CONTRABANDISTAS DEL COSMOS (543, 8)
Portada primera edicion

Número 543 de La Conquista del Espacio, esta novela completa el tomo octavo de la reedición de Robel. Indared es uno de tantos planetas fronterizos situados fuera de la jurisdicción del Orden Estelar, lo que le convierte en refugio ideal para contrabandistas y gente poco simpatizante de las férreas leyes del gran estado galáctico. Uno de ellos es Ronald Elliot, propietario y capitán del carguero Zidac, con el cual se dedica a sus trapicheos comerciales bordeando, cuando no decididamente traspasando, las normativas legales, más bien laxas en esa remota región de la galaxia. Pero las cosas han cambiado y, cuando regresa de uno de sus viajes, descubre con sorpresa que, aunque siga manteniendo al menos nominalmente su independencia, Indared ha caído ya en el regazo del Orden Estelar, el cual ha pasado a controlar el tráfico de sus astropuertos en un claro intento de erradicar el contrabandismo y la piratería.

Para desgracia suya, los tripulantes del Zidac caen en la trampa como unos tortolitos, encontrándose con un flete ya pagado pero bajo amenaza de incautación conforme entre en el recinto del astropuerto, amén de una más que probable amenaza de arresto para ellos mismos. Su situación no puede ser más crítica cuando, para sorpresa suya, el responsable militar del Orden Estelar les hace una desconcertante propuesta: la libertad sin cargos a cambio de trasladar a dos pasajeros, protegidos del Orden, de forma secreta al planeta Loranka... Lo cual implica un elevado riesgo para sus vidas, puesto que este astro arde en una pavorosa guerra civil. Pero urgidos por las circunstancias, acaban por aceptar a regañadientes el chantaje.

Los pasajeros son una atractiva muchacha, que afirma llamarse Aidara Zamlat, y su acompañante, el hierático Wurango Too. Evidentemente son naturales de Loranka, y durante el trayecto acaban haciendo a sus forzados anfitriones partícipes de la situación. Loranka, en realidad un sistema doble formado por este planeta y por su satélite Anre, asimismo habitable. Su sistema de gobierno, una monarquía, había sido respetado por el Orden Estelar, aunque era inevitable que, tarde o temprano, acabara ingresando en el mismo. Sin embargo, la situación había experimentado un cambio drástico a causa de un golpe palaciego promovido por el sobrino del rey que, tras asesinar a la familia real, se había hecho con el control de Anre, aunque no de Loranka que permaneció fiel al derrocado monarca. El estallido de la guerra civil había sido inevitable y, aunque los leales de Loranka llevaban las de ganar, los rebeldes de Anre contaban con una baza que podría resultarles vital, una terrible guerra bacteriológica capaz de diezmar la población del planeta.

Aidara que, según ella, era la representante en la Tierra del gobierno legítimo de Loranka, había acudido a las autoridades del Orden Estelar en busca de auxilio para su causa pero éstas, completamente maniatadas por sus propias leyes antiintervencionistas en los conflictos locales, nada podían hacer en su ayuda... al menos, oficialmente. Extraoficialmente le habían proporcionado un antídoto contra la temible plaga aunque, eso sí, tendrían que llevarlo al planeta valiéndose de sus propios medios. Así pues, de acuerdo con el comandante militar de Indared, habían tendido una trampa al incauto Ronald con objeto de poder utilizar su nave para este fin, algo extremadamente complicado a la par que peligroso puesto que tendrían que burlar el férreo bloqueo al que la flota rebelde tenía sometido al planeta.

Pese al evidente chantaje del que habían sido objeto, Ronald pronto simpatiza con la muchacha por una razón muy simple: está enamorado de ella, y ella le corresponde plenamente. En consecuencia no sólo acepta complacido participar en el plan, sino que sugiere una mejora: hacer escala en Ulane, un planeta convertido en refugio de toda la hez de la galaxia, con objeto de comprar un importante cargamento de cargas energéticas. El fin del mismo es doble: si logran romper el bloqueo les podrán ser muy útiles a las agobiadas tropas leales y si, por el contrario, son interceptados por las naves enemigas, siempre podrán intentar sobornarlos haciéndose pasar por simples contrabandistas... su verdadero oficio hasta entonces, dicho sea de paso.

