OBJETIVO: DESTRUIR UN MUNDO (301, 8)
Portada primera edicion

Número 301 de la colección La Conquista del Espacio y primera de las dos novelas que constituyen el octavo volumen de la reedición de Robel, OBJETIVO: DESTRUIR UN MUNDO se encuadra en el período histórico en el que el Orden Estelar está comenzando a extender su esfera de influencia por los planetas que antaño pertenecieran al extinto Imperio Galáctico, una época en la que, por ser todavía numerosos los planetas independientes, existen vastas regiones estelares convertidas en tierra de nadie para beneficio de aventureros y oportunistas de toda laya.

Éste es precisamente el caso de los tripulantes del Leviatán, un carguero dedicado a tareas de contrabando y a otras actividades dudosamente legales por los planetas situados más allá del territorio del Orden Estelar e incluso en los nebulosos límites del mismo, lo cual les ha acarreado más de un tropiezo con las patrulleras del mismo.

Huyendo de una de ellas a causa de una acusación de asesinato, con averías importantes y las reservas de combustible casi agotadas, recalan por casualidad en un Mundo Olvidado que no figura en los registros del Orden Estelar, lo que hace prever que pueda convertirse en un buen refugio para dar esquinazo a sus tenaces perseguidores; gracias a una antigua base de datos descubren que se trata de Urren, una de las últimas colonias fundadas por el Imperio antes de su colapso definitivo. El Leviatán aterriza en uno de los satélites del planeta, un pequeño astro desolado carente por completo de vida en cuya superficie descubren, de forma accidental, la entrada de una cueva en cuyo interior reposa un artefacto cuya manufactura es claramente no humana.

Dado que los habitantes del planeta sí lo son, se les plantea la interrogante de su origen; pero ellos no son científicos, sino unos aventureros que tan sólo desean salvar sus pellejos. Y, puesto que en el yermo satélite nada pueden hacer para reparar su nave, ponen los ojos en el propio Urren. Según han podido descubrir, a diferencia de lo ocurrido en otros Mundos Olvidados aquí han conseguido evitar el retroceso tecnológico y cultural que sumiera a tantos planetas en la barbarie, manteniendo un nivel muy similar al anterior a la pérdida de contacto con otros mundos del Imperio a excepción de los vuelos interestelares, aunque sus habitantes sí son plenamente capaces de viajar por la totalidad de su sistema planetario.

Sin embargo, apenas si tienen tiempo los visitantes para encaminarse al planeta, puesto que les sale al paso una flotilla de naves de guerra conminándoles a la rendición bajo la amenaza de ser destruidos. Evidentemente los tripulantes del Leviatán se entregan dócilmente a sus captores, contándoles una historia tan sólo parcialmente falsa en la que se hacen pasar por náufragos de un accidente espacial; previamente habían camuflado los motores hiperlumínicos del carguero, haciendo pasar a éste por una simple nave auxiliar en la que habrían huido de una presunta nave nodriza justo antes de su explosión. Huelga decir que piden asilo a sus forzados anfitriones, a la vez que auxilio para poderse poner en contacto con algún mundo cercano gracias al cual pudieran ser repatriados.

Pese a lo inverosímil de su precipitado plan, son aparentemente creídos por los urrenitas, los cuales los acogen como huéspedes al tiempo que les piden ayuda para revisar el prototipo de motor hiperlumínico que están desarrollando... con escasos resultados, por cierto. A los ojos de los asombrados visitantes no sólo desean entrar en contacto con el Orden Estelar, sino que también, sorprendentemente, lo anhelan con una impaciencia que hace sospechar que puedan temer algo extremadamente grave y preocupante, a juzgar por las apariencias.

Jason Jacks, capitán y propietario del carguero, lo único que pretendía en un principio, al igual que el resto de sus compañeros, era conseguir combustible para los exangües motores hiperlumínicos del mismo para, acto seguido, desaparecer de Urren dejando a sus incautos anfitriones con dos palmos de narices... pero la aparición de una bella muchacha nativa, la consejera Mirya, nombrada por el propio presidente de una de las potencias del planeta —la que les ha acogido en su territorio— como enlace y cicerone, comienza a hacer tambalearse la solidez de sus pragmáticos principios... o, por hablar con mayor propiedad, de su carencia de ellos.

