes imperiales, así como también lo es la construcción de la flota, en realidad se trata de una compulsión social mantenida tan sólo por tradición, la cual al llegar la hora de la verdad —la planeada guerra contra la Tierra— comienza a desinflarse de manera irreversible. Pero no queda ahí todo. Los verdaderos halcones, promotores en último extremo de la aventura bélica, no son los políticos, y ni tan siquiera lo son tampoco las Fuerzas Armadas en su conjunto, sino un reducido grupo de militares de alta graduación encabezados por el propio mariscal Dorlum, asesor y mano derecha del presidente... todos ellos de ascendencia celonita, algo que habían ocultado celosamente. Por paradójico que pueda parecer, todo parece indicar que el motor de la guerra no es Arat, como apuntaban todos los indicios, sino el aparentemente pacífico planeta Celon.

Convencido de la necesidad de abortar o, cuanto menos, de retrasar la proyectada expedición, el presidente intenta convencer infructuosamente a su lugarteniente, que ha asumido todo el control de la operación. Fracasado su intento, opta entonces por viajar, junto con los parlamentarios, al planeta donde la flota aguarda el momento de su partida.

Mientras tanto, ¿qué es de Alice y Adán? Éstos han llegado, en compañía del vicepresidente, al planeta Celon, siendo llevados por éste a una factoría del planeta donde les muestra el último hallazgo de la tecnología celonita, un componente esencial que permitirá a sus astronaves entrar y salir del hiperespacio en el interior de un sistema planetario, algo sumamente peligroso para las expectativas militares del Orden Estelar. Según les comunican, en el vecino astropuerto se encuentran, ya estibados, los cargueros que transportarán estas piezas al planeta donde se encuentra la flota de guerra; una vez instaladas en las naves, comenzará la invasión. Por esta razón, los celonitas piden ayuda a Alice para impedirlo, a lo cual accede ésta ordenando al Hermes que intercepte y destruya el convoy durante su vuelo.

Pero no es oro todo lo que reluce, y la joven comandante da de nuevo pruebas de su perspicacia cuando, para asombro de su subordinado, dispara a sus confiados anfitriones sendas descargas paralizantes. Ante las preguntas de Adán, que no comprende su comportamiento, ésta responde que ha descubierto que los celonitas mentían, y que quiere averiguar la verdad de lo que está ocurriendo. Cuando éstos recuperan el sentido, tras llevarlos a la torre de control del astropuerto intenta interrogarlos, aunque sin demasiado éxito; quien responderá a sus interrogantes será paradójicamente el mariscal Dorlum, cabecilla del movimiento militar, que irrumpe inopinadamente al haber interceptado la comunicación entre Alice y su nave.

Tras hacerlos prisioneros y quedar en evidencia que los promotores de la expedición de represalia y los propios gobernantes celonitas son sorprendentemente aliados, el traidor acaba aclarando sus dudas. Efectivamente ellos no son aratitas, sino que proceden de Celon, tal como habían descubierto los parlamentarios, pero en realidad su origen es terrestre al igual que ocurre con el vicepresidente que les ha traído engañados hasta allí. Tanto sus antepasados como los de sus aliados fueron algunos de los antiguos súbditos imperiales que, abandonados a su suerte tras el repliegue del Imperio, habían sido perseguidos en Arat refugiándose en Celon. En realidad ellos no tienen ningún motivo para odiar a la Tierra, pero siguen alentando un vivo rencor contra los que persiguieron a sus antepasados, habiéndose aprovechado del secular sentimiento de venganza de los aratitas para azuzar su disparatado proyecto de atacar a la Tierra, en el convencimiento —han realizado de forma clandestina viajes fuera del sistema de Redon, y están al corriente de la existencia del Orden Estelar — de que la fuerza expedicionaria será derrotada y Arat sometido a represalias, al tiempo que Celon sería tratado con mucha mayor benevolencia.

Por este motivo no desean en modo alguno que el Hermes destruya los cargueros, habiéndose tratado de una trampa para atraerlos hasta la boca del lobo. Dorlum cambia la ruta de las naves, con lo cual cuenta con burlar a la Unex al tiempo que crea una falsa coartada de cara a justificar la inocencia de Celon, algo que en realidad es cierto en lo que respecta a la inmensa mayoría de la población del planeta, que es completamente ajena a estas intrigas. Claro está que Alice y Adán son un obstáculo para sus planes, así que será preciso hacerlos desaparecer culpando de su muerte a sus enemigos de Arat.

Para complicar todavía más las cosas, de repente aparecen allí el presidente Oyalt y los parlamentarios; ante la imposibilidad de llegar hasta la base militar donde se custodia la flota de astronaves, han optado por dirigirse a Celon en un intento de detener el despegue de los mercantes, pero sólo consiguen ser asimismo capturados firmando por ello su sentencia de muerte. Dorlum tiene aparentemente todos las bazas en la mano, pero Alice Cooper guarda un as en la manga. Pese a que sus instrucciones al Hermes han sido espiadas por el mariscal, ella cuenta con que sus subordinados obrarán con la suficiente inteligencia como para desbaratar los planes de los traidores; y así ocurre. Tras enviar unas naves auxiliares a interceptar en el espacio a los mercantes, de haber seguido éstos la ruta inicialmente prevista, la Unex se desplaza a Celon con objeto de recoger a sus oficiales y, encontrándose allí con el convoy, lo destruye con total facilidad. Acto seguido sus tropas de asalto toman el astropuerto y rescatan a los prisioneros al tiempo que capturan a los cabecillas rebeldes.

Todo ha terminado. La crisis ha sido desactivada, los traidores detenidos y ambos planetas, Arat y Celon, se integrarán rápidamente en el Orden Estelar. Alice Cooper y su tripulación serán objeto de reconocimiento por parte de sus superiores, pero Adán no está conforme ya que considera que a la sombra de la comandante le será muy difícil progresar en su carrera... algo que ésta comprende perfectamente, puesto que ella pasó tiempo atrás por idénticas circunstancias.

© José Carlos Canalda,
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