Claro está que las cosas se han de complicar considerablemente para deleite del lector, que en esto es precisamente en lo que se diferencian las novelas de Ángel Torres de las lineales narraciones de otros colegas suyos. Apenas ha salido el Zidac del hiperespacio, todavía a mucha distancia de su destino, para realizar una corrección de la trayectoria, es abordado por una nave de guerra enemiga; posteriormente se sabrá que en su anterior escala habían sido espiados por agentes a sueldo de los rebeldes. Éstos sospechan la presencia en la nave de alguien importante, y desean impedir su llegada a Loranka. La situación es desesperada, pero gracias a un golpe de audacia Ronald y sus compañeros logran dar muerte al cabecilla rebelde aunque no consiguen neutralizar a los soldados que lo acompañaban. Por fortuna las sombrías perspectivas que se ciernen sobre ellos se ven conjuradas gracias a la afortunada llegada —muy en la línea de la literatura popular, huelga decirlo— de una nave de guerra leal que consigue neutralizar a los rebeldes que permanecían en su buque y, acto seguido, a los desembarcados en el mercante. Es necesario advertir que la nave de sus salvadores está comandada por una intrépida muchacha llamada Norma Lan, la cual a partir de ahora tendrá un protagonismo fundamental en la trama.

Escoltado por ambos navíos, el Zidac culmina el viaje sin mayores contratiempos. Sin embargo, en su interior han sucedido cosas importantes: Aidara resulta ser una princesa de la casa reinante en Loranka, y futura reina del mismo al ser la única superviviente de su familia gracias a haberse encontrado ausente del planeta en el momento del estallido de la rebelión,. Pero no es eso lo que más abruma a Ronald sino el hecho de que, una vez descubierta su verdadera identidad, se reviste de toda su majestad olvidándose de él como si nunca le hubiera conocido, como si nunca se hubieran amado... lo cual le destroza el corazón pese a ser advertido, tanto por Wurango como por Norma, de que él para la princesa tan sólo había sido un entretenimiento pasajero.

Portada de la edicion de Robel

Ya a salvo en el planeta, y ante el temor de una última y desesperada ofensiva de los rebeldes, la princesa es evacuada de la capital y llevada en secreto a un refugio que se cree seguro. La acompañan también los tripulantes del Zirac y, a modo de escolta, la fiel Norma, la cual pronto simpatiza con Ronald y éste, por aquello de que un clavo saca a otro clavo, descubre que como sustituta de la altiva princesa tampoco está nada mal... por desgracia, las manos de sus enemigos son demasiado largas alcanzando hasta su escondrijo secreto, el cual es asaltado por un destacamento de tropas rebeldes frente a las cuales nada puede hacer la reducida guarnición que protegía a Aidara y a sus compañeros.

Finalmente la princesa es secuestrada y llevada a Anre mientras los protagonistas, sanos y salvos, retornan a la capital del planeta. Aunque el secuestro es mantenido en secreto por las autoridades de Loranka para evitar posibles olas de pánico en la población, es tenor generalizado entre todos los que están al corriente de la situación que el cabecilla rebelde lo hará en cualquier momento, jugando de este modo sus bazas. Sin embargo, de manera sorprendente éste no lo hace, limitándose según informaciones de los espías leales a recluirla en una vieja fortificación imperial perdida en mitad de un desierto.

Rápidamente el gobierno legítimo trama un desesperado plan: sus tropas desencadenan una fuerte ofensiva contra las cabezas de puente que el enemigo había logrado abrir en la superficie del planeta, contando con que éstas, ya muy debilitadas, no soportarían el embate huyendo sus guarniciones al satélite. Así ocurre, y éstas son perseguidas por la flota leal hasta las cercanías mismas de su base, donde se traba una feroz batalla.