Portada de la edicion de Robel

No obstante, a su retorno al planeta tras visitar el satélite en el que se encuentra la base donde se está diseñando el prototipo, se encuentran con la desagradable sorpresa de que su falsedad ha sido descubierta, ya que tras una inspección a fondo del carguero sus huéspedes han descubierto el motor hiperlumínico cuya existencia habían silenciado por prudencia. Tras intentar justificarse, no con demasiado éxito por cierto, son encerrados en sendos calabozos y su nave requisada.

Tiempo después son llevados de nuevo ante sus captores. Tras ser interrogados algunos de ellos bajo el efecto de drogas hipnóticas han acabado desvelando todos sus secretos, pero para sorpresa suya reciben una oferta: si aceptan colaborar en una arriesgada misión pilotando el Leviatán hasta un sistema solar cercano, serán liberados y recompensados. Ahora les toca sincerarse a los nativos, y así lo hacen.

El misterioso objeto que descubrieran en uno de los satélites es tan sólo una de las numerosas piezas que constituyen una sofisticada red que se extiende por la totalidad del sistema planetario, instalada en fecha desconocida por unos asimismo desconocidos seres no humanos. Los urrenitas desconocen con exactitud su función, pero tienen buenos motivos para sospechar que se trata de algún tipo de sistema de escucha o espionaje, dado que poco después de activar involuntariamente uno de ellos una expedición enviada a explorar el planeta más exterior de su sistema fue atacada por estos enigmáticos seres. Tan sólo uno de sus integrantes pudo volver sano y salvo al planeta, no sin comprobar con horror cómo el resto de las naves eran destruidas y sus compañeros capturados tras apoderarse los enemigos de sus mentes... porque estos seres, autodenominados artill eran una antigua raza telepática cuyos cerebros actúan de forma sincronizada como si se tratara de un ente único.

Y lo peor estaba aún por llegar. Pese a haber logrado zafarse del control mental de los artill, ese superviviente pudo conocer lo suficiente de ellos como para dar la alarma a su vuelta a Urren: esta especie carecía de la menor ambición expansionista y tan sólo deseaba vivir tranquilamente en su planeta, pero no dudaban lo más mínimo a la hora de erradicar todo aquello que les pudiera suponer un estorbo o una amenaza... y los humanos lo eran. Por si fuera poco, una peculiaridad de su metabolismo contribuía a complicar aún más las cosas. Los artill experimentaban ciclos periódicos de vigilia e hibernación, cada uno de ellos de unos diez años de duración, y durante los segundos su planeta quedaba totalmente paralizado. El percance sufrido por los urrenitas había tenido lugar casualmente justo antes del inicio de un ciclo de sueño y los gobernantes del planeta calculaban que éste estaba a punto de concluir, teniendo buenas razones para sospechar que, una vez despertados los alienígenas de su letargo, procederían a exterminar sin mayores escrúpulos a sus potencialmente molestos vecinos.

De ahí la urgencia de los urrenitas por lograr una nave con propulsión hiperlumínica; dado que conocen la ubicación del planeta de los artill, planean destruirlo para poder así conjurar la amenaza... siempre que consigan hacerlo antes del despertar de sus enemigos. Puesto que la providencia ha puesto en sus manos al Leviatán, no dudan un solo instante en aprovecharla para trasladar en él un cargamento de explosivos nucleares capaz de aniquilar la totalidad de la vida en el planeta enemigo, aunque su falta de experiencia en navegación interestelar les obliga a recabar la ayuda de sus legítimos propietarios. Tras unas dudas iniciales éstos acaban aceptando, entre otras razones porque no se les da otra alternativa, fraguándose un acuerdo al tiempo que se fleta con toda rapidez la expedición punitiva.

El Leviatán llega sin problemas al planeta enemigo, encontrándose con la desagradable sorpresa de que éste se encuentra protegido por un inexpugnable cinturón de satélites artificiales capaz de pulverizar a cualquier astronave que sea lo suficientemente insensata para intentar atravesarlo. Tras varias tentativas fallidas, sus ocupantes trazan un arriesgado plan consistente en sumergirse en el hiperespacio para emerger del mismo en las cercanías de la superficie, burlando así el cinturón defensivo al estar diseñado éste para repeler a los visitantes llegados de fuera, pero no a los que pudieran surgir a sus espaldas. Las posibilidades de coronar con éxito la peligrosa maniobra son mínimas, pero las suficientes no obstante como para mover a los atribulados urrenitas a intentarlo pese a ser plenamente conscientes de que se están jugando la vida. Los terrestres no opinan igual, evidentemente, pero nada pueden hacer por impedirlo.