Mientras tanto, y aprovechando la confusión, el Zirac se infiltra tras las defensas enemigas escoltado por una pequeña flotilla de naves de guerra. El carguero transporta un fuerte contingente de tropas de asalto cuya misión es dar un golpe de mano en la desprevenida y poco protegida fortaleza, en una repetición prácticamente virtual del audaz asalto de sus rivales, intentando rescatar a la princesa. La acción se realiza aparentemente con éxito —de hecho con una sospechosa facilidad— y la princesa es rescatada por los suyos, pero en el transcurso de la refriega Ronald se queda rezagado y, tras la retirada de las tropas leales, acaba encerrado en una fortaleza que ha vuelto al poder de sus enemigos.

Buscando desesperadamente la huida de la ratonera en la que se ha convertido su refugio, el protagonista topa accidentalmente con dos personajes, el mismísimo usurpador acompañado por su lugarteniente. Rápidamente busca refugio huyendo de ellos, lo cual no le impide oír su conversación... una conversación que le deja helado, puesto que le revela todos los aspectos oscuros de la trama en la que está inmerso a la par que le muestra lo complejo y enrevesado de la misma. Para sorpresa suya la princesa que él amara no es sino un cyborg, un simple simulacro de la verdadera Aidara, la cual permanece prisionera en la Tierra retenida por los agentes de su enemigo. La razón que justifica esta complicada maniobra es sencilla: la forma en la que los rebeldes habían planeado expandir el mortífero virus no era otra que introduciéndolo en el cuerpo de la propia princesa, la cual lo habría expandido por todo el planeta haciendo inútil un antídoto que estaba pensado para combatir una siembra atmosférica del mismo. Pero por ser el organismo humano incapaz de soportar esta carga letal, había sido construido un simulacro orgánico de la princesa, del cual se había enamorado ridículamente el antiguo contrabandista. El secuestro de la falsa princesa, y las posteriores facilidades encontradas por sus partidarios para rescatarla no eran sino parte del plan, puesto que los rebeldes necesitaban tenerla en su poder durante algún tiempo para poderle inocular la plaga. Mientras tanto, la verdadera Aidara sigue con vida dado que el usurpador planea contraer matrimonio con ella como forma de legitimizar su magnicidio.

Ciego de ira Ronald sale de su escondite enfrentándose con sus rivales. Su intención no es otra que la de matarlos, pero la fatalidad quiere que su arma esté ya descargada, lo que le deja indefenso frente a sus enemigos. Éstos, tras burlarse de él, deciden matarlo, pero la afortunada intervención —por segunda vez— de la intrépida Norma le salva la vida al tiempo que inutiliza a los dos rebeldes. Acto seguido le explicará que ella también se perdió, al igual que él, en la confusión que siguió a la refriega, y que desde entonces ha estado buscando otros posibles supervivientes.

No acaba ahí todo. Para sorpresa del contrabandista, a Norma le acompaña la falsa princesa que, en contra de lo que creían todos, no ha sido embarcada rumbo a Loranka. Aunque Norma ya sospechaba del extraño comportamiento de la misma —pese a su perfección no dejaba de comportarse de una manera que jamás lo habría hecho la verdadera, incluyendo el sorprendente romance con un plebeyo—, las palabras del usurpador, que ella también ha oído, acaban por despejarle todas sus dudas... y zanja la crisis de una manera expeditiva fulminando al cyborg con su fusil láser.

La crisis ha concluido. La verdadera princesa es rescatado de su encierro y toma posesión de su trono. Ronald, tras tener una entrevista con ella, llega a la conclusión de que su romance fue un simple sueño, por lo que retorna a su nave para, tras reunirse con sus compañeros, viajar a la Tierra; eso sí Norma le acompañará, y en esta ocasión no se trata de un sofisticado robot orgánico sino de una verdadera mujer de carne y hueso.

© José Carlos Canalda,
(1.976 palabras) Créditos