Sin embargo, un nuevo e imprevisto factor vendrá a alterar drásticamente la situación. Cuando el Leviatán se apresta a iniciar la maniobra, surge a su lado la patrullera del Orden Estelar que tan tenazmente le hubiera estado persiguiendo a través de media galaxia ya que, tras haber perdido temporalmente su rastro, ha vuelto a encontrarlo... y en esta ocasión no está dispuesta a soltar la presa.

Los tripulantes del carguero se entregan sin resistencia a sus perseguidores, satisfechos en el fondo por verse librados del difícil trance. En cuanto a los urrenitas, éstos se debaten entre la satisfacción de haber contactado con quienes les pueden volver a abrir las rutas de la galaxia, y el temor de que la estricta normativa legal por la que se rige el Orden Estelar les impida cumplir su misión.

El comandante de la patrullera, por último, tampoco tiene las cosas claras. Junto a la satisfacción de haber descubierto un Mundo Olvidado es consciente de lo peliagudo de la responsabilidad que le ha caído encima, dado que además la lejanía le impide pedir instrucciones a sus superiores. Y, aunque cree las afirmaciones de los urrenitas, se opone a sus drásticas pretensiones sin conocer mejor a sus presuntos enemigos.

Finalmente, y tras tomar las riendas de la expedición para decepción de sus interlocutores, decide realizar una exploración del planeta recurriendo al mismo truco que el planeado para el Leviatán aunque, a diferencia del carguero, su patrullera sí es capaz de llevarlo a cabo limpiamente sin riesgo para sus tripulantes. Así lo hacen burlando las defensas orbitales, tras lo cual aterrizan sin percances en el planeta enemigo el cual, tal como sospechaban, se halla completamente aletargado a excepción de las inofensivas brigadas de robots de mantenimiento.

Sin prestar atención a los requerimientos de los impacientes urrenitas, que siguen insistiendo en la necesidad de destruir el planeta antes de que sea demasiado tarde, el comandante procede a realizar una minuciosa exploración de la que, según todos los indicios, es la capital del planeta, donde descubren poco después un edificio que parece ser el centro neurálgico de la misma. En su interior descubren no sólo a los artill —una especie de artrópodos según la descripción dada por Ángel Torres — hibernando, sino también el complejo mecanismo que regula el delicado equilibrio energético del planeta. Pero la mejor noticia es el hallazgo, en un edificio anejo, de los astronautas urrenitas capturados en la escaramuza de diez años atrás, a todos los cuales habían dado por muertos; al parecer, tras ser capturados, y ante la imposibilidad de interrogarlos a causa de la llegada del período de descanso, sus captores habían optado por hibernarlos a la espera de su despertar. Pese a su estado se encuentran en perfectas condiciones, y los medios técnicos de la patrullera permitirán reanimarlos sin peligro para sus vidas.

Este inesperado sesgo induce al comandante a postular una hipótesis que cuestiona la afirmación de los urrenitas acerca de la inevitable destrucción de su planeta en cuanto despertaran los alienígenas. Para él no hay motivos suficientes para justificar su holocausto y, el rescate sanos y salvos de los prisioneros, indica que las intenciones de sus huéspedes no tendrían por qué ser necesariamente peligrosas. Así pues, se niega a aplicar la violencia contra los indefensos artill proponiendo, eso sí, dejarles un mensaje proclamando los deseos de convivencia pacífica por parte de sus vecinos humanos. Los urrenitas siguen sin estar de acuerdo, pero no les queda otro remedio que aceptarlo sabiendo, eso sí, que a partir de ese momento podrán contar con la protección del poderoso Orden Estelar.

Y eso es todo, o casi todo. El comandante de la patrullera comunica a Jason Jacks que los cargos que se le imputaban por presunto asesinato han sido retirados dado que se ha descubierto al verdadero culpable, con lo cual vuelve a ser un hombre libre aunque, eso sí, le recomienda que a partir de ese momento se limite a realizar negocios legales. Y por supuesto, éste y Mirya consuman su idilio prometiéndose en matrimonio.

© José Carlos Canalda,
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